CAPÍTULO 9
La verdad más convincente

|Elena G. de White comentó las palabras de Jesús registradas en ij Juan 17: 20-23, en un breve documento redactado en 1903: " «Esta unidad es para el mundo la prueba más convincente de la _ —majestad y la virtud de Cristo, y de su poder para quitar el pecado».1 En el último capítulo estudiamos cómo la unidad se hace visible a través de un mensaje común que está centrado en Jesús como Salvador y en las verdades de la Escritura. En este capítulo nos enfocaremos en la unidad visible de la iglesia según se manifiesta en las vidas cotidianas de los cristianos y en la misión de la comunidad de la iglesia.

De acuerdo con Jesús, la iglesia no solo proclama el mensaje de salvación de Dios: ella vive el evangelio cuando manifiesta unidad en su vida diaria. Eso equivale a decir que la iglesia permanece como un testigo visible de la obra redentora y del poder de Cristo en un mundo sumergido en el pecado y la división. Si la iglesia carece de unidad y solidaridad, su testimonio respecto al poder salvador de la cruz apenas sería notado por el mundo. A menudo escuchamos lK expresión de que una imagen equivale a mil palabras. Lo mismo sucede con la iglesia: su visible expresión de unidad y solidaridad pronuncia todo un torrente de palabras a un mundo que la observa. Nosotros podemos mostrar unidad al mundo a través de Cristo y testificar en formas prácticas de la fe que compartimos. Hay importantes conceptos bíblicos en el Nuevo Testamento que muestran cómo la comunidad cristiana puede hacer que sea más poderoso su testimonio visible.

A los pies de la cruz de Jesús

¿Será la unidad algo que necesita ser generado por las iglesias a través de esfuerzos incansables para lograr una reconciliación desde un punto de vista práctico? Desde luego que las iglesias tienen que esforzarse por lograr la unidad hasta cierto punto, pero se debe tomar en cuenta que la unidad de la iglesia es también un don, como muchas otras bendiciones espirituales que Dios le concede a su pueblo. El concepto de la unidad no es una creación humana generada mediante esfuerzos personales, buenas obras y grandes ideales; aunque todo eso es necesario. De hecho, Jesucristo crea la unidad a través de su muerte y resurrección. Entramos en unión con él y con los demás mediante la fe, al apropiarnos de su muerte y resurrección a través del bautismo y el perdón de los pecados. La unidad de la iglesia es ante todo una condición espiritual que se recibe a través de la fe en Cristo.

Dos pasajes clave del Nuevo Testamento reafirman este concepto de unidad a través de la muerte de Cristo. Los miembros del sanedrín de Jerusalén, al hacer planes para dar muerte a Jesús, escucharon a Caifás decir proféticamente que era mejor que un hombre, Jesús, muriera con el fin de evitar la persecución del pueblo judío a manos de los temidos romanos. El apóstol Juan hace una observación al respecto: «Esto no lo dijo por sí mismo, sino que como era el sumo sacerdote aquel año, profetizó que Jesús había de morir por la nación; y no solamente por la nación, sino también para congregar en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos» (Juan 11: 51-52). «El evangelista discernió en el pronunciamiento del sumo sacerdote un significado más profundo, incluso desconocido para el mismo Caifás que enunció una importante verdad divina relacionada con la naturaleza de la muerte de Cristo en la cruz. Mientras que Caifás habla en un sentido "puramente político", Juan invita a sus lectores a pensar en términos del Cordero de Dios "que quita el pecado del mundo". La muerte de Jesús anticipa la reunión de las naciones y su unidad en él (Juan 10: 14-16)».2 Asimismo, Pablo habla en la Epístola a los Efesios «de reunir todas las cosas en Cristo, en el cumplimiento de los tiempos establecidos, así las que están en los cielos como las que están en la tierra» (Efe. 1: 10).

Una idea clave en estos dos pasajes, tanto de Juan como de Pablo, es el impacto de la muerte de Cristo en la unidad de aquellos que la aceptan. Está claro que esa unidad es forjada por la muerte de Jesús y por una fe común en su redención. Además, los cristianos también experimentan esa unidad en Cristo a través del bautismo. «Porque todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús, pues todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis revestidos» (Gál. 3: 26-27). El bautismo es otro vínculo que simboliza la fe en Cristo. Todos los creyentes nacidos de nuevo y bautizados comparten una relación común en él. Este vínculo es la base de la unidad. Los cristianos tienen un Padre común, todos son hijos e hijas de Dios, y tienen un Salvador común en cuya muerte y resurrección han sido bautizados (Rom. 6: 3, 4). Este concepto bíblico es crucial y fundamental para toda unidad y testimonio visibles.

Un ministerio de reconciliación

Los desórdenes, problemas, guerras y conflictos con los que vivimos impactan nuestra vida a diario. Los cristianos primitivos experimentaron esa misma situación a causa de las diferencias existentes entre algunos grupos étnicos. Los muros de separación sociales que había entre ellos eran naturales y se levantaban sin mucho esfuerzo. Pero la esencia del plan de salvación de Dios en Cristo tenía un conjunto diferente de referencias para la iglesia. Pablo recalca en Efesios 2 que en Cristo se pone a un lado todo muro de separación, y que Cristo pudo mediante la cruz reconciliar a la iglesia con Dios «en un solo cuerpo, matando en ella las enemistades» (Efe. 2: 16). i

Pablo también presentó principios que muestran cómo Cristo actuó para traer la paz al proclamar a Cristo como nuestra paz (ver. 17): mediante su muerte en la cruz convirtió a judíos y gentiles en un pueblo y destruyó las barreras étnicas y religiosas que los separaban. Si Cristo pudo hacer eso con judíos y gentiles durante el primer siglo, ¿podrá también derribar las barreras raciales, étnicas y culturales que dividen a la iglesia hoy en día? ¡Sin dudas que él puede!

En 2 Corintios 5: 17-21, Pablo afirmó que en Cristo somos una nueva creación, reconciliados con Dios. De esa manera los creyentes reciben un triple ministerio de reconciliación como nuevas creaciones de Dios. Primero, la iglesia está formada por creyentes que alguna vez estuvieron distanciados de Dios, pero que a través de la gracia salvadora del sacrificio de Cristo ahora han sido unidos a Dios por el Espíritu Santo. Somos el pueblo elegido de Dios y somos su familia. Nuestro ministerio consiste en invitar a aquellos que aún están separados de Dios a que se reconcilien con él. Segundo, la iglesia es también el pueblo de Dios reconciliado el uno con el otro. Estar unido a Cristo significa que estamos unidos a nuestros hermanos creyentes. Esta no es solo una filosofía espiritual, debe ser una realidad visible. La reconciliación que trae paz y armonía entre hermanos y hermanas es un testimonio inequívoco presentado al mundo de que Jesucristo es nuestro Salvador y Redentor. Jesús dijo en el Evangelio de Juan: «En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tenéis amor los unos por los otros» (Juan 13: 35).

Tercero, a través de ese ministerio de reconciliación, la iglesia le dice al universo que el plan de redención de Dios es verdadero y poderoso. El gran conflicto entre el bien y el mal tiene que ver con Dios y con su carácter. En ese sentido, el universo ve la manifestación de la sabiduría eterna de Dios cuando la iglesia cultiva la unidad y la reconciliación (Efe. 3: 8-11). David Garland comenta en forma acertada que «El ministerio de la reconciliación implica más que únicamente explicar a los demás lo que Dios ha hecho en Cristo. Requiere que el creyente se convierta en un reconciliador activo. Al igual que Cristo, un ministro de reconciliación se sumerge en medio del tumulto humano para del caos sacar armonía, reconciliación del distanciamiento y llevar amor en lugar del odio».3

El ejemplo de Jesús

Quizás el acercamiento a la unidad más efectivo consiste en reflejar el ejemplo de Jesús en nuestras vidas y en nuestras relaciones con los demás. En 1902, Elena G. de White escribió el siguiente comentario: «Cada cristiano debería ser lo que Cristo fue en su vida en esta tierra. Él es nuestro ejemplo, no solamente en su pureza inmaculada, sino en su paciencia, cortesía y disposición amigable».4 Estas palabras nos recuerdan el llamado de Pablo a los filipenses: "Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús" (Fil. 2: 5). La vida en Cristo es un tema importante del Nuevo Testamento.

Muchos otros pasajes de las Escrituras invitan a los cristianos a seguir el ejemplo de Jesús para que sean testigos vivos de la gracia de Dios. Se nos invita a buscar el bienestar de los demás (Mat. 7: 12); a llevar las cargas ajenas (Gál. 6: 2); a vivir en forma sencilla y a enfocarnos en la espiritualidad interior en lugar de enfocarnos en la exhibición externa (Mat. 16: 24-26; 1 Ped. 3: 3-4); a practicar hábitos de vida saludables (1 Cor. 10: 31); y a tener vidas comprometidas con la idea de ayudar a los demás de manera sencilla y sin pretensiones (Mat. 25: 40).

Pablo recomendó a los efesios un tipo de vida muy elevado. Al final de Efesios 4, les aconsejó que fueran celosos y amables en sus relaciones con los demás y luego concluyó: «Sed, pues, imitadores de Dios como hijos amados» (Efe. 5: 1). A los colosenses les dijo algo parecido: «Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra» (Col. 3: 1-2). Esa actitud y estilo de vida impactarían sus relaciones con los demás y transformarían sus vidas en la iglesia. «Y todo lo que hacéis, sea de palabra o de hecho, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él» (ver. 17).

El apóstol Pedro brindó un consejo parecido. «Amados, yo os ruego como a extranjeros y peregrinos, que os abstengáis de los deseos carnales que batallan contra el alma. Mantened buena»vuestra manera de vivir entre los gentiles, para que en lo que murmuran de vosotros como de malhechores, glorifiquen a Dios en el día de la visitación, al considerar vuestras buenas obras» (1 Ped. 2: 11-12). ¿Con qué frecuencia subestimamos el impacto del carácter cristiano en aquellos que nos observan? La paciencia que se manifiesta en momentos de incomodidad, una vida disciplinada en medio de la tensión y el conflicto, un espíritu amable en respuesta a las palabras impacientes y duras; todo ello reflejará el espíritu de Jesús que hemos sido invitados a emular. Cuando los cristianos son testigos unidos en un mundo que no entiende el carácter de Dios, se convierten en un poder para el bien y para su gloria. Como representantes de Cristo, los creyentes deben ser conocidos no solo por su rectitud moral, sino también por su interés práctico en el bienestar de los demás, incluso en aquellos que no son creyentes. Si nuestra experiencia religiosa es genuina, se revelará e impactará al mundo en el que vivimos (Mat. 5: 16). Los cristianos como «peregrinos y advenedizos» en un mundo pecaminoso, pueden vivir sus vidas de una manera que impacte su comunidad y produzca un cambio social. Ese testimonio es el resultado de la unidad cristiana y fortalecerá la unidad entre los creyentes que comparten un objetivo común: reflejar el carácter de Jesús.

Unidad y tolerancia respecto a la diversidad

En Romanos 14 y 15, el apóstol Pablo aborda temas que estaban dividiendo profundamente a la iglesia en Roma. Su respuesta a esos problemas consistió en invitar a los creyentes romanos a mostrar tolerancia y paciencia entre ellos, evitando que la iglesia se dividiera por esa causa. Se pueden aprender importantes lecciones de este consejo respecto a dos asuntos que dividían a la comunidad de la fe: qué comer o no comer; qué días observar como días santos.

Sabemos que en las costumbres religiosas, tanto romanas como judías, del primer siglo había algunas normas y restricciones respecto a la comida y a los días especiales. Los asuntos que Pablo discutió en estos capítulos probablemente tenían que ver con impurezas religiosas y ceremoniales, lo que habría impedido que algunas personas participaran plenamente en las asambleas cristianas. Ese problema también se discute en otras cartas de Pablo (Gál. 2: 11-14, Col. 2: 16-19). De acuerdo con Pablo en Romanos 14: 1, esas actitudes equivalen a «entrar en discusiones» (NVI), o a contender sobre «opiniones», señalando que las mismas no eran temas para la salvación.

Esas disputas primero giraron en torno a comidas y bebidas. El problema que abordó Pablo no tenía que ver con el consumo de carnes de los animales prohibidos en Levítico 11. No existen evidencias convincentes de que los primeros cristianos comenzaran a comer cerdo u otros animales inmundos durante la época de Pablo y sabemos que tampoco Pedro comió ningún alimento de ese tipo (Hech. 10: 14). Además, el hecho de que los «hermanos débiles» solo comieran hortalizas (Rom. 14: 2) y que la controversia también involucrara bebidas (vers. 17, 21) indica que la preocupación se centraba en la impureza ceremonial. Esto se pone en evidencia al emplear el término «impuro» (koinos) utilizado en Romanos 14: 14. Ese término usado en la traducción griega de la Septuaginta se refería a animales impuros, no a los animales inmundos de Levítico 11. Un animal impuro era un animal limpio de acuerdo con las normas de Levítico 11; pero que había sido sacrificado a los ídolos, maltratado, o que había estado en contacto con otros animales inmundos.5 Había personas en la comunidad cristiana de Roma que no participaban en las comidas de confraternidad porque no estaban convencidas de que la comida estuviera adecuadamente preparada, o porque creían que dicha comida había sido presentada a los ídolos.

Lo mismo ocurre con algunos días denominados como sagrados. Los romanos observaban numerosos días religiosos y algunos de ellos eran considerados días malos o desfavorables por los cristianos. Los judíos también tenían muchos días religiosos dedicados al ayuno, y aunque el sábado es frecuentemente mencionado por los comentaristas como uno de esos días, es dudoso que Pablo lo haya incluido, o lo haya tenido en mente, ya que sabemos que él y sus colegas lo observaban de manera regular (Hech. 13: 14; 16: 13; 17: 2). Sin embargo, la manera de observar el sábado como lo solicitaban algunos romanos puede haber sido parte de la preocupación de Pablo, además de que sabemos que esa también fue una preocupación que Jesús expresó répetidamente en los Evangelios (Mar. 2: 23-28; 3: 1-6). El punto más importante para Pablo en estos versículos es que se debía ser tolerante con aquellos que eran sinceros y concienzudos al observar dichos rituales. La unidad entre los cristianos se manifiesta en la paciencia y la tolerancia, aunque no estemos exactamente de acuerdo con las demostraciones de fe y con las señales de experiencia espiritual. Por tanto, hay espacio para la diversidad en la expresión religiosa. Además, Pablo requiere una respuesta de amor hacia aquellos que en la iglesia desean adorar a Dios de manera diferente a la mayoría, debido a su herencia religiosa y étnica.

Los principios de tolerancia e indulgencia que aprendemos de este pasaje son de vital importancia para la unidad de la iglesia. Primero, Pablo afirma que nuestras vidas personales se viven en Cristo y que esa convicción marcará una diferencia en las relaciones interpersonales entre hermanos y hermanas. «Ninguno de nosotros vive para sí y ninguno muere para sí. Si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Así pues, sea que vivamos o que muramos, del Señor somos» (Rom. 14: 7-8). Pablo argumenta que «si los débiles y los fuertes recuerdan que el modelo de sus propias vidas ha sido fijado por aquel que es el Señor de los vivos y de los muertos, ellos pondrán a un lado sus disputas con el fin de vivir para él».6

De ese primer principio fluye un segundo. «No hagas que por causa de tu comida se pierda aquel por quien Cristo murió. No deis, pues, lugar a que se hable mal de vuestro bien, porque el reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo» (Rom. 14: 15-17). Pablo está definiendo aquí la verdadera pureza como santidad interna y justicia. La vida cristiana y las relaciones interpersonales dentro de la comunidad están marcadas por cualidades y virtudes internas, más que por estrictas regulaciones alimentarias y rituales religiosos.

Un tercer principio fundamental para la unidad de la iglesia se encuentra en Romanos 15: 5-7. «Y el Dios de la paciencia y de la consolación os dé entre vosotros un mismo sentir según Cristo Jesús, para que unánimes, a una voz, glorifiquéis al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo. Por tanto, recibios los unos a los otros, como también Cristo nos recibió, para gloria de Dios». Cuando algunos asuntos pequeños y opiniones secundarias amenacen nuestras comunidades, debemos recordar que el patrón de nuestro comportamiento es Jesucristo. La oración de Pablo es que la gloria de Dios se manifieste en la forma en que nos relacionamos unos con otros en Cristo. «Si la comunidad está dividida, siempre habrá algo que le faltará a su adoración».7

Este principio trascendente es otro concepto fundamental para la unidad de los cristianos: Pablo minimiza la importancia de las prácticas religiosas personales en aras de la unidad en el cuerpo de Cristo. Las preferencias personales no deben tener un nivel de importancia que domine la vida compartida de la mayor parte de la comunidad.


Referencias:

1. Elena G. de White, Hijos e hijas de Dios, p. 288.

2. Andreas J. Kostenberger, ]ohn (Grand Rapids, Michigan: Baker Academic, 2004), pp. 352-353.

3. David E. Garland, «2 Corinthians», The New American Commentary (Nashville, Tennessee: Broad-man & Holman Publishers, 1999), pp. 291-292.

4. Elena G. de White, En los lugares celestiales, p. 183.

5. La visión que Pedro recibe en Hechos 10: 9-16 menciona dos tipos de animales: inmundos (akathartos), e impuros (koinos). Tanto en Romanos 14 como en Marcos 7 el término empleado para referirse a anímales es el vocablo impuro (koinos), no el akathartos utilizado en Levítico 11 para catalogar a algunos animales como inmundos. Las traducciones bíblicas a menudo no hacen esa distinción y traducen ambas palabras como inmundo.

6. Frank I. Matera, Romans (Grand Rapids, Michigan: Baker Academic, 2010), p. 313.

7. Ibíd., p. 322.