- CAPÍTULO 12 -
LA OBRA TRANSFORMADORA DEL ESPÍRITU

En la teoría del crecimiento de iglesias, los expertos afirman que el ciclo de una congregación consiste en nacimiento, crecimiento, planicie, declinación y muerte, en ese orden. 1 El ciclo promedio de la mayor parte de las congregaciones protestantes es de setenta años. Algo similar sucede con la obra del Espíritu Santo en la vida de una persona: nacimiento, crecimiento, punto bisagra, y rechazo o santificación. Pero, a diferencia de la teoría sobre el crecimiento de iglesias, la aparente inevitabilidad de la declinación y la muerte no es un hecho dado. Ciertamente se puede evitar el rechazo del Espíritu de Dios. Para las personas que no conocen a Cristo, o no se dan cuenta de que la Biblia es la Palabra de Dios, la obra del Espíritu consiste en tres etapas: convicción de pecado, convicción de justicia y convicción de juicio. Aquí tenemos las palabras de Jesús: “Cuando él [el Espíritu Santo] venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio. De pecado, por cuanto no creen en mí; de justicia, por cuanto voy al Padre, y no me veréis más; y de juicio, por cuanto el príncipe de este mundo ha sido ya juzgado” (Juan 16:8-11). Estudiemos este pasaje intrigante.


CONVICCIÓN DE PECADO

Por muchos años, aun después de ser cristiano lector de la Biblia y de que tuve instrucción teológica, el significado de este texto eludió mi mente. ¿Qué quiere decir Jesús con que el Espíritu convencerá al mundo porque él va al Padre? Y ¿qué decir del versículo 7, en cuanto a que convendría a los discípulos que Jesús los dejara? Y ¿qué decir del versículo 5? ¿Está reprendiendo a los discípulos porque no preguntaran por qué se va? ¿No lo habían hecho ya esa noche? (Juan 13:36; 14:5). Primero lo primero: consideremos un poco el contexto. Jesús dijo estas palabras en camino a Getsemaní, después de que hubieron terminado la cena de Pascua (Juan 14:31). 2 Cristo había anunciado que él se iba (Juan 13:33); aunque esto no debía haber sido una sorpresa, siendo que él había anticipado su crucifixión, resurrección y ascensión durante varios meses. Evidentemente, ellos no habían prestado mucha atención, o no quisieron hacerlo (Marcos 8:31-33). Por eso, la noche mencionada, los discípulos reaccionaron con alarma, y demandaron que les dijera adonde iría (Juan 13:36, 37; 14:5). Aunque preocupados por Jesús, ellos estaban más preocupados acerca de quedar solos. Por eso Jesús prometió el Espíritu Santo (Juan 14:16), quien estaría con ellos para siempre. No los dejaría “huérfanos” (versículo 18). Después de compartir algo de lo que el Espíritu Santo haría en favor de ellos, los guio por el Valle de Cedrón y subiendo el Monte de los Olivos. En el camino, Cristo usó la analogía de la vid y los pámpanos, diciéndoles que se aferraran a él por su vida (Juan 15:4-7). La razón era sencilla: ellos afrontarían luchas como nunca. “Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo”, les previno. “Pero porque no sois del mundo, antes yo os elegí del mundo, por eso el mundo os aborrece”. Luego añadió: “Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán” (versículos 19, 20). Jesús luego les dio una razón adicional de por qué el mundo estaría en contra de ellos: “Y harán esto porque no conocen al Padre ni a mí” (Juan 16:3). Así que, hay dos razones: el mundo estaría en contra de los discípulos porque el mundo ama a los suyos más que a Dios; y porque el mundo no conoce a Dios.
La primera razón alude a aquellos que podrían conocer a Cristo – tales como los judíos–, pero se mantuvieron alejados de él; mientras la segunda razón se refiere a los que tuvieron poca o ninguna oportunidad de conocer a Dios, tales como la gente que vivía en tierras donde la luz del evangelio no había penetrado. La preocupación de Jesús era que, a pesar de la tristeza por oír que él estaba por irse (Juan 16:6), los discípulos todavía estaban concentrados en sí mismos, no en Jesús. ¿Por qué? Porque habían dejado de preguntar: ¿Adónde vas? (versículo 5). 3 Pero sería para su beneficio que se fuera, porque así el Espíritu Santo vendría en su lugar. Claramente, el Espíritu Santo había de continuar la obra que Jesús había iniciado con sus discípulos, y sin limitaciones. Entretanto, Jesús estaría delante del Trono de Dios como Sumo Sacerdote, intercediendo por su pueblo (Hebreos 7:25). Entonces, Jesús dijo que el mundo se convencería de pecado, y dio la razón: “Por cuanto no creen en mí” (Juan 16:9). Algunos intérpretes creen que el pecado, la justicia y el juicio se refieren a las etapas que cada pecador experimenta para ir finalmente a Cristo: pasado, presente y futuro. 4 Sin embargo, Jesús da una explicación para cada uno de estos términos (versículos 9-11), y nosotros deberíamos encontrar la respuesta en su explicación. Jesús estaba tratando de decir que aun cuando habría personas en el mundo que no creerían en él –ya sea por elección o por ignorancia–, el Espíritu Santo de todos modos llevaría la convicción de pecado a sus corazones. 5 ¡Qué condescendencia maravillosa! La obra del Espíritu no se limita a la gente que conoce a Jesús y, por ello, podría ser convencida de pecado. La obra del Espíritu va más allá de esto. Pablo escribe en Romanos 1 a la iglesia de la ciudad más grande de la Tierra en ese tiempo, una ciudad llena de paganismo e idolatría: “Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa” (versículo 20). En otra parte, he dado algunos ejemplos de los muchos incidentes en la historia en que las civilizaciones fueron convencidas de pecado y de justicia por medio del ministerio de los ángeles, o por medio de sueños inspirados por Dios. Tales transformaciones ocurrieron a pesar del hecho de que ningún misionero visitó sus tierras o que les faltara la Palabra de Dios escrita. 6 Tribus, aldeas y grupos enteros de pueblos han cesado de matar, de sacrificar a ídolos o de practicar ritos malignos: fueron convencidos por el Espíritu Santo de que había un camino mejor. Esto ocurrió, usualmente, porque el Espíritu se reveló a los jefes o a los líderes de gran influencia que pudieron compartir lo que se les había dicho, y guiaron a otros al cambio.

CONVICCIÓN DE JUSTICIA Y DE JUICIO

Jesús no se detuvo allí. Dijo que el Espíritu Santo también convencería al mundo de justicia y de juicio. “De justicia, por cuanto voy al Padre, y no me veréis más; de juicio, por cuanto el príncipe de este mundo ha sido ya juzgado” (Juan 16:10,11). ¿De justicia porque ya no me veréis? ¿Qué significa eso? Esto puede ser más sencillo de lo que imaginamos. Apenas cuarenta días después de la Cruz, Jesús ascendió al Padre, y el mundo ya no lo vio más. Debió de haber representado un vacío muy serio en Galilea y en Judea, aun en Perea y la tierra de los sidonios, a lo largo del Mediterráneo, al norte de Galilea, debido a la ausencia de Jesús. Veintenas de personas que habían oído acerca de Jesús durante esos más de tres años de ministerio público debieron de haberlo buscado, como hicieron los griegos la última semana de su vida (Juan 12:20, 21). Él era el compendio de la justicia. Era la representación del amante y poderoso Dios del cielo. Cada milagro era, para ellos, una evidencia más de que Dios estaba vivo. Pero Jesús ahora se había ido. ¿Cómo podrían ellos ser convencidos de justicia; cómo se convencerían? Para los habitantes de Palestina, era por medio de sus discípulos. Después de todo, Jesús había dicho que él les enviaría el Espíritu Santo a ellos, y entonces el mundo quedaría bajo la convicción (Juan 16:7, 8). Mientras en la iglesia primitiva se amaban mutuamente (Juan 13:34, 35), se preocupaban por los que estaban en necesidad (Hechos 4:32-35), y el mundo veía en ellos el poder de Dios recordándoles el que tuvo Jesús (5:12-16), ellos aprendieron a distinguir lo correcto de lo malo. Los judíos, así como los gentiles de ese tiempo, vieron la bondad y la justicia en la vida de los creyentes. Pero, otra vez, el Espíritu Santo no se limitó a obrar con los que podrían haber aprendido de Jesús pero no lo hicieron. El Espíritu actúa también con el resto del mundo. El observar una vida de justicia puede llevar a la convicción del pecado propio. Y detrás de esa convicción está la obra del Espíritu de Dios. Y ¿qué podemos decir acerca del juicio? Jesús dijo que el mundo sería convicto de juicio, “por cuanto el príncipe de este mundo ha sido ya juzgado” (Juan 16:11). El verbo griego transmite la idea de que ese juicio ya es un hecho. Es decir, el gobernante de este mundo, Satanás, ha sido juzgado. Jesús está proyectando su victoria sobre el pecado como una demostración de su resurrección, y está anticipando la derrota absoluta y final de Satanás y sus cohortes. “Ahora es el juicio de este mundo”, había dicho la noche anterior; “ahora el príncipe de este mundo será echado fuera” (Juan 12:31). Pero ¿de qué manera es esto la obra del Espíritu? El Espíritu convence a la gente de lo correcto y lo equivocado, como hemos explorado. De este modo, juzgar entre lo bueno y lo malo es la obra del Espíritu de Dios. Cuando la gente, que tal vez no conoce mucho acerca del Dios de la Biblia, discierne entre el bien y el mal, también percibe, algo intuitivamente, que hay una entidad detrás de ese mal. Esa maldad no es un mero fenómeno sin explicación, sino que hay una fuerza oscura, por así decirlo, que finalmente tendrá que rendir cuentas. Esto me impresionó una vez cuando viajaba a Sudamérica. Entablé una conversación con un abogado, no cristiano, que había leído mucho y estaba informado acerca del mundo. Hablamos mucho acerca de lo que estaba ocurriendo en el mundo. Cuando supo que yo era pastor y teólogo, hizo una observación interesante: “Usted sabe...”, me dijo. “Yo realmente no sé si hay un Dios personal como creen los cristianos, pero estoy convencido de una cosa: un día, nosotros, este mundo, tendrá que dar cuenta del desastre que hemos hecho de nosotros mismos”. El mundo será convencido de juicio.


LA OBRA DEL ESPÍRITU EN EL PUEBLO DE DIOS

Mientras estas tres etapas de convicción constituyen la obra del Espíritu Santo en favor de un mundo que no conoce a Cristo, la Biblia nos proporciona diferentes aspectos de su obra que cubren el arco de experiencias para aquellos que creen. La primera es convicción. Sí, es la misma obra que el Espíritu hace en el mundo, como lo analizamos en este capítulo. Lo hace en la vida de quienes lo siguen (Juan 16:7-11). Si no fuéramos convencidos por el Espíritu, no conoceríamos el pecado ni nuestra necesidad de un Salvador. La convicción es esencial para un corazón regenerado. La segunda obra que hace el Espíritu por el creyente es el bautismo. En palabras de Juan el Bautista, “Yo a la verdad os bautizo en agua para arrepentimiento; pero el que viene tras mí, cuyo calzado yo no soy digno de llevar, es más poderoso que yo; él os bautizará en Espíritu y en fuego” (Mateo 3:11). Juan no estaba hablando de dos bautismos –del agua y del Espíritu, como muchos carismáticos lo interpretan–, sino del bautismo real, el único que enseña la Escritura, el bautismo del Espíritu. Hay “un bautismo” (Efesios 4:4, 5), dice Pablo. Cuando una persona permite que la obra del Espíritu Santo le revele a Cristo, entonces es bautizada con el Espíritu (Romanos 8:9-11). 7 Resulta que el bautismo es una evidencia externa ante testigos de que ha ocurrido el bautismo del Espíritu, así como una boda ante testigos es evidencia de que dos personas han prometido amor eterno el uno al otro. La tercera obra del Espíritu es llenar. Otra vez el apóstol Pablo nos instruye: “Por tanto, no seáis insensatos, sino entendidos de cuál sea la voluntad del Señor. No os embriaguéis con vino, en lo cual hay disolución; antes bien sed llenos del Espíritu” (Efe. 5:17, 18). Estar llenos del Espíritu implica vacuidad. Pero ¿por qué estaríamos vacíos del Espíritu, si hemos sido bautizaos por él? Por causa de nuestra naturaleza pecaminosa, dejamos que el Espíritu salga de nuestra vida. “Hay mentes que tratan con las cosas sagradas y no están en íntima conexión con Dios”, declaró Elena de White, “y no disciernen al Espíritu de Dios. A menos que la gracia de Dios las transforme a la imagen de la semejanza de Cristo, su Espíritu los dejará como el agua abandona un recipiente agrietado”. 8 Podemos preguntarnos acerca de la metáfora de estar ebrio con vino. ¿Cómo es esto? No puedes estar ebrio en forma permanente. Una resaca finalmente da lugar a la sobriedad. Y ese es el punto de Pablo. Por medio de una alusión negativa, el apóstol dice: así como necesitan estar llenos de vino una y otra vez para estar ebrios, para tener al Espíritu se necesita un llenado constante. Después de todo, somos “recipientes agrietados”. La cuarta obra se ve en el testimonio del Espíritu. Como se mencionó en un capítulo anterior, la manifestación del Espíritu Santo en la vida de una persona consiste en el fruto y los dones del Espíritu. El autor de Hebreos se pregunta cómo alguien puede descuidar “una salvación tan grande”, cuando Dios testificó “con señales y prodigios y diversos milagros y repartimiento del Espíritu Santo según su voluntad” (Hebreos 2:3,4). Así, el testimonio del Espíritu es la evidencia de que la obra del Espíritu está activa en nuestra vida. Y esto sucede por medio de los dones espirituales y/o el fruto espiritual (Gálatas 5:22, 23). La obra final del Espíritu es el sellamiento. Este es el sella- miento del Espíritu de la promesa. “En él también vosotros, habiendo oído la palabra de verdad, el evangelio de vuestra salvación, y habiendo creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa, que es las arras [“garantiza”, NVI] de nuestra herencia hasta la redención de la posesión adquirida, para alabanza de su gloria” (Efesios 1:13, 14). Otros textos del Nuevo Testamento también aluden al sellamiento del Espíritu Santo. Por ejemplo: “Y el que nos confirma con vosotros en Cristo, y el que nos ungió, es Dios, el cual también nos ha sellado, y nos ha dado las arras [“garantía”, NVI] del Espíritu en nuestros corazones” (2 Corintios 1:21, 22). ¿Qué es una garantía? Una garantía ¿de qué? Una garantía es el equivalente a una entrega inicial para algo más grande que vendrá. Hablando de la seguridad de la resurrección, Pablo más tarde dice que “el mismo que nos hizo para esto mismo [la resurrección] es Dios, quien nos ha dado las arras del Espíritu” (2 Corintios 5:5). En otras palabras, el sellamiento del Espíritu en nuestros corazones es la garantía de que estaremos entre aquellos que resucitarán cuando venga Jesús. Así que, ¿qué es el sellamiento del Espíritu, exactamente? En la antigüedad, se usaba un sello en documentos importantes que necesitaban ser transportados a su destino sin ser alterados. El documento era un rollo que tenía uno o más sellos sobre él. Si el sello se rompía, el mensaje quedaba comprometido. Un sello también era una insignia del origen o del autor de esos documentos: un rey o una persona de regular importancia. Este sello reflejaba a la persona que estaba detrás de él. Tomando ahora en conjunto estos textos, podemos ver que la garantía es la vida eterna, o formar parte en la resurrección de los justos. Esta es la última cuota, por así decirlo. La primera es la certeza interna que nos da el Espíritu de que pertenecemos a Dios por creer en él.

LA INVERSIÓN DEL PROCESO

Así como la obra del Espíritu incluye estos aspectos: convicción, bautismo, llenado, testimonio y sellamiento para la eternidad, la ignorancia o el rechazo de esta obra maravillosa conducirá a otros a la perdición. Alejarse de la influencia del Espíritu puede ocurrir en cualquier etapa del proceso de elevación. Pero, a diferencia de las diversas palabras que se usan en la Biblia para indicar los diferentes aspectos de la obra del Espíritu en nuestra vida, el rechazo del Espíritu se resume en una palabra, que lleva a un resultado inevitable. La palabra es contristar [“agraviar”, NVI]. Y el resultado es el pecado Imperdonable. El texto clave dice: “Y no contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención” (Efesios 4:30). La palabra traducida aquí “contristar” significa “producir dolor”, “producir tristeza”. La forma en que figura la frase en griego implica una conducta consistente, de modo que podría traducirse “no continúen agraviando” o “dejen de contristar” al Espíritu. 9 Al escribir esto, estoy perdiendo a mi padre, víctima de cáncer. Y yo estoy triste, desolado por la pérdida; la crueldad de la enfermedad, la profunda tristeza de ver a mi padre debilitándose. Lo recuerdo cuando era vigoroso, saludable y divertido, y recuerdo los muchos días en que gozamos de su compañía. Tal vez, algo similar le sucede al Espíritu Santo, quien ama nuestras almas tanto como las ama Jesús. Nos ve debilitándonos, apartándonos de él, alejándonos. Al elegir prestar atención a lo que el mundo tiene para ofrecer, en lugar de lo que él nos da gratuitamente, el Espíritu se entristece porque elijamos la muerte en lugar de la vida. Esta es la gran tristeza de Dios. 10 Me he preguntado cuántas lágrimas ha derramado Dios el Espíritu durante milenios, por tantos de sus hijos que voluntariamente se deslizan hacia la oscuridad, apartándose de la luz. El nivel y la intensidad de la mayor de las tragedias y las pérdidas humanas no pueden compararse nunca con la tristeza, tan profunda como un universo, que experimenta Dios. Querido lector, no permita que eso le ocurra a usted. No contribuya a la gran tristeza de Dios. Responda a la voz del Espíritu que le habla al alma. Pase tiempo con Dios en su santa Palabra. Hable con él sobre cada una de sus necesidades y preocupaciones. Y lo que encontrará es la vida, la luz y el gozo para siempre.


Referencias 1 Russell Burrill, “Revitalizing Plateaued and Declining Churches” (manuscrito no publicado, s. f.). Este manuscrito se usó en la enseñanza de cursos en la Maestría en Divinidad, Crecimiento de Iglesias y Equipamiento del Pastor, en el Seminario Teológico Adventista, Universidad Andrews. 2 Elena de White, El Deseado de todas las gentes, pp. 624-627. 3 a mayoría de las versiones castellanas traducen Juan 16:5: “Ninguno [...] me pregunta: ¿A dónde vas?” Una traducción literal sería: “Ninguno me continúa preguntando: ¿A dónde vas?” Es decir, aunque habían preguntado a Jesús antes, esa noche (Juan 13:36; 14:5), no siguieron preguntando, absortos en sus propias preocupaciones y pasando por alto el gozo que Jesús podría tener al pensar en que pronto regresaría a su Padre. 4 Froom, La venida del Consolador, p. 64.
5 Por eso el pecado contra el Espíritu Santo es final: él es quien puede producir la convicción de cambio en el corazón. Si es rechazado, no hay expectativas de cambio, porque la convicción resulta imposible. 6 Clouzet, Adventism’s Greatest Need, pp. 216-218. Otro libro excelente sobre el tema es el de Don Richardson, Eternity in Their Hearts, ed. rev. (Ventura, CA: Regal, 1984). Este libro provee “evidencias asombrosas de la creencia en el único verdadero Dios en centenares de culturas en todo el mundo”. 7 Siga el argumento de Pablo con cuidado, en Romanos 8. Sin Cristo no hay Espíritu; sin el Espíritu, Cristo no ha sido internalizado. Por eso, tan pronto y cuán a menudo yo diga Sí a Cristo, el Espíritu me impulsa a hacerlo, así como realmente él entra en mi corazón de parte de Cristo. 8 Elena de White, Manuscrito 11, 1893, en Mente, carácter y personalidad, t. 1, p. 105. 9 Nichol, ed., Comentario bíblico adventista, t. 6, p. 1.027. 10 William Paul Young, The Shack: Where Tragedy Confronts Eternity (Newbury Park, CA: Windblown Media, 2007). [Hay traducción castellana: La cabaña.] Relata una experiencia ficticia, en la que el protagonista, Mack, se refiere a la trágica muerte de su joven hija como “la gran tristeza”. Esta frase pudo haber recibido de aquí su popularidad.