CAPÍTULO 4 Cristo, la clave de la unidad

E1 apóstol Pablo expresó una profunda preocupación por la unidad entre los seguidores de Cristo e hizo de esto el tema central de su Epístola a los Efesios. En aquel momento Éfeso era un destacado centro de comercio en Asia Menor. La iglesia cristiana en Éfeso incluía a judíos, a gentiles, a esclavos, a personas libres y a otros ciudadanos de Europa y de Asia Menor. De no ser por Jesucristo y por la unidad que tenían en él ese grupo tan diverso podría haber sido muy propenso al conflicto, al igual que el mundo en el que vivían.

En esta Epístola, el concepto de unidad que Pablo presenta tiene dos dimensiones: (1) Unidad en la iglesia, donde judíos y gentiles se reúnen en un solo cuerpo: en Cristo. (2) Unidad en el universo, en el que todas las cosas en el cielo y en la tierra encuentran su unidad final en Cristo. La fuente de esa unidad es Cristo, su muerte y resurrección. Pablo usa la expresión «en Cristo» o «con Cristo» más de treinta veces en dicha epístola, para mostrar lo que Dios ha logrado en favor de nosotros y para el universo a través de la vida, la muerte y la resurrección de Jesucristo. El propósito principal de Dios en el plan de salvación es reunificar todas las cosas a través de él. Cristo es la clave de la unidad, analicemos los cuatro temas importantes con respecto a la unidad que surgen en esta carta a los efesios.

Bendición en Cristo

Pablo comienza presentando las bendiciones que los cristianos han recibido en Cristo. «Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo» (Efe. 1: 3). Los seguidores de Jesús tienen muchos motivos para alabar a Dios porque a través de Jesús él los ha adoptado para que lo representen ante el mundo. En Jesús, tienen un futuro brillante como embajadores de las bendiciones espirituales que han recibido.

En este primer texto, Pablo emplea varias imágenes para describir una nueva relación con Dios: en Cristo. De estas imágenes, la de la adopción encierra más estrechamente el tema de la unión y la unidad. En Cristo, hemos sido adoptados y ahora pertenecemos a la familia de Dios. Él «nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuéramos santos y sin mancha delante de él. Por su amor, nos predestinó para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad» (Efe. 1: 4-5).

La imagen de la adopción se refiere al pacto de Dios con los hijos de Israel (Deut. 7: 6-8). En el contexto de las epístolas de Pablo, los gentiles que aceptan a Jesús como el Mesías también son hijos de Dios, herederos de las promesas hechas a Israel (Rom. 8: 17; Gál. 4: 7). El beneficio de esta relación con Cristo es el fundamento de toda la unidad cristiana.

Este pasaje también nos dice que siempre ha sido el propósito de Dios reunir a toda la raza humana en Cristo. «Él nos dio a conocer el misterio de su voluntad, según su beneplácito, el cual se había propuesto en sí mismo, de reunir todas las cosas en Cristo, en el cumplimiento de los tiempos establecidos, así las que están en los cielos como las que están en la tierra» (Efe. 1: 9-10).

Derribando los muros

Un segundo tema en la Epístola es el argumento de que la unidad de la iglesia tiene sus raíces en una nueva identidad que los cristianos recibimos en Cristo. Como resultado del pecado y de los acontecimientos de la Torre de Babel, algunas de las divisiones más profundas entre los seres humanos son producto de las diferencias de idioma, origen étnico, raza y religión. En muchas sociedades, diferentes grupos étnicos o religiosos se visten de manera distinta. En otros países, las cédulas de identidad indican el origen étnico o la religión del portador, abriendo una puerta de entrada a privilegios y restricciones con las que la gente vive a diario. Cuando surgen guerras o conflictos, esas distinciones a menudo se convierten en catalizadores para la represión y la violencia.

Pablo señala una mejor vida para la comunidad cristiana en Efe-sios 2: 11-18. Allí invita a los efesios a recordar cómo eran sus vidas antes de recibir la gracia de Dios en Cristo. Las diferencias culturales crean animosidad y conflicto entre grupos de personas, pero la buena noticia es que en Cristo todos somos un pueblo, con un Salvador y un Señor, que son los elementos comunes. Todos pertenecemos por igual al pueblo de Dios. «Pero ahora en Cristo Jesús, vosotros que en otro tiempo estabais lejos, habéis sido hechos cercanos por la sangre de Cristo» (Efe. 2: 13).

Según Josefo, el antiguo templo en Jerusalén tenía un muro de separación para distinguir las secciones que eran únicamente accesibles para los judíos étnicos. Aquella pared tenía una inscripción que prohibía a los extranjeros ir más lejos, bajo pena de muerte.1 Pablo fue acusado de transgredir dicha norma cuando ingresó al templo después de su tercer viaje misionero. Fue arrestado y acusado de llevar a la sección judía del templo a un efesio llamado Trófimo (Hech. 21: 29). Eso le confiere un mayor peso al argumento de Pablo de que Cristo «es nuestra paz, que de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación» (Efe. 2: 14). Ya sea que se trate de una alusión directa al muro de separación del templo de Jerusalén o no, la misma sigue siendo una imagen poderosa. «Los lectores modernos, así como los primeros lectores de Éfeso, probablemente reciban un mayor impacto al considerar esta imagen como una referencia directa a la separación social».2

En Cristo, todos los creyentes son descendientes espirituales de Abraham y reciben la circuncisión del corazón. La circuncisión física que Dios requirió de Abraham apuntaba a la circuncisión espiritual que todos los creyentes recibirían en Cristo (Deut. 10: 16). «En él también fuisteis circuncidados con circuncisión no hecha por mano de hombre, sino por la circuncisión de Cristo, en la cual sois despojados de vuestra naturaleza pecaminosa» (Col. 2: 11).

Mientras el mundo experimenta constantes conflictos étnicos y religiosos, Pablo argumenta que Cristo es «nuestra paz»; algo aplicable a todos aquellos que consideran a Cristo su Señor y Salvador. Esa relación espiritual es la base de la unidad cristiana: es una unidad espiritual que aglutina a todos los cristianos. Qué desafortunado es que para un gran número de cristianos la naturaleza pecaminosa que los dominaba antes de que conocieran a Cristo (Efe. 2: 1-3) continúe activa y obstaculice el cumplimiento de ese vínculo de unidad. La verdadera unidad en Cristo debe transformar las diferencias culturales para que sean un motivo de celebración, en lugar de causar conflictos. Las iglesias se renovarían, las comunidades y los barrios se transformarían y el mundo vería menos guerras y conflictos si todos los cristianos, independientemente de su afiliación a una iglesia, reconocieran y vivieran esta nueva realidad en Cristo.

Los nuevos marcadores de identidad de los seguidores de Cristo son sencillos aunque cruciales. Por tanto, como Pablo dice: «ya no sois extranjeros ni forasteros, sino conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios» (Efe. 2: 19). Los seguidores de Cristo tienen una nueva identidad que trasciende a todos los demás rasgos étnicos, culturales, lingüísticos y religiosos. Como hijos de la misma familia y nuevos ciudadanos del reino de Dios, esa nueva identidad trae nuevos desafíos a la comunidad de la fe.
Un cuerpo

Pablo presenta un tercer tema en relación con su profundo interés en la unidad de la iglesia, en los primeros versículos del capítulo 4. Él comienza con una exhortación a la unidad (Efe. 4: 1-3) y sigue con una lista de los siete elementos que unen a los creyentes (vers. 4-6). Si bien la unidad es un elemento que los creyentes ya poseen y es también un objetivo para ser abrazado y nutrido (vers. 3,13).

Pablo es práctico en los consejos que brinda a los Efesios. La unidad que existe entre personas de diferentes patrimonios culturales y orígenes étnicos no es un mito o un concepto teórico, es una realidad que requiere que «andéis como es digno de la vocación con que fuisteis llamados» (Efe. 4: 1). «Debido a todo lo que Dios ha hecho por nosotros para proporcionarnos la salvación y convertirnos en una morada espiritual de Dios en el espíritu, una morada en la que judíos y gentiles estén unidos como en un cuerpo, debemos vivir como las personas en las que nos hemos convertido».3 Esos seguidores de Cristo exhiben humildad, mansedumbre, paciencia y amor entre sí (ver. 2). El resultado práctico de dichas virtudes y gracias en la vida de los cristianos ayuda a mantener la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz (ver. 3). Todos esos atributos están arraigados en el amor (1 Cor. 13: 1-7). La práctica activa del amor conserva las relaciones entre hermanos y hermanas y promueve la paz y la unidad en la comunidad cristiana y más allá. La unidad en la iglesia manifiesta el amor de Dios en formas que los no creyentes y las naciones en general no pueden explicar de otra manera. «Es importante reconocer que la unidad es algo concedido por el Espíritu, no algo que nosotros hayamos creado. Se basa en la unidad de Dios y en la unidad del evangelio, que obra por igual para toda persona».4

Los versículos 4 al 6 de Efesios 4 son a menudo citados con relación a la unidad en la iglesia. Hay «un solo cuerpo y un solo Espíritu, como fuisteis también llamados en una misma esperanza de vuestra vocación; un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos, el cual es sobre todos y por todos y en todos». La unidad de la iglesia a la que Pablo se refiere está teológicamente centrada en el Espíritu Santo (un cuerpo, un Espíritu, una esperanza); en Cristo (una fe, un bautismo, un Señor); y en el Padre (un Dios y Padre de todos). Según Everett Ferguson:

«Estos siete elementos forman parte de los "supuestos" del cristianismo. Esa unidad ya ha sido provista por Dios en las cosas más importantes. Compartir dichos elementos fundamentales proporciona una base amplia y sólida para la unidad. Lo que divide parecen menos formidables al observar las cosas que nos unen, [...]. En cierto sentido, estar dividido equivale a decir que Dios no ha hecho lo suficiente para producir la unidad; equivale a minimizar los aspectos más importantes de la fe cristiana».5


Elena G. de White ofreció el siguiente comentario sobre este de la Epístola a los Efesios durante un período en que los advent(iaP,lU,0 séptimo día fueron testigos de un gran crecimiento en su mlmb* de una amplia expansión geográfica que desafiaron su unidad: ^ V

«El apóstol exhortó a sus hermanos a manifestar en su vida el poder de 1 verdad que les había presentado. Con mansedumbre y bondad, tolerancia v amor, debían manifestar el carácter de Cristo y las bendiciones de su salva ción. Hay un solo cuerpo, un Espíritu, un Señor, una fe. Como miembros del cuerpo de Cristo, todos los creyentes son animados por el mismo espíritu y la misma esperanza. Las divisiones que haya en la iglesia deshonran la religión de Cristo delante del mundo, y dan a los enemigos de la verdad ocasión de justificar su conducta. Las instrucciones de Pablo no fueron escritas solamente para la iglesia de su tiempo. Dios quería que fuesen transmitidas hasta nosotros. ¿Qué estamos haciendo para conservar la unidad en los vínculos de la paz?».6

Los dirigentes de la iglesia y la unidad

La provisión que hace Dios para fomentar la unidad de la iglesia a través de los dones espirituales relacionados con el liderazgo es el cuarto tema relacionado con la unidad de la iglesia. En cierto sentido, todos los cristianos son ministros y siervos de Dios y del evangelio. En el bautismo, cada creyente se compromete con la misión de la iglesia. La Gran Comisión de Mateo 28: 19-20 es una asignación dada a todos los cristianos: vayan, hagan discípulos de todas las naciones, bauticen y enseñen. El ministerio no se asigna a unos pocos privilegiados, sino a todos los que profesan el nombre de Cristo. Por lo tanto, nadie puede reclamar la exención del servicio y tampoco ningún dirigente de la iglesia puede reclamar un ministerio exclusivo. Los dones espirituales de liderazgo se dan para beneficiar a la unidad de la iglesia. Asimismo, se necesitan líderes para fomentar, promover y alentar la unidad. El estilo de liderazgo de Jesús debe guiar la práctica del ministerio. Él vino para servir a los demás y no para ser servido (Mat. 20: 25-28).

La lista de Pablo de dones de liderazgo registrada en Efesios 4: 11 («a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros»), nos dice que esas fondones tienen el propósito de capacitar al pueblo de Dios para la tarea del ministerio (ver. 12). Ayudar a los demás a cumplir su servicio para Cristo y a edificar el cuerpo de Cristo es responsabilidad de aquellos que en la iglesia están especialmente dotados: «a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo». El reformador francés del siglo XVI, Juan Calvino, al comentar sobre este concepto, dijo: «Nuestra verdadera plenitud y perfección consiste en estar unidos en el cuerpo de Cristo».7 Dios siempre ha querido que la iglesia sea una comunidad donde sus hijos sean edificados, fortalecidos y perfeccionados.

Sin embargo, existe una fuerte pasión por la independencia y un desdén por la responsabilidad. La sociedad occidental, en particular, está afectada por esta inclinación. Sin embargo, Pablo nos recuerda que ningún cristiano está solo en este mundo y que formamos una comunidad de fe contando con líderes espirituales para ayudarnos y alentarnos unos a otros en nuestra senda común. Unidos, somos parte del cuerpo de Cristo en el que encontramos fortaleza y aliento. De la misma manera, la Epístola a los Hebreos nos exhorta: «Mantengamos firme, sin fluctuar, la profesión de nuestra esperanza, porque fiel es el que prometió. Y considerémonos unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras, no dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos; y tanto más, cuanto veis que aquel día se acerca» (Heb. 10: 23-25).

Una comunidad dinámica donde existe y se fomenta la unidad también se caracteriza por el compañerismo y el servicio. Los adventistas del sépümo día a menudo comentan que a cualquier lugar que vayan, siempre encontrarán hermanos y hermanas en Cristo. Esa hermandad es un fruto del Espíritu.

Gregg Allison observa que «el compañerismo y la conexión que perciben los creyentes que cruzan culturas diferentes y se reúnen con cristianos de otras nacionalidades, etnias, grupos lingüísticos, nivel socioeconómico, sistemas políticos, niveles educativos y antecedentes religiosos; apuntan hacia otro factor que mejora la unidad: membresía en el cuerpo universal de Cristo».8


Referencias:

1. Josefo, Antigüedades judías 15. 11. 5; Las guerras de los judíos 5. 5. 2.

2. Stephen E. Fowl, Ephesians: A Commentary (Louisville, Kentucky: Westminster John Knox Press, 2012), p. 91.

3. Max Anders, «Galatians, Ephesians, Philippians and Colossians», The Holman New Testament Commentary (Nashville, Tennessee: Broadman & Holman, 1999), p. 148.

4. Klyne Snodgrass, Ephesians, The NIV Application Commentary (Grand Rapids. Michigan: Zonder-van, 1996), p. 198.
5. Citado en Gregg R. Allison, Sojoumers and Strangers: The Doctrine of the Church (Wheaton. Illinois: Crossway, 2012), pp. 172-173.
6. Elena G. de White, Testimonios para la iglesia, t. 5 (Doral, Florida: IADPA, 2008), cap. 25, p 221
7. John Calvin, The Epistles of Pablo the Apostle to the Galatians, Ephesians, Philippians and Colossians, (Grand Rapids, Michigan: Eerdmans, 1965), p. 181.
8. Allison, Sojoumers and Strangers, p. 173