CAPÍTULO 6
Una maldición sin causa
E1 título de este capítulo se basa en Proverbios 26: 2: «Como gorrión que vaga, o como golondrina en vuelo, así la maldición nunca viene sin causa». La segunda parte de esta declaración contiene una gran dosis de verdad. Muchas veces, directa o indirectamente, nosotros mismos nos provocamos los problemas. Nuestro estilo de vida, nuestras decisiones, nuestras palabras, pueden provocar situaciones desastrosas y dolorosas. Eso era lo que creían los tres amigos del patriarca.
El libro de Job nos ofrece una excelente oportunidad para adquirir un entendimiento más amplio del conflicto que existe entre Dios y el diablo, y en cómo nos afecta. Job es una obra que rebosa de acción. Lo de mayor cuantía ocurre en los primeros dos capítulos del libro. El resto es mayormente un compendio de la conversación sostenida entre cuatro personas: Job, Elifaz, Bildad, y Zofar.
Podemos afirmar que tal vez los tres amigos de Job también eran ricos. Si hubieran sido obreros que trabajaran para otros, probablemente no habrían tenido la oportunidad de sentarse horas y horas, en silencio, junto a su sufriente amigo. El libro no indica cómo se enteraron de los sufrimientos de Job. Tampoco tenemos mucha información respecto a dónde estaban ubicadas las ciudades de origen de los tres visitantes, con excepción de uno: «Elifaz provenía de Temán. Génesis 36: 4 afirma que a un hijo de Esaú y Ada le llamaron Elifaz. Luego, Elifaz tiene a un hijo de nombre Temán (Gén. 36: 11). Temán es el nombre de una destacada ciudad en la zona de Edom, al sureste del Mar Muerto. Si están correctas la identificación de dicha ciudad y la residencia de Job, esto significa que Elifaz hizo un viaje de más de 150 kilómetros».1
Es probable que Elifaz haya hecho su viaje hacia la casa de Job en una bestia de carga, o en un coche tirado por animales que estaban acostumbrados a viajar largas distancias. La Biblia no dice en qué época del año ocurrió la travesía, pero si fue durante el verano, un largo viaje en el extremo calor del desierto conllevó hacer preparativos especiales. Seguramente los tres amigos de Job llegaron cargados de buenas intenciones para apoyar a su amigo o compañero de negocios.
Aquí tenemos una enseñanza: si nuestros amigos enferman, ¿estaríamos dispuestos a viajar grandes distancias para consolarlos? ¿Cuán lejos nos desplazaríamos para visitar a nuestros hermanos de iglesia, para dejarles saber que nos solidarizamos con su dolor?
¿Cuán lejos llegó Jesús para consolarnos y apoyarnos a nosotros, sus «amigos», como llamó a sus discípulos en Juan 15: 15?
«Pero os he llamado amigos, porque todas las cosas que oí de mi Padre os las he dado a conocer».
¿Fue cómodo para los tres amigos de Job viajar para acompañar a su amigo sufriente? Probablemente, no. Muchos de nosotros no haríamos nada por nuestros amigos si eso implica algunos inconvenientes. Quizá podríamos abandonar nuestra zona de comodidad por amigos muy, pero muy, cercanos. Aquellos hombres deben de haber sido muy allegados a Job para haber hecho ese viaje, sentarse con él en el polvo, y permanecer en silencio a su lado durante siete días.
Esto nos lleva al Salmo 119: 65-72. Allí el salmista reconoce que Dios ha obrado bien con su siervo, porque le ha enseñado a tener buen juicio, conocimientos y buen discernimiento. El siervo admite haberse extraviado antes de su aflicción, pero luego de la misma él obedece los estatutos del Señor. Después de su inesperada aflicción, aquel siervo expresa lo que muchos dirían es un profundo aprecio por la ley de Dios, por sus mandamientos y por sus preceptos. A veces las mejores enseñanzas se adquieren gracias a los golpes. Aunque Dios intenta resguardarnos del dolor y del castigo, a menudo esas experiencias nos enseñan que debemos mantenernos cerca de él.
En cierta ocasión escuché la historia de un pastor que tenía una oveja a la que con frecuencia tenía que rescatar. Según el relato, el pastor finalmente decidió romperle las patas. Luego se las entablilló y las vendó, y la cargaba en sus brazos hasta que la ovejita sanó. Como el pastor llevaba a la oveja en sus brazos, esta aprendió a amar al pastor, y cuando se sanó y pudo correr y caminar por cuenta propia, se mantuvo cerca de su dueño y jamás salió del rebaño.
No estoy seguro si esta historia es verídica, ya que suena cruel y violenta. Tampoco creo que Jesús, el buen pastor (Juan 10: 11; Jer. 3: 15), esté dispuesto a causarles dolor a sus seguidores. No obstante, cuando nos distanciamos de su voluntad, el Señor a menudo nos deja caer en situaciones agobiantes para que aprendamos a depender de él.
Hace algunos años un borracho entró a una de las iglesias que yo pastoreaba. Lo observé cuidadosamente mientras el pequeño grupo presentaba sus testimonios, orábamos y cantábamos.
Esa noche lo llevé a su casa en mi automóvil y nos hicimos amigos. Un día me contó su historia de luchas, problemas y tribulaciones. Él había participado en la guerra de Vietnam y me contó que cada vez que el enemigo disparaba a las tropas norteamericanas, ellos identificaban la llegada de los proyectiles por el ruido que hacían. Todos los soldados se refugiaban en la trinchera más cercana, o en las depresiones creadas en el terreno por una previa lluvia de morteros. Me dijo que en aquellas trincheras no había ateos: todos oraban para Dios les protegiera. Sin embargo, una vez que la lluvia de proyectiles cesaba, todos volvían a sus andanzas: borracheras, drogas y olvido Dios. Luego añadió una frase: «A peligro pasado, Dios olvidado».
Los amigos de Job se lamentaron con él, como se hacía en aquella época. Ellos se unieron a su dolor y sufrimientos al compartir con él, lamentar la pérdida de su fortuna, de su familia y luego de su salud, al mismo tiempo que le brindaban consuelo. Hay ocasiones cuando las tragedias de la vida nos roban el aliento, y la comunidad se une para compartir la pena y el dolor de la pérdida.
Aquellos amigos se sentaron en silencio. Pero una vez que Job habló maldiciendo el día de su nacimiento, pareció como si las reprimidas emociones de los tres salieran como el agua de una represa quebrada.
Tal vez Elifaz era el director del grupo y quizá por eso fue el primero en hablar. Él reconoce, indirectamente, que Job había ayudado a muchas personas que fueron tocadas por la adversidad; pero ahora, la desdicha había llegado a su puerta y lo que Job deseaba ¡era la muerte! En medio de su discurso, Elifaz pregunta: «Piensa ahora: ¿qué inocente se pierde? ¿Dónde los rectos son destruidos?» (Job 4: 7).
Elifaz estaba expresando una idea muy popular en su época, que afirmaba que el ser humano cosechará lo que haya sembrado. Este principio bíblico se encuentra en Lucas 6: 38. «Dad y se os dará; medida buena, apretada, remecida y rebosando darán en vuestro regazo, porque con la misma medida con que medís, os volverán a medir». Luego en Gálatas 6: 7 se nos dice: «No os engañéis; Dios no puede ser burlado, pues todo lo que el hombre siembre, eso también segará». Aunque Lucas 6: 38 podría considerarse como un texto positivo y motivador; el de Gálatas 6: 7 constituye una advertencia. Ambas declaraciones se basan en el hecho de que uno recibe lo que se merece. Eso fue lo que le dijo Elifaz a Job.
Estas palabras seguro produjeron un gran impacto en Job. Su amigo y uno de sus allegados más cercanos lo visitó para consolarlo y compartir su luto; pero ahora acusa a Job y le dice que Dios le ha enviado una plaga como pago por su impiedad.
¿Alguna vez usted ha sido acusado de algo que no cometió? A mucha gente le ha pasado. ¿Cuántas veces ha sido alguien falsamente acusado de un crimen y ha visto su foto publicada en todos los periódicos y en Internet? Mientras tanto lo vemos proclamando su inocencia, aunque sus amigos parecen dudar de la misma.
A veces esas personas resultan ser inocentes. Esos medios noticiosos que anunciaron la supuesta culpabilidad rara vez proclaman una vindicación, y en dado caso no lo hacen con la misma vehemencia. ¿Qué diremos la próxima vez que alguien sufra sin un motivo aparente? ¿Cómo consolaremos a los que están a un paso de la muerte?
El hermano Brown, un fiel anciano de la Iglesia Adventista, estaba agonizando.2 Había sido un estricto vegetariano, un modelo de buena salud, un laico activo que impartía estudios bíblicos y apoyaba a los pastores. Lamentablemente, padecía una enfermedad incurable. Cuando lo visité en el hospital, en sus últimos días de vida, me dijo que los médicos le habían dicho que iba a morir.
Le pregunté cómo se sentía ante el tema de la muerte. Me respondió que no tenía problemas en aceptar su muerte; pero que no le parecía bien que el médico continuara sin conocer a Jesús. Por lo tanto, decidió darle estudio bíblicos al médico.
Mientras estaba al borde de la muerte, ¡intentó que su médico conociera al Señor!
No obstante, Elifaz tenía un argumento que desarrollará en el capítulo 5 de Job. Como ya hemos visto, sus declaraciones parecen estar apoyadas por otros escritores bíblicos. Después de todo, la Biblia afirma que los malvados dejarán de existir (Sal. 37: 10), y en la mayor parte de los casos, las maldiciones llegan tan solo porque existe una relación de causa efecto respecto a las mismas (Prov. 26: 2). El problema es que Elifaz no aceptaba concederle a Job el beneficio de la duda. En otras palabras, Elifaz no estaba dispuesto a «considerar a alguien inocente hasta que se demostrara lo contrario»; o «a considerar a alguien de una forma más favorable » —en este caso a Job.3 Ya que Elifaz en realidad no sabía por qué Job estaba sufriendo; él pudo suponer que las protestas de Job eran apropiadas y que hasta donde Job sabía, no había motivos para tanto sufrimientos.
Por esa misma razón no debemos juzgar a nadie. No siempre lo conocemos todo. Me viene a la mente una antigua expresión: «Cree la mitad de lo que veas y nada de lo que escuches». Nuestro conocimiento es imperfecto. Además, cuando juzgamos a menudo somos culpables de algo, muchas veces de lo mismo que acusamos a otros.
«Eso es lo que Mateo 7: 1, 2 afirma cuando habla de juzgar. Allí la palabra juez o juzgar (krind), puede significar tanto analizar o evaluar, como condenar o vengar. Los primeros conceptos se les requieren en forma clara a los creyentes (1 Cor. 5: 5; 1 Juan 4: 1); pero los últimos se les reservan a Dios. Si bien en las ocasiones en que realizamos una evaluación negativa de los demás, nuestros objetivos deberían ser constructivos y no retributivos».4
Aun si Elifaz hubiera tenido la razón, él no aparentaba tener un espíritu constructivo, sino retributivo. Prefería tener razón, a ser una persona llena de amor. ¿No es el amor una de las principales características de un cristiano? «En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tenéis amor los unos por los otros» (Juan 13: 35).
Desde luego, Miqueas aún no había redactado su consejo:
«Hombre, él te ha declarado lo que es bueno, lo que pide Jehová de ti: solamente hacer justicia, amar misericordia y humillarte ante tu Dios» (Miq. 6: 8). Estas palabras son de fácil lectura, pero son difíciles de vivir tanto para Elifaz como para nosotros.

Referencias