CAPÍTULO 5
LAS MONARQUÍAS ENFRENTAN LAS CRISIS

Después de los jueces, diversos reyes gobernaron la nación de Israel. El Gran Conflicto entre el bien y el mal creció y disminuyó a medida que la lealtad de la gente vacilaba entre el Dios de la Creación y la Redención, y los dioses que estimulaban las bajas pasiones sin freno y la codicia. De este modo, existía la amenaza permanente de un enemigo abrumador en las fronteras, preparado para destruir a la nación. Pero Dios interviene para liberar.
Una y otra vez, él intervino para proteger y bendecir a su pueblo, principalmente mediante instrumentos humanos: miembros de la realeza, profetas y oficiales dirigentes. Con el poder de Dios y bajo su dirección, enfrentaron a abusadores, soportaron opiniones populares contrarias, enfrentaron amenazas blasfemas, se mantuvieron firmes en contra de tiranos genocidas, y confrontaron a quienes estorbaban la expansión del Reino de Dios. Algunos ejemplos de héroes improbables son David, Elías, Ezequías, Ester y Nehemías. Sus dramáticas historias se desarrollan cuando Dios los usa frente a situaciones imposibles, y se regocijan en su liberación antes de que suceda. Aunque humanamente hablando esto pudo parecer sin sentido en su momento, es un acto de fe y adoración digno de recordar a todos, en todo tiempo y en todas las circunstancias. Dios está allí, y él sabe cómo traer seguridad y bienestar aún de una fatalidad inminente.

DAVID

La historia de David y Goliat todavía anima a los jovencitos, totalmente dedicados a Dios, en que son capaces de levantarse frente a un gigante sin dios, y ganarle. Esa es una certeza importante, a la luz de lo que hemos visto hasta ahora en la historia de la batalla que se desarrolla entre el bien y el mal. Muy a menudo, el mal parece controlarlo todo y el sendero de los justos ha sido obstruido y bloqueado.
Encontramos, primero, a David cuando el anciano profeta Samuel visita a Isaí en Belén, para ungir a uno de sus hijos como el siguiente rey de Israel (1 Samuel 16:1). Nadie se imagina que David siquiera sería considerado como la persona especial que el anciano profeta estaba buscando, de modo que sigue en las colinas cuidando de los rebaños. Samuel se impresiona con la buena apariencia del hermano mayor, pero Dios no (versículos 6,7). Este parece ser el problema clave en este episodio. Cuando finalmente David resulta ser el elegido, no es por causa de su buena apariencia (versículo 12), sino porque es un hombre según el corazón de Dios (Hechos 13:22).
Aun antes de que Goliat enfrentara a David, se destacan los temas personales. Cuando David interroga a sus hermanos acerca de los insultos que Goliat está lanzando contra Israel y su Dios, su hermano mayor lo reprende por su “soberbia” (1 Samuel 17:28). Cuando David se ofrece para pelear con el gigante, el rey Saúl declara: “No podrás tú ir contra aquel filisteo, para pelear con él; porque tú eres muchacho, y él un hombre de guerra desde su juventud” (versículo 33). Cuando todos los soldados israelitas veían a Goliat, “huían de su presencia, y tenían gran temor” (versículo 24). David tuvo que convencer al rey de que él tenía buenas posibilidades en esta contienda, por causa de su experiencia pasada con animales salvajes, y de su confianza en la capacidad de Dios para liberar a su pueblo (versículos 34-37). Saúl concuerda, con renuencia, y permite que David salga al campo de batalla. En todo esto, no se menciona ninguna palabra (excepto las de David) de que Dios es todopoderoso, que tiene un antecedente de liberaciones milagrosas de su pueblo. En cambio, la atención estuvo puesta sobre las características externéis: tamaño, fuerza, jactancia y palabras insultantes, y poderío militar.
También Goliat sigue con este tema, deteniéndose en lo que ve: la buena apariencia de David (aun cuando esto produce desprecio, en vez de admiración, versículo 42), sus armas de apariencia insignificante, y el hecho de que sentía que David lo trataba como si fuera un perro (versículo 43). Esto produce una nota de humor, en una escena de otro modo muy tensa. David había dicho a Saúl cómo había peleado y ganado contra leones y osos (versículo 36), de modo que este “perro” sería más fácil de vencer que las bestias salvajes. En este breve intercambio, obtenemos una vislumbre de la diferencia entre quienes representan los bandos opuestos en el Gran Conflicto. Mientras los israelitas se concentran en sus temores y Goliat se concentra en su opinión sobre sí mismo, David se centra en Dios. Su preocupación es que el pueblo mire a Dios, y no a los atavíos humanos del poder.

ELÍAS

Elías, el Tisbita, parece estar fuera de lugar en el palacio del rey así como el muchacho pastor David se pensó que estaba fuera de lugar en el campamento militar. El rasgo principal que lo distinguía era que “tenía vestido de pelo, y ceñía sus lomos con un cinturón de cuero” (2 Reyes 1:8).A pesar de su apariencia rústica, fue capaz de llegar hasta la presencia del rey para informarle que no habría lluvia durante los siguientes tres años (1 Reyes 17:1). No era fácil acercarse a un rey ni escapar de él, pero este hombre de Dios, aparentemente sin esfuerzo, se deslizó a través de la guardia, entregó el mensaje de Dios y corrió hacia las montañas, a unos doce kilómetros (siete millas) de allí.
Anunciar que no llovería durante tres años era un desafío directo a Baal, de quien se creía que enviaba las lluvias para asegurar cosechas y ganados abundantes, que enriquecían a los granjeros. Aun cuando su religión se centraba en el sexo ilícito y en llegar a ser ricos –“valores” que todavía persisten–, durante los siguientes tres años los dioses de la fertilidad fueron impotentes. Como culminación de esta lucha, Elías confrontó al rey y le planteó un enfrentamiento decisivo entre él mismo y los profetas de Baal y de Asera (la diosa de la fertilidad): un hombre contra 850 (1 Reyes 18:17-20). El rey mansamente, obedeció las directivas del profeta. Y se destacan varios contrastes dramáticos, en esta confrontación: un hombre perseguido da órdenes al rey; un solo representante de Dios se encuentra frente a un gran número de líderes religiosos; y una oración tranquila obtiene la victoria, en lugar de los frenéticos ritos religiosos, que incluían gritos y mutilación propia. Note que Elías estableció las reglas de esta contienda (versículo 25).
Note, también, cuán intensa fue la actividad: el ruido y las nubes de polvo levantadas por los pies de 850 sacerdotes desesperados, mientras saltaban y danzaban “cojeando" [BJ] alrededor de su altar (versículo 26). El verbo que se usa aquí es exactamente el mismo que usó Elías en su desafío al pueblo acerca de “claudicar” [“cojear de ambos pies”, BJ] entre dos opiniones (versículo 21). El informe bíblico usa aquí la ironía. La gente está “cojeando” porque los líderes religiosos también están “cojeando”. Como dice el antiguo dicho, “Un río no puede fluir más alto que sus fuentes”.
Después de que fuera evidente que sus esfuerzos habían fracasado, Elías hizo sus preparativos. Invitó a los espectadores a que se reunieran a su alrededor. Luego, reconstruyó el altar roto, que antes había sido usado para adorar a Dios y presumiblemente fuera reemplazado por un altar “más a la moda para Baal”. (No se indica que los profetas de Baal construyeron su altar; solo se dice que prepararon el sacrificio.) En marcado contraste con el frenesí agotador y los cánticos de los sacerdotes (tal vez, en respuesta a las insinuaciones del profeta, versículos 27, 28), la oración de Elías fue muy sencilla y al punto. No necesitaba orar como hacían los paganos, con mucha repetición y frenesí, con palabras destinadas para impresionar a la deidad (Mateo 6:7). Sencillamente, pide que la gente reconozca quién realmente es Dios, y que ellos reconozcan que Elías era su siervo. La intervención de Dios ante los centenares de sacerdotes de Baal, en respuesta a la oración sincera de Elías, fue dramática, sin precedentes y poderosa, e indica que no se espera que algún hijo de Dios tenga que enfrentar él solo las fuerzas reunidas del mal.

EZEQUÍAS

Asiría, en hebreo Asur (por ejemplo, Génesis 10:11), fue “considerada el símbolo del terror y la tiranía en el Cercano Oriente durante más de tres siglos”. 1
Ezequías era el rey de Judá cuando Asiria conquistó el reino de Israel del norte y esparció a sus habitantes por toda la Mesopotamia (2 Reyes 18:9-12). Unos pocos años más tarde, el rey Senaquerib de Asiria volvió su atención a Judá, capturó todas sus ciudades fortificadas (los registros de Senaquerib enumeran 46) 2 y exigió un pesado tributo (versículos 13-15). Aunque Ezequías vació los tesoros del Templo y del palacio, el rey de Asiria no quedó satisfecho, y envió oficiales para negociar la rendición de Jerusalén.
El oficial principal de Asiria habló en voz bien alta, para que la gente que estaba sobre los muros de la ciudad pudieran oír lo que tenía para decir (versículos 2628). Su discurso fue un claro insulto a Dios, y cuestionó por qué la gente confiaría en un Dios que no tenía el poder suficiente para enfrentar el poderío militar asirio. Era realmente cierto que ninguna otra deidad nacional había podido librar a su pueblo de la conquista asiria, y los asirios eran lo suficientemente orgullosos como para creer que el Dios de Israel sería igual de débil que aquellos.
A los aterrados habitantes de Jerusalén les parecía que los asirios harían ahora a Judá lo que ya habían hecho al reino de Israel del norte: exiliar a su pueblo y reemplazarlo con extranjeros. Ezequías hizo lo único que le era posible hacer: oró (2 Reyes 19:15-19). El profeta Isaías estaba cerca, para asegurar al rey que Dios consideraba a Israel como su “virgen hija" (versículo 21), dando a ella la confianza de que su Padre la acompañaba, para confrontar el arrogante desafío de quienes la amenazaban (versículos 22, 23).Así como Dios exhibió su poder durante el Éxodo (versículos 25, 26), ahora mostraría su poder para librarlos otra vez (versículos 27, 28). El lenguaje suena bastante brutal, pero el uso de ganchos y frenos es una descripción de cómo los asirios trataban a sus prisioneros, de modo que Dios prometió a los opresores que él los castigaría así como ellos habían tratado a otros. El tema de Dios que castiga a la gente de acuerdo con la manera en que trata a otros es un tema común en las Escrituras (ver, por ejemplo, Mateo 7:1, 2; Apocalipsis 16:5, 6).
Cuando el enorme ejército asirio acampó alrededor de los muros de Jerusalén, los habitantes de la ciudad sitiada, que antes estaban atemorizados, despertaron una mañana con un temor reverente. En lugar de ver concretarse sus peores pesadillas y a la ciudad abrumada por las fuerzas enemigas, vieron al ejército yaciendo por el suelo, en una quietud mortal, hasta tan lejos como alcanzaban a ver sus ojos (2 Reyes 19:35). Dios mismo había sido responsable por la muerte de 185 mil soldados de Senaquerib, y con pérdidas tan grandes que el desgraciado rey asirio huyó a su casa, solo para encontrar la muerte a manos de dos de sus propios hijos (versículos 36, 37).
En esta historia prevalecen los mismos viejos temas: el pueblo de Dios desviado por lo que apela a sus sentidos (esta vez, el temor); la amenaza del poderío militar de naciones paganas que confían en dioses de la fertilidad; la incapacidad del pueblo de Dios de vislumbrar su providencia y protección frente a amenazas abrumadoras y obvias; y la capacidad de Dios de intervenir, y evaporar resultados aparentemente inevitables y horribles. Ezequías ilustra el efecto de un líder piadoso que está más preocupado por lo que Dios puede hacer por su pueblo que por las amenazas de matones contra el pueblo de Dios.

ESTER

La lucha descrita en la narración bíblica se intensifica cuando un súper poder aún mayor llega a la escena. Los persas habían tragado no solo a Babilonia (que a su vez había tragado a Asiria), sino también a Media, Lidia y, más tarde, a Egipto y al Asia Menor. Mientras el Imperio Babilónico tenía 120 provincias, con tres gobernadores (Daniel 6:1, 2), el Imperio Persa había llegado a tener 127 provincias, con siete “príncipes” (Ester 1:14). Este era el reino de Jerjes 1 (quien reinó entre 486 y 465 a. C.). Jerjes es la forma griega del nombre bíblico Asuero.
La historia de Ester, comienza no concentrándose en el poderío político o militar, sino en la duración de las fiestas reales persas (casi seis meses). La fiesta del capítulo 1 ocurrió en dos partes: primero, una celebración de 180 días con el rey, sus príncipes, oficiales, líderes militares, nobles y gobernadores provinciales (Ester 1:3, 4), seguida por una fiesta de siete días para los habitantes de Susa, la capital, en el patio de los jardines del palacio (versículo 5). Mientras esto ocurría, la reina realiza otra fiesta, para las mujeres (versículo 9). Después de algún tiempo, cuando el nivel del ruido en la fiesta del rey llegó al máximo, el rey decidió exponer a su esposa frente a todos sus huéspedes ebrios. Evidentemente, la fiesta de la reina era un evento más sobrio, y ella no tenía deseos de exponerse inmodestamente frente a una muchedumbre de hombres ebrios, así que rehusó ir. Esto hizo que el rey y sus oficiales se enfurecieran. Razonaron que si la primera dama se rehusaba a participar en las fantasías del rey, entonces podría haber una “revolución de dormitorio” por todo el país, de modo que el rey y sus asesores más cercanos decidieron reemplazarla con alguien “mejor” (versículo 19).
Se organizó un concurso de belleza por todo el imperio, y las finalistas fueron llevadas al palacio y puestas bajo el cuidado de un eunuco, encargado de prepararlas para presentarse ante el rey (Ester 2:12, 13). En el momento señalado, cada una pasaría la noche con el rey, y luego volvería a la casa de las concubinas, para no ver al rey nunca más a menos que se la llamara específicamente por su nombre (versículo 14). Estas no eran exactamente las circunstancias en las que pensaríamos acerca del tema del Gran Conflicto. Pero, hay mucho más en juego aquí que el apetito del rey por mujeres atrayentes.
Ester resultó la favorita del rey, de modo que fue elegida como la nueva reina (versículo 17). Las celebraciones incluyeron otra fiesta y un feriado nacional (versículo 18). Los días de celebración dieron paso a la rutina habitual, y en el curso de sus deberes, el primo de la nueva reina, Mardoqueo, descubrió un complot para matar al rey. Se lo dijo a Ester, quien se lo advirtió al rey, y los conspiradores fueron penados (versículos 21-23).
Algún tiempo después, el rey promovió a uno de sus oficiales (Amán) al cargo más elevado del imperio. Para reconocer su nueva posición, el rey ordenó a todos que se inclinaran ante Amán (3:1). Mardoqueo rehusó hacerlo (versículo 2), y cuando Amán oyó esto “se llenó de ira” (versículo 5). Esto lo llevó a diseñar un plan para eliminar a todos los judíos del reino. Preparó una ordenanza real para que el rey la firmara, sugiriendo que por cuanto los cautivos israelitas tenían leyes que eran diferentes debían ser destruidos. Amán ofreció al rey un soborno enorme, incitándolo a eliminar a un grupo étnico completo solo por uno de ellos, que lo molestaba. 3
Cuando el rey firmó y promulgó la nueva ley que ordenaba el exterminio de todos los judíos, hubo desesperación y lamentos por todo el imperio (4:13). Mardoqueo recordó a Ester que ella no estaba excluida de esta amenaza (versículos 13, 14). Ella trabajó para que el rey firmara una orden que permitiera a los judíos tomar medidas preventivas en contra de sus enemigos (8:3, 5-11). Entonces, Ester y su pueblo se regocijaron por la liberación divina, aun cuando estuvieran dispersos por todo el imperio en cautividad y exilio. Anteriormente, una tímida joven afrontó a un político implacable para cambiar una legislación genocida; otro extraño giro del tema del Gran Conflicto, que demuestra que Dios obra en muchos niveles y con muchas clases diferentes de personas. Esto muestra la extensión de su poder sobre las fuerzas del mal.

NEHEMÍAS

Nehemías era un oficial de confianza en la corte del rey Artajerjes (Nehemías 1:11) durante el tiempo en que el reino de Israel del norte ya no existía, y el reino de Judá, al sur, estaba en el exilio. Ezequiel describe las enormes pérdidas militares de la época como un valle cubierto con los esqueletos secos del derrotado ejército de Israel, mientras las esperanzas del pueblo de volver alguna vez a su Tierra Prometida estaban tan enjutas como aquellos huesos (Ezequiel 37:11-13). Estos pensamientos deprimieron a Nehemías a punto tal que el rey notó su rostro triste (Nehemías 2:2); lo que era peligroso, puesto que parte de su trabajo era aparecer siempre alegre en la presencia del rey.
Noticias recientes de aquellos que todavía vivían en las ruinas de Jerusalén habían perturbado grandemente a Nehemías (1:1-4). Sentía que debía volver a su patria por un tiempo, para organizar la reconstrucción de la ciudad (2:5, 6). Sorprendentemente, cuando el rey oyó la razón de la tristeza de Nehemías accedió a darle una licencia para regresar a Jerusalén y reconstruirla.
Al regresar a Jerusalén, Nehemías habló con los líderes y resumió la extensión del daño: “Jerusalén está desierta, y sus puertas, consumidas por el fuego” (versículo 17). Entonces Nehemías les dijo cuán bueno era Dios con él, y que el rey le había permitido ir a Jerusalén para ayudarlos a reconstruirla. Con eso, los líderes captaron algo del entusiasmo contagioso de Nehemías (versículo 18).El efecto de su testimonio de la bondad de Dios fue decisivo entre la inacción depresiva y el entusiasmo espontáneo, necesario para avanzar a pesar de la desesperanza y el desánimo, en la reconstrucción y la restauración de la ciudad de Dios. Los desánimos, frecuentemente, frenan la iniciativa y el progreso.
No mucho tiempo después, ciertos oficiales extranjeros oyeron hablar del efecto que tuvo el ánimo que dio Nehemías a la gente. Hicieron todo lo que pudieron por impedir que se hiciera algún trabajo para restaurar a Jerusalén (versículos 10, 19, 20). Se enojaron y se enfurecieron, y se burlaron de Nehemías (Nehemías 4:1-3).
Cuando vieron que el pueblo de Dios actuaba con seriedad en su trabajo (versículo 6), “se encolerizaron mucho” y conspiraron para atacarlos (versículos 7, 8). Como aprendemos de Nehemías, cuando el mal amenaza la obra de Dios, la retirada no es la acción más prudente. Nehemías no se desanimó de hacer esa obra. Oró; designó vigías para hacer sonar la alarma si fueran amenazados (versículo 9). Animó a los dirigentes a no tener temor, sino recordar la grandeza de Dios (versículo 14). Las amenazas de los enemigos se derritieron ante su fiel persistencia (versículos 15, 16). Luego, estos inventaron un rumor para hacer llegar al rey (Nehemías 6:1-8). Nehemías lo ignoró también, y prosiguió con lo que estaba haciendo. Confiando en Dios, vio la conclusión de la reconstrucción del muro, y dejó las amenazas de sus enemigos en manos de Dios (versículos 14, 15). Una vez más, Dios fue el vencedor sobre las fuerzas del mal, y concedió a su pueblo la satisfacción de ser parte de la acción


Referencias
1 Elwell y Beitzel, Baker Encyclopedia of the Bible, p. 219.
2 William W Hallo, ed., The Context of Scripture Monumental Inscriptions From the Biblical World, tomo 2 (Leiden, Holanda: Brill, 2003), p. 303.
3 La cantidad de dinero (10.000 talentos) que Amán ofreció al rey se aprecia mejor cuando la comparamos con el ingreso de 14.560 talentos que recibían los reyes de Persia cada año (ver Heródoto, Histories 3.95.2). Si Amán realmente tenía esa cantidad, o si tenía planes de reunirla pronto al confiscar los bienes de los cautivos a punto de ser asesinados, no resulta claro; pero puede indicar la fortaleza económica de los judíos durante ese tiempo.