CAPÍTULO 13
Restauración final de la unidad

Una de las mayores promesas de la Biblia es la promesa que afirma que Jesús volverá a buscarnos. Cuando él regrese en las nubes del cielo, todo lo que es terrenal y creado por el hombre será barrido. Al final, los redimidos se reunirán con su Señor. La tierra nueva será un lugar de justicia y de plenitud.

La esperanza en la Segunda Venida de Cristo es un tema básico del Nuevo Testamento, y durante siglos los cristianos han anhelado el cumplimiento de dicha promesa. Este último capítulo revisa esa promesa y lo que significa para la unidad de los cristianos. La iglesia anhela el momento en que los problemas ya no existan, aunque a menudo tenga que enfrentar limitaciones y debilidades humanas. ¡Qué momento tan glorioso será aquel cuando la iglesia finalmente sea una misma cosa con el Señor, reunida y restaurada en una tierra hecha nueva!

La certeza dél regreso de Cristo

Los primeros cristianos consideraban que el regreso de Cristo era «la bendita esperanza» (Tito 2: 13). Esperaban que todas las profecías y promesas de la Escritura se cumplieran en su segunda venida. Esa era la gran esperanza de su peregrinación cristiana. Hoy, todos los que aman a Cristo esperan el día en que podrán disfrutar de una comunión cara cara con él.

luán 14: 1-3 es la promesa más conocida de la Segunda Venida de Jesús. «No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mí. En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros. Y si me voy y os preparo lugar, vendré otra vez y os tomaré a mí mismo, para que donde yo esté, vosotros también estéis». Esta promesa describe la vida en la tierra nueva como una experiencia de comunidad y compañerismo.

Los cristianos creen en esta promesa porque la Biblia nos asegura su cumplimiento. Tenemos esa seguridad porque creemos en las palabras de Jesús, «vendré otra vez» (ver. 3). Así como la primera venida de Cristo fue profetizada, así también se predice su segunda venida, incluso en el Antiguo Testamento. Antes del diluvio, Dios le dijo al patriarca Enoc que la venida del Mesías en gloria pondría fin al pecado. Él profetizó: «Miren, el Señor viene con millares y millares de sus ángeles [...] para someter a juicio a todos y para reprender a todos los pecadores impíos por todas las malas obras que han cometido, y por todas las injurias que han proferido contra él» (Judas 14-15, NVI).

Varios siglos antes de que Jesús viniera como un ser humano a nuestro planeta, Asaf también profetizó acerca de la venida del Mesías para reunir al pueblo de Dios. «Vendrá nuestro Dios y no callará; fuego consumirá delante de él y tempestad poderosa lo rodeará. Convocará a los cielos de arriba y a la tierra, para juzgar a su pueblo. "Juntadme a mis santos, a los que hicieron conmigo parto con sacrificio"» (Sal. 50: 3-5).

La Segunda Venida de Jesús está estrechamente vinculada a su primer advenimiento. Las profecías que predijeron su nacimiento y ministerio (Gén. 3: 15; Miq. 5: 2; Isa. 11: 1; Dan. 9: 25-26) son el fundamento de nuestra esperanza y confianza en las promesas de su Segunda Venida. Durante su primer advenimiento ganó la victoria sobre Satanás y redimió a la humanidad del pecado y de las fuerzas del mal (Col. 2: 15).

Aquella victoria en la cruz es la promesa de su victoria final sobre el mal y el pecado. Cristo «se presentó una vez para siempre por el sacrificio de sí mismo [... ] ofrecido una sola vez para llevar los pecados de muchos; y aparecerá por segunda vez, sin relación con el pecado, para salvar a los que lo esperan» (Heb. 9: 26-28).

La promesa de restauración

La Biblia comienza con la historia de la creación (Génesis 1 y 2). Describe un mundo hermoso y armonioso que Ies fue confiado a Adán y a Eva, nuestros primeros padres. Todo era perfecto. Por otro lado, los últimos dos capítulos de la Biblia reflejan la perfección de la creación del Génesis y hablan de que Dios creará un mundo perfecto y armonioso para la humanidad redimida (Apocalipsis 21 y 22). Sin embargo, en esa ocasión será más exacto hablar de una nueva creación, así como de una restauración de la tierra por los daños causados por el pecado.

En muchos lugares, la Biblia anuncia que el hogar eterno de los redimidos será un lugar real, no una tierra imaginaria. Los redimidos podrán ver, oír, oler, tocar; sumergirse en una nueva experiencia, en una nueva vida. Isaías 11: 1-10 predice en forma maravillosa la venida del Mesías que establecerá esa nueva era. Él erradicará toda violencia y todo marcará el comienzo de una nueva paz. El reinado de Dios en esa nueva tierra restablecerá la armonía universal.

Una de las mayores alegrías que experimentarán los redimidos en la tierra nueva es la presencia de Dios. Él vivirá en la tierra con los santos y en virtud del plan de salvación, disfrutará de muy anticipada reunión con los seres humanos. Por fin, no habrá más pecado, no habrá más barreras entre Dios y sus amigos. La relación suspendida en el Jardín del Edén después de la entrada del pecado (Gén. 3: 8, 22-24), será completamente restaurada en la tierra nueva. Este es el primer paso en la restauración final; la armonía y la unidad se restablecerán en todo el universo.

La resurrección y las relaciones restablecidas

Desde los primeros días de la iglesia, la promesa del regreso de Cristo ha sostenido, tal vez más que cualquier otra cosa, los corazones del pueblo fiel de Dios durante momentos de prueba. Cualesquiera que fueran sus luchas, cualesquiera que fueran sus inconsolables penas y dolor, esperaban el regreso de Cristo y el cumplimiento de todas las maravillosas promesas asociadas con la su Segunda Venida.

La Segunda Venida de Cristo afectará a toda la humanidad de manera profunda. Un aspecto importante del establecimiento del reino de Dios es la reunión de los elegidos. «Enviará sus ángeles con gran voz de trompeta y juntarán a sus escogidos de los cuatro vientos, desde un extremo del cielo hasta el otro» (Mat. 24: 31). En el momento de esa reunión, los muertos justos serán resucitados y recibirán la inmortalidad (1 Cor. 15: 52-53). Los muertos en Cristo resucitarán primero (1 Tes. 4: 16). Ese es el momento que muchos han estado esperando. Los justos resucitados se reunirán con aquellos que han estado anhelando su presencia y amor. Los cuerpos enfermos, envejecidos y desfigurados que bajaron a la tumba se levantarán como cuerpos nuevos, inmortales y perfectos, que ya no estarán marcados por el pecado y la decadencia. Experimentarán la conclusión de la obra de restauración de Cristo, reflejando la imagen perfecta de Dios que se observaba luego de la creación (Gén. 1: 26; 1 Cor. 15: 46-49).

Durante el segundo advenimiento de Jesús, cuando los muertos redimidos resuciten, los justos que estén vivos en la tierra serán transformados y se les darán cuerpos nuevos y perfectos. «Pues es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción y que esto mortal se vista de inmortalidad» (1 Cor. 15: 53). Esos dos grupos de redimidos, incluyendo «los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor» (1 Tes. 4: 17).

Una tierra nueva para los redimidos

«Porque he aquí que yo crearé nuevos cielos y nueva tierra» (Isa. 65: 17). Isaías y Juan (Apoc. 21: 1), vieron en visión la prometida tierra nueva. Entre las muchas cosas nuevas que se muestran en dichas visiones, una de particular interés es la restauración de la unidad alrededor del árbol de la vida, un privilegio que Adán perdió a causa de su transgresión (Gén. 3: 22-24). Cristo restaurará ese árbol en la Nueva Jerusalén y el acceso al mismo es una de las promesas para aquellos que obtengan la victoria (Apoc. 2: 7). Podría ser que los doce tipos de frutos, un nuevo tipo cada mes, sugiera una razón para que Isaías describa la tierra nueva así: «"Y de mes en mes, y de sábado en sábado, vendrán todos a adorar delante de mí", dice Jehová» (Isa. 66: 23). La referencia a la «sanidad de las naciones» en Apocalipsis 22: 2, también subraya la intención de Dios de eliminar toda barrera entre la gente y restaurar la humanidad a su propósito original: una familia indivisa, que vive en armonía y paz, unidos para dar gloria a Dios. Ranko Ste-fanovic presenta de manera apropiada el significado de esta promesa:

«La "sanidad de las naciones" se refiere figuradamente a la eliminación de todas las barreras y separaciones nacionales y lingüísticas. [ . ..]. Las hojas del árbol de la vida sanan las brechas entre las naciones. Las naciones ya no son "gentiles" sino están unidas en una familia como el verdadero pueblo de Dios (cf. Apoc. 21: 24-26). Lo que Miqueas anticipó siglos antes se está cumpliendo ahora: "No alzará espada nación contra nación, ni se ensayarán más para la guerra. Y se sentará cada uno debajo de su vid y debajo de su higuera, y no habrá quien los amedrente" (Miq. 4: 3-4; cf. Isa. 2: 4). Allí sobre la ribera del río de la vida los redimidos "convidarán a su compañero" (Zac. 3: 10), a sentarse bajo el árbol de la vida. Las cualidades curativas de las hojas del árbol sanarán todas las heridas —raciales, étnicas, tribales o lingüísticas— que hayan dividido y resquebrajado a la humanidad durante siglos».1

 

La vida en ia tierra nueva

Otras dos profecías de Isaías hablan de las grandes expectativas que los redimidos pueden anticipar en la nueva tierra. En Isaías 35: 4-10, el reino renovado de Dios implica una transformación total de la naturaleza y una sanidad de toda enfermedad y dolencia. La salvación implica alegría y paz. La armonía es la nueva realidad del reino de Dios. Varios pasajes en Isaías describen algo nuevo: «cosas nuevas» (Isa. 42: 9; 48: 6), «un nuevo cántico» (Isa. 42: 10), «una cosa nueva» (Isa. 43: 19), «un nombre nuevo» (Isa. 62: 2). Dios hará que todas las cosas sean nuevas. Isaías 65: 21-25 también describe un nuevo orden. Hay paz y armonía entre todas las criaturas de Dios. El pacto que maldice en la tierra por su desobediencia y rebelión (Lev. 26: 14-17; Deut. 28: 30), será cancelado para siempre porque el pecado ya no existirá. En cambio, habrá casas, comida y una abundancia de bendiciones.

¿Cómo será la vida en un lugar tan hermoso? Algunos se preguntan si después de que nuestros cuerpos reciban la inmortalidad y sean completamente restaurados a la imagen de Dios, podremos reconocer a nuestros amigos y familiares. Después de la resurrección de Cristo, Sus discípulos pudieron reconocerlo. María reconoció su voz (Juan 20: 11-16). Tomás reconoció la apariencia física de Jesús (vers. 27-28). Los dos discípulos de Emaús reconocieron sus gestos (Luc. 24: 30, 31, 35). Entonces, si nuestros cuerpos han de ser parecidos al cuerpo resucitado de Jesús, ciertamente podremos reconocernos mutuamente y podremos esperar una eternidad de relaciones restauradas entre nosotros. Podemos suponer con seguridad que continuaremos las relaciones con aquellos que conocemos y amamos.

«Allí los redimidos conocerán como son conocidos. Los sentimientos de amor y simpatía que el mismo Dios implantó en el alma, se desahogarán del modo más completo y más dulce. El trato puro con seres santos, la vida social y armoniosa con los ángeles bienaventurados y con los fieles de todas las edades que lavaron sus vestiduras y las emblanquecieron en la sangre del Cordero, los lazos sagrados que unen a «toda la familia en los cielos, y en la tierra» (Efe. 3: 15, VM), todo eso constituye la dicha de los redimidos».2

Las palabras de Pablo a los Corintios son una conclusión adecuada: «Por tanto, no desmayamos; antes, aunque este nuestro hombre exterior se va desgastando, el interior no obstante se renueva de día en día, pues esta leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria; no mirando nosotros las cosas que se ven, sino las que no se ven, pues las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas» (2 Cor. 4: 16-18). La Biblia habla con confianza del momento en que esta tierra será recreada y los estragos del pecado sean borrados. Por fin, la humanidad será restaurada a su propósito original y todos viviremos en armonía. La unidad espiritual de que gozamos en el presente será entonces una realidad viva y eterna. Esa es nuestra esperanza en Cristo.


Referencias:

1. Ranko Stefanovic, La revelación de Jesucristo (Berrien Springs, Michigan: Andrews University Press, 2013), pp. 604-605.

2. Elena G. de White, El conflicto de ¡os siglos (Doral, Florida: IADPA, 2007), cap. 43, p. 656.