http://www.escuelasabatica.cl/2016/tri2/imagenes/tapa.gifCAPÍTULO 5 (Mateo 10, 11)
LA EXPLOSIÓN DEL REINO
“El reino de los cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan” (Mateo 11:12)


Historia real I: Un padre estresado y con exceso de trabajo decide no seguir la cultura de “tienes que darle a tus hijos todo bajo el sol”, y decide darse a sí mismo. Escoge un trabajo humilde y agradable en una tienda de telefonía móvil, lo que le permite estar en casa todos los días a las 4:30 y pasar la noche con sus hijos.
Historia real 2:Un grupo de jóvenes en un culto nocturno de adoración se enteran de que unos jóvenes de los barrios pobres no tienen zapatos decentes para el invierno. Al salir, la mayoría de los jóvenes deja sus lujosas zapatillas deportivas bajo los asientos de la iglesia, y se van a la casa en calcetines.
Historia real 3: Cristianos encarcelados en China no oran para ser liberados. Oran para que la luz del evangelio continúe esparciéndose en esa entenebrecida nación.
¿Qué tienen todas estéis historiéis en común? Son historias de un reino que sufre violencia.

UNA AFIRMACIÓN CONTUNDENTE

Una de las declaraciones más poderosas y desconcertantes de las Escrituras es la que aparece en Mateo 11:11 y 12:“De cierto os digo que entre los que nacen de mujer no se ha levantado otro mayor que Juan el Bautista; y, sin embargo, el más pequeño en el reino de los cielos es mayor que él. Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el reino de los cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan”.
¿Qué significan esas palabras? El teólogo D. A. Carson dice que el reino de los cielos avanza enérgicamente con “santo poder y magnífica energía y ha estado haciendo retroceder las fronteras de las tinieblas” y mientras esto está pasando “hombres violentos o rapaces han estado tratando de saquearlo”. 1
Aunque hay otras interpretaciones de estos versículos, hay tres cosas que me resultan bastante claras:

¡Vaya!

Jesús pronunció estas palabras durante un periodo de intensa acción. Después de las curaciones de Mateo 8 y 9, Jesús “llamando a sus doce discípulos, les dio autoridad sobre los espíritus impuros, para que los echaran fuera y para sanar toda enfermedad y toda dolencia” (Mateo 10:1). Los envió de dos en dos (Marcos 6:7), un sabio ejemplo para el ministerio de hoy Las parejas fueron: los hermanos Simón y Andrés, los hermanos Jacobo y Juan, Felipe y Bartolomé, Tomás y Mateo, “el publicano” (Mateo 10:3), Jacobo, hijo de Alfeo, y Tadeo, Simón, el cananita, y Judas Iscariote.

Es interesante que Mateo haya mencionado su propia ocupación: publicano. De hecho, fue muy adecuado que Jesús no lo emparejara con Simón, el cananita, que odiaba a Roma y a cualquier persona relacionada con ella. Simón fue el compañero de Judas.
Mientras sus discípulos se preparaban, Jesús fue confrontado por los discípulos de Juan el Bautista, que estaban perplejos porque su líder se podría en la cárcel y empezaron a dudar del mesianismo de Jesús. “¿Eres tú aquel que había de venir o esperaremos a otro?”, preguntaron (Mateo 11:3).
Sin inmutarse por la expresión de duda, Jesús envió este mensaje a Juan: “Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados, los sordos oyen, los muertos son resucitados y a los pobres es anunciado el evangelio; y bienaventurado es el que no halle tropiezo en mí” (versículos 5, 6). Allá en la cárcel, Juan decodificó el mensaje. Jesús estaba usando la fraseología del jubileo, el año cincuenta del calendario judío. Ese año todo quedaba reajustado y restaurado. Jesús estaba anunciando que él es nuestro jubileo. Dondequiera que él fuera, las cosas eran puestas en orden. Él era el Mesías y sus discípulos no tenían que esperar a nadie más.
Tras sus palabras de consuelo a Juan, Jesús se refirió al predicador del desierto que había estado encarcelado. Jesús dijo que hasta ese punto en la historia de la Tierra, nadie había sido mayor que Juan el Bautista, nadie. ¡Esta fue una declaración asombrosa! ¿Nadie en la historia, ni uno nacido de mujer, había sido mayor que Juan el Bautista? ¿Ni Enoc? ¿Ni Noé? ¿Ni Abraham? ¿Ni Moisés? ¿Ni David? ¿Ni Elias? ¿De verdad? ¿Cómo pudo Juan el Bautista, que ministró durante un breve tiempo, que nunca escribió una palabra de las Escrituras, que fue seguido solo por un pequeño grupo, ser el hombre más grande que haya vivido en esta Tierra? ¿Fue grande por su humildad? Ciertamente, eso era parte de ello. Pero la verdadera grandeza de Juan radicó en haber tenido el privilegio de bautizar al Señor en las aguas del río Jordán, y así dar inicio al ministerio mesiánico de Cristo. Nadie en la historia había tenido tal privilegio. Nuestra única medida de grandeza es nuestra asociación con el Señor. Y hasta ese momento, nadie en la historia se había relacionado más íntimamente con Jesús.
Sin embargo, Jesús dijo: “El más pequeño en el reino de los cielos es mayor que él [Juan]” (versículo 11). En otras palabras, aunque Juan era más grande que cualquier persona antes que él, el más pequeño en el recién inaugurado reino de Cristo era mayor que Juan. Por esto los propios discípulos de Juan lo dejaron para seguir a Jesús, porque en el instante que lo hicieron, fueron más grandes que Juan. Juan no volvió a tener contacto directo con Jesús. Él conocía su lugar en el reino; sabía que tenía que “disminuir” para que Jesús pudiera “crecer” (Juan 3:30). Todos los que vinieron después de Juan experimentarían algo que ni Juan ni nadie antes que él habían experimentado: comunión directa con Jesucristo. No hay mayor privilegio.

DOS MODELOS DE MINISTERIO: LUZ Y SAL

Tras su declaración sobre la transición histórica que ocurría desde Juan hasta él mismo, Jesús inició un diálogo con sus oyentes respecto a cómo la gente mostraba su indiferencia tanto al mensaje de Juan como al de él.
“¿A qué compararé esta generación? Es semejante a los muchachos que se sientan en las plazas y gritan a sus compañeros, diciendo: ‘Os tocamos flauta y no bailasteis; os entonamos canciones de duelo y no llorasteis’ ” (versículos 16, 17). Los niños del primer siglo jugaban en la plaza pública, su patio de recreo. En ocasiones los niños jugaban a las “bodas”. Interpretaban los papeles de la novia y del novio, y del cortejo nupcial, riendo como locos. Las bodas eran grandes celebraciones que duraban tres días.
Después de jugar a las “bodas” por un rato, uno de los niños gritaba: “¡Oigan, vamos a jugar al funeral!”. Los funerales tenían plañideras pagadas. Así que los niños cantaban las canciones más tristes posibles, y otros niños marchaban lamentándose.
Pero en esta parábola, algo está terriblemente mal con los niños en la plaza. ¡No querían jugar nada! En lugar de eso, tenemos la imagen desesperante de niños gritándoles a otros niños, “¡Juguemos a las ‘bodas!’ ”. Y los otros niños responden: “No, no queremos jugar a las ‘bodas’. No vamos a bailar”.
Así que entonces los niños gritan: “¡Juguemos al ‘funeral!’ ”. Los otros niños replican: “No, no jugaremos al ‘funeral’, tampoco”.
Es una parábola de una generación totalmente indiferente.
Jesús explica la parábola en los versículos 18 y 19: “Porque vino Juan, que ni comía ni bebía, y dicen: ‘Demonio tiene’. [En otras palabras: Rehusamos jugar al ‘funeral’ contigo, Juan el Bautista.] Vino el Hijo del hombre, que come y bebe, y dicen: ‘Este es un hombre comilón y bebedor de vino, amigo de publícanos y pecadores’. [Rehusamos jugar a las ‘bodas’ contigo, Jesús]. Pero la sabiduría es justificada por sus hijos” La versión de Lucas de esta parábola dice: “Pero la sabiduría es justificada por todos sus hijos” (Lucas 7:35).
La parábola de Jesús ofrece significativos planteamientos de dos tipos de ministerios, ambos importantes. El ministerio de Juan el Bautista era un ministerio de un estilo más sombrío, de arrepentimiento, de lágrimas, de limpieza. Juan se vestía como lo hizo el profeta Elías, de pelo de camello y un cinturón de cuero. ¿Cómo no podía verlo la gente? Juan era “aquel Elías que había de venir” (Mateo 11:14).
El ministerio de Juan era un llamamiento a morir a uno mismo y al mundo. Incluso los bautismos de Juan eran un símbolo de muerte, de descender a una tumba líquida. Pero la gente no aceptó el ministerio de muerte de Juan, así que ofrecieron una excusa al decir que él debía de tener un demonio. El ministerio de Jesús fue un ministerio de vida. Él comía, bebía y se relacionaba con la gente; él vino como nuestro amigo. Él dijo: “Se acabó el tiempo de luto; es tiempo de bailar”. Pero la gente no quería aceptar a Jesús tampoco. Así que lo difamaron diciendo: “Este es un hombre comilón y bebedor de vino, amigo de publícanos y pecadores” (versículo 19).
A veces, simplemente uno no puede ganar. Como los niños desganados en la plaza, los contemporáneos de Jesús eran indiferentes y obstinados. No querían responder a nada. Sus corazones se habían endurecido demasiado.
Solo se sentaban allí.
Jesús anhela que seamos tan expresivos y receptivos como, por lo general, son los niños. Él dice: “No lo controlen todo”. “No se recluyan. Déjenme impresionar sus corazones. Déjenme llorar con ustedes. Déjenme bailar con ustedes”.
Al pensar en los ministerios de Jesús y Juan el Bautista, nos encontramos con dos modelos: El modelo de Jesús: “sal de la tierra”, y el modelo de Juan: “luz sobre un monte” (o luz en el desierto). Por ejemplo, un ministerio en los barrios marginados, alimentando a los que no tienen hogar utiliza el enfoque “sal de la tierra”, ministrando a la gente donde están. Por el contrario, un centro de rehabilitación para drogadictos utiliza el enfoque “luz sobre un monte”, sacando a las personas de las tinieblas hacia una tierra prometida.
“Vosotros sois la sal de la tierra...Vosotros sois la luz del mundo” (Mateo 5:13, 14). A fin de que la predicación del evangelio avance, ambos modelos están avalados por el mismo Cristo.


1 D.A. Carson, The Expositor’s Bible Commentary: Matthew; Chapters 1-12 (Grand Rapids, MI: Zondervan Publishing House, 1995), pp. 266, 267.