CAPÍTULO 6
EL MINISTERIO DE PEDRO (HECHOS 9:31-12:25)

"Entonces Pedro, abriendo la boca, dijo: En verdad comprendo que Dios no hace acepción de personas, sino que en toda nación se agrada del que lo teme y hace justicia" (Hech.io:34,35)


Los antiguos griegos dividían a la humanidad en dos grupos: ellos mismos y los "bárbaros". Este último grupo consistía en todos los que no hablaban griego. El término bárbaros es onomatopéyico, esto es, representa un intento fonético de reproducir el sonido que describe. Para los oídos griegos, los idiomas extranjeros sonaban como un barbotar, que ellos imitaban diciendo "bar, bar, bar". Más tarde, bárbaros adquirió un matiz despectivo, y se lo usó como sinónimo de conducta salvaje, brutal, cruel y no civilizada (cf. 2 Macabeos 4:25; 10:4). En Romanos 1:14, por ejemplo, Pablo reconoce una deuda tanto a griegos como a no griegos [bárbaros], que luego contrasta con sabios y no sabios, o necios.

Los judíos también dividían a la humanidad en dos grupos: ellos mismos y los gentiles, siendo estos últimos todos los que no eran judíos. Y, como con los griegos, terminaron distinguiéndose de los otros grupos de pueblos en un sentido estrecho y exclusivista. Tanto es así que por el tiempo de Jesús los judíos habían desarrollado una actitud dura y discriminatoria hacia los extranjeros, y "gentil" llegó a ser una etiqueta de burla igual de vergonzosa que "publicano" (recolector de impuestos) (Mat. 18:17).

Esto planteaba enormes dificultades a una iglesia que debía extender sus esfuerzos evangelizadores hasta lo último de la Tierra, más allá de los confines judíos. De hecho, siendo que tenía el potencial de dividir a la iglesia y neutralizar el despliegue del mensaje del evangelio, esta actitud cultural llegó a constituir un problema serio para los primeros creyentes.

En su infancia, la iglesia gozaba de una relativa paz por toda Palestina después de la conversión de Pablo (Hech. 9:31), mientras los apóstoles iban de lugar en lugar fortaleciendo a los creyentes (vers. 32-43). Al mismo tiempo, Dios iba a usar a Pedro, el más influyente de entre los Doce, para quebrar la resistencia de la iglesia en contra de la conversión de los gentiles (Hech. 10:1-11:18). Este desarrollo marcó el comienzo de una larga batalla, que insumiría mucho del tiempo y la energía de Pablo.

JUDÍOS Y GENTILES

El término "gentil" proviene del latín, y en el griego el plural es ethné, usado tanto en el Nuevo Testamento como en el Antiguo Testamento griego (la Septuaginta) para "naciones/ extranjeros/paganos". En el Antiguo Testamento hebreo, el término es góyím (singular, góy), que tiene un significado similar.

En el pacto que hizo Dios con Abraham sus descendientes se distinguen de los pueblos, pero no en algún sentido restrictivo (cf. Gén. 12:2; 18:18; 22:18; 26:4). Después del Éxodo y del pacto del Sinaí, Israel llegó a ser conscientes de su característica de ser diferentes de las otras naciones, al estar separados para Dios (Éxo. 19:6; Deut. 26:5; cf. Gén. 12:1,2). Desde allí en adelante, esta conciencia había de guiar las relaciones de los israelitas con otros pueblos (Éxo. 34:10; Deut. 15:6). Debían permanecer consagrados a Dios y evitar las contaminaciones de quienes los rodeaban (Éxo. 34:12-16; Lev. 18:24-27; Deut. 7:3-5).

Sin embargo, este carácter no disminuía la tentación de comprometerse con la idolatría y la inmoralidad que los rodeaba (2 Rey. 14:24). La debilidad de Israel en este aspecto trajo los juicios de Dios sobre su pueblo (2 Rey. 17:7-18), y luego también sobre Judá (Eze. 5:5-17). A su regreso del exilio en Babilonia, el peligro continuó (Esd. 4:1-5; 9:i-3) y fue más insidioso por causa de los judíos corruptos que habían quedado en la tierra (cf. Esd. 6:21). En este contexto, Esdras y Nehemías promovieron reformas significativas que apuntaban a fortalecer la identidad judía como una comunidad estrictamente religiosa.

Para lograr esto, decidieron eliminar la mayoría de las oportunidades de idolatría limpiando a la congregación de todos los elementos paganos, llamando a una confesión pública del pecado y restableciendo los servicios del Templo (Esd. 10:1-4, 10-12,16,17; Neh. 9:1-3; 13:1-30; cf. Mal. 2:11-16). Y funcionó. No importa cuáles hayan sido sus faltas en períodos posteriores, los judíos virtualmente sanaron de la idolatría. Nunca volvieron a las prácticas idolátricas de las naciones que los rodeaban.

No obstante, el hecho de que no tuviesen libertad política, excepto por un breve lapso bajo los Asmoneos (142-63 a.C.), hizo que fuera casi imposible impedir el avance de la cultura pagana en medio de ellos. En Palestina vivían muchos gentiles, y en diversos lugares eran más numerosos que la población judía. En esta situación, el judío promedio estaría en contacto diario con los asuntos paganos, además de las personas mismas, pero por lo menos sí con los elementos vitales y los objetos que eran traídos a Palestina con el comercio y el intercambio. Las mismas monedas de plata en circulación tenían la imagen del emperador y eran elementos paganos indispensables en la vida diaria de los judíos (cf. Mat. 22:19-21).

Todo esto, sin mencionar el cruel trato que sufrían a manos de los opresores extranjeros tales como los seléucidas y finalmente los romanos, hizo que muchos judíos desarrollaran una hostilidad creciente hacia los gentiles. Con el tiempo, su exposición constante al paganismo hizo que tuvieran cada vez menos simpatía por los gentiles. En un sentido, podemos entender por qué Tácito, el escritor romano, diría que ellos consideraban al resto de la humanidad con todo el odio de enemigos.1

En el Antiguo Testamento se hacía provisión para los extranjeros que desearan vivir en Israel, los así llamados extranjeros residentes. El término hebreo que generalmente se usaba para tales personas era gerim (singular, gér). El Antiguo Testamento enfatiza repetidamente la obligación de dar la bienvenida a tales personas (Deut. 10:17-19), la mayoría de los cuales eran trabajadores y artesanos. Unirse a la sociedad israelita significaba seguir las leyes israelitas (Lev. 24:22; Núm. 15:15,16), aunque no necesariamente las leyes ceremoniales. Es decir, no era imperativo adoptar la religión israelita.

Por supuesto, en ese proceso era esencial que renunciaran al paganismo -junto con las diversas formas de inmoralidad (incesto, adulterio, infanticidio ritual, relaciones carnales homosexuales) que invariablemente lo acompañaban-, y que adoptaran el monoteísmo (Lev. 17:1-18:30; 20:2; cf. Eze. 14:5-8; Rom. 1:18-32). Estos factores distinguían a los hebreos de los paganos y eran condiciones absolutas, sin lugar para concesiones (cf. Lev. 18:24-30).

Sin embargo, bajo la ocupación extranjera los judíos no tenían autoridad de exigir tales requerimientos, y no podían hacer más que tolerar a los paganos y la amenaza que planteaban a su religión.

Esto condujo al desarrollo, probablemente alrededor del siglo segundo a.C., de un concepto conocido como "contaminación por asociación". De acuerdo con esta creencia, si algo limpio tocaba algo inmundo (no limpio) se contaminaba. Aunque intrínsecamente inmundos, los gentiles eran funcionalmente inmundos debido a su permanente contacto con los ídolos y la depravación. Además, los pecados sexuales y cúlticos eran ofensas morales, y como tales, la contaminación que producían no era contagiosa. La mayoría de los judíos, sin embargo, evitarían el contacto con los gentiles por causa de la pureza ritual.

En el pasaje mencionado arriba, Tácito condena a los judíos por su exclusivismo y por rehusarse a asociarse con no judíos, un juicio que es confirmado por varios textos judíos de la época, incluyendo a Flavio Josefo (Tobías 1:10-12; Judit 12:1-4; Jubileos 22:16; José y Asenat 7:1; Josefo, Antigüedades judaicas 13.8.3; Josefo, Contra Apión 2.29). Por ejemplo, los judíos no entrarían en la casa de un gentil; mucho menos comerían con él, porque esto los volvería ritualmente impuros durante siete días (cf. Núm. 19:11,14).2

Esta costumbre dio base a que los dirigentes judíos se negaran a entrar en la residencia de Pilato en Jerusalén durante el juicio de Jesús (Juan 18:28). Además, todo lo que se compraba de los gentiles necesitaba ser purificado antes de ser usado por los judíos; algunas de las comidas más ordinarias eran rechazadas porque no se habían observado las leyes judías durante su producción. Tal era el caso del pan, el aceite; y la leche, a menos que el ordeñe hubiese sido presenciado por un judío. Esto hacía que los viajes a los países gentiles fueran altamente problemáticos para los judíos ortodoxos. Aun si comían solo frutas y verduras crudas, necesitaban pasar por una purificación al regresar a casa. Esto es lo que hizo Pablo en Jerusalén al final de su tercer viaje misionero, antes de ir a los sacerdotes (Hech. 21:26; cf. vers. 23,24).

No obstante, cualquier gentil podía convertirse al judaismo y llegar a ser un prosélito (del griego, prosélytos, "converso"). Cuando ocurría esto, las restricciones y las hostilidades desaparecían y a la persona se le otorgaba la mayoría -aunque no todos- de los privilegios de los judíos étnicos (cf. Éxo. 12:48). Los prosélitos, por ejemplo, no podían ser aceptados como miembros del Sanedrín, y ningún sacerdote podía alguna vez casarse con una mujer prosélita, a menos que su madre hubiera sido judía; esta regla era válida aun en la décima generación.

Mientras existió el Templo, se requerían a los prosélitos tres cosas para ser aceptados en el judaismo: la circuncisión,

el bautismo (para propósitos de purificación) y un sacrificio animal. En el caso de las mujeres, solo se requerían las dos últimas. Más allá de esto, las actitudes de los rabíes hacia los gentiles convertidos eran generalmente mezcladas. La mayoría de ellos tenía una disposición favorable, y algunos hasta se aventurarían a decir que un gentil "que ha llegado a ser un prosélito es como un niño recién nacido"3 (cf. Juan 3:3-5). Las pocas excepciones en las que la actitud de un rabí era negativa, generalmente indicaban que algunos conversos no vivieron a la altura de su compromiso.

LA CONVERSIÓN DE C0RNEL10

Hasta la destrucción de Jerusalén en el año 70 d.C., muchas personas se convirtieron al judaismo. Esto parece extraño, en vista de la hostilidad grecorromana que prevalecía hacia los judíos. La adoración sin imágenes, un estilo de vida peculiar (especialmente la observancia del sábado y la abstención de cerdo) y el sentido de exclusividad marcaban a los judíos, y los hacía blancos fáciles de la indignación y la violencia. No obstante, la insatisfacción con las religiones paganas impulsó a muchas personas al judaismo. En particular, las mujeres eran atraídas por las elevadas normas éticas y la creencia en la vida futura.

Sin embargo, la circuncisión era un obstáculo serio. Con su énfasis en lo estético, los antiguos griegos y romanos consideraban a la circuncisión una mutilación de la forma humana perfecta. En consecuencia, los gentiles muy a menudo se unían a las sinagogas, adorando allí y adoptando las prácticas religiosas judías, sin llegar a ser prosélitos en el pleno sentido de la palabra. El informe de Lucas menciona a estos creyentes como quienes temían a Dios (Hech. 13:16,26; 16:14) y a aquellos que eran temerosos de Dios (13:50:16:14; 17:4,17; 18:7). Cornelio era uno de ellos (Hech. 10:2,22).

Cornelio vivía en Cesarea, una magnífica ciudad costera a unos ciento diez kilómetros (setenta millas) al noroeste de Jerusalén. Era el centro de la administración romana en Judea, y uno de los principales cuarteles de las tropas provinciales, de las que Cornelio era centurión (vers. i). Él y su casa eran fieles a Dios, y era conocido entre el pueblo por su piedad práctica (vers. 2; cf. vers. 4,22). En una visión que Dios le dio, un ángel le indicó que enviara mensajeros a Jope, a unos cuarenta kilómetros (25 millas) al sur, e invitara a Pedro a que lo visitara (vers. 5-8).

Mientras los mensajeros se acercaban a Jope, Pedro recibió una visión. Vio una sábana grande que descendía del cielo llena de animales limpios e inmundos, seguido por una voz que le ordenaba matar y comer (vers. 9-13; cf. Hech. ii:5-7). Al rehusarse a obedecer la orden, Pedro explicó que nunca había comido algo "común" (kóinos) o "impuro" (akáthartos) (Hech. 10:14; cf. 11:8). La voz le contestó: "Lo que Dios limpió, no lo llames tú común (koinód) (Hech. 10:15; cf. Hech. 11:9).

Esta visión ha sido tradicionalmente interpretada con el significado de que las leyes levíticas de los alimentos (Lev. n:3-43; cf. Deut. 14:3-21) son ahora obsoletas.4 Sin embargo, se llega a una comprensión más clara del pasaje al observar cuidadosamente dos palabras clave en el diálogo; koinós ("común") y akáthartos ("impuro"). La palabra koinós y su afín verbal koinóó ("volver o hacer común") no son sinónimos de akárthatos ("impuro"). Representan dos conceptos diferentes, uno bíblico y uno extrabíblico. Cuando se refiere a animales "impuros", el Antiguo Testamento griego usa en forma consistente akáthartos, no koinós. El uso de koinós/koinóó, como aparece en la visión de Pedro para "común/hacer común", tiene que ver con el concepto rabínico de contaminación por asociación. La evidencia lingüística de esto puede encontrarse en la literatura intertestamentaria (1 Macabeos 1:47) y la literatura judía del siglo primero,5 donde koinós se usa explícitamente para los gentiles.6

Este era el problema en la visión de Pedro. Lo que lo perturbaba con la orden de "matar y comer" no era la idea de consumir alimentos impuros sino, más bien, el escándalo de comer alimentos limpios que supuestamente se habían contaminado (vuelto comunes, o profanos [cf. BJ]) por el contacto con lo impuro. Es digno de notar que aunque Pedro habló de "común o impuro", la voz celestial misma se refirió solo al primero de estos dos términos, de esta manera reprendiendo al apóstol por suponer que los animales creados limpios por Dios podrían haber sido contaminados por su asociación con animales impuros.

Y en Hechos 10:28, Pedro muestra que este era el verdadero propósito de la visión; no eliminar las leyes levíticas sobre alimentos, sino terminar con su propio prejuicio -y por extensión, el de la iglesia temprana- en contra de los gentiles. Como judío observador de las leyes, Pedro creía que si entraba en la casa de Cornelio inmediatamente se contaminaría ceremonialmente, y así quedaría impedido de reunirse para adorar a Dios. Sin tener en cuenta el motivo de los alimentos y los sentimientos inmediatos de Pedro, la visión le fue dada para convencerlo de que "para Dios no hay favoritismos, sino que en toda nación él ve con agrado a los que le temen y actúan con justicia" (Hech. 10:34,35, N VI).

Debería enfatizarse que esta idea también está presente en el Antiguo Testamento. Dios siempre tuvo la intención de que los gentiles compartieran las bendiciones de Abraham (Gén. 12:3; 17:4,5). De acuerdo con los profetas, los gentiles tendrían un lugar asignado en el Reino mesiánico (Isa. 60:5,6). Ellos buscarían al Señor, y el Mesías sería una luz para ellos (Isa. 42:6), llevando la salvación hasta los confines de la Tierra (Isa. 49:6).

OBSERVACIONES FINALES

 

  LAS LEYES LEVÍTICAS SOBRE DIETA

La distinción entre animales limpios e inmundos detallada en Levítico 11:3 al 43 (cf. Deut. 14:3-21) es anterior al pacto del Sinaí. Es anterior a Moisés, y es prediluviana (Gén. 7:2,8; 8:20), y aplicable universalmente. Además, la impureza de los animales inmundos es permanente. En todo el Antiguo Testamento, no hay mención de algún rito de purificación que pudiese eliminar la impureza de tales animales. Además, la impureza de los animales inmundos (vivos) no es contagiosa. Es decir, no puede contaminar a los animales limpios, los objetos o las personas (cf. Mar. 11:7). Levítico 7:19 se refiere solo a las ofrendas de paz.

Finalmente, las leyes levíticas sobre la alimentación no estuvieron vinculadas con alguna ceremonia del Santuario israelita, indicando que su violación no producía contaminación ceremonial o impedir a la persona de adorar a Dios. Tampoco eran de naturaleza tipológica, lo que quiere decir que no pueden ser equiparadas con aquellas leyes rituales que fueron abolidas con la muerte de Jesús en la cruz. Comer carne inmunda es un pecado moral equivalente a la idolatría y la inmoralidad (Isa. 65:2-7; 66:17; Eze. 33:25,26), y viola el llamado permanente de Dios a la santidad (Lev. 11:44,45; cf. 1 Ped. 1:1s

La distinción entre animales limpios e inmundos detallada en Levítico 11:3 al 43 (cf. Deut. 14:3-21) es anterior al pacto del Sinaí. Es anterior a Moisés, y es prediluviana (Gén. 7:2,8; 8:20), y aplicable universalmente. Además, la impureza de los animales inmundos es permanente. En todo el Antiguo Testamento, no hay mención de algún rito de purificación que pudiese eliminar la impureza de tales animales. Además, la impureza de los animales inmundos (vivos) no es contagiosa. Es decir, no puede contaminar a los animales limpios, los objetos o las personas (cf. Mar. 11:7). Levítico 7:19 se refiere solo a las ofrendas de paz.

Finalmente, las leyes levíticas sobre la alimentación no estuvieron vinculadas con alguna ceremonia del Santuario israelita, indicando que su violación no producía contaminación ceremonial o impedir a la persona de adorar a Dios. Tampoco eran de naturaleza tipológica, lo que quiere decir que no pueden ser equiparadas con aquellas leyes rituales que fueron abolidas con la muerte de Jesús en la cruz. Comer carne inmunda es un pecado moral equivalente a la idolatría y la inmoralidad (Isa. 65:2-7; 66:17; Eze. 33:25,26), y viola el llamado permanente de Dios a la santidad (Lev. 11:44,45; cf. 1 Ped. 1:16).