CAPÍTULO 4
Relaciones sociales
1 Pedro 2:11-37
E1 cristianismo es una religión particularmente práctica y Pedro, en su epístola, aborda algunas de las cuestiones más espinosas con las que tuvo que enfrentarse la iglesia - - primitiva. Su preocupación se centraba en un asunto que presenta un aspecto todavía sigue teniendo vigencia: cómo tenían que relacionarse los cristianos con una sociedad opresora y corrupta, cómo llevarse con un mal empresario y cómo tenían que vivir los hombres y las mujeres en el matrimonio. La sociedad ha cambiado. En el primer siglo de nuestra era, en el ámbito laboral la relación solía ser de amo y esclavo, al tiempo que los papeles que podían desempeñar las mujeres estaban muy restringidos.
Con todo, una buena parte de lo declarado por Pedro sonará actual a oídos de un lector contemporáneo.

El papel del gobierno: 1 Pedro 2:13-17

En su primera epístola, Pedro exhorta a sus lectores para que «[mantengan] buena [su] manera de vivir entre los gentiles» y que «[se sometan] a toda autoridad humana, ya sea al rey, como superior, ya a los gobernadores, como por él enviados» (1 Pedro 2: 11, 13, 14). Diciendo esto Pedro no se revela como un optimista soñador. A fin de cuentas, como cierre de la epístola envía saludos de «la iglesia que está en Babilonia» (1 Pedro 5: 13) o sea la iglesia de Roma, como reconocen la mayoría de los eruditos. 1 Pedro considera que escribe desde Babilonia, el terrible perseguidor y destructor final de la nación judía (por ejemplo, 2 Reyes 25: 1-26; 2 Crónicas 36: 15-23; Isaías 21: 1-10; 47: 1-15; Jeremías 27: 1-22; 50: 1 - 51: 58) y símbolo por excelencia de todo mal sobre la tierra {cf. Apocalipsis 17: 3-5).
De hecho, el Imperio Romano se caracterizaba más por sus maldades que por sus bondades. Ejercía un poder despiadado, torturaba y mataba a quienes entraban en conflicto con sus ejércitos o sus tribunales. Ese poder permitía amasar grandes fortunas a expensas de la miseria de otros. Por ejemplo, valiéndose de medios legales e ilegales, en un año un gobernador provincial podía llegar a acumular un millón de sestercios. Para hacernos una idea de la magnitud de la suma basta con decir que el sueldo normal de un obrero en aquella época oscilaba entre 1 y 3 sestercios al día; la compra de un esclavo sin ninguna habilidad costaba unos 600 sestercios y su mantenimiento representaba entre 350 y 500 sestercios al año; asimismo, un soldado romano solía ganar unos 900 sestercios al año (aunque, en tiempos de guerra, esta cantidad solía aumentar considerablemente por causa de los saqueos).2 Los gobernadores amasaban grandes fortunas y las principales familias de Roma eran fabulosamente ricas. Un senador romano, por ejemplo, necesitaba una fortuna de como mínimo un millón de sestercios para poder ocupar un escaño del Senado. Era una sociedad basada en el honor y las familias de los patricios vivían enzarzadas en una competición constante de unas contra otras, a menudo con violencia y larguísimos pleitos judiciales interpuestos contra las familias rivales. Sin embargo, excepto estas escasas restricciones, poco era lo que impedía a los romanos adinerados que ejercieran cualquier clase de conducta opresora. La sociedad romana estaba impregnada de comportamientos que en el mundo actual se considerarían corrupción y nepotismo.
Un factor que hemos de tomar en cuenta es la persecución que sufrían los cristianos en los mismos lugares a los que escribía (por ejemplo, 1 Pedro 3: 13-17). Esa persecución, aunque durante el siglo I d. C. fuera esporádica y de naturaleza local, solía darse con la complicidad o incluso la participación activa de las autoridades gubernamentales.
¿Por qué, pues, sabiendo todo lo que sabía del Imperio Romano, Pedro exhortó a sus lectores a que aceptaran la autoridad del emperador y los gobernadores (1 Pedro 2: 13, 14)? Pedro no deja lugar a dudas. A pesar de la violencia que lo caracterizaba, el Imperio Romano era efectivo en el «castigo de los malhechores» y el mantenimiento del orden público (véase el versículo 14). El gobierno romano era muy eficiente a la hora de incrementar el bienestar de la población que se le sometía, sobretodo si se comparaba con las alternativas. Durante la mayor parte de su existencia, el Imperio estuvo en guerra, pero esas guerras rara vez afectaban al interior de sus fronteras. La paz, aunque incómoda y tensa, es mejor que la guerra. Los romanos construían vías, principalmente a conveniencia de sus ejércitos. Instituyeron una economía basada en el dinero (a diferencia de otras basadas en el trueque), de nuevo a conveniencia de las necesidades militares para adquirir provisiones destinadas a los ejércitos destacados en sus fronteras y a partir de los impuestos recaudados en todo el Imperio.
Estos factores, junto con el libre comercio, dieron origen a una economía floreciente que alimentaba a muchas más personas de lo que habría sido posible con otros medios. No todo el mundo estaba bien alimentado, pero la supervivencia era mayor que en otros periodos de la historia. El mundo de los cristianos y los demás que vivían en el siglo I d. C. era precario. La vida estaba amenazada por toda suerte de peligros: enfermedad, hambruna, guerra...
En consecuencia, la esperanza media de vida era baja. Menos de la mitad de los bebés sobrepasaban los diez años de edad. Con todo, los niños que tenían la fuerza y la fortuna de superar esa edad, a duras penas vivirían treinta y seis o treinta y siete años más.3 No obstante, a pesar de todo, la población de las regiones controladas por el Imperio continuó creciendo durante la mayor parte del tiempo.
Pedro y aquellos a quienes escribía conocían bien la alternativa a un gobierno fuerte: la anarquía. En la actualidad somos afortunados de vivir en un mundo en el que hay pocos lugares que carezcan de un gobierno fuerte que proporcione fuerzas policiales y seguridad general. Por tanto, a pesar de todos sus defectos, el Imperio Romano era una fuente de estabilidad. Impedía la guerra.
Impartía una justicia que, aunque era severa, se basaba en el imperio de la ley. Los contratos, comerciales y de todo tipo eran de obligado cumplimiento por todas las partes. Construía vías y estableció un sistema monetario que apoyaba sus necesidades militares y, a la vez, creó un entorno en el que la población podía crecer y, en muchos casos, alcanzar la prosperidad. Vistos desde este ángulo, los comentarios de Pedro sobre el gobierno no tenían sentido.

Amos y esclavos: 1 Pedro 2.18-23

En 1 Pedro 2: 18-23 se exhorta a los esclavos domésticos4 a que obedezcan a sus amos aun cuando estos sean severos, comparando su experiencia con el sufrimiento de Jesús. El cristianismo se inició a partir de un movimiento centrado en Jesús, cuyo ministerio se concentró ampliamente en las poblaciones menores de Galilea y los distritos circundantes.5 En Jerusalén, la única ciudad grande visitada por Jesús, encontró la muerte. Pero aunque empezó como un movimiento rural, a medida que se extendía por el Imperio Romano, influía en las ciudades antes de extenderse por el país. La población de las ciudades era muy diversa y entre los primeros conversos al cristianismo había esclavos y mujeres que, a menudo, vivían en casas que no eran cristianas.
Los esclavos eran parte fundamental del servicio doméstico de las familias adineradas en todo el Imperio Romano. Podían asumir numerosas funciones entre las que se incluían algunas responsabilidades significativas. El Nuevo Testamento se refiere a varios de estos esclavos. Por ejemplo, Gálatas 3: 24, 25 hace referencia a un paidagogos (traducido como "guía" en la RVR95 y "el esclavo que vigila a los niños" en la DHH). El paidagogos, o pedagogo, era un esclavo muy caro o un liberto contratado para que cuidara de un joven de edad comprendida entre los seis y los dieciséis años, o incluso mayor. Tenía la responsabilidad de disciplinarlo y podía usar una vara o un azote para golpearlo. Otras de sus obligaciones era asegurarse de que asistía a las clases de su maestro y de que se comportaba correctamente en cualquier situación. 6
Otra función que podía asumir un esclavo bien formado y de confianza era la de mayordomo o gerente. En Lucas 16: 1-9 vemos el trabajo de un mayordomo de ese tipo. Le han delegado la autoridad para llevar a cabo transacciones financieras de importancia en nombre de su amo sin necesidad de consultarle. A otros esclavos el amo les confiaba la administración de grandes sumas de dinero (por ejemplo, los cinco, dos y un talento de Mateo 25: 14, 15, 19). En Lucas 17: 7-10 Jesús habla de un esclavo que, durante el día, se dedica a la labranza o al pastoreo de ovejas y, de noche, sirve la cena.
En las casas de buena posición, el amo y su esposa tenían esclavos personales separados. Podían tener un mayordomo que se ocupaba de los asuntos financieros y, a menudo, otro que supiera leer y escribir para despachar la correspondencia. Había cocineros, sirvientes, guardias, jardineros, etcétera. En Pompeyay Herculano es posible andar entre los restos de las casas de las familias ricas. Había muchas personas trabajando para asegurar el bienestar de la familia y el éxito de sus asuntos financieros y domésticos.
La mayoría de ellos eran esclavos.
Tanto los esclavos como sus propietarios eran seres humanos y no era extraño que entre ellos se establecieran relaciones muy fuertes. Pero la realidad fundamental subyacente a toda su interacción era que el esclavo era propiedad del amo y el amo gozaba de gran libertad de acción con respecto del esclavo. Cuando un esclavo desagradaba a su amo, no era común azotarlo. Bajo ciertas circunstancias podía ser torturado, pero esto era raro porque el amo estaría destruyendo algo de su propiedad.
El tono religioso de la casa se establecía, principalmente, según los designios del cabeza de familia, el pater familias, y en menor medida por la dueña de la casa, la esposa del pater familias. Podemos ver este liderazgo religioso en el centurión Cornelio, quien fue uno de los primeros gentiles en ser bautizado como cristiano.
De él se dice que era «piadoso y temeroso de Dios con toda su casa» (Hechos 10: 2). Después de que respondieran a las enseñanzas de Pedro con una manifestación del Espíritu, el apóstol «mandó bautizarlos» (Hechos 10: 48). Presumiblemente, ese 'los' indica que toda la familia fue bautizada y, de ese modo, se convirtió al cristianismo. Sin embargo, en las ciudades del Imperio Romano las conversiones eran más habituales entre los esclavos y las mujeres que entre los cabezas de familia. Además, los cristianos permitían que sus hijas se casaran con no cristianos, lo que constituía un factor importante en la expansión del cristianismo en épocas posteriores al Nuevo Testamento.
El papel de los esclavos cristianos en las casas paganas representaba todo un desafío. En casi todas las familias del Imperio Romano se seguían ciertas prácticas religiosas, a menudo una simple dedicación a los dioses de los animales que iban a ser sacrificados para comer su carne en el siguiente banquete. Era común que se le pidiera a un esclavo que participara en algo que pudiera considerar repugnante desde el punto de vista moral o religioso. Este telón de fondo proporciona un contexto para la exhortación de Pedro a los esclavos cristianos para que se mostrasen obedientes con sus amos(l Pedro 2: 18-22). Destaca que su deber, no solo cuando el amo era considerado, sino también cuando era severo. Y añade que no hay mérito en soportar un azote merecido, sino que el mérito real reside en soportarlos cuando son injustos (1 Pedro 2: 19, 20). Mientras sufren pueden pensar en el ejemplo de Jesús, quien no replicó cuando lo insultaron ni amenazó cuando sufría (1 Pedro 2: 23).
Luego formula una declaración de máxima importancia vinculando la muerte de Jesús y la vida de los cristianos. Jesús llevó nuestros pecados en la cruz a fin de que nosotros pudiésemos morir al pecado. El cristiano vive como quien está muerto al pecado pero está vivo a la justicia (1 Pedro 2: 2.4).