CAPÍTULO 3
LA PERSPECTIVA DE DIOS

La Sra. Negri se sentó ante el escritorio del contador que prepararía su declaración de impuestos, y él puso delante de ella una carpeta. El hombre, de edad mediana, llamado Alfredo, la saludó con una sonrisa cálida y abrió la carpeta que contenía los papeles para preparar la declaración de la Sra. Negri. Él rápidamente repasó el formulario de ingresos y calculó mentalmente que ella había tenido ingresos por unos treinta mil pesos. Debajo de las hojas del formulario de ingresos había una gruesa pila de recibos, que parecían ser todos de donaciones. Un rápido cálculo indicó que la Sra. Negri había donado más de doce mil pesos a su iglesia y a causas de caridad.
–¿Está usted segura de que esto es correcto? –preguntó Alfredo, el contador, con una mirada de perplejidad en el rostro.
–Oh, sí –respondió la Sra. Negri–, yo siempre le doy a Dios lo que es de él, y también una buena porción de lo que él me dio. ¿Están bien los recibos de donación?
–Bueno, sí –le aseguró Alfredo–, pero ¿por qué, por qué tanto?
–Alfredo –respondió la Sra. Negri como si le hablara a su hijo-, yo vivo según Filipenses 4:19, que dice: “Mi Dios, pues, suplirá todo lo que os falta". Él me dio un lugar cómodo para vivir y suficiente para pagar la luz y el gas, y comprar mi comida. El resto se lo devuelvo a él. –¿Está usted ahorrando algo para algún imprevisto? –le preguntó Alfredo– Usted sabe, para un auto nuevo, muebles nuevos, gastos médicos. –Oh, sí, tengo algo ahorrado para pagar al médico y cosas así –dijo ella con un suspiro–, pero no necesito un auto nuevo. El viejo anda muy bien. ¡Y realmente no necesito muebles nuevos, ni una alfombra a mi edad! Prefiero que mi dinero esté ayudando a cambiar el mundo, en vez de que se gaste bajo mis pies. No tengo planes de vivir en este viejo mundo mucho tiempo más, y quiero que el dinero que Dios ha visto conveniente darme para vivir marque una diferencia en la vida de otros. Alfredo repasó el resto de los papeles que la Sra. Negri le había llevado.
–¿Tiene usted algún plan de inversión? –quiso saber él. –No, solo mi pensión –contestó ella, y se detuvo repentinamente-. Sí... tengo otro plan de inversión.
–¿Tiene usted el formulario de ingresos de su inversión para los impuestos? –preguntó Alfredo. –Bueno, Dios no manda formularios para impuestos –dijo la Sra. Negri con una sonrisa– Este es el plan de inversión de Dios. Se encuentra en Mateo 6, los versículos 19 y 20. Yo invierto mis fondos donde no se herrumbrarán ni desaparecerán en una caída de los mercados, ni podrán ser robados por ladrones. Parece que cuanto más invierto en el banco de Dios tanto más me da para vivir. ¡Usted también debería probarlo! –Gracias, Sra. Negri. Le avisaré cuándo estén listos los papeles y pueda recogerlos. Me da la impresión de que recibirá un buen reintegro de impuestos. –¡Muy bien! –dijo la Sra. Negri, empujando su silla hacia atrás–, acabo de prometerle a una jovencita en la India que la ayudaría con sus gastos escolares. Ella quiere ser enfermera. Me gusta mucho cuando Dios me deja tener una parte en decidir cómo invertir el dinero de él –sonrió de nuevo, mientras abría la puerta para retirarse de la oficina de Alfredo– ¡Créame, funciona!

LA PERSPECTIVA DE DIOS

Aquí tenemos un contraste entre la fe y el materialismo. La Sra. Negri adoptó la perspectiva de Dios hacia las cosas materiales y vive de acuerdo con esas prioridades. Muchos en el mundo quedan entrampados en una mirada muy estrecha, haciendo preguntas que realmente dicen: “¿Ha ahorrado de modo que pueda salvarse a usted mismo?” y "¿Por qué lo da a otros en lugar de guardarlo para usted?” ¿Cuál es la perspectiva de Dios en cuanto a las posesiones, y cómo la podemos ver? Repasaremos algunas ideas fundacionales. Nos proporcionan una alternativa para los conceptos fracasados del mundo.

PROPIEDAD

El fundamento del materialismo es la premisa de que somos propietarios. Nos esforzamos para registrar nuestros derechos legales y demostrar nuestra propiedad de las cosas. Pero el verdadero dueño de una casa, por ejemplo, es el prestamista, no el que hace los pagos o quien vive en ella. Dios, como el Propietario de todo, describe su perspectiva y su relación con nuestras posesiones sobre la Tierra: “De Jehová es la tierra y su plenitud, el mundo y los que en él habitan” (Salmo 24:1; ver también 50:12). Es espiritualmente letal para los cristianos pensar que son dueños de sus posesiones. Reconocer a Dios como el Dueño es básico para comprender la mayordomía. La perspectiva de Dios sobre la propiedad está registrada en las Escrituras como declaraciones de hechos. Desde ser el dueño del ganado (Salmo 50:10) hasta de la plata y el oro (Hageo 2:8), todo en el cielo y en la Tierra es de él (1 Crónicas 29:11). Un dueño verdadero actúa a voluntad y no trabaja para nadie.

Solo Dios puede hacer esa afirmación. La decisión más difícil que un mayordomo debe hacer es aceptar que Dios es el Dueño y que nosotros somos los administradores. “De Jehová, tu Dios, son los cielos y los cielos de los cielos, la tierra y todas las cosas que hay en ella" (Deuteronomio 10:14). Así como queremos asegurar la propiedad a la que tenemos acceso, así Jesús, quien nos redimió, considera a la humanidad como su propiedad moral. Somos de tan alto valor para él que él quiere proteger su inversión. Él nos “sella” como su propiedad (2 Corintios 1:21,22). Dios tiene el título de propiedad de este mundo como Creador, y por medio de la redención del pecado posee la propiedad legal de nosotros. Él tiene derecho a una relación abierta con sus mayordomos: no obstante, no nos fuerza a ello. Por eso, “debemos considerarnos administradores de la propiedad del Señor, y tener a Dios como el propietario supremo".1 En la Creación, Dios confió el mundo recién creado a Adán y a Eva (Génesis 1:26-28). No se los dio para poseerlo, ni desea una propiedad compartida. Ellos habían de administrar las posesiones de Dios en perfecta libertad. En el siglo XXI, Dios no ha cambiado esta relación. Tenemos la responsabilidad de reconocer nuestro lugar en relación con Dios. Él es el Dueño y el Redentor de todos. Aun cuando fuimos creados a su imagen, todavía somos seres creados y no, el Creador. Dios nos ama y nos cuida como aquel que conoce cada pensamiento y complejidad humanos. Su perspectiva hacia nosotros es solo para el bien (Romanos 8:28).

CREADOR

Solo Dios tiene la capacidad de crear algo de la nada. Nosotros no la tenemos. Esto define quién es él y le da una perspectiva mejor acerca de la posesión de este mundo que la que tenemos nosotros (Hebreos 11:3). Dios entiende la complejidad funcional con que todo fue creado. Esta es una relación singular a la que estamos limitados. Él da vida a la materia: nosotros, no. Él crea de lo invisible: nosotros no podemos. Él crea perfección; nosotros creamos problemas. Los ingenieros y los industriales pueden diseñar y producir en masa casi cualquier producto, siempre que tengan la materia prima. Pero, aun cuando los científicos dicen que han creado materia en un vacío, conceden que es a partir de partículas y de antipartículas que ya existen. Las capacidades de Dios no pueden ser explicadas ni entendidas en términos humanos. "Nunca podrá la ciencia explicar la obra de la Creación. ¿Qué ciencia puede explicar el misterio de la vida? "La teoría de que Dios no creó la materia cuando sacó al mundo a la existencia no tiene fundamento alguno. Al formar el mundo, Dios no se valió de materia preexistente. Por el contrario, todas las cosas, materiales y espirituales, comparecieron ante el Señor Jehová a la orden de su voz y fueron creadas para el propósito de él. Los cielos y todo su ejército, y todas las cosas que contienen, son no solo la obra de sus manos, sino también llegaron a la existencia por el aliento de su boca”.2

DIOS-HOMBRE

El título “Hijo del Hombre” aparece 88 veces en el Nuevo Testamento y ha sido considerado el nombre favorito de Jesús para sí mismo. Lo identifica con la raza humana. Su humanidad era el primer paso a fin de cerrar la puerta del infierno para los creyentes, y su sacrificio en la Cruz y la resurrección la sellaron en forma permanente. Vivir una experiencia personal intensa sobre la Tierra, como pleno Dios y pleno hombre (1 Timoteo 2:5), le dio a Cristo una perspectiva singular y dotada de autoridad sobre la existencia humana. Él fue tentado como nosotros y así se identificó con nosotros, pero no pecó (Hebreos 4:15). Ningún otro ser humano o “dios” ha realizado esto alguna vez. La combinación de su divinidad con la humanidad nos dice qué piensa Jesús de este mundo y, especialmente, de la humanidad. "Al venir a morar con nosotros, Jesús iba a revelar a Dios tanto a los hombres como a los ángeles. Él era la Palabra de Dios; el pensamiento de Dios hecho audible”.3 Jesús tomó un interés especial en nosotros. ¿Cuán personal? “Si empatizamos con otras personas hasta el punto de combinar nuestras propias identidades con las de ellas, nos preocupamos tanto por ellas como nos preocupamos por nosotros mismos. Como ya no ponemos nuestro interés por encima del de ellas, ayudarlas es puramente altruista’’.4 El llegar a ser humano tuvo para Cristo un enorme costo personal de gran humillación, pero lo hizo a fin de estar involucrado personalmente en rescatarnos del pecado. Él mantiene una perspectiva singular sobre cómo es ser plenamente humano y plenamente Dios. Si Cristo no hubiera llegado a ser humano. Dios habría sido percibido como vengativo, insensible e impersonal, interesándose apenas por sus criaturas. Siempre habría habido confusión acerca de quién es él, realmente, y si realmente se interesa por nosotros. Despersonalizar a Dios, en última instancia, se vuelve contra nosotros. La serpiente preparó su tentación hábilmente para hacerla parecer una benigna discusión teológica (Génesis 3:1-6) y ganó la discusión con Eva. Satanás desdibujó la identidad de Dios y su autoridad sobre ella. Esta discusión continúa hoy, con la Teoría de la Evolución, que pinta un cuadro de Dios como una fuerza natural impersonal. Esto elimina el núcleo del evangelio. El materialismo despersonaliza a Dios reemplazándolo con cosas. A su vez, nosotros nos despersonalizamos si nos aferramos a nuestras posesiones. Reconocer a Cristo como el Dios-hombre nos enseña el valor de su cuidado personal por nosotros, y pone nuestras posesiones en la perspectiva correcta.

REDENTOR

Jim Rohn, emprendedor, autor y orador motivacional, declaró: "Usted no puede cambiar su destino de la noche a la mañana, pero puede cambiar su dirección de la noche a la mañana”.5 Si está con deudas financieras, puede cambiar su foco y dirección de inmediato y, finalmente, llegar a salir de las deudas. No obstante, demasiados de nosotros estamos cómodos viviendo con deudas, preguntándonos por qué somos pobres. Como el hijo pródigo, no necesitamos continuar hacia nuestro destino irremediable de estar en deuda con el pecado, si cambiamos nuestro foco y dirección. La decisión de Adán y Eva de desobedecer a Dios creó una deuda que nunca pudieron devolver. Afortunadamente, Dios asumió la responsabilidad de su deuda. Esencialmente, él llegó a ser el primer poseedor de una hipoteca. Y ya que en el cielo no hay tal cosa como una deuda pendiente, Cristo, nuestro Redentor, la pagó. La vida, la muerte y la resurrección de Cristo fueron el pago requerido para cubrir nuestra deuda de pecado. Él nos redimió de la muerte. Ahora podemos cambiar nuestro foco y dirección. "Cristo pagó la deuda de pecado para el mundo entero. En su gran sacrificio, él abarca a ancianos y a jóvenes. Él soportó la incomodidad de la pobreza, a fin de que pudiera traer a la humanidad las inestimables riquezas del Hogar celestial. El que era el Hijo de Dios, igual a su Padre, el que hizo los mundos, murió para salvar a toda alma que viniera a él. ¡Cuán terrible es para cualquiera rehusar cooperar con él, y trabajar en contra de él!”6

“NADA HAY SEMEJANTE A MÍ”

“Luchar por tener tanto como mi vecino” es una expresión que se oye a menudo, y a veces aceptamos este engaño materialista. A los hijos de Israel se les dijo que no se preocuparan acerca de sus bienes (Génesis 45:20), ni tampoco deberíamos hacerlo nosotros. Las posesiones materiales son de poca importancia para Dios. Él no depende de nada ni de nadie (2 Crónicas 20:6). Por toda la Biblia leemos historias de cómo Dios fue abandonado por otros dioses (Jeremías 2:11). En respuesta, él dice: “Acordaos de las cosas pasadas desde los tiempos antiguos, porque yo soy Dios; y no hay otro Dios, ni nada hay semejante a mí” (Isaías 46:9). Esta es la perspectiva de Dios al confrontarse con competidores. Él prevé el futuro y limita el poder de sus competidores (versículo 10). Una de las características que hacen que Dios sea como ningún otro es su involucramiento y relación con sus hijos,
que viven en un mundo materialista. A lo largo de toda la historia, algunos cristianos han vivido sin principios, han sido inmorales, indignos y deshonestos en nombre de la religión: lo opuesto de lo que el cristianismo debería ser. Ninguna nación fue tan favorecida como Israel, con la interacción visible de Dios. "No hay como el Dios de Jesurún” (Deuteronomio 33:26). Jesurún era un nombre para Israel y significa "recto”. Pero Israel, aunque favorecido, era todo menos recto. Inicialmente, ninguno busca a Dios; en cambio, sorprendentemente, Dios nos busca. Sobre la Tierra, no hubo ninguno como Jesús. Él fue amado, adorado, mal comprendido, despreciado y odiado, pero él sencillamente declara quién:

“Así dice Jehová, Rey de Israel y su Redentor,
Jehová de los ejércitos:
Yo soy el primero y yo soy el último,
y fuera de mí no hay Dios” (Isaías 44:6).


1 Elena de White, Consejos sobre mayordomía cristiana (Buenos Aires: Asociación Casa Editora Sudamericana, 1979), p. 340. 2 White, Testimonios para la iglesia , tomo 8, p. 270. 3 White, El Deseado de todas las gentes (Mountain View, CA: Publicaciones Interamericanas, 1955), p. 11. 4 Grant, Give and Take , p. 222. 5 Jim Rohn, “Your cannot change your destination overnight, but you can change your direction overnight”, You Tube video, 0:59, posteado por April Thompson, 18 de octubre de 2016, https://www.youtube.com/watch?v=cl9ve2MoK88. 6 White, Sermons and Talks (Silver Spring, MD: Ellen G. White Estate, 1994), tomo 2, p. 300.