CAPÍTULO 7
EL FRUTO DEL ÁRBOL DEL AMOR

Tal vez el título hace que se pregunte si este capítulo tratará de la Nueva Era o de los efectos del cortejo sobre los jóvenes. Pero el eje de este capítulo no es tan esotérico como esos temas. Trata del fruto del Espíritu Santo en nuestra vida. De acuerdo con Jesús, la mayor evidencia de discipulado es el fruto del Espíritu. Él dijo: “En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto, y seáis así mis discípulos” (Juan 15:8).
Muchos suponen que el fruto del Espíritu tiene que ver con las habilidades de la persona o su compromiso por ganar almas, o su participación en la misión de la iglesia. Es cierto que cuanto más fruto del Espíritu se produzca en nosotros, es tanto más probable que deseemos que otros conozcan a Dios. Sin embargo, este fruto tiene mucho más que ver con el carácter cristiano que con el celo misionero. Note la descripción que hace el apóstol Pablo de tal fruto: amor, gozo, paz paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza (Gálatas 5:22, 23).
Esto es acerca de quién es usted -quién está llegando a ser en Cristo-, más bien que de lo que usted hace. Aunque los dones del Espíritu son algo que se le da a usted, el fruto del Espíritu es algo que se desarrolla en usted. Muchos se han preguntado si en realidad el pasaje de Gálatas debería decir “frutos”, en vez de “fruto”. Después de todo, se mencionan nueve descriptores. ¿No son estos frutos diferentes? Sin embargo, no hay errores en las palabras. En realidad, es un fruto, y ese fruto es el amor. Lo que sigue: gozo, paz, paciencia, etc., son sencillamente ¡diferentes sabores del único fruto! ¡Fruto sorprendente es este! Pero, tal vez esto no debería sorprendernos, ya que el árbol de la vida lleva doce frutos, todos en un solo árbol (Apocalipsis 22:2). Dios puede hacer esto.
Hace algún tiempo, preparé una tabla de los principales pasajes de la Escritura que describen el carácter cristiano. Estos fueron los pasajes que enumeran diversos rasgos de carácter, a propósito ya sea de identificar a Dios mismo o al cristiano verdadero. Vea cuántos de estos elementos están repetidos en las otras listas

ÉXODO 34:6, 7 LOS 13 ATRIBUTOS 1

1 CORINTIOS 13:4-8 EL CAPÍTULO DEL AMOR

GÁLATAS 5:22, 23 EL FRUTO DEL ESPÍRITU

COLOSENSES 3:12, 14 EL CARÁCTER DE LA PERSONA NUEVA

2 PEDRO 15:7 LA ESCALERA DEL CRECIMIENTO

Misericordioso

Sufrido

Amor

Misericordia

Amor

Piadoso

Benigno

Gozo

Benignidad

Afecto fraternal

Tardo para la ira

Humilde

Paz

Humildad

Piedad

Bueno No jactancioso Paciencia Mansedumbre Perseverancia
Veraz No se envanece Benignidad Paciencia Dominio propio
Misericordioso a millares de generaciones Abnegado Bondad Perdonador Conocimiento
Perdonador Templado Fidelidad Amor Virtud
Justo Bueno Mansedumbre   Fe

¿Ha notado que el amor es el denominador común en cada lista? En la lista de Éxodo 34, encontramos una descripción de la naturaleza de Dios. Aunque las palabras específicas amor o amante no figuran en el texto, las palabras misericordioso, lleno de gracia, paciente y perdonador claramente transmiten la idea del amor. En el resto, encontramos descripciones de un cristiano genuino que crece. En cada una de estas listas, la primera cualidad es el amor. Pero hay más. En 1 Corintios 12, el apóstol Pablo habla acerca de dones espirituales; pero al final del capítulo promete “un camino más excelente” (1 Corintios 12:31). Lo que sigue es “el capítulo del amor” (1 Corintios 13). El amor es más excelente que cualquier don. Y ¿por qué otros atributos como la misericordia, la bondad o el dominio propio aparecen en más de una lista? Porque son como los colores del mismo arcoíris, el arcoíris llamado amor.

BUSCANDO EL AMOR

La verdad es que el esperar llegar a ser más bondadoso, más gozoso, o más paciente (el fruto del Espíritu), sencillamente no funciona. No podemos forzar que esto ocurra en nuestra naturaleza. No producimos más fidelidad por ser nosotros más fieles. ¿Ha tratado alguna vez de tener dominio propio controlándose más? Sencillamente, no funciona. Puede operar una o dos veces o por un tiempo corto, pero finalmente, siempre caemos. Y eso es porque nuestro poder de voluntad nunca es suficiente. El poder de la voluntad nunca produce una transformación del carácter. La única manera de ver todo lo que el maravilloso fruto del Espíritu procura producir en nosotros, en toda su gloria y riqueza, es estar abiertos al amor. La noche en que Jesús prometió dar a sus discípulos el Espíritu Santo, su primera enseñanza fue: “Un nuevo mandamiento os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros” (Juan 3:34,35). ¿Cómo, debemos preguntarnos, habían de llegar a amarse unos a otros? A primera vista, no parece que él les diera algún indicio de cómo hacerlo, excepto por la referencia de que debían amarse unos a otros como él los amaba. Pero, demos una segunda mirada. ¿Qué impulsó a Jesús a decir esto? El hecho es que los discípulos estaban peleando sobre quién era el mayor entre ellos (Lucas 22:24). Y ¿qué hizo Jesús? Se humilló para lavar los pies de todos, algo que solo haría el más joven entre ellos o un esclavo, no el Maestro. Jesús les mostró amor, al demostrar humildad. Ejemplificó el hecho de que el verdadero amor pone a los otros primero, sin importar las limitaciones culturales o los derechos personales. La palabra amor y sus derivados verbales se mencionan más de veinte veces durante este famoso discurso de despedida, que se concentró en la venida del Consolador. 2
Pero, como declaró Elena de White, es el amor de Dios el que establece la diferencia. Repasemos esta declaración bien conocida: “La santificación del alma por la obra del Espíritu Santo es la implantación de la naturaleza de Cristo en la humanidad. La religión del evangelio es Cristo en la vida: un principio vivo y activo. Es la gracia de Cristo revelada en el carácter y desarrollada en las buenas obras [...].
El amor es la base de la piedad. Cualquiera que sea la profesión que se haga, nadie tiene amor puro para con Dios a menos que tenga amor abnegado para con su hermano. Pero, nunca podremos entrar en posesión de este espíritu tratando de amar a otros. Lo que se necesita es que el amor de Cristo esté en el corazón. Cuando el yo está sumergido en Cristo, el amor brota espontáneamente. La plenitud del carácter cristiano se alcanza cuando el impulso de ayudar y beneficiar a otros brota constantemente de adentro, cuando la luz del Cielo llena el corazón y se revela en el semblante”. 3
Dos hechos críticos son claros en esta cita. El primero es que el amor no es un mero concepto, sino un principio real, práctico y activo, que se verifica cuando se bendice a otros. El amor es amor cuando actúa. El segundo hecho es que el amor abnegado, semejante al de Cristo, no es posible tratando de amar a otros (el énfasis está en el original), sino que solo es posible por “el amor de Cristo en el corazón”. Solo Cristo adentro revela a Cristo afuera; nosotros somos sencillamente el medio que Dios usa para beneficiar a otros. Básicamente, no somos capaces de amar verdaderamente, así que, Dios ama a través de nosotros. Por supuesto, cuanto más permitimos a Dios hacer esto, tanto más nos apropiamos de la naturaleza amante original de Dios. Este amor, entonces, es como un arcoíris desplegado en ocho colores diferentes. El amor es gozo cuando a otros les va bien, cuando Dios se revela a sí mismo o cuando vemos su carácter en operación en nuestra vida (Santiago 1:2; Mateo 5:10-12).
El amor es paz más allá de toda comprensión (Filipenses 4:7), cuando estamos frente a grandes pruebas y permanecemos seguros en Dios, o cuando nos atacan otros y no estamos inclinados a devolver el ataque. Junto con el amor, estas dos expresiones del amor -el gozo y la paz- también se mencionan varias veces en el discurso de despedida. 4 El amor es paciente, cuando soportamos con paciencia tiempos difíciles, con un espíritu esperanzado (Romanos 5:1-4). En realidad, esta actitud alegre, arraigada en la certeza del amor de Dios hacia nosotros, nos lleva a una perseverancia voluntaria y dispuesta. La confianza en el amor de Dios producirá cristianos pacientes (Santiago 1:2-4). El amor también es bondadoso. Este atributo es, tal vez, el más fácil de ver. Esa es la primera descripción del amor que recordó Pablo: “El amor es benigno” (1Corintios 13:4). Los actos de bondad hacia otros son algunas de las evidencias más claras del amor de Dios (Romanos 5:6-10). El amor también es bondad. El mal y el egoísmo están entre las indicaciones más obvias de la falta de amor. Cuando deseamos el bien por el bien mismo, el principio del amor está operando (Salmo 4:6; 16:2; 25:8). El amor es fiel, y se demuestra cuando la gente puede contar con nosotros, cuando pueden confiar en nosotros y cuando tenemos una actitud generosa hacia otros. Es decir, cuando preferimos errar del lado de esperar lo mejor del otro. La fidelidad muestra una cualidad singular de Dios (2 Timoteo 2:13). El amor es manso, un atributo que se ve fácilmente en los que aman (Mat. 11:28-30). La rudeza o la grosería, sencillamente, no son partes del amor (1 Corintios 13:5).
Finalmente, el amor es dominio propio. La falta de dominio propio es el resultado directo del orgullo, que procura hacerse valer o desquitarse por alguna supuesta herida recibida. Es imposible tener dominio propio sin pensar en los otros primero (2 Timoteo 3:2-4). El amor es, entonces, gozo, paz, paciencia, bondad, benignidad, fidelidad, mansedumbre y dominio propio (Gálatas 5:22, 23).

DESARROLLAR EL FRUTO

Una última pregunta que debemos responder es: ¿cómo crece exactamente este fruto de amor? ¿Cómo seremos capaces de amar más y más, con el amor de Cristo? La respuesta, yo creo, se encuentra también en el discurso de despedida de Jesús.
Después de la Última Cena, Cristo y sus discípulos salieron del aposento alto, y caminaron por las oscuras calles de Jerusalén hacia el Valle de Cedrón. En el camino, Cristo compartió los planes de Dios para que nosotros crezcamos. Él se comparó con la Vid Verdadera; y a Dios el Padre, como el Labrador a cargo de la viña (Juan 15:1), a diferencia de las enseñanzas de los fariseos, que decían que la viña era Israel. Entonces pintó un cuadro del plan de Dios. “Yo soy la vid”, dijo, “vosotros los pámpanos” (versículo 5). “Todo pámpano que en mí no lleva fruto, lo quitará [el Padre]”, dijo (versículo 2).
A primera vista, esta declaración puede alarmarnos. Suena como si Dios fuera a arrancar las ramas que no dan fruto. La mayoría de los lectores vincula esto con el versículo 6, que dice que los pámpanos secos son echados al fuego y quemados. Pero, lo que sucede con los pámpanos del versículo 2 no es lo mismo que lo que ocurre a los del versículo 6. Estos últimos son ramas que rehusaron permanecer en la Vid. Son “arrojados afuera”. En el versículo 2, el verbo griego que se usa para “quitar” es airo, que también significa “levantar”, en el sentido de sacar algo del camino. 5 Así, el versículo 2 realmente dice: “Todo pámpano que en mí no lleva fruto lo saca del camino, o lo levanta”. Levantar una rama para que produzca fruto puede no tener mucho sentido todavía, hasta que nos damos cuenta de qué hacen los viñadores. Mientras escribo esto, estoy viviendo en Michigan, Estados Unidos, rodeado de viñas. Las ramas más bajas que se arrastran por el suelo llegan a ser improductivas. No tienen exposición al sol y al aire, y son fácilmente pisoteadas por los animales pequeños. Si quedan en esa condición, desarrollan zarcillos que procuran nutrirse del suelo, en lugar de hacerlo de la vid. Cuando los labradores descubren eso, levantan las ramas más bajas y las atan al resto de la vid. Esto obliga a la rama a “respirar” mejor, y a recibir toda la luz del sol necesaria, a fin de crecer y producir bien.
Lo que Jesús implica en Juan 15 es que si no producimos fruto, si el fruto del Espíritu no es evidente en nuestra vida, lo que el Padre hará será doblarnos para sacarnos de nuestra zona de comodidad. Proveerá circunstancias en nuestra vida que nos llevarán a depender menos de nosotros mismos y más de lo que Dios diseñó para nosotros. Esto, por supuesto, a veces es desagradable. ¿Quién desea que le cambien la “forma”? Nos sentimos mucho más “en casa” al permitir que nuestras tendencias pecaminosas naturales sigan su curso.
Pero nuestro amante Padre sabe que esto nos llevará a la destrucción; por eso, un poco de dolor en nuestra vida es su manera de volvernos a la dependencia de la Vid, no del suelo. Pero, eso no es todo. Una vez que comenzamos a dar evidencias de algún fruto en nuestra vida, el proceso del crecimiento continúa. “Todo aquel que lleva fruto, lo limpiará, para que lleve más fruto” (versículo 2). Más fruto es el objetivo continuo de Dios. Sin embargo, en vez de solo doblarnos sacándonos de nuestra zona de comodidad, esta vez Dios nos poda. ¡Ay! Eso suena más doloroso, y así es. ¿De qué trata la poda?
Con respecto a los pámpanos y las ramas, la poda no es, nada menos, que el hecho de que el viñador quite el exceso de crecimiento de los pámpanos; elimina cualquier cosa que impida las mejores condiciones para el crecimiento. El objetivo es dejar ramas limpias, tan ralas como sea posible, a fin de desenredar los crecimientos excesivos, para hacerlas crecer tan vigorosas como sea posible, que absorban más sol y aire puro, y que tengan las mejores posibilidades de producir más uvas de la mejor calidad posible. ¿Ha oído de personas perfectamente buenas que contrajeron enfermedades crueles? ¿Ha conocido a alguien que experimentó grandes tragedias o pérdidas en su vida? ¿Ha experimentado usted injusticias o dolores grandes en su propia vida? Estos tienen una razón. Dios toma la miseria que Satanás nos envía, y la usa para “podar” nuestro carácter y llevarnos a una dependencia aún mayor de él (Romanos 8:28). 6 Como un cirujano a cargo de la extracción de un cáncer que seguramente nos mataría, da la bienvenida al dolor, a fin de sanar. N. T. Wright, uno de los mejores eruditos del Nuevo Testamento actuales, lo dijo de este modo: “El labrador nunca está más cerca de la vid, pensando más sobre su salud y productividad a largo plazo, que cuando tiene el cuchillo en la mano”. 7
El método de Dios para hacernos crecer puede ser sorpresivo para algunos lectores. La verdad es que todas las circunstancias de nuestra vida tienen la intención de hacernos crecer y producir el fruto apacible del Espíritu. Esto incluye circunstancias que caen sobre nosotros, así como las causadas por nuestras propias decisiones, buenas o malas. La sabiduría y el amor de Dios son tales que él puede tomar cualquier cosa y transformarla para nuestro bien.
¿Hemos llegado al final del divino proceso de crecimiento? Hay un paso más. “Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí [...]. El que permanece en mí, y yo en él, este lleva mucho fruto; porque separados de mí, nada podéis hacer” (versículos 4, 5). ¿Ve la progresión? Primero, si no producimos el fruto del Espíritu, Dios toma la iniciativa de “doblarnos” fuera de nuestra zona de comodidad, para que produzcamos fruto. Luego, a fin de producir más fruto, nos “poda” para lograrlo. Ahora que producimos más fruto, Dios tiene la intención de que produzcamos mucho fruto. Pero, a fin de hacer eso, él nos da la iniciativa: nos invita a permanecer en él.
En el contexto de la vid y los pámpanos, permanecer tiene el significado de “mantenerse aferrado”. Cuando pensamos en ello, nosotros, como ramas, no somos apéndices automáticos de la Vid. ¿Cómo es esto? Piénselo de este modo: ¿Es Jesús bueno, noble, perfecto, lleno de gracia, y siempre dispuesto a dar? Por supuesto, la respuesta es Sí. Pero ¿somos nosotros naturalmente así? Tristemente, la respuesta es No. Nosotros, los pámpanos, no reflejamos a Jesús, la Vid. No somos por naturaleza sus hijos e hijas. Hemos sido adoptados en la Vid. El apóstol Pablo argumenta que no somos “ramas naturales”, sino que hemos sido “injertados” (Romanos 11:19-24). De hecho, Jesús aludió a esto unos versículos más tarde. “No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros, y os he puesto para que vayáis y llevéis fruto, y vuestro fruto permanezca” (Juan 15:16).
Cuando el cirujano hace un trasplante de órganos, sabe que uno de los mayores desafíos será manejar el rechazo natural del cuerpo al órgano nuevo, aun cuando ese órgano signifique vida nueva. Por eso, como ramas que Dios ha injertado por gracia, debemos elegir permanecer en él, quedar con él, aferrarnos a él. Nuestra tendencia natural será huir de la Fuente de vida, así como Adán huyó cuando oyó el sonido de la visita de Dios en el Jardín después de que el pecado había entrado en su corazón (Génesis 3:8). Dios no nos obligará, en este paso de nuestro crecimiento. Él no trabajará con nuestras circunstancias o alrededor de ellas, para llevarnos a producir mucho más fruto. Él nos invita a aferrarnos de él.
Así como el viento, la lluvia y las tormentas empujan las ramas para arrancarlas de la vid, miles de circunstancias cada día quieren apartarnos de Jesús. Su ruego ferviente es que sigamos aferrados a él. Confiemos en él. ¡Confiemos más en él! Sigamos adelante, por difícil y loco que parezca, sosteniéndonos de su segura mano de amor. Entonces, y solo entonces, llevaremos mucho fruto del Árbol del Amor.


Referencias

1 Este pasaje era conocido por los eruditos judíos de la Biblia Hebrea como los Trece Atributos: Dios es 1) misericordioso, 2) lleno de gracia, 3) paciente, 4) bueno, 5) veraz, 6) misericordioso por millares [de generaciones], 7) dispuesto a perdonar la iniquidad, 8) dispuesto a perdonar la transgresión, 9) dispuesto a perdonar el pecado, 10) justo, 11) dispuesto a juzgar la iniquidad de los padres sobre los hijos, 12) dispuesto a juzgar la iniquidad de los padres sobre los nietos, y 13) dispuesto a juzgar la iniquidad de los padres sobre la tercera y la cuarta generaciones (la mayoría de los eruditos concuerdan en que los “miles” que reciben la misericordia aquí se refiere a miles de generaciones, a diferencia del juicio sobre los pecadores hasta la tercera y la cuarta generaciones). 2 Juan 13:1 (dos veces), 23,34 (tres veces), 35; 14:15,21 (cuatro veces), 23 (dos veces), 24, 28, 31; 15:9 (tres veces), 10 (dos veces), 12 (dos veces), 13, 17, 19; y 16:27 (dos veces). 3 Elena de White, Palabras de vida del gran Maestro (Buenos Aires: Asociación Casa Editora Sudamericana, 1971), pp. 384, 385. 4 Jesús se refiere al gozo en Juan 14:28; 15:11 (dos veces); y 16:20 (dos veces), 21, 22 (dos veces), p. 24. Jesús menciona la paz en Juan 14:27 (dos veces) y en 16:33. 5 Mounce’s Complete Expository Dictionary of Old and New Testament Words, ver “airo”, William D. Mounce, ed. (Grand Rapids, MI: Zondervan, 2006). 6 Dios no origina las cosas malas, porque solo da cosas buenas (Santiago 1:13, 16, 17). Pero toma las cosas malas que Satanás crea y las transforma en buenas. De eso trata toda la historia de Job. 7 Tom Wright, John for Everyone: Part 2; Chapters 11-21, 2a ed. (Louisville, KY: Westminster John Knox Press, 2004), p. 71.