CAPÍTULO 9
Todos los cristianos estamos seguros en Cristo (Romanos 8:1-39)

R omanos 8 es uno de los capítulos más hermosos de toda la Biblia. Si el capítulo 7 habla de tensión, frustración y derrota temporal, el capítulo 8 habla de victoria. Un estudiante reseñó que este capítulo abre con la frase «ninguna condenación», termina con «ninguna separación», y en el centro del mismo encontramos la frase «ninguna derrota». 1
Ninguna condenación y vida en el Espíritu (Romanos 8:1-14) En Romanos 8:1 resaltan dos nociones principales. La primera es que no hay «condenación». Esta es una buena noticia, particularmente para quienes luchamos contra el poder y la persistencia del pecado en nuestra vida, según se menciona en Romanos 7. Podemos soportar una vida de lucha e incluso en ocasiones caer, pero «ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús».


1 W. H. Griffith Thomas, Commentary on Romans (Grand Rapids, MI: Kregal, 1974), p. 202.
La segunda noción presente en el versículo 1 es que solo aquellos que están «en Cristo Jesús» están libres de la condenación. Pablo aclara que, o estamos «en Adán», o estamos «en Cristo» (ver 1 Corintios15:22; Romanos 5:12-21). Para Pablo, los que están «en Cristo» son justificados, y luego progresivamente santificados y perfeccionados. Y si permanecen «en Cristo», tienen la seguridad del reino. La pregunta es: ¿Cómo podemos estar «en Cristo»? El nacimiento físico no nos lo garantiza. Pablo aclaró en Romanos 5 que nacemos en pecado debido a Adán. Para Pablo, comenzamos a estar «en Cristo» cuando conscientemente lo aceptamos por fe como Señor y Salvador. Hasta ahora, el argumento en Romanos es que no hay «ninguna condenación» para aquellos que mantienen esa relación con Dios. La palabra «porque» en Romanos 8:2 es importante, ya que sirve de vínculo entre el versículo 1 y el versículo 2 y ayuda a explicar el motivo por el cual «ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús». ¿Por qué? Porque «la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús [...] [nos] ha librado de la ley del pecado y de la muerte». La palabra «porque» en Romanos 8:3 (RV60) es tan importante como lo fue en el versículo 2. En este caso, es el vínculo que conecta el versículo 3 con los dos primeros versículos. Es decir, gracias a lo que Cristo hizo, los cristianos no tienen «condenación» y han sido liberados «de la ley del pecado y de la muerte». Su vida y su muerte no solo hicieron que la salvación fuera posible, sino una realidad. Y detrás de la obra de Cristo está Dios el Padre, quien envió «a su Hijo en semejanza de carne de pecado». Fijémonos en lo prudente que Pablo se muestra aquí. Si hubiera dicho «en carne de pecado» habría creado un desastre teológico, ya que en el capítulo 7 había afirmado que la carne de pecado es incapaz de vencer al pecado. Hablar entonces de Cristo como «carne de pecado» al igual que el resto de los seres humanos, habría llevado a la conclusión lógica de que Jesús era un pecador como el resto de la humanidad. Por otro lado, Pablo necesitaba identificar a Cristo con aquellos a quienes vino a salvar. Como resultado, articula cuidadosamente la frase «en semejanza de carne de pecado». Con esto indica que Cristo participó de la humanidad sin ser exactamente como los demás, detalle que Gabriel puso de manifiesto cuando llamó a Cristo «el Santo Ser» (Lucas 1:35). El apóstol continúa explicando en Romanos 8:3 por qué Dios envió a Cristo «en semejanza de carne de pecado». Lo hizo para lidiar con el pecado, para condenar «al pecado en la carne». Esto lo logró al menos de dos maneras: primero, vivió una vida de completa obediencia a Dios y, en su papel de segundo Adán, venció donde el primer Adán había fallado. Segundo, él no solo vivió en completa armonía con la ley, convirtiéndose así en el Cordero inmaculado de Dios, sino que sufrió «en la carne» el sacrificio de su muerte de «una vez por todas» (Romanos 6:10) como «sacrificio por el pecado» (Romanos 8:3, NVI). Lo que Jesús hizo «en la carne» tanto en su vida como en su muerte, condenó al pecado. Romanos 8: 4 aparta la atención de la obra de Cristo por la humanidad y se concentra en su obra en la humanidad. Parte del objetivo de la vida y la muerte de Cristo era «que la justicia de la ley se cumpliera en nosotros». Esto nos conduce a la relación que hay entre la justificación y la santificación. Dios cuenta a los que están «en Cristo» como justos (o justificados) y les provee poder a través del Espíritu Santo para vivir los principios de la ley diariamente (santificación). Esa vida victoriosa, como hemos observado en el capítulo 7, no está exenta de problemas. No obstante, provee un tipo de vida completamente diferente a nivel cualitativo a la que teníamos cuando éramos esclavos del pecado (Romanos 6:16). Una vida de constante crecimiento en Cristo solo es posible a través del poder transformador del Espíritu Santo. Los que viven «según el Espíritu» no solo tienen poder para obtener la victoria, sino también amplios horizontes en cuanto a lo que es importante y posible en la vida. Caminar en el Espíritu es una experiencia verdaderamente transformadora. Dios no solo quiere hacer algo por los que están en Cristo, sino que tiene la intención de hacer algo en ellos. Según Romanos 8:5, hay una conexión íntima entre la orientación de nuestra mente y la dirección de nuestra vida. Jesús tenía una opinión similar, pues afirmó que «donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón» (Mateo 6:21) y también dijo nuestros pensamientos determinan el camino que tomamos (ver Mateo 15:19). La exposición de Pablo en Romanos 8:5-11 está estrechamente relacionada con el dictamen de Jesús de que «ninguno puede servir a dos señores» (Mateo 6:24). «Los que viven conforme a la carne» lo hacen porque «ponen la mente en las cosas de la carne» (Romanos 8:5, NBLH). Es decir, el reino de este mundo es su verdadero hogar, y para ello viven. Como resultado, no pueden cumplir la ley de Dios porque sus corazones y mentes pertenecen a un reino diferente (ver Romanos 8:4). Lo contrario sucede, dice Pablo, con aquellos cuyas vidas están orientadas hacia Dios. Romanos 8:6 continúa la discusión sobre nuestra inclinación hacia la carne o hacia el Espíritu, pero con un toque perspicaz. No dice que «la mente puesta en la carne conduce a la muerte», sino que «es muerte» (NBLH). Dicho de otra manera, quienes no han alcanzado la salvación, los que no están «en Cristo», están espiritual mente muertos. Esta aseveración tiene algunas implicaciones interesantes. Si esto es así, ¿cómo puede entonces alguien llegar a Cristo? Aquí nos topamos con un aspecto importante de la gracia de Dios. La verdad es que como pecadores no vamos a Dios, sino que él viene a nosotros. Fue así con el Adán caído, a quien Dios buscó en el jardín (Génesis 3:8-10); fue lo que ocurrió con la moneda perdida (Lucas 15:8-9); con Zaqueo (Lucas 19:10); y con cada persona en la historia. A través del Espíritu Santo Dios le habla a nuestro corazón para despertarnos a su necesidad. John Wesley llamó a esto «gracia preventiva». Antes de que podamos aceptar el don de Dios en Cristo, necesitamos despertar de nuestro estado de muerte espiritual. En contraposición con aquellos cuyos pensamientos están orientados conforme a la carne, están los que tienen su mente sintonizada con «las cosas del Espíritu» (Romanos 8:5). Una vez más, poseer esta mentalidad no conduce a «vida y paz». De hecho, los nuevos creyentes ya tienen vida y paz. Como señalamos anteriormente, los que están «en Cristo» tienen vida eterna (Juan 3: 36) y paz para con Dios (Romanos 5:1).
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La adopción y la certeza de la gloria futura (Romanos 8:12-39) Romanos 8:9 identifica claramente al Espíritu Santo como un elemento fundamental para la victoria del cristiano. Pablo expone esta verdad en los versículos 12 al 17, donde se habla de la adopción de los creyentes en la familia de Dios, según el testimonio del Espíritu. Pero antes de pasar a este segmento del capítulo, resulta útil resumir las diversas y reconfortantes bendiciones establecidas en Romanos 8:111: 1. Los creyentes ya no están bajo condenación (vers. 1). 2. Han sido liberados de la ley del pecado y de la muerte (vers. 2). 3. Ya no están bajo el dominio del pecado (vers. 2). 4. Andan conforme al Espíritu (vers. 4). 5. Sus pensamientos están en el Espíritu (vers. 5-6). 6. Tienen vida y paz a través del Espíritu (vers. 6). 7. El Espíritu de Dios habita en ellos (vers. 9). 8. Sus espíritus han sido vivificados (vers. 10). 9. La resurrección de sus cuerpos mortales está garantizada (vers. 11). Cuán agradecidos debemos estar por esta lista. Pablo les dice a los romanos en el versículo 12 que son «deudores» por todo lo que han recibido de Dios. Su obligación en virtud de esta deuda, según el argumento presentado por Pablo desde el principio del capítulo 6, es vivir de acuerdo con los principios de Dios. Después de todo, si el Espíritu que mora en ellos es vida (Romanos 8:10, NVI), ¿cómo pueden continuar en el camino de la muerte? Siguiendo la lógica del libro de Romanos, en este punto es absolutamente crucial reconocer que no estamos en deuda con Dios a menos que él nos haya rescatado. Primero viene la salvación y luego sigue la respuesta de la fe bajo el poder del Espíritu. Este orden de acontecimientos es de suma importancia. Los cristianos guardan la ley de Dios no para ser salvos, sino porque han sido salvados por la gracia de Dios.

Los versículos 14 al 17 establecen la enseñanza, a menudo descuidada, de que los cristianos hemos sido adoptados en la familia de Dios. Porque «todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, son hijos de Dios» Ahora, ¿no somos todos hijos de Dios, seamos cristianos o no? James Innell Packer, dice: «¡Rotundamente no! La noción de que todos los seres humanos son hijos de Dios no se encuentra en ninguna parte de la Biblia. El Antiguo Testamento muestra a Dios como el Padre, no de todos, sino de su propio pueblo, la simiente de Abraham». Y el Nuevo Testamento afirma claramente que seremos de la simiente de Abraham si aceptamos a Cristo (Gálatas 3:26-29). «Ser hijos de Dios no es, por lo tanto, un estado universal en el cual todo el mundo entra a través del nacimiento físico, sino un don sobrenatural que recibimos al aceptar a Jesús». 2 Esta conclusión concuerda con la enseñanza de Jesús sobre el nuevo nacimiento en Juan 3:3-6 y la declaración de Juan de que «a todos los que lo recibieron, a quienes creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios. Estos no nacieron de sangre, ni por voluntad de carne, ni por voluntad de varón, sino de Dios» (Juan 1:12-13). El ser adoptados como hijos de Dios es un don de la gracia, conferido cuando por fe aceptamos a Jesús como nuestro Salvador. Se recibe cuando a través del poder del Espíritu de Dios, decidimos renunciar a estar «en Adán», el estado en el cual nacimos, y aceptamos el estado «en Cristo», que fue hecho posible por Jesús en el Calvario. El apóstol afirma que aquellos que aceptan a Cristo por la fe son «adoptados» (Gálatas 4:5; Efesios 1:5). Ser adoptado en la familia de Dios, por supuesto, cambia cada aspecto de la vida del individuo. No solo sigue viviendo en el Espíritu, sino que restablece su relación con otros miembros de la familia de Dios. Después de todo, es imposible amar al Padre sin amar a sus otros hijos. Romanos 8:15 resalta la libertad del temor que los cristianos sienten luego de ser adoptados en la familia de Dios. Con Jesús, ahora pueden dirigirse a Dios como «Padre» y como «Abba», un término que sugiere intimidad. Abba refleja la cercanía de Dios con cada cristiano. No es un Dios que se encuentra en algún lugar lejano, sino que está con nosotros y dispuesto a ayudarnos en los momentos de necesidad. Los versículos 15 y 16 marcan el punto culminante de Romanos 8:12-17 en cuanto al tema del capítulo de demostrar que «ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús» (versículo 1). Los cristianos no solo hemos sido adoptados en la familia de Dios (versículo 15) sino que «el Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios» (versículo 16). La confirmación del Espíritu de que hemos sido adoptados en la familia de Dios significa que somos herederos de Dios si nos aferramos a él (versículo 17). En Romanos 8:18-25, encontramos uno de los grandes pasajes del Nuevo Testamento sobre la esperanza del segundo advenimiento, el cual hace palidecer todas nuestras pruebas y sufrimientos actuales, reduciéndolos a una relativa insignificancia (versículo 18). Los versículos 19 al 22 presentan a la creación entera como si estuviera bajo los efectos del primer pecado reflejado en la maldición de Génesis 3:17-19. Luego, el versículo 23 pasa de la creación no humana a una humanidad gimiente que espera ansiosamente su «adopción» como hijos de Dios. La palabra adopción exigía una explicación por parte de Pablo, ya que él había dicho en los versículos 14 al 16 que ellos ya habían sido adoptados cuando aceptaron a Cristo. ¿Cómo es entonces que todavía están esperando adopción en el versículo 23? La respuesta está en los mismos textos y se remonta a lo que podríamos llamar ser salvos «a medias». Cuando nos acercamos a Dios por fe, recibimos la justificación, él nos separa para el servicio (la santificación), y nos da un nuevo corazón y una nueva mente. Todas son partes de nuestra salvación que ya han sido cumplidas. Pero tal como el capítulo 7 gráficamente lo ilustra, nuestra nueva mente y nuestro nuevo corazón aún residen en el cuerpo antiguo, con toda su «propensión» a la tentación (ver Romanos 7:18, 24). Por consiguiente, somos adoptados en la familia de Dios al momento de nuestra conversión, pero no recibimos todos sus beneficios sino hasta «la redención de nuestro cuerpo» (Romanos 8:23). Pablo coloca ese acontecimiento en la Segunda Venida de Cristo, cuando aquellos que han muerto en Cristo resucitarán con cuerpos inmortales e incorruptibles (ver 1 Corintios 15:5154). Entonces y solo entonces, según Romanos 8: 23, nuestra adopción será completa. Para Pablo la Segunda Venida de Cristo es la gran esperanza del mundo. En Tito 2:13 se refiere a ella como la «bendita esperanza» (NVI). Y debemos recordar que para Pablo la «esperanza» no es una vaga ilusión, sino una seguridad. Es en este contexto en el que Pablo presenta dos párrafos cortos sobre el cuidado providencial de Dios con sus hijos. El primero (Romanos 8:26-27) tiene que ver con la oración. La buena noticia es que no estamos solos cuando oramos. Una de las funciones del Espíritu Santo es guiar a los creyentes en sus vidas de oración. El segundo párrafo (versículos 28-30) se refiere a la providencia de Dios en la vida diaria del cristiano. El versículo 28 dice que «sabemos» que él guiará los acontecimientos diarios de nuestra vida para nuestro bien. Romanos 8: 28 es uno de los pasajes de consuelo para los creyentes más importantes de toda la Biblia. Aunque no siempre entendemos por qué suceden algunas cosas, podemos confiar en que Dios sabe lo que está haciendo y que usará activamente lo que nos ocurre para su gloria y nuestra salvación. Pasamos a Romanos 8:29-30, un pasaje en el que muchos piensan que han descubierto el texto clave que enseña la predestinación incondicional de algunos individuos (es decir, los «llamados») a la salvación. Pero William Barclay da en el clavo al afirmar que «este es un pasaje que ha sido muy mal utilizado. Para entenderlo, debemos tener claro el hecho de que Pablo nunca pretendió que fuera una expresión teológica o filosófica». 3 Por el contrario, el propósito que Pablo tenía en mente al escribir los versículos 29 y 30 está relacionado con el contexto pastoral y práctico del pasaje. Pablo continúa consolando a los que sufren (versículo 17) y
3 Barclay, Letter to the Romans, p. 119.
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a los que gimen (versículos 23, 26) en su estado de salvación «a medias» (versículos 11, 17, 23-25). Él quiere que sepan, en los versículos 29 y 30, que su destino final está en las manos amorosas de Dios. Él los ha escogido para ser sus hijos y ellos han respondido con fe, así que no los dejará ir, sino que los llevará de la mano hasta su glorificación en el segundo advenimiento. De esta forma, Pablo concluye su consuelo a los creyentes que experimentan tanto las tensiones internas de Romanos 7, como las tensiones externas del capítulo 8. Pasará ahora a un canto de triunfo en Romanos 8:31-39 en el que les asegurará en términos inequívocos que nada puede separar del amor de Dios a aquellos que están «en Cristo» (versículo 1). Es por ello que utiliza la palabra «glorificó» en el versículo 30 en tiempo pretérito, a pesar de que el acontecimiento en aún está en el futuro. Romanos 8:31-39 anuncia la verdad de que la glorificación es una realidad consumada para aquellos que ponen su fe en Cristo.