CAPÍTULO 12
La unidad y la organización de la iglesia

Muchas organizaciones tanto grandes como pequeñas reconocen que si sus empleados comparten una misión común, es probable que la empresa prospere y se convierta en un ejemplo para otros. Esa estrategia ha convertido a pequeñas empresas en gigantes que emplean a miles de personas. Una empresa exitosa es aquella que tiene dirigentes visionarios que pueden motivar y capacitar a sus colegas para alcanzar nuevos niveles de excelencia.

Lo mismo es válido para la iglesia de Cristo y para su misión. Jesús estableció la iglesia con el propósito de llevar el evangelio a todo el mundo. Con ese objetivo en mente es vital la organización porque solidifica y facilita el cumplimiento de la misión de la^glesia. Si la iglesia no contara con una estructura administrativa, el mensaje de Jesús no podría comunicarse con la misma efectividad a un mundo que perece. Los dirigentes de la iglesia son necesarios porque fomentan la unidad y son un ejemplo de la vida de Jesús. En este capítulo, examinaremos la organización de la iglesia y explicaremos por qué la misma es vital para la misión y la unidad del cuerpo de Cristo.

Cristo, la cabeza de la iglesia

Como ya hemos visto, la iglesia del Nuevo Testamento está representada por la metáfora del cuerpo: la iglesia es el cuerpo de Cristo. Esta metáfora alude a varios aspectos de la iglesia y a la relación que existe entre Cristo y su pueblo. Como cuerpo de Cristo, la iglesia depende de él para su propia existencia. Él es la cabeza (Col. 1:18; Efe. 1: 22), y la fuente de la vida. Sin él, no habría iglesia.

En Efesios 5: 23-27, Pablo emplea la relación entre Cristo y su iglesia para ilustrar el tipo de relación que debería haber entre marido y mujer. Entre las ideas clave está la que presenta a Cristo como cabeza de la iglesia y su Salvador: aquel que amó a la iglesia y se entregó a sí mismo por ella. Él también santifica y limpia a la iglesia por su Palabra, una referencia a la guía y a la corrección que las Escrituras proveen. Estos principios son parte de la visión amplia y gloriosa de Cristo para la iglesia, una iglesia que él está preparando para la vida eterna.

La iglesia también deriva su identidad del mismo Cristo. Los credos, las creencias, los rituales y las ceremonias no definen a la iglesia. Según se revela en las Escrituras lo que en realidad determina la naturaleza de la iglesia es Cristo y su Palabra. Por tanto, la iglesia deriva su identidad y significado de Cristo. La iglesia posee un significado gracias a Jesús, no lo tiene a causa de sus miembros y sus acciones, por muy nobles que ellos sean.

Algo que sí está muy claro es que la iglesia debe estar subordinada a la cabeza que es Cristo y estar sujeta a su autoridad. «Reconocer que la autoridad de Cristo en la iglesia es suprema, nos impide exagerar la importancia de cualquier funcionario o estructura organizativa de la misma. Por supuesto que la iglesia necesita organización, pero ninguna estructura administrativa debe opacar la autoridad de Cristo».1 Tan solo hay una cabeza para la iglesia y esa cabeza es Cristo. Ningún ser humano debe pensar o pretender ser el jefe de la iglesia.

Aunque las palabras de Jesús registradas en Mateo 16:18 («Y yo también te digo que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia») han sido debatidas durante siglos, tanto Pedro como Pablo han dicho inequívocamente que esa roca no es otra sino Jesús mismo (Hech. 4: 11-12; 1 Ped. 2: 4-8; 1 Cor. 3: 11; 10: 4).2

Debido a que la iglesia es una organización humana, con dirigentes humanos y estructuras administrativas humanas, podría ser una tentación exaltar a un ser humano como su máximo líder. Sin embargo, otorgarle poder, autoridad e influencia a cualquier persona más allá de todo cuestionamiento, es una tentación que debe ser resistida. Es importante recordar que:

«La iglesia está edificada sobre Cristo como su fundamento y ha de obedecer a Cristo como su cabeza. No debe depender del hombre, ni ser regida por el ser humano. Algunos sostienen que un puesto de confianza en la iglesia les confiere autoridad para dictar lo que otros seres humanos deben creer y hacer. Dios no sanciona dicha pretensión. El Salvador declara: "Todos vosotros sois hermanos". Todos están expuestos a la tentación y pueden errar. No podemos depender de ningún ser finito para ser guiados. La Roca de la fe es la presencia viva de Cristo en la iglesia. De ella puede depender el más débil, y los que se creen los más fuertes resultarán los más débiles, a menos que hagan de Cristo su eficiencia».3

Un Liderazgo de servicio

Jesús experimentó repetidamente momentos en los que se sintió exasperado durante su ministerio terrenal, a causa de la ambición de sus discípulos por ostentar el poder. Los apóstoles parecían estar ansiosos por convertirse en poderosos dirigentes en el reino del Señor (Mar. 9: 33-34; Luc. 9: 46). Incluso esos sentimientos de dominación y supremacía se pusieron de manifiesto entre ellos mientras participaban de su última cena (Luc. 22: 24).

En una de esas ocasiones, Jesús expresó sus ideas respecto al Iiderazgo espiritual para su pueblo. Los principios de Iiderazgo que aprendemos de la exhortación de Jesús registrada en Mateo 20: 25-28 son cruciales para la iglesia de hoy. Darius Jankiewicz sostiene que:

«lesús nos presenta dos modelos de autoridad. El primero es la idea romana de autoridad. En este modelo, las élites se colocan jerárquicamente sobre los demás. Tienen la prerrogativa de tomar decisiones y esperar el sometimiento de quienes están por debajo de ellas. Jesús claramente rechazó ese modelo de autoridad cuando afirmó: "Entre vosotros no será así". En cambio, presentó a los discípulos un modelo de autoridad asombrosamente nuevo, un completo rechazo o reversión del modelo jerárquico con el que estaban familiarizados».4

El concepto de autoridad que Jesús presentó en aquella ocasión se basa en dos palabras clave: «sirviente» (diakonos) y «esclavo» (doulos). En algunas traducciones, la primera palabra, sirviente, a menudo se traduce como «ministro», y la segunda como «siervo» o «esclavo». Ambas traducciones pierden gran parte de la fuerza que Jesús confirió a sus declaraciones. Él deseaba enfatizar que los dirigentes de la iglesia deben ser antes que nada siervos y esclavos del pueblo de Dios, aunque por otro lado no intentaba abolir toda estructura de autoridad. A los dirigentes no se les otorgan sus puestos para que ejerzan autoridad sobre la gente y mucho menos para darles prestigio y reputación. En la iglesia de Cristo, lo que más importa respecto al verdadero liderazgo es que los dirigentes estén dispuestos a suplir las necesidades de las personas que dirigen, dispuestos a ser los últimos en sus actitudes y conducta. Su liderazgo no es para hacerse más ricos, más influyentes, más reconocidos, o más venerados. Por el contrario, el escarnio, la modestia y la humildad son la clave del verdadero liderazgo cristiano.

En términos tangibles, Jesús ejemplificó este tipo de liderazgo cuando se inclinó para lavar los sucios pies de sus discípulos durante la última cena (Juan 13: 1-20). Él asumió la actitud de un genuino siervo y esclavo.

«Así expresó Cristo su amor por sus discípulos. El espíritu egoísta de ellos le llenó de tristeza, pero no entró en controversia con ellos acerca de la dificultad. En vez de eso, les dio un ejemplo que nunca olvidarían. Su amor hacia ellos no se perturbaba ni se apagaba fácilmente. Sabía que el Padre había puesto todas las cosas en sus manos, y que él provenía de Dios e iba a Dios. Tenía plena conciencia de su divinidad; pero había puesto a un lado su corona y vestiduras reales, y había tomado forma de siervo. Uno de los últimos actos de su vida en la tierra consistió en ceñirse como siervo y cumplir la tarea de un siervo».5

¡Qué ejemplo tan destacado para los dirigentes modernos de la iglesia! Los principios de buen liderazgo se aplican a cualquier tipo de organización social; sin embargo, un dirigente de la iglesia debe ser más que un líder, él o ella debe ser también un servidor. Arthur Keough señala acertadamente:

«Existe una aparente contradicción entre ser un líder y ser un siervo. ¿Cómo se puede dirigir y servir al mismo tiempo? ¿Acaso el líder no ocupa un puesto de honor? Acaso él no da órdenes y espera que los demás las obedezcan?

¿Cómo entonces, puede él ocupar una posición inferior a la de un siervo, para recibir órdenes y cumplirlas? Para resolver esta paradoja debemos mirar a Jesús. Él mejor que nadie representó el principio de un Iiderazgo que sirve. Toda su vida fue de servicio. Y al mismo tiempo, fue el mayor dirigente que el mundo jamás haya visto».6

Conservando la unidad de la iglesia

En el Nuevo Testamento, se emplean varios títulos como sinónimos intercambiables para referirse a los dirigentes de las comunidades eclesiásticas locales: «pastor», «maestro», «anciano», o «supervisor» (Efe. 4: 11; Tito 1: 5, 7; 1 Ped. 5: 1-4). Una de las principales responsabilidades de esos puestos de Iiderazgo es cuidar de la unidad de la iglesia salvaguardando la pureza de la enseñanza bíblica y explicando con cuidado al pueblo el significado de las Escrituras (2 Tim. 2: 15).

Pablo vio todo ello como una responsabilidad crucial de aquellos que dirigen la iglesia en el tiempo del fin.

«Te suplico encarecidamente delante de Dios y del Señor Jesucristo, que juzgará a los vivos y a los muertos en su manifestación y en su Reino, que prediques la palabra y que instes a tiempo y fuera de tiempo. Redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina, pues vendrá tiempo cuando no soportarán la sana doctrina, sino que, teniendo comezón de oír, se amontonarán maestros conforme a sus propias pasiones, y apartarán de la verdad el oído y se volverán a las fábulas» (2 Tim. 4: 1-4).

Pablo enfocó sus pensamientos en la Segunda Venida de Jesús y en el día del juicio al escribirles a Timoteo y a Tito. El apóstol emplea toda su autoridad paternal para darle a Timoteo su consejo más importante. Timoteo debía predicar la Palabra de Dios en el contexto de los últimos días, en medio de abundantes enseñanzas falsas y de una creciente inmoralidad. Ese es el ministerio al que ha sido Hablado. Como Pablo ya lo explicó al final del capítulo 3, la Palabra de Dios es la fuente más confiable de enseñanza y orientación moral. Pablo continúa expresando su deseo de que Timoteo esté preparado para llevar a cabo su ministerio a tiempo y fuera de tiempo, ya sea conveniente o inconveniente. El evangelio siempre es necesario aunque la gente no lo considere así. Timoteo debía convencer, reprender y exhortar como parte de su ministerio de enseñanza (ver 2 Tim. 3: 16). Claramente, la tarea de Timoteo fue seguir con paciencia y perseverancia, enseñar e implementar todo lo que estudiaba en las Escrituras. Debía recordar que las reprensiones duras y severas jamás han llevado a un pecador a Cristo.

Pablo exhortó a Tito para que enseñara a todo anciano a ser un «retenedor de la palabra fiel tal como ha sido enseñada, para que también pueda exhortar con sana enseñanza y convencer a los que contradicen» (Tito 1: 9). El líder también está llamado a perfeccionar a «los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios» (Efe. 4: 12-13), más allá de sus responsabilidades respecto a preservar la unidad de la iglesia.

La disciplina en la iglesia

Una de las principales responsabilidades administrativas de la iglesia es implementar la disciplina. Hacer que la disciplina contribuya a conservar la unidad de la iglesia es a veces un tema delicado y que puede ser fácilmente malentendido. Pero desde una perspectiva bíblica, la disciplina en la iglesia se centra en dos importantes aspectos: conservar la pureza de la doctrina y mantener en alto la pureza en la vida. El Nuevo Testamento resalta la importancia de conservar la pureza de la enseñanza bíblica frente a la apostasía y a las enseñanzas falsas, como ya hemos visto; especialmente en los tiempos del fin. Lo mismo sucede con la reputación ante la comunidad: la disciplina es un freno para proteger a la iglesia en contra de la inmoralidad, de la deshonestidad y de la depravación. Por ese motivo se dice que la Escritura es «útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia» (2 Tim. 3: 16).

Jesús les presentó a sus discípulos algunos principios básicos respecto a la disciplina de aquellos que están en falta. Dichos principios aparecen registrados en Mateo 18: 15-20. La Biblia apoya el concepto de corregirse y de rendirse cuentas mutuamente en lo que respecta a asuntos espirituales y morales. De hecho, una de las señales distintivas de la iglesia es su santidad o separación del mundo (1 Cor. 6: 9-11; Efe. 5: 27

La Biblia contiene muchos ejemplos de situaciones difíciles que requieren que la iglesia actúe de manera decisiva contra las condiu tn* uuntirNlM (1 Cor. 5: 1-5; Tito 1: 10-11; 2 Juan 7-11). En cualquier romunltliul siástica deben implementarse determinadas normas moral?» por vi bl»n de la unidad.

Reinder Bruinsma señala lo siguiente:

Organizados para la misión

La misión, la comunicación de las buenas nuevas de la salvación, es otro aspecto importante del Iiderazgo en la iglesia y de la organización administrativa de la misma. Jesús les dio a sus discípulos algunas instrucciones finales para su misión en el mundo, según Mateo 28: 18-20. Esa Gran Comisión incluye cuatro verbos clave: ir, discipular, bautizar y enseñar. De acuerdo con la gramática griega, el verbo principal es discipular y los otros tres indican cómo se logra eso. Se hacen discípulos cuando los creyentes van a todas las naciones para predicar el evangelio, bautizan a los creyentes y les enseñan a guardar lo que Jesús dijo.

En la medida que la iglesia responde a esa comisión, el reino de Dios se expande, cuando más y más personas de toda nación se unen a las filas de aquellos que aceptan a Jesús como su Salvador. Su obediencia al mandato de Jesús de ser bautizados y observar sus enseñanzas crea una nueva familia universal. A los nuevos discípulos también se les asegura la compañía diaria de Jesús, mientras que ellos ganan a otros más. La presencia de Jesús es también una promesa de la presencia de Dios. El Evangelio de Mateo comienza declarando que el nacimiento de Jesús tiene que ver con una gran verdad: «Dios con nosotros» (Mat. 1: 23), y concluye con la promesa de la presencia continua de Jesús hasta su Segunda Venida.

Jesús también prometió la presencia del Espíritu Santo en ocasión de su ascensión, con el fin de que le concediera poder a la iglesia para cumplir con su misión. «Pero recibiréis el poder cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Ju-dea, en Samaría y hasta lo último de la tierra» (Hech. 1:8).

Los primeros creyentes cristianos pasaron un buen tiempo en oración preparándose para su misión a todas las naciones. En Hechos 1:14 y 2: 46, el concepto «unánimes» también significa «perseverando con una idea en mente». Todo esto vino como resultado de estar juntos en un lugar, buscando en oración el cumplimiento de la promesa de Jesús de enviar al Consolador.

«Mientras los discípulos esperaban el cumplimiento de la promesa, humillaron sus corazones con verdadero arrepentimiento, y confesaron su incredulidad. [...] Los discípulos oraron con intenso fervor pidiendo capacidad para encontrarse con los hombres, y en su trato diario hablar palabras que pudieran guiar a los pecadores a Cristo».8

El compañerismo entre los discípulos y la intensidad de sus oraciones los prepararon para la experiencia del Pentecostés. A medida que se acercaban a Dios, los discípulos recibieron la preparación que les proporcionó el Espíritu Santo para convertirse en valientes y audaces testigos de la resurrección de Jesús. Esa unidad espiritual que se observaba entre ellos se convirtió en la base de su confianza para la misión. Esa unidad les dio un sentido de fortaleza comunitaria: cada uno de ellos podía contar con el apoyo y el valor de los demás. Su unidad y la transformación de su carácter los hizo personas diferentes. Notablemente, los dirigentes judíos de Jerusalén tomaron nota: «reconocían que habían estado con Jesús» (Hech. 4: 13). Una buena organización y un liderazgo prudente son esenciales para la unidad de la iglesia. Cristo es el jefe de la iglesia, y la iglesia prospera cuando los dirigentes de la misma abrazan su ejemplo de Iiderazgo. El evangelio se puede compartir efectivamente con todo el mundo a través del ministerio de dirigentes piadosos, de la fidelidad a la Palabra y de una vida consecuente.


Referencias:

1. Richard Rice, Reign of Cod (Berrien Springs, Michigan: Andrews University Press, 1997), p. 215.

2.En Mateo 16: 18, lesús utiliza el término griego petra para referirse al sólido cimiento de la iglesia, en contraste con Pedro, un simple ser humano. Tanto Pedro como Pablo entendieron que ese cimiento únicamente podía ser Jesús, por lo que utilizaron la palabra petra cuando identificaron a Jesús como esa base (1 Ped. 4: 8; 1 Cor. 10: 4).

3. Elena G. de White, El Deseado de todas las gentes (Doral, Florida: IADPA, 2007), cap. 45, pp. 389-390.

4. Darius Jankiewicz, «Serving Like Jesús: Authority in God's Church», Adventist Review, 13 de maizo de 2014, p. 18.

5. Elena G. de White, El Deseado de todas las gentes, cap. 71, p. 616.

6. G. Arthur Keough, Our Church Today (Nashville, Tennessee: Review and Herald, 1980), p. 106.

7. Reinder Bruinsma, The Body of Christ: A Biblical Understanding of the Church (Hagerstown, Maryland: Review and Herald, 2009), pp. 103-104.

8. Elena G. de White, Los hechos de los apóstoles (Doral, Florida: IADPA, 2008), cap. 4, p. 30.