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Las causas de la desunión

Varios de los profetas del Antiguo Testamento —como Jeremías, Oseas, Amos y Miqueas— llamaron repetidamente al pueblo de Dios a que obedeciera los mandamientos del Señor en vez de seguir sus propias inclinaciones. Pero la idolatría estaba a la orden del día y poco tiempo después de la conquista de Canaán, los israelitas empezaron a sentirse atraídos por los dioses cana-neos. Las repetidas advertencias contra dicha atracción fueron ignoradas, la desobediencia creció y la indiferencia hacia la Palabra de Dios los llevó a una mayor apostasía y desunión.

La obediencia a las leyes de Dios fue diseñada para proteger al pueblo de las consecuencias naturales y trágicas del pecado, separándolos como un ejemplo para las naciones vecinas. Seguir la voluntad de Dios crearía armonía y fortalecería a la comunidad en contra de las prácticas idólatras. Dios se propuso que su pueblo fuera una nación santa y un testigo ante las demás naciones (Deut. 7: 1-8). Sin embargo, para ser un testigo así, los israelitas necesitaban unirse en un propósito común para dar gloria a Dios.

Haciendo lo que bien Íes parecía

La historia de Israel está repleta de desobediencia y anarquía, seguidas de un regreso a Dios y a la obediencia; luego se observa más desobediencia y conflictos. Ese patrón se repite a lo largo de los siglos. Cada vez que los israelitas conscientemente actuaban de acuerdo con la voluntad de Dios eran bendecidos con paz y prosperidad. Pero cuando desobedecían y seguían su propio camino, sus vidas se volvían miserables y a menudo se veían envueltos en guerras y conflictos con sus vecinos. Incluso antes de que Israel entrara en la tierra prometida, Dios predijo ese patrón y por medio de Moisés ofreció la solución para evitarles una existencia tan tortuosa. Dios más bien deseaba el amor y la devoción total de ellos (Deut. 28: 1-68).

Mantener ese compromiso fue difícil y el libro de Jueces registra numerosos relatos en que los israelitas despreciaron la voluntad del Señor para sus vidas. Poco después de que ingresaron a Canaán, la gente comenzó a modelar su espiritualidad según el patrón de las religiones falsas de los cananeos que los rodeaban. Su apostasía es sorprendente: «Después, los hijos de Israel hicieron lo malo ante los ojos de Jehová y sirvieron a los baales. Dejaron a Jehová, el Dios de sus padres, que los había sacado de la tierra de Egipto, y se fueron tras otros dioses, los dioses de los pueblos que estaban en sus alrededores, y los adoraron, provocando la ira de Jehová. Dejaron a Jehová y adoraron a Baal y a Asta-rot» (Jue. 2: 11-13). Un indicador clave de las confusas circunstancias sociales y religiosas de aquella época se encuentra en otra declaración del libro de Jueces: «En aquellos días no había rey en Israel y cada cual hacía lo que bien le parecía» (Jue. 17: 6; 21: 25).

Según Elena G. de White, aquella apostasía era una afrenta directa al carácter de Dios y al plan para su pueblo.

«Por medio de Moisés Dios había presentado a su pueblo los resultados de la infidelidad. Al negarse a cumplir su pacto, se separaría de la vida de Dios; y la bendición de él ya no podría descansar sobre ese pueblo. A veces estas amonestaciones fueron escuchadas, y ricas bendiciones fueron otorgadas a la nación judía y por su medio a los pueblos que la rodeaban. Pero en su historia fue más frecuente que sus hijos se olvidaran de Dios y perdieran de vista el gran privilegio que tenían como representantes suyos. Lo privaron del servicio que él requería de ellos, y privaron a sus semejantes de la dirección religiosa y del ejemplo santo que debían darles. Desearon apropiarse de los frutos del viñedo sobre el cual habían sido puestos como mayordomos. Su codicia los hizo despreciar aun por los paganos; y el mundo gentil se vio así inducido a interpretar erróneamente el carácter de Dios y las leyes de su reino».1

En contraste con esos relatos está el ejemplo de Rut, una joven moa-bita que se había casado con un hombre de Belén. Ella es un faro de luz espiritual y devoción en el tiempo de los jueces, en medio de un mar de apostasía e infidelidad. Noemí, su suegra, la instó a que se quedara en su tierra natal y a que se casara de nuevo, luego de que Rut perdiera a su esposo. Pero Rut no quiso escuchar nada de aquello.

No me niegues que te deje y me aparte de ti,

porque a dondequiera que tú vayas, iré yo,

y dondequiera que vivas, viviré.

Tu pueblo será mi pueblo

y tu Dios, mi Dios.

Donde tú mueras, moriré yo

y allí seré sepultada.

Traiga Jehová sobre mí

el peor de los castigos,

si no es solo la muerte lo que hará separación entre nosotras dos (Rut 1: 16-17).

Qué contraste entre la generalizada apatía espiritual que imperaba en Israel y la fe de Rut. Uno de los testimonios más valiosos de toda la Escritura respecto a la confianza en Dios es la confesión de fe que Rut hace ante Noemí. «Sin duda, el fiel amor de Rut por Noemí es uno de los temas más sólidos que fluye a través de esta historia, un amor que al final resultará más extraordinario y desinteresado de lo que nadie podría esperar».2 ¡Qué bendición es ver que Dios tiene personas fieles que desean servirle con todo su corazón, aún en medio de la anarquía y la degradación espiritual. Es indiscutible que ese tipo de amor y devoción es lo que motivará la unidad entre su pueblo.

Un consejo imprudente

Si bien la historia de Rut es inspiradora, el triste relato del rey Roboam no lo es. Él era hijo del rey Salomón, su reinado muestra las trágicas consecuencias de una decisión imprudente al exigir más mano de obra obligatoria a su pueblo después de que se completara el templo de Jerusalén (1 Rey. 12: 1-24). En forma loable procuró el consejo de dos grupos, pero su decisión final al aceptar las ideas de jóvenes con menos experiencia llevó al fracaso a una monarquía de ochenta años fundada por David y Salomón. Los jóvenes consejeros recomendaron al rey que intimidara a la población declarando que él era aún más estricto que su padre. Era un consejo tonto, pero los jóvenes asesores creían que ceder a las demandas del pueblo que pedía la revisión de algunas normas rigurosas, no era el tipo liderazgo adecuado para un rey. Roboam debería ser implacable y cruel. Al final, mostró exactamente eso, convirtiéndose en un bravucón que menospreciaba la lealtad y la fidelidad de su pueblo.

Qué fácil es destruir en cuestión de días lo que había requerido toda una vida de duro trabajo y dedicación. S. J. DeVries señala que «posiblemente la lección más importante de este pasaje es lo fácil que resulta separar lo que debe estar unido en comparación con restaurar lo que está roto».3 La unidad se destruye fácilmente cuando el liderazgo no toma en cuenta los efectos a largo plazo de sus decisiones.

Las palabras de Elena G. de White relacionadas con esta historia son esclarecedoras.

«Si Roboam y sus inexpertos consejeros hubieran comprendido la voluntad divina con referencia a Israel, habrían escuchado al pueblo cuando pidió reformas decididas en la administración del gobierno. Pero durante la hora oportuna, en la asamblea de Siquem, no razonaron de la causa al efecto, y así debilitaron para siempre su influencia sobre gran número del pueblo. La resolución que expresaron de perpetuar e intensificar la opresión iniciada durante el reinado de Salomón, estaba en conflicto directo con el plan de Dios para Israel, y dio al pueblo amplia ocasión para dudar de la sinceridad de sus motivos. En esa tentativa imprudente y cruel de ejercer el poder, el rey y los consejeros que eligió revelaron el orgullo que sentían por su puesto y su autoridad».4

Esta trágica historia es aleccionadora. La desunión es a menudo el resultado de un liderazgo deficiente y de consejos pobres. La falta de previsión, el enfoque en los objetivos a corto plazo, la desconexión con la gente y el orgullo, son debilidades en el liderazgo de la iglesia que amenazan con tener un impacto negativo en la unidad de la misma. Si bien admitimos fácilmente que nadie es perfecto, a menudo los dirigentes son los culpables de tomar malas decisiones que afectan la unidad del pueblo de Dios.

Esa situación se puede evitar en nuestras propias entidades eclesiásticas si reconocemos que la iglesia pertenece a todos sus miembros, no solo a los líderes. La participación de la comunidad de creyentes en todos los niveles de la organización de la iglesia es crucial. Los miembros de la comunidad deben evitar los elementos humanos que afectan negativamente la unidad, desde la congregación local hasta los organismos regionales que tienen la supervisión de zonas geográficas más grandes. El liderazgo es una gran responsabilidad, pero Dios promete sabiduría a quienes lo procuren: «El temor de Jehová es el principio de la sabiduría; el conocimiento del Santísimo es la inteligencia» (Prov. 9: 10; 4: 1-9).

El cisma en Corinto

Pasando al Nuevo Testamento, encontramos más ejemplos de desunión entre el pueblo de Dios. Parece que la naturaleza humana se inclina de forma generalizada hacia el egoísmo y actúa de manera independiente: rasgos de carácter peligrosos que destruyen la obra de Dios. De todas las Epístolas de Pablo, 1 Corintios es la más centrada en el tema de la unidad de la iglesia y en los problemas que estaban dividiendo a aquella nueva comunidad cristiana. Alguien de la casa de Cloé, probablemente un dirigente de una iglesia de Corinto (1 Cor. 1: 11), compartió con Pablo los problemas que habían surgido en medio de ellos. Aquí está la larga lista según aparece en esta Epístola:

• Facciones y grupos entre los creyentes sobre la base de quién bautizó a quién (caps. 1-3).

• Una situación inmoral entre los Corintios: un joven vivía con la esposa de su padre (cap. 5).

• Demandas entre creyentes (cap. 6).
• Confusión sobre el matrimonio, el celibato y el divorcio (cap. 7).

• Disputas respecto a la carne de animales sacrificados a los ídolos (caps. 8-9).

• Caos y confusión en los servicios de adoración (caps. 11, 14).

• Confusión sobre el uso y mal uso de los dones espirituales (caps. 12-14).

• Confusión sobre lo que sucede después de la muerte. Si habrá una resurrección y cómo será la misma (cap. 15).

Los primeros cuatro capítulos de la carta son un llamado a la unidad, y el primer problema que aborda Pablo es la división y las disputas personales. De lo que leemos en 1 Corintios 1: 10-17, parece que los corintios estaban discutiendo acerca de cuál enseñanza era superior, o más fiel a la Escritura. Los creyentes estaban divididos en bandos de acuerdo con quienes los habían instruido en la fe. Su división se apoyaba en la interpretación y comprensión que debía prevalecer. Algunos seguían a Pablo, otros a Apolos y otros a Pedro. Incluso hubo un bando que seguía a Cristo y esa parece ser la reprensión irónica que hace Pablo a un grupo de creyentes que no parecía entender que ellos también eran parte del cisma.

Por supuesto, aquellas facciones constituían una lealtad «reverente» pero distorsionada hacia una destacada personalidad. Más adelante en la Epístola (1 Cor. 3: 5-15), Pablo enfatiza que cada uno de los dirigentes que ellos profesaban seguir eran ante todo siervos de Dios y que hacían la obra de Dios. Pablo, Apolos y Pedro no debían ser causa de división entre ellos. Cada apóstol tenía una tarea que cumplir para Dios; todos eran siervos de él para su gloria, no la de ellos. La principal preocupación de Pablo era resguardar la unidad de la iglesia.

La solución de Pablo para aquel cisma fue sencilla, aunque requería valor implementarla. Les recuerda a los corintios que los cristianos están llamados a seguir a Cristo y no a un ser humano, por talentoso o talentosos que sean. Mientras que aquellos primeros creyentes parecen haberse dividido a lo largo de líneas «partidarias», el apóstol declaró inequívocamente que esa división no estaba de acuerdo con la voluntad de Dios. Él afirma que la unidad cristiana se centra en Cristo y en su sacrificio en la cruz (1 Cor. 1: 13). Por lo tanto, la unidad cristiana encuentra su origen en la adoración de un Señor: Jesucristo. Al pie de la cruz, todos estamos en el mismo nivel del suelo que pisamos. Nos bautizamos siguiendo el ejemplo de Jesús, el único que puede limpiarnos del pecado. Esas realidades alimentan la fe del creyente y son motivo de celebración. Pablo advierte a los corintios respecto a la sabiduría del mundo, a los peligros de alardear y a la necesidad de ellos de reenfocar su fe en Jesús.

Hay cuatro ideas para sanar la división producida por los cultos a la personalidad. Pablo las comparte en los primeros dos capítulos de su Carta.

• Glorificar a Dios. Pablo rechaza los valores de los oradores hipnóticos que se glorifican a sí mismos. Toda la gloria debe ser dada a Dios, no a los seres humanos. Pablo no predicó el evangelio en Corinto para llamar la atención o para iniciar un movimiento religioso en su nombre (1 Cor. 1: 17).

Cristo crucificado. Para aquellos que esperan algo impresionante e irrefutable, Pablo predica algo extraño e inesperado: a Cristo crucificado. Algunos judíos esperaban un Mesías que destruyera a sus enemigos y que estableciera un reino glorioso en la tierra. La crucifixión de Jesús constituyó un obstáculo para ellos. Jesús no cumplió con sus expectativas por lo que lo rechazaron como el Mesías. Por otro lado, los griegos tenían una cosmovisión que no concebía que Dios se hiciera humano con el fin de redimir a la humanidad. Para ellos esa creencia era una tontería y una estupidez. Sin embargo, para Pablo, que se encontró con Jesús y experimentó los resultados de su ministerio, Jesús era la solución para todos los infortunios humanos (1 Cor. 1:22-23). (

Justicia y santidad. Para Pablo, únicamente Dios merece nuestros elogios. Debido a la muerte de Cristo en la cruz, los cristianos nos beneficiamos en base a tres nuevas realidades: (1) Justicia; somos justificados y perdonados. (2) Santidad; somos apartados para servir a Dios. (3) Redención; somos libres de la esclavitud del pecado. Esas nuevas realidades moldean nuestra vida como comunidad para el reino de Dios (1 Cor. 1: 30-31).

Enfocarse en la cruz. Cualquier enfermedad o problema en la iglesia se remedian al reenfocarse en la cruz. Cristo crucificado es más que perdón y salvación. Es un faro que ilumina el camino para la vida y el ministerio cristiano (1 Cor. 2: 1-2).

Los adventistas del séptimo día, así como los demás grupos cristianos, no podemos darnos el lujo de creer que la unidad de fe y misión es algo inherente. Al igual que la iglesia en Corinto, la iglesia de hoy puede experimentar divisiones y disputas que socavan su unidad. Las palabras imperecederas de Pablo ofrecen una cura para la enfermedad de la desunión y las luchas internas. Únicamente el amor y el señorío de Cristo pueden trascender a las disputas y las contiendas.

«Vendrán lobos»

Pablo a menudo enfrentó oposición durante su ministerio. También esperaba que fuera difícil conservar la pureza del evangelio de Jesucristo después de su ausencia. En su despedida a los ancianos efesios (Hech. 20: 17-38), se inspiró en la analogía del atalaya de Ezequiel 33: 1-6 para exhortar a sus amigos a asumir la responsabilidad de salvaguardar el evangelio. Debían ser fieles pastores de sus congregaciones. El uso que hace Pablo de la expresión «lobos rapaces» para describir a los falsos maestros (Hech. 20: 29), recuerda la advertencia parecida de Jesús respecto a que los falsos maestros se disfrazarían con pieles de ovejas (Mat. 7: 15). Poco después de que Pablo pronunciara esa advertencia, surgieron falsos maestros y atacaron a los creyentes en las iglesias asiáticas que él había establecido.

Pablo ofrece advertencias adicionales a las iglesias de Asia Menor en otras de sus cartas, con relación a las posibles causas de la desunión. En Efesios menciona «palabras vanas» (Efe. 5: 6) y «no participéis en las obras infructuosas de las tinieblas» (v. 11). En Colosenses, se refiere a la «filosofía y huecas sutilezas» y a «las tradiciones de los hombres» (Col. 2: 8). En 2 Timoteo, también advierte a Timoteo su amigo y colega, diciendo que él es responsable de la iglesia de Efeso, respecto a los malos comportamientos, los errores en la iglesia y la impiedad en los últimos días (2 Tim. 3: 1-9).

Hablando de la situación de Timoteo, la recomendación de Pablo es doble. Primero, Timoteo debe buscar la aprobación de Dios y evitar la vergüenza de no usar «bien la palabra de verdad» (2 Tim. 2: 15). El antídoto para las disputas sobre palabras inútiles y especulaciones es entender y enseñar correctamente la Palabra de Dios. Las verdades de la Biblia deben interpretarse correctamente para que ninguna parte de las Escrituras se oponga a la imagen completa presentada en la misma, y para evitar malas interpretaciones que causen una pérdida de fe en Jesús. Los asuntos secundarios deben estar subordinados a los principios de la Palabra de Dios, una guía que permite a los creyentes vivir vidas cristianas victoriosas.

La segunda recomendación de Pablo es que Timoteo «evite las profanas y vanas palabras» (2 Tim. 2: 16). Los temas triviales y especulativos no deben ser parte del ministerio de enseñanza de un ministro fiel y digno. Las conversaciones triviales y abstractas solo conducen a más impiedad y no edifican la fe de los creyentes. La verdad conduce a la piedad y a la armonía en la iglesia. La razón por la que Timoteo insta a los creyentes a evitar esos errores es que pueden entrar fácilmente a la iglesia como una plaga o una enfermedad (v. 17). Al final, una confianza firme en la enseñanza de la Palabra de Dios es el antídoto contra las doctrinas falsas y la amenaza de la desunión (2 Tim. 3: 14-17).

La Biblia, escrita para nuestra instrucción, ofrece muchos ejemplos de situaciones que llevaron a la desunión. En cada caso, los elementos de la naturaleza humana que generan división entre el pueblo de Dios incluyen el egoísmo, el interés propio, el amor al poder y la falta de respeto a la Palabra de Dios. La naturaleza humana es engañosa sobre todas las cosas y naturalmente, conduce a un enfoque en el yo y en la desunión. El primer paso para preservar la unidad entre el pueblo de Dios es estar conscientes de esta tendencia humana natural, aupque pecaminosa.


Referencias:

1. Elena G. de White, Profetas y reyes (Doral, Florida: IADPA, s. f.), Introducción, p. 12.

2. Carolyn Custis James, The Gospel of Ruth: Loving God Enough to Break the Rules (Grand Rapids: Zondervan, 2008), p. 48.

3. The New American Commentary, (Nashville: Broadman & Holman, 1995), t. 8, p. 182.

4. Elena G. de White, Profetas y reyes, cap. 6, p. 60.