Lección 12 - MATERIAL AUXILIAR PARA EL MAESTRO
El sábado enseñaré...

Texto clave: Lucas 19:41.

Enseña a tu clase a:

Bosquejo de la lección:

I. Saber: Jesús en Jerusalén.

II. Sentir: Lecciones del ministerio de Jesús en Jerusalén.

III. Hacer: Seguir a Jesús en Jerusalén.

Resumen: Jesús no entró en Jerusalén buscando un trono terrenal, sino para revelar la verdadera misión del Mesías: mostrar el significado del Reino de Dios, la santidad del Templo de Dios, el verdadero propósito de la Pascua, y para ser ofrecido como sacrificio por los pecados del mundo.

Ciclo de aprendizaje

Texto destacado: Lucas 19:28-40.

Concepto clave para el crecimiento espiritual: La marcha de entra- da de Jesús a Jerusalén fue “en el nombre del Señor” (Luc. 19:38). Muchas marchas en la historia se realizaron en el nombre de lo falible e inestable, de celebraciones centradas en sí mismas, de la construcción de imperios o ideologías, pero solo esta marcha fue en el nombre del Señor. Su coreografía fue preparada en los portales del cielo antes de ponerse los fundamentos de la Tierra (Efe. 1:4) a fin de introducir la paz y la salvación.

{ 1: ¡Motiva! }

• Solo para los maestros: Jesús dijo una vez: “Las zorras tienen guaridas, y las aves de los cielos nidos; mas el Hijo del Hombre no tiene dónde reclinar su cabeza” (Luc. 9:58). La humildad y la pobreza fueron la suerte del Creador de este mundo durante su ministerio terrenal. Nació en un pesebre prestado. Entró en Jerusalén en un burrito prestado. Estableció la Cena del Señor en un aposento alto prestado. De estas cosas, ¿qué puedes aprender acerca de la pobreza y la humildad?

PREGUNTA PARA DIALOGAR: Pide a un miembro de la clase que lea Filipenses 2:6 al 11, que describe la humildad y la exaltación de Cristo. ¿Qué nos muestra este sendero de humildad acerca de la naturaleza del Reino de Cristo?

{ 2: ¡Explora! }

• Solo para los maestros: Aunque Jesús siguió enseñando y sanando por las ciudades y las aldeas de Judea, Samaria y Galilea, su foco último era llegar a Jerusalén (Luc. 9:51; 13:22). Desde el tiempo de David, Jerusalén era el centro real y religioso del pueblo hebreo (Sal. 2:6). Grandes profetas como Isaías, Miqueas y Jeremías caminaron por las calles de la ciudad, transmitiendo las promesas de Dios y sus juicios. El profeta Zacarías predijo que Jerusalén, entonces en ruinas por la cautividad babilónica, presenciaría la llegada triunfante del Mesías: “Alégrate mucho, hija de Sion; da voces de júbilo, hija de Jerusalén; he aquí tu rey vendrá a ti, justo y salvador, humilde, y cabalgando sobre un asno, sobre un pollino hijo de asna” (Zac. 9:9). Unos quinientos años más tarde, Jesús entró en la ciudad exactamente como lo había predicho el profeta. Entre los grandes eventos de la semana en Jerusalén antes del Getsemaní, dos llaman nuestra atención especial esta semana: 1) el Rey y la ciudad, y 2) el Señor y su mesa.

Comentario de la Biblia

I. El Rey y la ciudad
(Repasa, con tu clase, Luc. 18:28- 43.)

A Jesús le gustaba ministrar en las ciudades. Su ministerio urbano alcan- zaba a ricos y a pobres, a los enfermos y a los quebrantados de corazón, a los dirigentes y a los oprimidos. Los evangelios vinculan su vida y su ministerio con muchas ciudades. Nació en Belén (Luc. 2:4). Realizó su primer milagro en Caná (Juan 2:1). Aplicó la profecía mesiánica de Isaías a sí mismo en Nazaret (Luc. 4:16-21). En Capernaum llamó a sus primeros discípulos y realizó muchos milagros (Luc. 4:31-39; 5:1-11). Betania era el hogar de sus amigos, María, Marta y Lázaro (Juan 11:1). En Cesarea de Filipo, Pedro confesó la divinidad de Jesús (Luc. 9:18-20). En las afueras de Naín resucitó al hijo de la viuda (Luc. 7:11-16). En la histórica Jericó sanó a un ciego y discipuló a Zaqueo (Luc. 18:35-43; 19:1-10). Pero fue Jerusalén el foco del Mesías (Luc. 9:51; 13:22). David estableció la ciudad como el centro político, cultural y religioso de su reino (2 Samuel 5, 6).
Desde la edificación del Templo, realizada por Salomón, Jerusalén llegó a ser importante a través de los siglos como la “ciudad de nuestro Dios” y “el gozo de toda la tierra” (Sal. 48:1, 2). Hacia esa ciudad, Jesús “afirmó su rostro” (Luc. 9:51) para cumplir su misión de poner su vida como un sacrificio expiatorio por los pecados del mundo.
En el cumplimiento de esa misión, Jesús, el Príncipe de Paz, eligió un pollino y cabalgó hacia Jerusalén acompañado por una entusiasta multitud que gritaba: “¡Bendito el rey que viene en el nombre del Señor!” (Luc. 19:38). En medio de toda esta alabanza, al ver la ciudad “lloró sobre ella” (vers. 41).
“Era la visión de Jerusalén la que traspasaba el corazón de Jesús: Jerusalén, que había rechazado al Hijo de Dios y desdeñado su amor, que rehusaba ser convencida por sus poderosos milagros y que estaba por quitarle la vida. Él vio lo que era ella bajo la culpabilidad de haber rechazado a su Redentor, y lo que habría podido ser si hubiese aceptado a Aquel que era el único que podía curar su herida. Había venido a salvarla; ¿cómo podía abandonarla? (DTG 529).
La ciudad del gran Rey está por llegar a ser el lugar de la ejecución de él.

PREGUNTA PARA DIALOGAR: El relato de Lucas de la entrada triunfal (Luc. 19:28-44) contiene algunas joyas descriptivas profundas, tales como: “El Señor lo necesita” (vers. 34); “a su paso tendían sus mantos por el camino” (vers. 36); “las piedras clamarían” (vers. 40). Analiza estas afirmaciones. ¿Qué relevancia tienen?

II. La mesa del Señor
(Repasa, con tu clase, Luc. 22:14-23.)

En Jerusalén, Jesús estableció la Cena del Señor. Entre las muchas lecciones que enseña la Cena del Señor, una es de suprema importancia: la visión de una familia reconciliada, el propósito máximo de la Cruz. En medio del debate abierto y las ambiciones egoístas en cuanto a quién sería el mayor (Luc. 22:2427), en medio de la negación y la traición inminentes (vers. 47, 48, 54- 62), en medio de los discípulos que no estaban preparados para la Cruz (vers. 49), Jesús estableció la mesa del compañerismo. Compartir una comida pascual es en sí misma una conmemoración poderosa de la liberación de Dios, y un símbolo de compañerismo, familia y unidad. El Maestro tomó este símbolo y le dio una fuerza espiritual al hacer que representara la misión reconciliadora por la cual cargó la Cruz.
Una relación reconciliada y un compañerismo unido son las demostraciones más visibles del poder del evangelio. La iglesia primitiva comprendió claramente esto cuando celebraban el pan y la copa en sus reuniones de compañerismo. Los judíos y los gentiles, los libres y los esclavos, los hombres y las mujeres, se unían en un Espíritu, adoraban al Señor a su mesa. Y allí descubrían la familia de Dios.
“Siendo uno solo el pan”, escribió Pablo a los Corintios, “nosotros, con ser muchos, somos un cuerpo, pues todos participamos de aquel mismo pan” (1 Cor. 10:17). La participación en el pan y en la copa no asegura el milagro de la unidad. Pero, si lo que el pan y la copa simbolizan –la muerte de Jesús por nuestros pecados- llega a ser una preocupación apasionada en pensamiento y en hechos, en la vida y las relaciones, en el trabajo y en la adoración, entonces la unidad de la comunión será realmente una realidad. Pues, por medio de la Cruz, “la pared intermedia de separación” (Efe. 2:14) se vino abajo, y ya no somos más “extranjeros y advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios” (vers. 19; ver también los vers. 14-22). Esa es la unidad que celebramos cuando venimos a la mesa del Señor.

Considera: Por medio de la Cruz se derribó la “pared intermedia de separación”, y ya no somos más “extranjeros y advenedizos, sino conciudadanos con los santos, y miembros de la familia de Dios”.
¿Qué significa celebrar esta unidad cuando vamos a la mesa del Señor?

{ 3: ¡Aplica! }

Solo para los maestros: Lo primero que hizo Jesús cuando entró en Jerusalén fue entrar “en el templo” y “echar fuera a todos los que vendían y compraban en él, diciéndoles: Escrito está: Mi casa es casa de oración; mas vosotros la habéis hecho cueva de ladrones” (Luc. 19:45, 46). La justa indignación de Cristo se levantó como “fuego purificador” (Mal. 3:2) contra el fraude financiero, la comercialización de los sacrificios, la explotación de los peregrinos pobres, y el descuido general de la santidad del Templo. Jesús echó a esos mercaderes de impiedad y limpió el Templo. Solo él estaba calificado para llamar al Templo “Mi casa… de oración”. 147

PREGUNTAS PARA REFLEXIONAR: Ahora, como entonces, el templo de Dios afronta el peligro de ser transformado en un lugar de hipocresía. ¿Cómo podemos asegurar la santidad del templo al que servimos? ¿Cómo podemos mantener la responsabilidad moral en la vida individual y colectiva de la comunidad de Dios?

PREGUNTAS DE APLICACIÓN: Considera la escena en el templo y la iglesia contemporánea. ¿Cómo ponemos en venta nuestra fe y fidelidad? ¿Cómo se usa la religión para ganancia, prestigio o posición? Pregúntate: ¿Es mi vida una cueva de ladrones o una casa de oración? ¿Por qué?

{ 4: ¡Crea! }

Solo para los maestros: David y Juan habían sido miembros de la misma iglesia durante varios años. Habían sido buenos amigos, y sus familias a menudo se habían reunido para los almuerzos el sábado o un picnic en algún feriado. Sus hijos iban a la misma escuela, y habían crecido también como buenos amigos. Pero un día, por un incidente trivial, David y Juan discutieron, y esto llegó a ser un malentendido serio. Gradualmente, esas reuniones familiares se detuvie ron, sus hijos ya no jugaban juntos y las madres dejaron de llamarse por teléfono. Las dos familias siguieron sus caminos en forma separada. Pero entonces llegó la celebración de la Cena del Señor y, con ella, un problema. ¿Qué debían hacer?

Explica cómo el concepto de la Cena del Señor puede enseñarnos a resolver ese conflicto.