CAPÍTULO 11

ARRESTO EN JERUSALÉN (HECHOS 21:17-23:35)

"A la noche siguiente se le presentó el Señor y le dijo: "Ten ánimo, Pablo, pues como has testificado de mí en Jerusalén, así es necesario que testifiques también en Roma" (Hech. 23:11).

Corría 1982. El pastor brasilero Ronaldo de Oliveíra, con su esposa y su hijo de un año, llegaron a Angola como misioneros. El pastor de Oliveira debía ser el nuevo director de la Escuela de Adiestramiento de la Misión de Bongo, que entonces contaba con 140 estudiantes. Las instalaciones incluían un hospital, una imprenta y una escuela primaria. Durante siete años el país había sufrido una guerra civil, que continuaría en forma intermitente por otros veinte años. El mismo día que los de Oliveira llegaron a Bongo, la escuela fue asaltada por uno de los grupos guerrilleros que luchaban por el poder. Él y su familia, junto con otros tres misioneros que servían en el hospital, fueron tomados como rehenes. El personal de la escuela fue advertido del avance de los rebeldes, y una simple llamada telefónica podría haber demorado a la familia del misionero por un día o dos en la capital, Luanda, impidiendo su captura. Pero el temor a la represalia impidió que hicieran el llamado telefónico.

Durante los siguientes 37 días, de Oliveira y su esposa, Rose-mari, se turnaban para llevar al pequeño André en sus brazos. Junto con los demás rehenes, fueron obligados a caminar por en medio de la selva, montañas, y aun ríos, con frecuencia caminando durante la noche para ocultar sus movimientos. Por otros cinco días más fueron llevados en camiones a un tipo de campo de concentración, cerca de la frontera con Namibia. Allí fueron ubicados en una habitación pequeña. Después de intensos esfuerzos diplomáticos, fueron liberados dos meses más tarde.

En total, viajaron más de 1700 kilómetros (mil millas), mayormente a pie y en la oscuridad. Dos veces el grupo fue interceptado por tropas del gobierno. Hubo tiroteos de artillería pesada y varias bajas, pero todos los prisioneros fueron milagrosamente protegidos.

Al final de su tercer viaje, Pablo también fue arrestado, no en un campo misionero sino en la propia ciudad donde había crecido y convertido en un devoto fariseo (Hech. 23:6). Su captura no fue por un grupo guerrillero, sino por sus propios conciudadanos; no por causa de dinero, sino por causa de su dedicación al evangelio. Pero más triste aún fue el rol de los apóstoles y los dirigentes de la iglesia de Jerusalén, en su oposición y sentimientos amargos hacia Pablo.1 Afortunadamente, este no fue el final de su ministerio, porque Dios todavía tenía planes para él (vers. 11).

JUDEA A MEDIADOS DE LA DÉCADA DE LOS AÑOS CINCUENTA

Cuando Pablo comenzó sus viajes misioneros, alrededor del año 45 d.C., el escenario de Judea se estaba preparando para eventos que culminaron con la trágica destrucción de Jerusalén en el año 70 d.C. Varias acciones que fomentaron el nacionalismo judío hasta extremos peligrosos estaban ocurriendo en rápida sucesión, afectando seriamente a Pablo mismo. Los judíos, por supuesto, nunca estuvieron contentos con la idea de un gobierno extranjero, pero la actitud oficial de Roma hacia ellos era de tolerancia, aun de privilegios especiales.

El judaismo era reconocido como una r eligió licita. La integridad de los precintos del Templo, las sinagogas y las sagradas Escrituras judías estaban salvaguardadas. Habían hecho provisiones para la observancia del sábado sin interferencias. Habían acuñado monedas que no tenían ninguna imagen; aun cuando era casi imposible evitar que circularan en ese medio monedas con la imagen del emperador (cf. Mar. 12:16). Como regla, los estandartes del ejército romano, que ostentaban imágenes, no se exhibían en Jerusalén, y los judíos estaban exentos del culto del emperador mientras ofrecieran sacrificios en el Templo en favor de él como señal de lealtad.

No obstante, había un abismo muy grande entre las leyes y la práctica. Desgraciadamente, los oficiales romanos que servían en Palestina nunca entendieron la sensible conciencia religiosa judía. Aun cuando estuvieran motivados por buenas intenciones, no reconocían la peculiaridad de las costumbres y las creencias judías, que eran radicalmente diferentes de cualquier cosa considerada normal y corriente en el vasto mundo grecorromano. Desde el comienzo, tal vez porque era un país pequeño y pobre, la historia provincial de Judea muestra que tuvieron que soportar algunos de los peores administradores que Roma pudo proveer. Las condiciones se deterioraron rápidamente con la muerte de Herodes Agripa I en el año 44 d.C., justo antes de que Pablo saliera en su primer viaje por Chipre y Galacia.

Tres años antes, en 41 d.C., Agripa había llegado a ser rey del restablecido reino de Judea. Por casi cuatro décadas, el país había sido tratado como una provincia de bajo rango, directamente bajo el control del emperador y manejado por gobernadores como Poncio Pilato, cuya residencia oficial estaba en Cesarea. Prácticamente, Agripa era un vasallo de Roma, amistado y designado personalmente por el emperador.

Como era judío por parte de su padre, se le dio cierto grado de independencia y fue capaz de reunificar todos los territorios judíos. Esto hizo que los judíos tuvieran expectativas de cosas mayores, tales como su completa liberación del gobierno romano. En la tradición judía, Agripa es tenido en alta estima por su devoción a la ley y los servicios relevantes que realizó por la nación. No obstante, él persiguió a algunos cristianos, y aun hizo ejecutar al apóstol Jacobo, el hijo de Zebedeo (Hech. 12:1-4). Su muerte se describe en los versículos 20 al 23 como un castigo de Dios.

Cuando murió Agripa, el emperador Claudio frustró a los judíos reintegrando a Judea al estatus de provincia romana, esta vez bajo un procurador también ubicado en Cesarea. Crecieron los sentimientos opuestos a Roma, y fue por ese tiempo que agitadores, conocidos como zelotes, acrecentaron sus acometidas subversivas. Una hambruna severa en Judea entre los años 46 y 49 d.C., predicha por un profeta cristiano llamado Agabo (cf. Hech. 11:27,28), solo intensificó el odio hacia el gobierno romano.

Por una parte, muchos judíos relacionarían naturalmente la hambruna con el retorno de los opresores paganos a su país; por otro, los robos y los saqueos eran comunes, y atendidos con ferocidad por los procuradores. Tiberio Alejandro (46-48 d.C.) capturó y crucificó a Jacobo y a Simón, los hijos de cierto Judas el Galileo, por estos crímenes.

Llegando detrás de las consecuencias de la hambruna, el incompetente Ventidio Cumanus fue el siguiente procurador (49-52 d.C.). Bajo su liderazgo, uno de los soldados romanos asignado en el atrio del Templo en Jerusalén con el propósito de evitar cualquier levantamiento durante la Pascua, profanó la santidad tanto del Templo como la de la fiesta al exponer sus genitales a las multitudes. En el desorden que siguió, miles de judíos fueron brutalmente asesinados. No mucho después, durante el sitio de una pequeña aldea cerca de Jerusalén, otro soldado encontró una copia de la Torah, la hizo pedazos y la arrojó al fuego mientras profería blasfemias. Ambas ofensas se divulgaron por todo el país, enfurecieron a los judíos, e intensificaron el clima de hostilidad hacia Roma, y hacia los gentiles en general. Inmediatamente después de estas atrocidades, Cumanus fue depuesto por Claudio y llamado de regreso a Roma, avergonzado.

Por ese tiempo, en el año 49 d.C., Claudio ordenó que todos los judíos, posiblemente los que no fueran ciudadanos romanos, fueran deportados de Roma (cf. Hech. 18:1,2). De acuerdo con Suetonio, la deportación se debió a perturbaciones dentro de la comunidad judía instigadas por un cierto Chrestus,2 del que se cree que no es otra cosa que un error al escribir Christus, la forma latina de "Cristo". En este caso, los disturbios probablemente fueron causados por las actividades de misioneros cristianos.3 A pesar de haber ocurrido en la distante Roma, el episodio casi seguramente impactó Judea hasta cierto punto, añadiendo al fermento que gradualmente hundió a la provincia entera en un caldero de rebelión y facciones.

Antonio Félix (52-60 d.C.), el sucesor de Cumanus y, tal vez, el peor de los procuradores de Judea, heredó los problemas sociales y económicos creados por la hambruna, y respondió a ellos con violencia excesiva. De acuerdo con Josefo, era imposible calcular el número de ladrones que él crucificó.4 Junto con su hermano Antonius Pallas, aparentemente Félix fue un esclavo liberto de Antonia Minor, la madre de Claudio. El hecho de que fuera designado procurador, cargo muy inusual para un liberto, sugiere que gozaba del favor especial del emperador, con quien también estaba relacionado por un matrimonio anterior. Una posición tan elevada parece habérsele subido a la cabeza, porque nunca perdía oportunidad de mostrar quién mandaba. Tácito dice de Félix: "Practicando toda clase de crueldad y capricho, manejaba el poder real con los instintos de un esclavo".5 Era inevitable que las políticas represivas y violentas de Félix atizaran considerablemente el fervor nacionalista y revolucionario que existía en Judea. Finalmente, ese fervor afectó a los creyentes en Jerusalén, especialmente aquellos relacionados con los fariseos (cf. Hech. 15:5). A la luz de esto, ¿cómo habrá visto el pueblo de Judea, incluyendo a los creyentes, las actividades helenistas de Pablo entre los gentiles?

Pablo debió de haber estado consciente de este escenario cuando navegó de Corinto de regreso a Jerusalén al final de su tercer viaje. Cuando escribió a los creyentes en Roma, por el año 57 d.C., les pidió que oraran en su favor por lo que podría ocurrirle a manos de los rebeldes de Judea (Rom. 15:30,31). Y durante la breve detención en Mileto, justo del otro lado del Mar Egeo, compartió con los ancianos de Éfeso la advertencia del Espíritu Santo de que la prisión y el sufrimiento podrían estar delante de él (Hech. 20:22,23).

LA OFRENDA PARA LOS POBRES

La situación en Judea amenazaba la vida y el ministerio de Pablo, pero no lo detuvo de viajar hacia allí. Estaba impulsado por algo más importante que su propia seguridad. Estaba concentrado en la unidad de la iglesia, y estaba preparado para morir por el evangelio y por la hermandad entre judíos y gentiles dentro de la comunidad de la fe (cf. Hech. 20:24; 21:13).

Desde el final de su primer viaje el apóstol comenzó a enfrentar la amenaza de los judaizantes que enfatizaban la circuncisión y la ley en forma global para la salvación de los gentiles (15:1,5; Gál. 2:4). En teoría, el Concilio de Jerusalén reconocía que la salvación era por la gracia de Dios (Heb. 15:11), pero, no dispuestos a renunciar a sus convicciones, los judaizantes profundizaron sus esfuerzos contra Pablo y su evangelio (Gál. 3:1). En cuanto a los otros creyentes en Judea, incluyendo a los apóstoles, habían reconocido completamente que la salvación era por la gracia. Ellos no solo continuaron enfatizando la necesidad de la circuncisión para los judíos (Hech. 21:20-25), sino también rehusaban el compañerismo con los gentiles incircuncisos (Gál. 2:11-14). Este tratamiento de los gentiles como creyentes "de segunda clase" creó una división en la iglesia.

La situación requería que los judaizantes fueran vigorosamente confrontados, o todo el evangelio estaría en peligro. La gracia de Dios quedaría anulada, la muerte de Jesús no tendría sentido (Gál. 1:6-9,2:21), y los creyentes todavía estarían bajo el yugo y el poder del pecado (Gál. 2:4; 5:i). Por esto Pablo estaba tan decidido a ir a Jerusalén a pesar de todos los riesgos. Además de desear fervorosamente la salvación de sus compañeros judíos (Rom. 9:1-5),G tenía que defender el evangelio y construir una iglesia (Rom. 1:1).

El Concilio de Jerusalén generalmente está datado en el año 49 d.C., por el tiempo en que la hambruna llegaba al climax. El año 48-49 d.C. era un año sabático, añadiendo ese hecho a la escasez de alimentos. En un año sabático la tierra debía descansar del cultivo, y si algo crecía por sí mismo, podía ser usado para la alimentación de quien lo necesitara (Éxo. 23:10, 11). Por causa de la prolongada sequía, sin embargo, los pobres tuvieron poco alivio. Una situación tan precaria, agravada por el fondo común de los bienes que siguió a Pentecostés (Hech. 2:44,45), fue la razón para el pedido de Pablo en el concilio de recordar a los pobres de la iglesia de Jerusalén (Gál. 2:1o).7

Sintiendo una animosidad intensificada hacia él y los creyentes gentiles, el apóstol aprovechó este pedido para concebir un plan visionario que pudiera suministrar ayuda financiera a los hermanos en Judea y, al mismo tiempo, "construir puentes de amor y comprensión entre las dos ramas separadas del cristianismo".8 Pablo se refiere a esto como "la ofrenda [o el "ministerio"] a los santos" (1 Cor. 16:1).

La idea era sencilla. El dar debía ser sistemático y voluntario. Con relación a los corintios, ellos debían separar cada primer día de la semana una porción de sus ingresos, de modo que no fuera necesario hacerlo cuando llegara Pablo. El dinero sería entonces enviado a Jerusalén por medio de personas | elegidas por la congregación, y el apóstol personalmente escribiría cartas de presentación para ellos. Y si los corintios no tenían objeciones, él viajaría con quienes fueran designados para la misión (vers. 2-4). En Macedonia, la recomendación parece haber sido la misma (2 Cor. 8:1-7; cf. Rom. 15:26, 27); y probablemente también en Galacia y en Asia. Cuando Pablo finalmente salió de Corinto hacia Jerusalén, lo hizo acompañado por los representantes de todas esas regiones (Hech. 20:4).

EL PRIMER DÍA DE LA SEMANA

La instrucción de Pablo a los corintios de separar de sus ingresos en el primer día de la semana (i Cor. 16:2) se cita a menudo en apoyo de la observancia del domingo. Sin embargo, un análisis cuidadoso del pasaje muestra que tal conclusión es un intento de leer un significado diferente en el texto del Nuevo Testamento.

No hay nada en el pasaje que sugiera que hubiera algo de sagrado relacionado con el primer día de la semana. Además, el pasaje no dice nada acerca de ir a la iglesia o de llevar una ofrenda semanal para las obras de beneficencia de la iglesia en ese día.

Una traducción literal de las palabras de Pablo es: "Cada uno de ustedes por sí haga un depósito, según haya prosperado" (ver NVI, VM, BJ, BLA, DHH, etc.), indicando claramente que el ponerlo aparte debía ser hecho en casa. El énfasis claramente está en la mayordomía personal, más que en la asistencia fiel a la iglesia.

El viaje no era fácil. Aunque resolvieron ajustarse a su plan, Pablo estaba bastante receloso acerca de lo que podría ser de él en Judea (Hech. 20:22, 23; Rom. 15:30,31), y no pocos de los creyentes a lo largo del viaje trataron de disuadirlo de ir allá (Hech. 21:4,12), especialmente después de la dramática profecía de Agabo (vers. 10,11). Por causa de la situación desfavorable con respecto al ministerio y al evangelio de Pablo tanto dentro de la iglesia como fuera de ella, sus posibilidades no eran buenas. Al llegar a Jerusalén, sus temores se vieron confirmados. Lucas no menciona la recepción de la ayuda (cf. 24:17,18), pero describe en detalle el arresto del apóstol y la conspiración de los judíos para quitarle la vida.

Deben destacarse dos puntos en esta historia. Primero, la sugerencia con la que los líderes de la iglesia recibieron a Pablo. Después de suscitar dudas acerca de su ortodoxia (Hech. 21:20-22), le aconsejaron que hiciera algo "muy judío" a fin de calmar a los creyentes judíos: patrocinar el voto nazareo de algunos peregrinos judío-cristianos que habían arribado a Jerusalén para celebrar Pentecostés (vers. 23-25). Este voto era un acto especial de consagración que duraba treinta días e incluía un sacrificio en el Templo (Núm. 6).

Segundo, es la propia contribución de Pablo a su arresto. Inexplicablemente, él cedió. Tal vez la presión psicológica fue demasiado intensa para él, más que cualquiera otra que hubiera soportado en su ministerio (cf. 2 Cor. 11:23-27). Infelizmente, todos los héroes de fe tienen sus fallas, como se ve en las vidas de Abraham, Moisés, Pedro y otros. Podría alegarse que Pablo sencillamente estaba siguiendo su principio de hacerse judío a los judíos (1 Cor. 9:19-23). Sin embargo, esta vez parece como una concesión, porque significaba su endoso a los motivos legalistas detrás de la recomendación.

Los líderes de la iglesia no estaban tratando de proteger a Pablo de los judaizantes; estaban tratando de proteger sus propios intereses y hubieran estado contentos con los resultados si veían capitular al apóstol. Esto podría explicar la declaración de Elena de White de que "el Espíritu de Dios no había sugerido esta instrucción; era el fruto de la cobardía".9 La implicación de la actitud de Pablo era exactamente la que él trataba de resistir: hay dos evangelios, uno para los gentiles, la salvación por la fe, y otro para los judíos, de salvación por las obras. "Pero [Pablo] no estaba autorizado por Dios para concederles tanto como ellos pedían".10

Complicando aún más las cosas, el intento de Pablo de complacer a los creyentes judíos resultó contrario. Por causa de los gentiles que lo acompañaron con la ofrenda, se creyó que había introducido al atrio interior del Templo a uno de ellos (Trófimo, de Asia) donde solo los judíos podían entrar (Hech. 21:29). Sin embargo, la verdadera razón detrás de la acusación era las actividades de Pablo entre los gentiles, considerados por los judíos y los creyentes judíos por igual como totalmente contrarias a algunos de los pilares fundamentales de la religión judía (vers. 28). Cuando se le dio la oportunidad de hablar, el intento de Pablo de justificar su compromiso con los gentiles (vers. 21) fue tomado como una confirmación implícita de las acusaciones en su contra. Esto enfureció a la multitud, y esta fue, tal vez aún más que antes, una demostración clara del ambiente xenofóbico que predominaba en Judea (vers. 22,23). Finalmente, Pablo fue llevado por los soldados romanos a las barracas (vers. 34) y permaneció en custodia de los romanos por unos dos años, antes de ser enviado a Roma para su juicio (Hech. 24:27; 25:12).

OBSERVACIONES FINALES

La ofrenda para los pobres tuvo más que una motivación filantrópica. Había sido diseñada cuidadosamente por Pablo para estimular la unidad dentro de la iglesia, un gesto de solidaridad de los gentiles hacia los judíos. No obstante, esencial para esa unidad era la comprensión clara del evangelio, su poder (Rom. 1:16), su gratuidad (Rom. 3:22,24,28) y su universalidad (vers. 29,30), que requieren que todas las obras o privilegios humanos sean excluidos (ves. 27).

Los creyentes de Judea resistieron fuertemente esta idea, resistiendo también el reconocimiento de que los creyentes gentiles compartieran el mismo nivel espiritual. La pasión nacionalista y revolucionaria que atrapó a Judea en la década de los años cincuenta solo avivó sus sentimientos anti gentiles. En tal contexto, el esfuerzo de la ofrenda de Pablo dejó de alcanzar el resultado esperado; de hecho, se volvió en contra del apóstol y terminó causando su arresto en Jerusalén. Esto representó un golpe muy fuerte para su ministerio, que finalmente le costó casi cinco años de detención (Hech. 24:27; 28:30) y lo forzó a cambiar sus planes misioneros.

Su largamente esperado viaje a Roma se canceló (Rom. 1:11-13; 15:22-24; cf. Hech. 19:21). No obstante, no todo estaba perdido.

En medio de su profunda angustia y desolación, Jesús mismo le aseguró que todavía predicaría en la capital del imperio (Hech. 23:ii). Y él lo hizo (cf. Hech. 28:30,31), aunque ya no más como un hombre libre.


Referencias: 'Elena de White, Los hechos de los apóstoles, p. 343. 2Suetonio, Divus Claudius 25. 3 James D. G. Dunn, Christianity in the Making, 1.1, Jesús Remembered (Grand Rapids, Michigan: William B. Eerdmans, 2003), pp. 141-143. 4 Josefo, Guerras de los judíos 2.13.2; Josefo, Antigüedades 20.8.5. 5 Tácito, Anales 12.54. 6 Sobre Romanos 11:26, ver el capítulo 13 de este libro. 7Para la respuesta previa de la iglesia de Antioquía al hambre mencionada en Hechos 11:27-30, ver el capítulo 4, nota 2. "Paul Barnett, Behind the Scenes ofthe New Testament (Downers Grove, Illinois: InterVarsity Press, 1990), p. 190. 9 White, Los hechos de los apóstoles, p. 333. 1 0_____, ibíd., P. 334.