CAPÍTULO 9
EL GRAN CONFLICTO Y LA IGLESIA PRIMITIVA

La crucifixión y la resurrección de Cristo fueron lo que encendió e inspiró a la iglesia cristiana primitiva. A pesar de todos los esfuerzos de los principales sacerdotes y de los romanos por encubrir la resurrección de Cristo, había demasiadas evidencias de ello.

TESTIGOS PRESENCIALES

Pedro describe así su experiencia: “Porque no os hemos dado a conocer el poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo siguiendo fábulas artificiosas, sino como habiendo visto con nuestros propios ojos su majestad” (2 Pedro 1:16). Jesús había comisionado a los discípulos para que hicieran “discípulos a todas las naciones” (Mateo 28:19); y cuando esta obra se hubiera completado, “entonces vendrá el fin” (24:14). Es importante que Jesús dijera que esas eran las “buenas nuevas” del Reino que habían de ser proclamadas; en vez de las malas noticias del progreso del mal, como algunos se deleitan en hacer. Jesús especificó lo que los discípulos habían de proclamar luego de que se les apareciera después de la resurrección.
Después de explicar que “fue necesario que el Cristo padeciese, y resucitase de los muertos al tercer día, y que se predicase en su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las naciones, comenzando desde Jerusalén” (Lucas 24:46,47), añadió: “Y vosotros sois testigos de estas cosas” (versículo 48). La función de un testigo es atestiguar públicamente lo que ha observado, una verdad que podría ser desconocida para la mayoría. Era importante que la misión de Jesús fuera claramente comprendida, y eso requería que muchos testigos atestiguaran acerca de lo que habían visto y experimentado, con el propósito específico de esclarecer informaciones falsas y malentendidos. Jesús repitió el mandato de ser testigos en diversas ocasiones. Justo antes de su traición, dijo: “Y vosotros daréis testimonio también, porque habéis estado conmigo desde el principio” (Juan 15:27); antes de su ascensión: “Recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo; y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra” (Hechos 1:8); y más tarde, cuando se le apareció a Pablo: “Ten ánimo, Pablo, pues como has testificado de mí en Jerusalén, así es necesario que testifiques también en Roma” (Hechos 23:11).

CORAZONES MÁS QUE MENTES

Sobre el Monte de los Olivos, antes de su partida al cielo, Jesús se dedicó a esclarecer la prioridad, en lugar de perder tiempo tratando de corregir el malentendido de los discípulos. Eran sus corazones los que necesitaban del cambio, no sus mentes. Jesús puso a un lado sus preocupaciones temporales (Hechos 1:7), y dirigió su atención a algo mucho más importante. En lugar del poder político, les prometió poder espiritual, como resultado de la venida del Espíritu Santo sobre ellos, cuyos efectos se sentirían en círculos cada vez más grandes, desde Jerusalén a Judea y Samaría, hasta los fines de la Tierra (versículo 8).
Después de ver ascender a Jesús y desaparecer en las nubes, los discípulos notaron dos hombres vestidos de blanco a su lado (versículo 10). Dos seres vestidos de blanco también estuvieron junto a la tumba vacía (Juan 20:12). Los dos hombres en el Monte de los Olivos hablaron con autoridad a los discípulos acerca del regreso de Jesús (versículo 11). El paralelo de la aparición de dos hombres vestidos de blanco, en la tumba y durante la ascensión de Jesús, sugiere una conexión importante entre los dos eventos. El éxito en la tumba asegura la promesa del retorno de Jesús. Por causa de la resonante derrota de Satanás por parte de Cristo, primero al recuperar el terreno que Adán había perdido, y luego al romper las cadenas de la tumba, Jesús regresaba al cielo como Rey conquistador. Había derrotado a los poderes del mal, de la muerte y del sepulcro, y había reconquistado el control de la Tierra de manos de Satanás. Sobre la base de su memorable victoria, asegura la Segunda Venida. Así, el resultado final del Gran Conflicto quedó decidido.

ÉL LOS GUIARÁ A TODA VERDAD

¿Qué determinó la diferencia entre las actitudes de los discípulos antes de Pentecostés y después de él? Aunque Pentecostés es, tal vez, mejor apreciado por el milagro de las lenguas, fue su impacto sobre los discípulos lo que le dio poder a su éxito. Sus diez días de oración, cuando las metas personales de supremacía fueron puestas a un lado, indicaron que los discípulos estaban listos para escuchar lo que Dios quería decirles. Así como el Espíritu de Dios se movía sobre el abismo durante la creación, 1 otra vez se movió, ahora sobre los discípulos reunidos, apareciendo como lenguas de fuego sobre cada uno de ellos (Hechos 2:2, 3). Fue un nuevo comienzo para ellos, una nueva creación. Y así como las lenguas dividieron a la gente, esparciéndolas por la Tierra, a partir de la Torre de Babel, en Pentecostés, la gente que se había reunido de todas partes de la Tierra escuchó un mensaje de Dios en sus propias lenguas, de modo que la unidad original, perdida en el Edén y complicada en Babel, se restauró. Los discípulos estuvieron listos, por fin, para recibir el gran don que Dios ansiaba darles (Lucas 11:13). Después de su sesión de oración y reflexión intensas, el Espíritu Santo los purificó y los bautizó, así como Jesús lo había prometido (Hechos 1:5). Solo el Espíritu Santo podía remplazar sus preconceptos obstinados con la verdad tal como es en Jesús. Y es solo cuando Jesús es presentado al mundo que puede atraer a la gente a sí mismo (Juan 12:32) y libertarlos (8:32, 36).
Después de que Jesús regresó a su Padre, los discípulos tomaron el mandato de Jesús con seriedad. Primero, decidieron que buscarían un reemplazante para Judas, que debía ser alguien que hubiese conocido a Jesús, “comenzando desde el bautismo de Juan hasta el día en que de entre nosotros fue recibido arriba, uno sea hecho testigo con nosotros, de su resurrección” (Hechos 1:22). Podían, entonces, mantenerse como grupo unido para proclamar, primero al pueblo: “A este Jesús resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos” (2:32), y “matasteis al Autor de la vida, a quien Dios ha resucitado de los muertos, de lo cual nosotros somos testigos” (3:15); y luego a los líderes religiosos: “Y nosotros somos testigos suyos de estas cosas, y también el Espíritu Santo, el cual ha dado Dios a los que le obedecen” (5:32); y finalmente a los dirigentes de la iglesia primitiva, después del primer contacto con los gentiles: “Y nosotros somos testigos de todas las cosáis que Jesús hizo en la tierra de Judea, y en Jerusalén; a quien mataron colgándole de un madero” (10:39). Al describir estos y otros eventos, Lucas los resume, diciendo: “Y con gran poder los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús, y abundante gracia era sobre todos ellos” (4:33). Juan hizo un comentario similar, hacia el término de su vida: “La vida fue manifestada, y la hemos visto, y testificamos, y os anunciamos la vida eterna, la cual estaba con el Padre, y se nos manifestó” (1 Juan 1:2).

CON GRAN PODER

Los discípulos, con nueva osadía, atestiguaron de los eventos que habían presenciado. Todos sabían acerca de la muerte de Jesús, pero pocos se daban cuenta de su importancia; en eso, brillaron los discípulos. Ya no discutían acerca de su propia importancia personal, en cambio, compartían con tantos como podían la significación de la muerte y la resurrección de Jesús. Primero señalaron directamente la condenación vergonzosa (e ilegal) que llevó a que crucificaran a Jesús: “Prendisteis y matasteis por manos de inicuos, crucificándole” (Hechos 2:23), declarando que “a este Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y Cristo” (versículo 36). Reconociendo la gente el error de sus acciones, su culpa abrumadora les hizo decir: “¿Qué haremos?”(versículo 37). Como respuesta, los discípulos proclamaron un mensaje de perdón: “Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados” (versículo 38).
Esto perturbó grandemente al sumo sacerdote y sus asociados, quienes probablemente tenían fuertes objeciones contra la gente que estaba cuestionando su autoridad y quienes, porque eran saduceos, no creían en la resurrección. Ordenaron que Pedro y a Juan fueran encarcelados esa noche (Hechos 4:2, 3). Al día siguiente, los dos discípulos fueron sacados de la prisión, para aparecer luego ante un grupo de los sacerdotes más ancianos –todos de la misma familia (versículo 6)–, que les preguntaron con qué autoridad estaban actuando (versículo 7). Si esto hubiera sucedido unas pocas semanas antes, los discípulos habrían estado ansiosos de proclamar su propia posición exaltada como autoridades clave en el nuevo Reino que Jesús estaba estableciendo. En cambio, señalaron a Jesús, y le dieron el crédito por las cosas milagrosas que habían ocurrido (versículos 9-12). Acusaron a los principales sacerdotes de crucificar a Jesús, y sugirieron que Dios los había desechado cuando Jesús se levantó de los muertos (versículo 10). Pedro y Juan también habían declarado que la salvación para todas las personéis solo provenía de Jesús (versículo 12), implicando que no era por la obra de los sacerdotes.
Los sacerdotes se maravillaron, pues no esperaban esto de “hombres sin letras y del vulgo” (versículo 13). Después de ordenarles salir de la sala, los sacerdotes conferenciaron entre ellos, pensando que si mandaban a los discípulos no enseñar en el nombre de Jesús, ellos mansamente cumplirían la orden (versículo 18). ¡Cuán equivocados estaban!

ESTEBAN

Hasta el tiempo del nombramiento de Esteban como diácono (Hechos 6:5, 6), los apóstoles comparecieron valientemente ante los líderes religiosos en dos ocasiones (4:7-12; 5:27-32), y salieron desafiándolos. Pero cuando Esteban trató de enfrentarlos, fue muerto por una turba airada. Esteban, “lleno de gracia y de poder, hacía grandes prodigios y señales entre el pueblo” (6:8). Su testimonio era tan convincente que sus adversarios fabricaron falsas e incriminatorias historias contra él, y lo arrastraron hasta el concilio (versículos 9-14). Su discurso de defensa fue un relato maravilloso de la historia del Gran Conflicto en las vidas de Abraham (7:2-8), José (versículos 9-16), Moisés (versículos 17-29), y de los israelitas durante el Éxodo (versículos 3043). Todo, apoyado por el Dios que es mayor que cualquier templo construido por manos humanas (versículos 44-50); pensamiento muy amenazador para la religión establecida de este tiempo. Las siguientes declaraciones de Esteban fueron aún más duras (versículos 51-53), y tal vez los dirigentes religiosos ya habían tenido suficiente con el recuerdo de que mataron a Jesús injustamente. Su furia satánica (versículos 54, 57) estuvo en marcado contraste con la serenidad del primer mártir cristiano, quien estaba lleno del Espíritu Santo y tuvo una visión de los cielos abiertos (versículos 55, 56). Confiaba en que estaba a salvo en las manos de Dios (versículo 59), y en su último suspiro únicamente sintió compasión por sus atacantes (versículo 60).
Ese contraste ha derrotado los propósitos de la persecución desde aquel tiempo hasta ahora. En vez de destruir al pueblo de Dios y su fe, la persecución solo ha servido para esparcir la fe entre muchos de los espectadores, quienes enfurecidos por las injusticias que habían presenciado, rechazaron a los culpables por la violencia religiosa y se pusieron de parte de los oprimidos. Como una vez Tertuliano (c. 160 d.C. a c. 225 d.C.), un escritor prolífico de la iglesia cristiana primitiva que vivió en Cartago (Norte de África), dijo a los gobernantes y magistrados de su ciudad natal: “Pero sigan celosamente, buenos presidentes, estarán más elevados ante el pueblo si sacrifican a los cristianos según la voluntad de ellos, matándonos, torturándonos, condenándonos, reduciéndonos a polvo; vuestras injusticia es la prueba de que somos inocentes [...].
Cuantas más veces nos eliminan, tanto más crecemos en número; la sangre de los cristianos es simiente” (énfasis añadido). 2 Aunque se dice que “muchos sacerdotes obedecían a la fe” mientras Esteban todavía vivía (Hechos 6:7), su muerte parece haber endurecido las actitudes de ellos. Había un joven entre los presentes en esa ocasión, enseñado en las escuelas de los rabíes, a quien ni Esteban ni el movimiento que representaba impresionaron. Saulo de Tarso presenció la muerte de Esteban (7:58), y pronto se involucró en una lucha desesperada contra la joven iglesia. Fue responsable por el encarcelamiento y la muerte de muchos creyentes (8:3). Providencialmente, para el Gran Conflicto, la persecución que siguió solo sirvió para diseminar por todas partes a los creyentes (versículo 4), y de esta manera pudieron difundir el evangelio de Jesús. Aunque la muerte de Esteban marcó el comienzo de un esfuerzo concertado por eliminar al pueblo de Dios, para sorpresa de todos, uno de los adversarios más acérrimos se convirtió y llegó a ser uno de sus seguidores más ardientes. El celoso Saulo viajó a Damasco con la intención de destruir allá a la iglesia (9:1,2). Pero antes de encontrarse con los seguidores de Cristo, se encontró con Jesús. A veces, las mayores victorias que Dios gana sobre el mal son las conversiones de personas que fueron temidas por el pueblo de Dios, que después llegaron a ser sus más grandes defensores.

PREJUICIO CULTURAL

Así como habían tenido conflictos con el significado del Reino de Jesús, los discípulos también compartían prejuicios nacionales. Cuando Jesús pidió de beber a la mujer samaritana no solo ella se sorprendió, sino también los discípulos se preguntaron por la conversación de Jesús con ella, una persona desechada, que era de lo más bajo, porque “judíos y samaritanos no se tratan entre sí” (Juan 4:9). El mismo problema surgió cuando Cornelio, centurión romano destinado en Cesárea (a unos 50 km, o 30 millas, de la moderna Tel Aviv), quiso conocer más acerca de Dios. Cornelio era un “varón justo y temeroso de Dios “y muy respetado por la gente local” (Hechos 10:22). Dios lo dirigió, por medio de un ángel, a buscar a Pedro en Jope, sobre la costa de la moderna Tel Aviv (versículos 3-8).
La visión que tuvo Pedro sobre el terrado allanó el camino para que la iglesia primitiva abandonara todo prejuicio racial. Él notó un gran lienzo atado en las cuatro esquinas, que descendía del cielo. Dentro del lienzo, había una cantidad de criaturas que Pedro consideraba como contaminadas, o bien “inmundas”, de las cuales se le ordenó que eligiera y preparara para comer (versículos 12-14). Pedro vaciló, y le recordó a Dios que tales animales no debían comerse; los describe como “comunes” o inmundos”. Estas dos palabras describen alimentos que estaban infectados por una sustancia contaminante (haciéndolas ritualmente impuras) o cosas que no debían comerse en ninguna circunstancia (por causa de las leyes sobre la dieta de Levítico 11). El primer tipo de contaminación era causada por tocar un animal muerto (Levítico 11:25, 39), seguido por sangre (especialmente por el parto, capítulo 12), enfermedades de la piel (capítulo 13), aparición de hongos dentro de una casa (14:34-53), secreciones corporales (capítulo 15), y entrar en contacto con los muertos (21:1, 11). La palabra “común” se refiere a esta lista de “contaminaciones,” que harían que una persona quedara ritualmente impura. Si una persona se exponía a cualquiera de estas cosas, tenía que lavarse en agua y quedar “inmunda hasta la tarde” (11:24, 25, 27, 31).
La palabra “inmunda” se refiere a los animales que no eran considerados adecuados para el consumo humano; del mismo modo que el fruto del árbol fue prohibido. Moisés recordó a Dios que la selección de animales que los seres humanos podían o no comer (después del diluvio, cuando la vegetación era escasa) se describía como “limpios” e “inmundos” (capítulo 11).
Aunque la contaminación ritual podía ser “limpiada” lavándose y esperando, ningún rito o ceremonia religiosa podía modificar la naturaleza de los animales “inmundos”. Lavar cualquiera de ellos y esperar hasta la tarde no podía, de ninguna manera, cambiar su condición de ser inmundos. Es importante reconocer que la orientación de estas prohibiciones no era la salud, sino la santidad de Dios (11:43-45). Establecían una prueba de lealtad a Dios del mismo modo en que el fruto prohibido en el Jardín del Edén lo hizo para Adán y Eva.
Algunas personas, equivocadamente, creen hoy que este fue el momento en que Dios cambió la dieta humana, permitiendo que la gente comiera cualquier cosa que desearan; sin embargo, ese no es el mensaje que Pedro recibió de la visión. Primero se preguntó qué significaría aquello; para comenzar, no era obvio (Hechos 10:17). Cuando los hombres de Cornelio llegaron y explicaron su misión, Pedro se sintió impulsado a ir con ellos (versículos 22, 23). Al encontrarse con Cornelio, el significado de la visión llegó a ser claro. Pedro había considerado a todos los extranjeros como animales inmundos (versículos 28), y no permitía que ninguno de ellos estuviese lo suficientemente cerca de él como para “contaminarlo”. Ahora tenía una perspectiva diferente. Ahora sabía –por la revelación directa de Dios– que todos los grupos de pueblos están conformados por preciosas almas por las cuales Cristo murió (versículos 34-48).
Tal vez este es un desafío importante para la iglesia actual. “El prejuicio es algo terrible a la vista de Dios. El prejuicio crucificó al Redentor del mundo. Como pueblo, descartemos todo prejuicio; porque ciega la mente, e impide que los hombres hagan justicia a quienes imaginan dignos de culpa. Hará que los hombres juzguen a los hermanos, cuyas almas íntimas no pueden leer; si pudieran, no las entenderían. En lugar de crear discordia por juzgar a otros, necesitamos unir a los miembros de nuestras iglesias con las cuerdas de un sólido amor fraternal en unión celestial”. 3
Este desafío, aceptado y afrontado por la iglesia primitiva, continúa siendo un reto para la iglesia de hoy Sin embargo, a la luz del Gran Conflicto, este impedimento para completar la comisión evangélica debe ser aceptado y afrontado también por nosotros.


Referencias
1 La palabra que describe al Espíritu Santo que se “movía" sobre la superficie de la Tierra (Génesis 1:2) solo aparece otra vez en la misma forma, en la Biblia, cuando describe la acción de Dios de salvar a su pueblo en el Éxodo, que se compara con un águila que revolotea sobre sus pichones, al prepararlos para enseñarles a volar (Deuteronomio 32:11).
2 Tertuliano, Apología, 50.12, 13, consultado el 30 de diciembre de 2014.
3 Elena de White, “Brotherly Love Needed”, Review and Herald, 24 de octubre de 1893.