CAPÍTULO 7
(Mateo 14, 15)
SEÑOR DE TODO
“Pero aún los perros comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos”
(Mateo 15:27)

¿Ha tenido usted un profesor que era difícil de entender? Quizá usted está pensando: “Sí, tuve un montón de maestros que eran difíciles de entender. De hecho, nunca los entendí. Muy bien, me parece justo. ¿Puede pensar en un profesor que podría haber sido difícil de entender en el momento, pero que más tarde usted entendió lo que quiso decir? De hecho, después de bastante tiempo juntos, ¿llegó usted a apreciar la sabiduría de ese maestro?
En la película, Karate Kid, un joven, Daniel LaRusso, le pidió al maestro Miyagi que lo entrenara para poder defenderse de los abusadores. Daniel sabía que Miyagi era un experto en karate, pero cuando el entrenamiento comenzó, Daniel no recibió el entrenamiento que esperaba.
En lugar de enseñar a Daniel cómo defenderse de los demás, el señor Miyagi le dio una serie de tareas confusas. Primero, le dijo que lavara y encerara sus coches, moviendo sus manos en pequeños círculos mientras él cantaba: “¡Encera dentro! ¡Encera fuera!”. Después, el señor Miyagi le pidió a Daniel que puliera su piso, usando grandes círculos. Luego hizo que Daniel pintara su cerca “de arriba a abajo”, y su casa “de lado a lado”.
Daniel estaba listo para renunciar a su “entrenamiento". Pero el maestro Miyagi lo paró en seco. “Muéstrame, ‘¡encera dentro, encera fuera!’”, le gritó el señor Miyagi, que de repente lanzó puñetazos y patadas hacia Daniel. Cuando Daniel eficazmente bloqueó los golpes, se dio cuenta de que los movimientos que había estado haciendo eran exactamente los movimientos de que necesitaba aprender.

CONFIAR EN EL MAESTRO

En la Biblia también encontramos personajes que lucharon por “confiar en el Maestro”.
En el Antiguo Testamento, un ejemplo clásico es la experiencia de Abraham. Dios le dijo a Abraham que llevara a su hijo Isaac al monte Moriah (el futuro monte del Templo) y lo sacrificara allí. No tenía sentido. A diferencia de otros “dioses”, Yahvé nunca había requerido el sacrificio de niños. Dicha petición contradecía todo lo que Abraham creía. ¿Sacrificar a su propio hijo?
Pero Dios le dio esta prueba a Abraham después de demostrarle que podía confiar en él. “Ve y sacrifica tu hijo" no fueron las primeras palabras de Dios a Abraham. La prueba vino después de que Dios le había revelado todo su poder y fidelidad. Era la prueba final de la propia fe de Abraham.
En el Nuevo Testamento, Jesús también probó la fe de sus seguidores. ¿Hasta qué punto estaban dispuestos a seguirle? Como lo hizo con Abraham, el Señor estaba preparando a sus seguidores para una obra poderosa.

PAN DEL CIELO

La alimentación de los cinco mil fue un milagro tan impactante que, junto con la resurrección de Jesús, son los únicos dos milagros que aparecen en los cuatro Evangelios. El milagro de la alimentación inaugura uno de los períodos más confusos y volátiles del ministerio de Cristo. ¿Por qué? Porque la gente cercana a Jesús pensaba que sabía más de lo que realmente él hacía. Sabían el tipo de mesías que querían. Si Jesús hubiera cumplido los deseos de la gente, lo hubiesen ungido como rey. Sin embargo, terminó su ministerio con muy pocos acompañantes.
Mateo 14 cuenta que la alimentación de los cinco mil ocurrió en el tiempo de la trágica decapitación de Juan el Bautista a manos de Herodes Antipas. Como Jesús y sus discípulos se retiraron al lado noreste, la parte más tranquila del Mar de Galilea, la multitud corrió tras ellos. Hubiera sido comprensible que Jesús protegiera su privacidad, estaba triste por la muerte de Juan, en cambio “tuvo compasión de ellos y sanó a los que de ellos estaban enfermos” (Mateo 14:14).
Lucas 9:10 dice que Jesús se retiró cerca de Betsaida, la ciudad de Felipe. Quizá por eso Jesús le preguntó a Felipe: “¿De dónde compraremos pan para que coman estos?” (Juan 6:5). Evidentemente el Señor estaba probando la fe de Felipe. El discípulo respondió: “No tenemos tantos panes aquí”.
Juan 6:2 afirma que “una gran multitud” seguía a Jesús. Como la Pascua ya se aproximaba, probablemente dicha multitud iba camino a Jerusalén. Muchos judíos de Galilea, que viajaban hacia Jerusalén, no querían cruzar por Samaría, y preferían viajar por el lado norte del Mar de Galilea para ir a Jerusalén.
Andrés, el discípulo, encontró un muchacho que tenía algunos panes de cebada y varios peces. El de cebada era el pan más barato. La cebada era el alimento de los pobres y de los animales. Los peces seguramente eran pequeños, tal vez como sardinas. Estos peces provenían del Mar de Galilea y quizás estaban adobados y preparados. El muchacho tenía su pescado para comérselo con el pan de cebada.
Trajeron el almuerzo del niño a Jesús. El Señor lo bendijo, lo multiplicó y alimentó a cinco mil hombres sin contar las mujeres y los niños. La gente se maravilló y decía: “Verdaderamente este es el Profeta que había de venir al mundo” (Juan 6:14). Los discípulos se llenaron de gozo. Uno podía casi escuchar a Pedro gritar: “¡Eso era lo que yo le decía!”.
El milagro les recordó el maná que Dios había provisto a los israelitas en el desierto.
Jon Paulien declaró por escrito: “Dentro del judaísmo surgió una tradición que enseñaba que el Mesías vendría en una Pascua, y que, junto con su venida, comenzaría de nuevo a caer maná ( Midrash Qoheleth 1:9). Así que cuando Jesús alimentó a los cinco mil poco antes de la Pascua, no debería sorprender a nadie que la multitud comenzara a especular sobre si él era el Mesías y si estaba a punto de hacer un mayor milagro de alimentación, alimentar a todos todo el tiempo con el maná”. 1
Imagine que usted se encuentra entre la multitud. Usted ha crecido oyendo relatos de Yahvé alimentando de manera milagrosa a los israelitas en el desierto. Y ahora este joven llamado Yeshua está alimentando milagrosamente a miles de personas también. Este era exactamente la clase de mesías que la gente quería: un mesías que satisficiera sus necesidades materiales. En ese momento, las multitudes estaban listas para declarar a Jesús como su rey, puesto que un rey así era el que ellos querían.
Pero el Rey de reyes se resistía a seguir esos planes. Ordenó a sus discípulos subir a la barca. Los quería lejos del tumulto y de la presión. Un buen maestro protegerá a sus alumnos. Elena de White escribió: “Llamando a sus discípulos, Jesús les ordenó que tomasen el bote y volviesen en seguida a Capernaúm, dejándole a él despedir a la gente... Protestaron contra tal disposición; pero Jesús les habló entonces con una autoridad que nunca había asumido para con ellos. Sabían que cualquier oposición ulterior de su parte sería inútil, y en silencio se volvieron hacia el mar". 2

EL SEÑOR DE TODO

El éxodo de Israel no solo conllevó “la caída del maná”. El Señor también mostró su autoridad sobre las aguas del Mar Rojo. Jesús mostró su poder al caminar sobre el agua. Un momento revelador se produce cuando los aterrorizados discípulos se preguntaban en alta voz quién era ese personaje que caminaba sobre el agua. Jesús les dijo: “Soy yo, no temáis (Mateo 14:27). La frase “soy yo” es otra forma de traducir la frase en griego, ego eimí que significa “Yo soy”. En hebreo, “Yo soy” es el nombre de Yahvé. En realidad, Jesús estaba diciendo: “Soy Yahvé. No temáis”.
Algunos grupos religiosos, como los Testigos de Jehová, argumentan que los Evangelios realmente no presentan a Jesús como un ser divino, sino como un ser humano. Pero sencillamente ese no es el caso. En los Evangelios, solo Jesús usa de esa manera la frase “Yo soy”. Claramente se está igualando a sí mismo con Yahvé.
Aturdido por el caminar de Jesús sobre las olas, Simón Pedro quería ser parte de ello. “Y él [Jesús] dijo: ‘Ven’”.
“Y descendiendo Pedro de la barca, andaba sobre las aguas para ir a Jesús. Pero al ver el fuerte viento, tuvo miedo y comenzó a hundirse. Entonces gritó: ‘¡Señor, sálvame!’ ”.
‘Al momento Jesús, extendiendo la mano, lo sostuvo y le dijo: ‘¡Hombre de poca fe! ¿Por qué dudaste?’ ” (versículos 29-31).
Mientras Pedro estaba de nuevo sentado en la barca, secándose al aire libre, no se daba cuenta de que tendría que enfrentar una prueba más difícil.

PEDIR DEMASIADO

Estando en Capernaúm, Jesús se puso de pie en la sinagoga y pronunció una declaración muy sorprendente: Tienen que comer mi carne y beber mi sangre (ver Juan 6:25-71). ¿Qué significan esas palabras?
Algunos comentaristas dicen que los oyentes de Jesús estaban, en realidad, perplejos porque creían que Jesús les estaba diciendo que ellos tenían literalmente que comer su carne y beber su sangre. Esto lo expresa Juan 6:52 con bastante claridad, donde la gente dice: “¿Cómo puede este darnos a comer su carne?”.
Otros comentaristas señalan que la audiencia judía entendía los símbolos mucho más de lo que hacemos nosotros, y que ellos sabían que Jesús estaba usando una metáfora. De acuerdo con esta opinión, lo que la gente rehusaba aceptar que Jesús no era la dase de mesías con el que ellos contaban. Él no vino para derrocar a los romanos o para dar maná literal a Israel. Su reino era muy diferente de lo que ellos esperaban.
Cualquiera que sea la interpretación correcta, la cuestión central era: ¿Cuán dispuestos a confiar en Jesús estaban sus seguidores, aun cuando no lo comprendieran del todo? Como Abraham, Jesús no comenzó su ministerio diciendo: “HoIa, soy Jesús de Nazaret. Deben comer mi carne y beber mi sangre”. Solo después de mostrarles su poder y su cuidado Jesús probó a sus seguidores. Quería ver cuánto confiaban en él como su líder.
Cuando casi todos los de la multitud se habían marchado, Jesús se volvió a los doce y les susurró una pregunta dolorosa: “¿Queréis acaso iros también vosotros?” (Juan 6:67).
“Le respondió Simón Pedro: ‘Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna. Y nosotros hemos creído y conocido que tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente’ ” (versículos 68, 69).
Contra toda sabiduría convencional, Jesús había trocado la oportunidad de ser el rey de millones para, de nuevo, ser el rabí de un pequeño grupo de discípulos. Su sabiduría no es la nuestra.
Es en este punto, tras un debate agradable con los fariseos sobre lavarse apropiadamente las manos, cuando Jesús tomó una drástica decisión: Saldría de las ciudades de los judíos y entraría en la región de los forasteros, los rechazados, los gentiles.

LLEVAR AL LÍMITE

Una vez un ateo y un creyente estaban debatiendo respecto a la existencia de Dios. El ateo dijo: “Dame una buena razón para creer en Dios”.
El creyente simplemente respondió: “Israel”.
En verdad, la historia de Israel es una de las evidencias más contundentes de la existencia de Dios. El Señor escogió a Israel, lo llevó de la mano a la Tierra Prometida y le confió sus leyes. Pero Israel no era el único pueblo que le importaba a Dios. La razón por la que escogió a Israel fue para, por medio de Israel, bendecir a todos los pueblos de la Tierra.
“Así dice Jehová, Dios, Creador de los cielos y el que los despliega; el que extiende la tierra y sus productos; el que da aliento al pueblo que mora en ella y espíritu a los que por ella caminan: ‘Yo, Jehová, te he llamado en justicia y te sostendré por la mano; te guardaré y te pondré por pacto al pueblo, por luz de las naciones, para que abras los ojos de los ciegos, para que saques de la cárcel a los presos y de casas de prisión a los que moran en tinieblas’ ” (Isaías 42:5-7).
Las dos experiencias de Mateo 15 les demostraron a los discípulos que Jesús no era solo Señor de los judíos, sino el Señor de todos.
Mateo 15:21-28 registra la historia en la que Jesús fue abordado por una mujer cananea cuya hija necesitaba ser sanada. Esta no es una historia fácil de entender, porque no tenemos el beneficio del tono vocal y las expresiones faciales. Al principio, Jesús pareció ignorarla. Elena de White sugiere que hizo esto para mostrar a sus discípulos la manera fría y despiadada en la que los judíos trataban a los gentiles. 3 Luego, cuando Jesús le habló, sus palabras parecieron muy ásperas: “No está bien tomar el pan de los hijos y echarlo a los perros” (versículo 26).
¿Y si usted siguiera ese modelo? Alguien le pide si puede comer de sus papas fritas, y usted le responde: “No está bien lanzar mis papas fritas a los perros”. Sería como darle un puñetazo en la cara, ¿no le parece?
Entenderemos mejor este asunto si tomamos en cuenta lo siguiente.
En primer lugar, los judíos se referían a los gentiles como perros, los veían como muchos perros corriendo por las calles. Pero aquí, Jesús utiliza un término griego que designa a un “perro pequeño” o un “cachorro”, evocando la imagen de perros domésticos que están en el hogar y se alimentan de la mesa.
En segundo lugar, esta mujer cananea se refirió al Señor como “Hijo de David”. Esto mostraba su familiaridad con el judaísmo de Jesús. Como un buen maestro, Jesús dialogó con ella y la probó. Craig Keener escribe:
“Quizás él está tratando de que ella entienda su verdadera misión e identidad, para que no lo tratara como uno de los muchos magos itinerantes a quienes los gentiles, a veces buscaban para sus exorcismos. Sin embargo, él está, sin duda, invitándola a reconocer la prioridad de Israel en el plan divino, un reconocimiento que para ella incluirá aceptar su propia condición de dependencia”. 4
Por último, lo más probable es que esta mujer fuera una griega de clase alta, tal vez parte de un grupo “que había tomado de manera sistemática el pan que pertenecía a los judíos pobres que residían en la vecindad de Tiro... Ahora el Jesús del Evangelio de Marcos invierte las relaciones de poder, porque el ‘pan’ que Jesús ofrece pertenece primero a Israel... esta ‘griega’ debe pedir ayuda de un judío itinerante”. 5
¿Por qué deberían los judíos compartir su pan con los gentiles? La mujer respondió correctamente la pregunta cuando dijo que aún los cachorros comían de las migajas que caían de la mesa de los niños.
Tenemos que confiar en que Jesús sabía lo que estaba haciendo allí. Al dialogar con esta mujer, Jesús la dignificó, al igual que hizo con la mujer en el pozo (Juan 4). Se fue con su hija sanada y con más fe en el judío hijo de David.
Esta no fue la última ocasión que Jesús compartió el pan de los hijos.
Todavía en territorio gentil, Jesús “subió al monte y se sentó allí” (Mateo 15:29). El simbolismo era notablemente similar a las ocasiones cuando Jesús se sentaba entre su propio pueblo, enseñando y sanándolos. “Se le acercó mucha gente que traía consigo cojos, ciegos, mudos, mancos y otros muchos enfermos. Los pusieron a los pies de Jesús, y los sanó” (versículo 30). Marcos 7:31 nos cuenta que Jesús había vuelto a entrar a la región de Decápolis, la misma zona donde los demonios precipitaron los cerdos al agua, haciendo que los gentiles ahuyentaran a Jesús.
Pero algo extraordinario había pasado desde entonces. Evangelizados por los dos hombres que Jesús había sanado, estos mismos gentiles ahora tenían corazones enternecidos, receptivos al mensaje del Señor. “Jesús, llamando a sus discípulos, dijo: Tengo compasión de la gente, porque ya hace tres días que están conmigo y no tienen qué comer’ ” (Mateo 15:32). Muchas personas no se dan cuenta de que hay dos alimentaciones de multitudes en el Evangelio de Mateo: la primera para los judíos, la segunda para los gentiles. En ambos casos, Jesús tuvo “compasión” por la gente.
La imagen de miles de gentiles que vienen para que este joven rabí judío los enseñe, los ame y los alimente es asombrosa. Ese siempre ha sido el plan de Dios: atraer a todas las naciones de la Tierra a él. Un versículo de las Escrituras hebreas da testimonio de esto: “Hijos de Israel, ¿no me sois vosotros como hijos de etíopes?, dice Jehová. ¿No hice yo subir a Israel de la tierra de Egipto, de Caftor a los filisteos, y de Kir a los arameos?” (Amos 9:7). ¡Wao! ¿Qué dice Dios aquí? ¡Que él está interesado en los asuntos no solo de Israel, sino de todo el mundo!
Mucho antes de que Jesús recorriera los caminos de Galilea, él había enviado a otro profeta de Galilea a predicar a los gentiles. Pero donde Jonás dudó, Jesús no lo hizo. Él ama a todos sus hijos, todos estamos invitados a cenar en su mesa.


1 Jon Paulien, Abundant Life Bible Amplifier: John (Nampa, ID: Pacific Press, 1995), p. 115. 2 Elena de White, El Deseado de todas las gentes (Bs. As.: ACES, 2008), cap. 40, p. 341. 3 Ibíd., cap. 43, p. 366. 4 Craig S. Keener, The Gospel of Matthew: A Socio-Rhetorical Commentary (Grand Rapids, Ml: Wm. B. Eerdmans Publishing Company 2009), p. 417. 5 Ibid