CAPÍTULO 7
LAS ENSEÑANZAS DE JESÚS Y EL GRAN CONFLICTO

Afortunadamente.el resultado final del Gran Conflicto está directamente en las manos de Dios. Hay algunas de sus fases que son incuestionablemente demasiado riesgosas, y si dependiera de nosotros, no tendríamos el valor de seguir adelante con ella. Tal vez, el ejemplo principal de esto es el tiempo muy limitado que Jesús se dio a sí mismo sobre la Tierra para revertir las actitudes, las tendencias y las fracturas que se habían desarrollado a lo largo de miles de años. Que él fuera capaz de ministrar durante tres años y medio, con un grupo de hombres más interesados en correr tras las posiciones que en escuchar sus explicaciones acerca de su Reino, es una evidencia directa de una mano divina. Tratar de hacerse de una posición de poder, como lo hicieron regularmente los discípulos, fue una característica de Lucifer, quien trató de sustituir a Dios (Isaías 14:13,14). El hecho de que los discípulos, y sus conversos, pudieran poner el mundo cabeza abajo en tan poco tiempo, aumenta la incredibilidad de todo esto. Dios sabía lo que hacía; el riesgo valió la pena.
Jesús vino al territorio enemigo a fin de liberar a las personas, una por una, del adversario (Lucas 4:18,19), como lo profetizó Isaías (61:1, 2). La estrategia de Jesús era aliviar el sufrimiento humano y narrar historias sencillas a la gente común. Sus métodos y mensajes eran sencillos, y demostrarían ser armas poderosas contra los bastiones del mal.

LA OFERTA DE DESCANSO

El llamado general que hizo Jesús a las personas era a que “descansaran", un elemento importante en el Gran Conflicto. Cuando nació Noé, su padre, Lamec, reflexionó sobre la necesidad de que alguien diera descanso y consuelo del suelo maldito (Génesis 5:29) a los habitantes oprimidos. La misma necesidad ha existido desde la desobediencia en el Edén. La rebelión humana condujo a la realidad de que “los impíos son como el mar en tempestad, que no puede estarse quieto” (Isaías 57:20), y que “no hay paz [...] para los impíos” (versículo 21). La invitación de Jesús era que las personas fueran a él para encontrar descanso (Mateo 11:28-30), revelando su misión de aliviar a los oprimidos y liberar a su pueblo de la tierra del enemigo. Cuando Jesús prometió dar descanso a los que fueran a él, era un eco de algo dicho por Jeremías: “Paraos en los caminos y mirad, y preguntad por las sendas antiguas, cuál sea el buen camino, y andad por él, y hallaréis descanso para vuestra alma” (Jeremías 6:16). El contexto de la declaración de Jeremías es la preocupación de que Israel parecía más interesado en los dioses de las naciones circunvecinas, que en las “sendas antiguas" de fidelidad a Dios. Los esfuerzos de Jeremías no parecieron tener mucho éxito, ya que el pueblo respondió: “No andaremos” (versículo 16).Habían rechazado el descanso de Dios y, en su lugar, habían escogido la religión de las naciones vecinas. No estaban interesados en volver a la religión de sus padres.
Note cuán prevalente es este tema en el resto de las Escrituras. Comienza con Dios, que descansó al final de su obra de creación (Génesis 2:2). El sábado semanal, más tarde, fue extendido a las fiestas anuales, cuando la nación celebraba un feriado (por ejemplo, Levítico 16:31); luego, al “sábado de la tierra” cada siete años, cuando el suelo “descansaba” o permanecía sin cultivar (Éxodo 23:11); y al sábado del jubileo, cada cincuenta años, cuando los esclavos eran liberados y se cancelaban las deudas (Levítico 25:10).
Dios prometió: “Mi presencia irá contigo, y te daré descanso” (Éxodo 33:14). Para los israelitas que salían de la esclavitud, significaba que Dios les daría descanso de sus “enemigos alrededor” (Deuteronomio 25:19); y “la tierra descansó de la guerra” (Josué 14:15). Más tarde, ocurrió la experiencia del rey David: “Jehová mi Dios me ha dado paz por todas partes; pues ni hay adversarios, ni mal que temer” (1 Reyes 5:4). Por lo tanto, el descanso se asimilaba con el vivir en la Tierra Prometida –en la cual también Dios encontraba su lugar de descanso–, bendecido por el Dios que cumple sus promesas a su pueblo (Salmo 132:8).
Sin embargo, el descanso estuvo ausente cuando el pueblo de Dios estuvo en cautiverio. Una de las maldiciones del pacto quebrantado era que, para los exiliados, “ni aun entre estas naciones descansarás, ni la planta de tu pie tendrá reposo” (Deuteronomio 28:65). Ciertamente, esto sería un recordativo del tiempo en que el faraón no permitía que los cautivos hebreos tuvieran descanso (Éxodo 5:5), y se repitió cuando Judá “no halló descanso” después de ir en cautiverio (Lamentaciones 1:3). Al final del tiempo, los que persisten en rebelarse contra Dios no encontrarán descanso en los dioses falsos que adoran, porque “no tienen reposo de día ni de noche los que adoran a la bestia y a su imagen” (Apocalipsis 14:11).
El descanso que ofrece Jesús es un conjunto muy generoso, e incluye el don del sábado, permitiéndonos tiempo a fin de tener comunión con él, y para adorarlo como Creador. La oferta de descanso que Cristo da también reconoce nuestra condición perdida, y nos restaura de todas las maneras, permitiéndonos tomar la vida con nuevo vigor y propósito. Nos da un sentido de paz, facultándonos para elevar los espíritus angustiados de la gente que nos rodea, dándoles también esperanza. Y cuando nos equivocamos (como nos ocurre), todavía tenemos la certeza de un lugar de descanso junto al Salvador (Mateo 11:28-30).

SEMBRANDO PALABRAS

En la parábola del sembrador, Jesús usa el lenguaje de Isaías para mostrar la importancia de escuchar la Palabra de Dios. Isaías comienza: “A todos los sedientos: Venid a las aguas; y los que no tienen dinero, venid, comprad y comed” (Isaías 55:1). Esta oferta difícil de resistir es sensible al tiempo, y más tarde Isaías anima a tomar decisiones, en el mismo capítulo: “Buscad a Jehová mientras puede ser hallado” (versículo 6). Todavía más tarde, Isaías usa la acción de sembrar semillas y lograr una cosecha abundante como ilustración de la efectividad de la Palabra de Dios. “Porque como desciende [...] la lluvia [...] y [a la tierra] la hace germinar y producir, y da semilla al que siembra, y pan al que come, así será mi palabra que sale de mi boca; no volverá a mí vacía” (versículos 10, 11). En la parábola del sembrador se enseña una verdad similar. La enumeración de cuatro tipos de respuestas al mensaje del evangelio indica que hay más que solo dos clases de personas: las buenas y las malas. La parábola se concentra, en lugar de en circunstanciales diferencias que tal vez no percibimos, en determinar cómo la gente responde a la semilla del evangelio. El paisaje de Israel, especialmente la parte norte donde Jesús relató esta parábola, está cubierta de muchas rocas, que continuamente surgen a la superficie. Por lo tanto, el trabajo del agricultor no termina nunca, y en algunos lugares es imposible. Así que, no había garantía de que no hubiera rocas en este suelo, de allí la variedad de opciones que usa Jesús. “La parábola está en armonía con lo que se sabe de la agricultura palestina antigua. A diferencia del método moderno, la semilla se sembraba primero, y luego se la enterraba con el arado”. 1 “A través de la parábola del sembrador, Cristo presenta el hecho de que los diferentes resultados dependen del terreno. En todos los casos, el sembrador y la semilla son los mismos. Así, él enseña que si la Palabra de Dios deja de cumplir su obra en nuestro corazón y en nuestra vida, la razón estriba en nosotros mismos. Pero el resultado no se halla fuera de nuestro dominio. En verdad, nosotros no podemos cambiarnos a nosotros mismos; pero tenemos la facultad de elegir y de determinar qué llegaremos a ser. Los oyentes representados por la vera del camino, el terreno pedregoso y el de espinéis, no necesitan permanecer en esa condición. El Espíritu de Dios está siempre tratando de romper el hechizo de la infatuación que mantiene a los hombres absortos en las cosas mundanas, y de despertar el deseo de poseer el tesoro imperecedero. Es resistiendo al Espíritu como los hombres llegan a desatender y descuidar la palabra de Dios. Ellos mismos son responsables de la dureza de corazón que impide que la buena simiente eche raíces, y de los malos crecimientos que detienen su desarrollo”. 2 Cuando se siembra la semilla del evangelio, el esfuerzo humano siempre es limitado. Debemos sembrar en todas partes. No hemos de juzgar cuál suelo es bueno y cuál es malo. La aparición de malezas, sencillamente, indica que no somos capaces de impedir que el mal surja en los lugares menos esperados. El Señor de la mies actúa desde atrás, y asegura una cosecha abundante; nuestro privilegio es, simplemente, trabajar con él.

FUNDAMENTOS NECESARIOS

La parábola del hombre prudente y del insensato que edifican sus casas es otro recordativo de cuán personal es el Gran Conflicto. Esta historia constituye la conclusión del Sermón del Monte de Jesús, y sugiere que está muy bien escuchar el mensaje del Reino, pero si lo que se oye no llega a formar parte del que escucha –hasta el punto de edificar su vida sobre él–, no tiene valor para el oyente. Las dos casas que describe Jesús señalan la importancia de asegurarse de que la vida de una persona esté edificada sobre un fundamento sólido (Lucas 6:48). El hecho de que no haya manera de distinguir la diferencia entre una persona “prudente” y una “insensata” sugiere dos cosas. No es prudente que nos comparemos con personas que son similares a nosotros y nos sintamos satisfechos de que estemos bien, ya que no sabemos nada de lo que hay debajo de la superficie exterior de lo que se ve. El segundo punto es que no es tarea nuestra juzgar a otras personas: sencillamente, no conocemos todo lo que hay que saber con respecto a las personas con las cuales entramos en contacto. La importancia de estas verdades es que en la lucha entre el bien y el mal es fácil distraerse con cosas (y personas) que son impresionantes en su superficie, pero que nos desvían, así como Eva se desvió por su atracción hacia la belleza de la fruta de un árbol y, no obstante, ignoraba los factores que estaban debajo de la superficie; que resultaron ser de mayor importancia de lo que se advertía.
Jesús compartió esta parábola porque sabía cuánto nos engañamos a nosotros mismos. Hay una lucha seria en acción y sin ayuda, no tenemos posibilidad de superarla. Jesús venció al mal, y por esto se lo llama la Roca. La batalla personal en contra del mal solo puede ser ganada si edificamos nuestras vidas sólidamente sobre Cristo (Mateo 7:24). Nos corresponde ser auténticos y transparentes en nuestra fe, sin necesidad de impresionar a otros.

EL SERMÓN DEL MONTE

El así llamado Sermón del Monte en los primeros días del ministerio de Jesús era revolucionario, ya que aseguraba a la gente de las clases inferiores que no había sido pasada por alto en el Reino de Dios; al contrario, era una parte valiosa de él. “En el mundo grecorromano, la bienaventuranza era algo asociado con la existencia de los dioses. Todos suponían que los dioses eran bienaventurados porque eran inmunes a las dificultades y las tristezas de la existencia diaria. Cualquier ser humano del que se pensaba que gozaba de los privilegios imaginados de los dioses era considerado bienaventurado como los dioses”. 3 Que los pobres lucharan tanto era considerado una evidencia de que eran malditos, de modo que la vida les daba “lo que merecían”. La afirmación de Jesús del valor de las personéis de quienes se pensaba que no tenían valor y que eran rechazadas por Dios, puede explicar por qué el Sermón del Monte ha tenido una influencia tan amplia. “En el siglo veinte, Mohandas Gandhi fue el devoto no cristiano más famoso del Sermón del Monte”. 4 Una vez que los sorprendidos oyentes de Jesús descubrieron que habían sido aceptados en el Reino de Dios, Jesús les dio instrucciones sobre cómo ser buenos ciudadanos de ese reino, primero, al afirmar la importancia de la Ley de Dios, y de cómo ella se aplica a las actitudes tanto como a las acciones (Mateo 5:17-48). Les advirtió acerca de tratar de impresionar a otros con sus acciones piadosas (Mateo 6:1-8), y la importancia de una conexión personal con Dios (versículos 9-24). Habló de la necesidad de que las personas pusieran a un lado su ansiedad por obtener cosas deseables y en cambio, confiaran en Dios para sus necesidades diarias (versículos 25-34).
Cuando Jesús habló de juzgar a otros (Mateo 7:1-6), usó el humor y la exageración para mostrar cuán ridículo es hacer eso. Es como que alguien nota una mota en el ojo de un amigo, pero no percibe que hay un trozo grande de madera en su propio ojo. Sin duda, hubo una oleada de risas en la multitud, por una hipocresía tan evidente. ¿Cómo podría alguien ser tan ciego a sus propias faltas, que eran peores que las de aquellos a quienes estaban condenando, “especialmente cuando tratamos a otros creyentes de ese modo, cuyos pecados Dios ya ha perdonado”? 5 En el contexto del Gran Conflicto, las personas que se ponen del lado de Dios y de su Reino no se ocupan en juzgar a otros.

ESTOY CON VOSOTROS SIEMPRE

Mateo comienza y termina su Evangelio de una manera similar. Al comienzo, describe al bebé que estaba por nacer como Emanuel. Dios con nosotros (Mateo 1:23); y al final de su Evangelio con las palabras: “Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (28:20). En otras palabras, Jesús prometió estar junto a su pueblo y no abandonarlos nunca. La certeza de la presencia permanente de Dios, especialmente a través de tiempos de crisis, es un tema constante en todo el Antiguo Testamento. Él prometió estar con Isaac (Génesis 26:24); con Jacob (28:15); con Jeremías (Jeremías 1:8, 19); y con los hijos de Israel (Isaías 41:10; 43:5). En el Nuevo Testamento, esta promesa se renueva a los seguidores de Jesús: “No te desampararé, ni te dejaré” (Hebreos 13:5). Unos pocos versículos más adelante, añade: “Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos” (versículo 8). Jesús, quien nunca cambia, que siempre está con nosotros, dio una seguridad muy sólida a nuestros antepasados espirituales. Aunque afrontaban dificultades y pruebas, o estaban por iniciar los desafíos más grandes de sus vidas, recibieron la certeza de la presencia continua de Dios. Para la iglesia de Cristo del final del tiempo, esta certeza es importante. Dios puede retirar su misericordia del mundo, pero permanece para con nosotros. El mundo puede tener que afrontar las consecuencias de abandonar a Dios, pero Dios no abandona a su pueblo.
Muchos adventistas pierden de vista esta certeza inequívoca, con la declaración de que durante “el tiempo de angustia”, cuando “el tiempo de gracia” se haya cerrado (es decir, cuando “la misericordia divina no intercederá más por los habitantes culpables de la tierra”), 6 entonces los “justos deben vivir sin intercesor, a la vista del santo Dios”. 7 Es importante notar el contexto de esta declaración. Sin disminuir la necesidad de luchar junto con nuestro Salvador, ser confrontados por la dimensión de nuestra condición caída y poner sobre él todo síntoma de nuestra rebelión, el capítulo en el que aparece esta declaración se titula “El tiempo de angustia”. La siguiente oración revela dónde se siente más el impacto de permanecer sin un mediador: sobre aquellos que rechazaron a su Salvador y que persisten en seguir en el sendero de la rebelión: “Nada refrena ya a los malos y Satanás domina por completo a los impenitentes empedernidos. La paciencia de Dios ha concluido. El mundo ha rechazado su misericordia, despreciado su amor y pisoteado su Ley Los impíos han dejado concluir su tiempo de gracia; el Espíritu de Dios, al que se opusieran obstinadamente, acabó por apartarse de ellos. Desamparados ya de la gracia divina, están a merced de Satanás, el cual sumirá entonces a los habitantes de la Tierra en una gran tribulación final”. 8 Como no hay mediador para ellos, deben ahora afrontar todas las consecuencias de su persistencia en mantenerse leales al jefe de los rebeldes. En todo el capítulo, Elena de White enfatiza la verdad bíblica vital de que en todo esto el pueblo de Dios ha sido, finalmente, abandonado a sí mismo. “Mientras los malvados estén muriéndose de hambre y pestilencia, los ángeles protegerán a los justos y suplirán sus necesidades”. 9 A pesar de las amenazas que afronta el pueblo de Dios, “nadie puede atravesar el cordón de los poderosos guardianes colocados en torno de cada fiel”. 10 Más tarde, como resumen de ese tiempo, ella vuelve a enfatizar: “El mundo ve a aquellos mismos de quienes se burló y a quienes deseó exterminar, pasar sanos y salvos por entre pestilencias, tempestades y terremotos. El que es un fuego consumidor para los transgresores de su Ley es un seguro pabellón para su pueblo”. 11 En otras palabras, si nos hemos entregado a la misericordia de Dios y hemos confiado en Jesús a fin de que nos libere del mal (Mateo 6:13), entonces las palabras de Jesús: “No te desampararé, ni te dejaré” (Hebreos 13:5) significarán exactamente lo que dicen. La rebelión en contra de Dios, que inició hace mucho tiempo el príncipe de los rebeldes, habrá sido derrotada en ese momento.


Referencias
1 James A Brooks, “Mark", The New American Commentary, tomo 23 (Nashville, TN: Broadman and Holman, 1991), p. 79.
2 Elena de White, Palabras de vida del gran Maestro, p. 56.
3 David S. Dockery, et al., eds., Holman Bible Handbook (Nashville, TN: Broadman and Holman 1992), p. 547.
4 Craig Blomberg, “Matthew", The New American Commentary, tomo 22 (Nashville, TN: Broadman and Holman, 1992), pp. 93, 94.
5 Ibíd., p. 128.
6 White, The Great Controversy, p. 671.
7 Ibíd., p. 672.
8 Ibíd.
9 Ibíd., p. 687.
10 Ibíd., p. 689.
11 Ibíd., p. 712.