CAPÍTULO 10

La unidad y las relaciones rotas


El registro bíblico muestra que la relación entre los creyentes en la iglesia primitiva ocasionalmente experimentó tensiones, incluso después del Pentecostés.1 El Nuevo Testamento menciona repetidos ejemplos de dirigentes de iglesias y de miembros que enfrentaron desafíos. Sus métodos para lidiar con dichos desafíos son valiosos para la iglesia del presente. Los mismos también demuestran el impacto positivo de los principios bíblicos para enfrentar conflictos, en un esfuerzo por conservar la unidad en Cristo.

Este capítulo se centra en las relaciones restauradas y en la forma en que las relaciones humanas impactan la unidad en Cristo. El ministerio del Espíritu Santo implica acercar a la gente a Dios y a los demás, derribando las barreras que entorpecen las relaciones con el Señor y con los demás. En resumen, la mayor demostración del poder del evangelio no es necesariamente lo que dice la iglesia, sino cómo vive la iglesia. «En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tenéis amor los unos por los otros» (Juan 13: 35). Sin este amor, de nada sirve lo que podamos decir acerca de la unidad de la iglesia.

Una amistad restaurada

En Hechos 13 se habla del primer viaje misionero de Pablo y Bernabé. Juan Marcos se unió al equipo antes de que salieran de Antioquía. Sin embargo, después de algunas semanas de actividades, los peligros de predicar el evangelio hicieron que Juan Marcos abandonara a Pablo y Bernabé para regresar a su hogar (Hech. 13: 13). Elena G. de White comenta: «Esta deserción indujo a Pablo a juzgar desfavorable y aun severamente por un tiempo a Marcos. Bernabé, por otro lado, se inclinaba a excusarlo por causa de su inexperiencia. Anhelaba que Marcos no abandonara el ministerio, porque había visto en él cualidades que lo capacitarían para ser un obrero útil para Cristo».2

Cuando llegó el momento para que Pablo y Bernabé comenzaran su segundo viaje misionero, ellos entraron en un marcado desacuerdo respecto a si podrían confiar nuevamente en Juan Marcos (Hech. 15: 39). Mientras Bernabé deseaba darle una segunda oportunidad, Pablo no estaba tan dispuesto. Aunque Dios usaba a estos hombres en la proclamación del evangelio; aquel problema requería una solución. La mejor solución que se les ocurrió fue que dividieran sus esfuerzos. Bernabé tomó a Juan Marcos y regresó a la isla de Chipre. Pablo escogió a Silas como su compañero y se dispuso a visitar las iglesias ubicadas en Siria y Cilícia (vers. 39-41).

Sin embargo, parece que Pablo llegó a una conclusión diferente años más tarde respecto a la idoneidad de Juan Marcos para el ministerio evangélico. El apóstol que predicó acerca de la gracia necesitaba extenderle esa misma gracia a un joven predicador que lo había decepcionado. El apóstol del perdón necesitaba perdonar. Juan Marcos experimentó un gran desarrollo bajo la tutela de Bernabé y finalmente, el corazón de Pablo se conmovió a causa de los cambios experimentados por Juan Marcos.

Aunque los detalles de la reconciliación de Pablo con Juan Marcos son pocos, el registro bíblico es claro: Juan Marcos se convirtió en uno de los compañeros de confianza del apóstol. Pablo recomendó a Juan Marcos como uno de los «que me ayudan» en la iglesia de Colosas (Col. 4: 10-11). Al final de la vida de Pablo, alentó a Timoteo a llevar a Juan Marcos con él a Roma porque «me es útil para el ministerio» (2 Tim. 4: 11). El ministerio de Pablo se enriqueció con aquel predicador más joven a quien obviamente había perdonado. La barrera que existía entre ellos se derrumbó para así trabajar unidos en la causa del evangelio. Este relato nos enseña que podemos y debemos perdonar a aquellos que nos hieren o nos defraudan. Aunque no tenemos evidencia de una restauración de la relación entre Pablo y Bernabé, sabemos que Pablo experimentó aquel cambio de opinión.

Según se señaló en un capítulo anterior, la iglesia de Corinto tuvo muchos problemas difíciles y en sus dos cartas dirigidas a dicha congregación, Pablo describió los principios para la sanidad y la restauración de las relaciones deterioradas. En dichos pasajes, el apóstol identificó varios principios clave para la unidad de la iglesia. Señaló que Jesús emplea a diferentes obreros para ejerzan diferentes ministerios en su iglesia, y que cada uno trabaja de manera diferente para la edificación del reino de Dios (1 Cor. 3: 9).

Según Pablo, Dios llama a los creyentes a cooperar, no a competir. Cada uno ha sido dotado por el Señor para ministrar al cuerpo de Cristo y servir a la comunidad (1 Cor. 12: 11). No hay dones mayores o menores, ya que todos ellos son necesarios en la iglesia de Cristo (vers. 18-23). Los dones que Dios nos concede no son para realizar una exhibición egoísta ya que el Espíritu Santo los concede para el servicio. Al final, es probable que Pablo haya reconocido su actitud negativa hacia Juan Marcos. Dios lo ayudó a entender que los obreros en la iglesia de Dios tienen diferentes dones para que cumplan diferentes propósitos, y que todos son para la gloria de Dios.

De esclavo a hijo

Pablo se preocupaba por mantener buenas relaciones con todos. El apóstol sabía que las relaciones deterioradas son perjudiciales para el crecimiento espiritual y para la unidad de la iglesia. Mientras estuvo encarcelado en Roma, conoció a un esclavo fugitivo llamado Onésimo que había huido de Colosas a Roma. Pablo se dio cuenta de que conocía personalmente al amo de Onésimo, a Filemón. La carta a Filemón es la apelación de Pablo a su amigo respecto a la necesidad de que restaurara su relación con aquel esclavo fugitivo. Filemón era un dirigente de la iglesia en Colosas y si abrigaba amargura hacia Onésimo, se afectaría su testimonio cristiano, así como el testimonio de la iglesia ante la comunidad no creyente.

La Epístola a Filemón es una carta íntima. A primera vista, es algo sorprendente que Pablo no hablara en forma más enérgica contra los males de la esclavitud. Pero la intención de Pablo no era abordar un tema que todavía nos preocupa hoy, y al final su enfoque resultó mucho más efectivo. El evangelio, finalmente, rompe todas las distinciones de clase (Gál. 3: 28; Col. 3: 10-11). El apóstol envió a Onésimo a Filemón, no como esclavo, sino como su hijo espiritual en Jesús y el «hermano amado» de Filemón en el Señor (File. 16). La apelación de Pablo finalmente contribuye a cambiar el estatus social de los esclavos para convertirlo en un sentimiento de aceptación e igualdad en Cristo.

Pablo sabía que los esclavos fugitivos tenían poco futuro y que si los descubrían, podían ser detenidos. Estaban condenados a una vida de indigencia y pobreza. Pero ahora, como hermano en Cristo de Filemón y como un obrero eficaz, Onésimo podría tener un buen futuro. Su alimentación, alojamiento y trabajo podrían estar seguros con Filemón. La restauración de una relación rota marcaría una diferencia trascendental en su vida. En su Epístola a los Colosenses, Pablo declaró que Onésimo se había convertido en un «amado y fiel hermano» y colaborador en el evangelio (Col. 4: 9). Una relación común en Cristo tiene un impacto definitivo en las relaciones personales en el cuerpo de Cristo (Gál. 3: 28). Restaurar esa relación rota tuvo un tremendo impacto en la vida de la iglesia primitiva, algo que finalmente llevó a la abolición de la esclavitud en el mundo occidental.

Una iglesia que está consciente de la manera en que Cristo transforma las relaciones humanas, vivirá una vida renovada. Pablo les explicó a los colosenses cómo se alcanza ese nuevo patrón. En Cristo, las relaciones humanas incluyen amabilidad, humildad, paciencia, perdón y amor (Col. 3: 12-14). «En este pasaje, Pablo define el carácter cristiano en lugar de prescribir reglas para la obediencia. Para él, la moral es una disciplina relacionada con el tipo de persona en que alguien se convierte al aceptar a Cristo, cuando uno "se reviste" de la capacidad para hacer el bien que Dios espera. Por lo tanto, los creyentes se transforman mediante la acción de la gracia divina en personas que tienen la inclinación a hacer la voluntad de Dios».3 Estas cualidades cristianas son la base de la resolución de todos los conflictos y la sanidad de todas las relaciones rotas. La unidad cristiana es el resultado de la presencia viva de Cristo y de sus cualidades divinas en los corazones humanos.

Restauración y perdón

Es importante considerar el atributo divino del perdón cuando se trata de relaciones rotas y de restaurar lazos de confraternidad. Pero, ¿qué es el perdón? ¿Acaso justifica el comportamiento de alguien que nos ha causado un gran daño? ¿Depende mi perdón del arrepentimiento de la persona que me ha ofendido? ¿Qué sucede si el que está enojado no merece mi perdón? Varios textos de las Escrituras nos ayudan a comprender la naturaleza del perdón.

Primero, aprendemos que Dios tomó la iniciativa de reconciliarnos con él. Pablo dijo que es la bondad de Dios la que «te guía al arrepentimiento» (Rom. 2: 4). En Cristo, fuimos reconciliados con Dios mientras aún éramos pecadores (Rom. 5: 8). Por tanto, nuestro arrepentimiento y nuestra confesión no crean reconciliación; más bien lo hace la muerte de Cristo en la cruz. Nuestra parte es aceptar lo que se ha hecho por nosotros.

También es cierto que no podremos recibir las bendiciones del perdón hasta que confesemos nuestros propios pecados. Jesús nos pidió que hiciéramos esto en su oración modelo (Mat. 6: 12, 14, 15). Eso no significa que nuestra confesión genera el perdón en Dios. El deseo de perdonar ha estado en su corazón todo el tiempo. La confesión, en cambio, nos permite recibir su perdón (1 Juan 1: 9). La confesión es de vital importancia, no porque cambie la actitud de Dios hacia nosotros, sino porque cambia nuestra actitud hacia él. Somos cambiados al someternos al poder de convicción del Espíritu Santo para arrepentimos y confesar nuestro pecado. El perdón también es fundamental para nuestro propio bienestar espiritual. No perdonar a alguien que nos ha hecho mal, incluso si no merece nuestro perdón, puede dañarnos más de lo que a esa persona le pueda doler. Si alguien nos ha ofendido y el dolor crece porque no logramos perdonar, o porque guardamos rencor, estaremos permitiendo que esa persona continúe lastimándonos aún más.

Con gran frecuencia esos sentimientos y el dolor son una causa de división y de tensión en la iglesia. Un agravio no resuelto entre algunos miembros dañará la unidad del cuerpo de Cristo. Pablo habló de eso en su Epístola a los Efesios. «Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería, maledicencia y toda malicia. Antes sed bondadosos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros» (Efe. 4: 31-32).

El perdón, por lo tanto, libera a la otra parte de nuestra condenación porque Cristo nos ha liberado de su condena. No justifica el comportamiento de alguien respecto a nosotros. Podemos reconciliarnos con alguien que nos ha agraviado porque Cristo nos reconcilió consigo mismo cuando nosotros lo agraviamos. Podemos perdonar porque hemos sido perdonados. Podemos amar porque somos amados. El perdón es una elección. Podemos tomar la decisión de perdonar a pesar de las acciones o actitudes de la otra persona. Ese es el verdadero espíritu de Jesús (Luc. 23: 34).

Sin embargo, en ocasiones el conflicto entre hermanos y hermanas requiere una mayor participación con el fin de encontrar una solución. En Mateo 18: 15-17, Jesús presentó tres sencillos pasos para resolver cualquier conflicto en caso que alguien haya sido lastimado por otro miembro de la iglesia. El propósito de Jesús al dar ese consejo fue mantener el conflicto en un entorno lo más pequeño posible. Su intención era que las dos personas involucradas resolvieran el problema ellas mismas. Por eso Jesús dijo: «Por tanto, si tu hermano peca contra ti, ve y repréndelo estando tú y él solos» (ver. 15). A medida que aumenta el número de personas involucradas en un conflicto entre dos individuos, la discordia crecerá y comenzará a afectar la confraternidad de los demás creyentes. A menudo muchas personas toman partidos y se trazan fronteras de discordia. Sin embargo, si los cristianos intentan resolver sus diferencias en privado en el espíritu del amor cristiano y en la comprensión mutua, se crea un clima de reconciliación. Esa atmósfera será la apropiada para que el Espíritu Santo trabaje con ellos mientras se esfuerzan por resolver sus diferencias.

Hay ocasiones en que las exhortaciones personales son ineficaces para resolver cualquier conflicto. En esos casos, Jesús nos invita a llevar con nosotros a uno o dos testigos. Ese segundo paso en el proceso de reconciliación debe siempre seguir al primero. El objetivo es unir a las personas, no separarlas más. Los acompañantes que se unen a la parte ofendida no vienen a comprobar un punto, ni tampoco acuden para condenar al ofensor. Acuden con amor y compasión cristiana como consejeros y compañeros de oración, listos para participar en el proceso de reunir a dos personas separadas. Hay ocasiones en que los intentos para resolver un problema llegan a un callejón sin salida. En ese caso, Jesús nos dice que llevemos el tema ante la iglesia. Él ciertamente no está hablando de interrumpir el culto de adoración semanal a causa de un conflicto de índole personal. Si los primeros dos pasos no han ayudado a reconciliar a las dos partes el lugar apropiado para presentar el asunto, es una reunión privada con la congregación o con su junta administrativa. De nuevo, el propósito de Cristo en la reconciliación no es culpar a una parte y exonerar a la otra. El evangelio de Jesucristo se refiere a la sanidad y a la transformación. Así como nuestras vidas personales necesitan la oferta de gracia y amistad de parte de Dios para que haya sanidad, lo mismo puede decirse de nuestras relaciones comunitarias que por algún motivo necesiten ser restauradas. Dios está ansioso por trabajar en nosotros y a través de nosotros con el fin de llevar sanidad a todas nuestras relaciones.


Referencias:

X. Este capítulo ha sido adaptado de una Guía de estudio de la Biblia para adultos preparada por Mark Finley. «Reavivamiento y reforma», julio-septiembre 2013, pp. 96-102.

2. Elena G. de White, Los hechos de los apástales (Doral, Florida'. IADPA, 2008), cap. 17, pp. 127-128.

3. Robert W. Wall, Colossianss and Philemon, The IVP New Testament Commentary Series (Downers Grove, Illinois: InterVarsíty, 1993), p. 145.