CAPÍTULO 13
EL VIAJE A ROMA (HECHOS 27:1-28:31)

"Pablo, no temas; es necesario que comparezcas ante César" (Hech. 27:24).

 

Por causa de su rechazo a adorar dioses paganos, Ignacio, obispo de Antioquía, fue sentenciado a muerte y llevado a Roma en el año 109 d.C. Durante la persecución de Trajano, fue ejecutado. En el trayecto, escoltado por diez soldados, escribió cartas a varias iglesias a lo largo del camino agradeciéndoles por su amor y oraciones, y ofreciendo consejo sobre otros temas. El aspecto más notable de sus cartas, sin embargo, era su ansia de visitar Roma, a pesar de la suerte que lo esperaba allí. Consideraba un honor seguir en las pisadas de su Salvador y emular sus sufrimientos. Al llegar a la capital imperial, Ignacio fue llevado al anfiteatro, muy probablemente al Coliseo, donde fue despedazado por bestias salvajes, para el entretenimiento de miles de espectadores.1

En el año 67, durante la persecución de la iglesia que realizó Nerón, Pablo fue llevado a Roma para su ejecución. Este era el segundo encarcelamiento romano del apóstol, al que se alude en las epístolas pastorales (2 Tim. 4:6-8). En el primer viaje, unos siete años antes, debió haber sido liberado por Nerón mismo, debido a las debilidades de las acusaciones contra él. Sin embargo, Lucas elige no mencionar la liberación de Pablo, refiriendo sencillamente que el apóstol finalmente llegó a Roma; y a pesar de ser un prisionero, dirigió un ministerio fructífero allí (Hech. 28:30,31; cf. Fil. 1:12-14; 4:22).

LA IGLESIA EN ROMA

Acompañado por Lucas y Aristarco, Pablo y otros presos fueron enviados a Roma bajo la custodia de un centurión llamado Julio (Hech. 27:1). Lucas describe cuidadosamente el viaje, y excita el interés del lector en la situación del apóstol.

Como embajador de Cristo, no sorprende que Pablo compartiera sus sufrimientos. A este respecto, note los paralelos entre Jesús y Pablo: ambos fueron arrestados por turbas judías y luego entregados a las autoridades romanas (Luc. 22:47-53; 23:1-5; Hech. 21:10,11,27-36). Ambos confrontaron falsas acusaciones (Luc. 23:1,2,5,10,13,14; Hech. 21:28; 24:5-9). Ambos fueron juzgados por el Sanedrín (Luc. 22:66; Hech. 22:30-23:10), por un rey judío (Luc. 23:6-12; Hech. 25:13-26:30), y por el administrador romano local (Luc. 23:1-3; Hech. 24:1-23; 25:1-26:30). Ambos fueron condenados al azote en algún punto de sus juicios (Luc. 23:16, 22; Hech. 22:24). Ambos fueron víctimas del odio y el prejuicio (Luc. 23:18-23, 35; Hech. 21:35, 36; 22:22, 23; 13:12-15). Ambos fueron hallados inocentes (Luc. 23:4,15, 20-22; Hech. 23:29; 26:31, 32). Y ambos recibieron un tratamiento injusto, por razones políticas (Luc. 23:18-25; Hech. 24:24-27; 25:6-9). La sombría narración hace que el lector se pregunte: ¿sufrirá Pablo la suerte de Jesús, y será ejecutado por los romanos para apaciguar a sus enemigos judíos?

Más allá de estos paralelos, debe recordarse que Lucas construye su narración alrededor de la misión de los discípulos descrita en Hechos 1:8: "Me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría y hasta lo último de la tierra".

Por supuesto, Lucas sabe que Pablo llegará a Roma y testificará ante el emperador (Hech. 27:24), pero el lector no lo sabe. La adversidad acompaña el viaje, cuando el apóstol afronta una violenta tempestad marítima (vers. 13-20), el hambre (vers. 21,33), el naufragio (vers. 39-41,44), soldados que quieren matar a todos los prisioneros (vers. 42, 43), una serpiente venenosa (Hech. 28:3) y el prejuicio de los paganos (vers. 3-5). Aparentemente, Lucas ofrece el informe detallado y dramático para clarificar que "venga lo que venga, Dios cumplirá su propósito de hacer que Pablo predique las buenas nuevas en el mismo corazón del imperio".2

Roma era la capital, la ciudad más grande del imperio, y se jactaba de tener una población de más de un millón de habitantes. Fundada en el año 753 a.C., estaba en su apogeo en tiempos del Nuevo Testamento. El proletariado atestaba edificios de departamentos de muchos pisos, y la aristocracia derrochaba los ingresos que procedían de todo el imperio en grandes quintas suburbanas y fincas rurales. El corazón de la ciudad, donde se alzaban el Foro Romano y el Foro Imperial, estaba dispuesto como un conjunto de edificios públicos sin igual en ninguna capital. Era el centro neurálgico de la antigua Roma, donde la gente se reunía para importantes asuntos comerciales, políticos y religiosos.

El historiador de la iglesia Eusebio de Cesarea, del siglo IV, cuenta que Pedro llegó a Roma para desbaratar la obra de Simón el Mago (cf. Hech. 8:9-24) en el segundo año de Claudio, alrededor del año 42 d.C.1

El Catalogus Liberianus, una compilación de historia de la iglesia primitiva que data del año 354 d.C., también habla de Pedro como el fundador de la iglesia de Roma, y que ejerció un obispado de 25 años, hasta su muerte bajo Nerón (67 d.C.).

No obstante, esto no es nada más que una tradición legendaria posterior, que procuraba explicar adónde fue Pedro cuando salió de Jerusalén "y se fue a otro lugar" (Hech. 12:17).

En cuanto a la información de Eusebio, es imposible conciliaria con Gálatas 2:7 al 9 (escrito varios años después del concilio de Jerusalén del año 49 d.C.), de acuerdo con el cual Pedro todavía estaba en Jerusalén en el tiempo del concilio, y aparentemente no había abandonado Palestina, excepto el haber ido a Siria, siempre en la costa oriental del Mar Mediterráneo (vers. 9-14; cf. Hech. 15:6,7).

Tradiciones más confiables asocian a Pedro (y a Pablo) con Roma solo en el tiempo de su martirio bajo Nerón, y por causa de que sus restos mortales permanecieron en posesión de la iglesia allí.2

Referencias:
1 Eusebio, Historia eclesiástica 2.14.1-6; Eusebio, Crónicas.
2 Ignacio, A los Romanos 4.3; Ireneo, Contra las herejías 3.1.1; 3.3.2.


El origen del cristianismo en Roma está envuelto en misterio. El Nuevo Testamento guarda silencio sobre el tema, y la escasa información de fuentes extrabíblicas no es confiable. El primer vínculo posible con la iglesia de Roma es su amistad con Aquila y Priscila durante el tiempo que estuvieron en Corinto, alrededor del año 51 d.C. (Hech. 18:1,2). Habían salido de Roma por causa del decreto de Claudio de expulsión de todos los judíos de la ciudad unos dos años antes. Aunque no se afirma que ya fueran cristianos, la narración lo implica, y no dice nada respecto de que Pablo los convirtiera o los bautizara (cf. i Cor. 1:14-16; 16:15,19). Otro vínculo es su carta a los Romanos, nuestra primera referencia concreta a la presencia de una comunidad cristiana en Roma. En esta carta escrita por el año 57 d.C., Pablo reconoce que la iglesia romana existía "desde hace muchos años" (Rom. 15:23), datando su origen en el comienzo del período apostólico.

Una hipótesis recurrente conecta la introducción del cristianismo en la capital imperial con los eventos que siguieron a la muerte de Esteban. El libro de los Hechos afirma que entre los judíos helenistas que fueron bautizados en Pentecostés, algunos eran de Roma (Hech. 2:9-11). Lucas también menciona la existencia de una "sinagoga 'de los libertos' [libertinón]" (Hech. 6:9) en Jerusalén, compuesta por esclavos judíos que habían logrado obtener su libertad en el mundo romano. Estos exesclavos podrían haber provenido de cualquier parte del imperio, pero muchos pudieron haber descendido de judíos llevados cautivos por Pompeyo como prisioneros de guerra en el año 63 a.C., cuando los romanos invadieron Jerusalén la primera vez. Con la dispersión de los creyentes helenistas durante la persecución de Saulo (cf. Hech. 8:1), es posible que algunos regresaran a sus lugares de origen (cf. Hech. 11:19-21). Por ello, aquellos que eran de Roma bien pudieron haber conformado el núcleo de la comunidad cristiana en esa ciudad al regresar allí.3

Unos cinco años después de encontrarse con Aquila y Priscila en Corinto, Pablo decidió que le era "necesario ver también Roma" (Hech. 19:21). En su carta a la iglesia de Roma, escrita poco después, bosqueja su plan de visitarlos en camino a España (Rom. 15:24,28,29). Aunque nunca había visitado Roma (Rom. 1:10-15; 15:22, 23), tenía un conocimiento razonable de esa iglesia, y conocía personalmente a varios creyentes (Rom. 16:3-15), algunos de los cuales eran sus parientes (vers. 7,11). Otros habían trabajado antes con él (vers. 3,7,9) o habían sido convertidos por sus propios esfuerzos en otra parte (vers. 5). Además, el apóstol parece referirse a cinco hogares-iglesias locales (vers. 5,10, nf 14,15), que eran la base de su "asociación". Por último, conocía bien las fortalezas y las debilidades de la iglesia (Rom. 1:8); muy notablemente, las difíciles relaciones entre judíos y gentiles (Rom. 14:1-15:13; cf. Rom. 3:9,29:10:12).

De esta manera, aun si la iglesia de Roma no había sido establecida por Pablo, ya tenía una influencia considerable sobre ellos, lo que explica el respeto y el aprecio de ellos. Al acercarse a la ciudad en su viaje épico, salieron a su encuentro en diferentes lugares los creyentes que habían oído de su llegada (Hech. 28:15). Noticias de sus planes, probablemente, lo precedieron durante su semana en Puteoli, todavía a unos 270 kilómetros (170 millas) al sur (vers. 13,14). Tales demostraciones de amor y cuidado de sus amados amigos animaron al apóstol, y lo ayudaron a enfrentar su juicio final por parte del emperador (vers. 15).

En su informe oficial al César, Festo debió haber escrito que, de acuerdo con la ley romana, Pablo no era culpable de ningún crimen significativo (Hech. 25:26,27; 26:30-32; cf. 23:29). Esto explica el por qué le fue permitido arrendar una casa particular (Hech. 28:30), en lugar de ser enviado a una prisión regular o un campamento militar. Siguiendo la práctica romana, sin embargo, permaneció encadenado a un soldado todo el tiempo (vers. 16,20), y de este modo llevó a cabo su ministerio escribiendo cartas (cf. Efe. 6:20; Fil. 1:7,13,17; Col. 4:10,18; File. 1:9) y danto testimonio de Jesucristo (Hech. 28:31).

EL MINISTERIO DE PABLO EN ROMA

Poco después de su llegada, siguiendo su práctica de ir primero a los judíos (Rom. 1:16), Pablo invitó a los líderes judíos a escucharlo afirmar su inocencia y explicar su arresto (Hech. 28:17-21). Su propósito era crear una atmósfera de confianza que le permitiera compartir el evangelio. Intrigados por las alegaciones en contra de él, los judíos decidieron darle una oportunidad (vers. 22, 23). Como era usual, los resultados fueron diversos: algunos creyeron y otros no (vers. 24). Para expresar su chasco, Pablo citó Isaías 6:9 y 10 para transmitirles el juicio de Dios sobre ellos, por causa de su deliberado rechazo del evangelio (vers. 26, 27). Su conclusión -que la salvación sería llevada a los gentiles (vers. 28)- puede ser mal interpretada como que los judíos no tenían ya más oportunidad para convertirse. Sin embargo, este pasaje solo es un eco de afirmaciones previas de Pablo (cf. Hech. 13:46,47; 18:6), en el sentido de que siempre se volvía a los gentiles después de haber predicado a los judíos de cada lugar.

Todo esto subraya un fenómeno notable relacionado con las misiones de Pablo: la expansión progresiva del evangelio entre los gentiles por un lado, y el rechazo progresivo de la mayoría de los judíos, por el otro. Esto planteaba un problema teológico tan relevante entonces como lo es hoy.

Tres años antes de este episodio de Hechos 28, Pablo se sintió impulsado a afrontar el problema, y ocupa tres capítulos de su Epístola a los Romanos (Rom. 9-11). Cuando los gentiles comenzaron a superar en número a los judíos dentro de la iglesia, llegó a ser imposible evitar el cuestionamiento sobre si el plan de Dios para Israel había fracasado. La pregunta parece haber sido especialmente importante en Roma; particularmente después de que Claudio deportara a los judíos en el año 49 d.C., exilio que también afectó a los que creían en Jesús, tales como Aquila y Priscila (Hech. 18:2). Durante cinco años entre la deportación y la muerte de Claudio (año 54 d.C.), el edicto caído en desuso permitió que los judíos retornaran, impactando significativamente la composición y la comprensión propia de las congregaciones romanas. Los gentiles que permanecieron habrían llegado gradualmente a ser la mayoría, asumiendo los cargos de liderazgo y distanciándose de los judaizantes y la manera legalista de vivir. A su regreso a Roma, los creyentes judíos se habrían encontrado frente a la desagradable situación de integrarse con grupos que ellos sentían como extranjeros, si no hostiles. En este escenario surgieron tensiones entre los dos grupos, fomentadas por un generalizado sentimiento anti gentil que existía entro los ju dios de Judea.

Este telón de fondo para la Carta de Pablo a los Romanos, y la evidencia dentro de la carta misma, indica quo el. apostol estaba tratando de ayudar a los creyentes judíos y gentiles a apreciar mejor el evangelio y sus implicaciones para comprensión en la relación de los unos con los otros. Recuerda que a los gentiles la elección que Dios hizo de Israel y su prioridad en la historia de la redención (Rom. 1:16; 3:1, 2; 9:4; 5:11-2 29); a los judíos, la futilidad de las obras para la salvación (Rom. 3:20, 27, 28; 4:2-8; 9:11, 30-32; 11:6); y a ambos, la universalidad del pecado (Rom. 2:12; 3:9,19,22,23; 5:12), poniendo a ambos al mismo nivel ante Dios (Rom. 1:16; 3:29,30; 9:30-32; 10:12,13). Afirma sin ambages que tanto judíos como gentiles son pecadores y necesitan de la gracia divina en Cristo (Rom. 3:24; 4:16; 5:2, 15-21; 11:5, 6). Ninguno tiene privilegios, ninguno es excluido, y ninguno debe despreciar o juzgar al otro (Rom. 14:1-4,10,13, 20-23; cf. 15:1-7).

El éxito del evangelio entre los gentiles suscitó una preocupación creciente en la iglesia inexperta: ¿Cuál fue el lugar de Israel en la historia de la salvación? El evangelio se encuentra en la continuidad del Antiguo Testamento (cf. Rom. 3:21,31; 4), y los limitados resultados entre los judíos condujeron a conclusiones erróneas acerca de su situación de favoritismo ante Dios. En este punto se encuentran Romanos 9 al 11 y Hechos 28.

En su Carta a los Romanos, Pablo plantea tres puntos importantes con respecto a Israel. Primero, el rechazo del evangelio por la mayoría de los judíos no significa que el plan de Dios para Israel hubiese fracasado. El Señor puede actuar en forma efectiva a través de los primogénitos, procedimiento normal en la sociedad patriarcal, o por medio de un hijo menor, para lograr sus metas (Rom. 9:6-13). El plan divino no es estorbado por la falta de fe del primogénito, como en el caso de Ismael (vers. 6-9; cf. Gén. 16; Gál. 4:23), o la renuncia a sus derechos, como en el caso de Esaú (Rom. 9:10-13; cf. Gén. 25:29-34). En ambas situaciones, la elección que hizo Dios de Isaac y de Jacob, aun si fue revelada de antemano (cf. Gén. 25:19-23), no fue una elección arbitraria sino la consecuencia de decisiones humanas equivocadas relacionadas con el hijo mayor.

Dios no es rehén de los fracasos humanos. El logro de sus propósitos es independiente de la voluntad o del esfuerzo (Rom. 9:16), y sus acciones no deben ser cuestionadas (vers. 20,21). Aunque la elección divina no se basa en los méritos humanos, Dios tiene el derecho, en su misericordia infinita (Rom. 9:14-18; cf. Éxo. 33:19), de hacer ajustes de rumbo que aseguren la continuidad de su plan (Rom. 9:22-29). La incredulidad de los judíos (el primogénito original) llegó a ser la oportunidad de los gentiles (el hijo menor) {cf. Rom. 11:30), que también eran hijos de Abraham, a despecho de su descendencia biológica (Rom. 9:7; cf. Rom. 4:16-18; Gál. 3:7-9; 4:25-28,31).

El segundo punto considera el rechazo del evangelio por parte de los judíos. La culpa por su negación del Mesías (Rom. 9:30-10:4,14-21; 11:21,22) no podía ser echada sobre nadie más. Pero eso no significó que fueran rechazados por Dios (Rom. 11:1,2). La conversión de Pablo es evidencia de que los judíos podían ser salvados por gracia y unirse al remanente de Israel (vers. 5) Su salvación es una clara demostración de que la misericordia de Dios está actuando entre ellos y que todos los judíos de Israel no han sido echados fuera. Dios es más que capaz de salvar a cualquier judío que vaya a él con fe (vers. 23,24).

El tercer y último punto acerca de los judíos en Romanos 9 al 11 es la esperanza de Pablo de que la conversión de los gentiles contribuya a la conversión del pueblo judío (Rom. 11:11-14). Aparentemente, una provocación a celos (vers. 11,14) haría que los judíos se arrepintieran y volvieran a Dios (vers. 14,23). En otras palabras, si el fracaso de Israel llegó a ser la oportunidad de los gentiles (vers. 30), ahora Pablo desea que la conversión de los gentiles sea una oportunidad para Israel (vers. 26,31).

Aun hoy la salvación de los judíos es un tema cargado, y es importante recordar que esto no es una profecía. Aunque no cabe duda de que el apóstol está hablando del Israel étnico, no está esperando una inclusión total de los judíos al final del tiempo. Es cierto que varias veces en Romanos 11 se usa el tiempo futuro cuando se refiere a la salvación de Israel (vers. 14,23,24,26), pero desde el principio del capítulo 10 Pablo deja en claro que esto solo es "el anhelo de mi corazón, y mi oración a Dios" (Rom. 10:1). En el original griego del capítulo 11, él se refiere a tal salvación c¡ neo veces usando el modo subjuntivo (vers. 14 [2x], 27,31,32), expíe;¡ando sus deseos o posibilidades, no necesariamente acciones reales. Esto está de acuerdo con el versículo 23, donde dice que Dios 1 iene el poder de injertar a los judíos nuevamente en el olivo, "sí no permanecen en incredulidad".

Finalmente, no existe una línea de tiempo fija establecida para la salvación de Israel. Al usar la palabra ahora tres veces en los versículos 30 y 31 [la tercera no aparece en castellano, pero en el original está antes de la segunda vez que aparece la palabra "misericordia". N. del Tr.], Pablo parece entender la predicación del evangelio a los gentiles y el desarrollo del propósito de Dios para Israel como si fuera un cumplimiento presente, dentro del marco de la era presente de salvación, una obra que ya estaba en pleno progreso (vers. 13,14).4

OBSERVACIONES FINALES

Finalmente, Pablo llegó a Roma. A pesar de su condición como preso y la nota triste acerca de los judíos que rechazaban el evangelio, la última escena de Hechos es de triunfo y certeza (Hech. 28:30,31). Presenta el cumplimiento no solo de la promesa de Dios a Pablo de que daría testimonio de Jesús en aquella gran ciudad, aun delante del emperador (Hech. 23:11; cf. 9:15; 27:24), sino también de la misión dada a los discípulos en Hechos 1:8. Tal vez por esto Lucas no se preocupó en mencionar la liberación de Pablo después de dos años de encarcelamiento.

El apóstol nunca dejó el Mediterráneo y nunca fue a España, como él deseaba. Pero al viajar a Roma estuvo en la encrucijada del mundo gentil, así como Jerusalén era el centro del mundo judío. En este sentido, al predicar el evangelio en la capital del imperio, Pablo alcanzaba el confín del mundo y realizaba su misión a los gentiles. Fue un sólido comienzo para el cristianismo.

Pero mucho queda por realizar. Hoy, a cada creyente se le ha prometido el mismo Espíritu que empoderó la vida y el ministerio de Pablo. Por la gracia de Dios, los resultados serán igual de espectaculares.


Referencias:

'Bryan M. Litfin, Getting to Know the Church Fathers: An Evangelical Introduction (Grand Rapids, Michigan: Brazos Press, 2007), p. 44.

2 James D. G. Dunn, Beginning From Jerusalem (Grand Rapids, Michigan: William B. Eerdmans, 2009), p. 998.

3 En Hechos 28:21 y 22, los judíos de Roma expresan su ignorancia solo acerca de las actividades de Pablo, no necesariamente acerca de la presencia de seguidores de Jesús en la ciudad. Lo que ellos dicen podría bien incluir a los judíos locales que habían estado en contacto con cristianos, ya sea en la ciudad misma o en alguna otra parte.

4 Para un mayor análisis, ver Wilson Paroschi, "The Mystery of Is-rael's Salvation: A Study of Romans 11:26", Ministry, mayo de 2011, pp. 21-24, https:www.ministrymagazine.0rg/archive/2011/05/ the-mystery-of-israel%E2%8o%99s-salvation:-a-study-of-romans-n:26.