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Las estaciones de la vida

 


En su contemplación de la vida, Salomón fue escribiendo sus profundas conclusiones en el libro de Eclesiastés. Consciente de que su reinado y su vida terminarían algún día, dejó palabras de sabiduría como un legado para sus hijos. Dado que todas las Escrituras están inspiradas por Dios y fueron escritas para nuestra guía, sus pensamientos también son útiles para nosotros (ver 2 Tim. 3: 16; Rom. 15: 4). Entre otras ideas importantes, Salomón enumera los peligros del placer (cap. 2), el valor de la sabiduría (caps. 7 y 9), así como la necesidad de una vida equilibrada (cap. 7). Lo más importante de todo, sin embargo, es recordar a Dios y obedecer sus mandamientos (caps. 11 y 12).

Es en el capítulo 3 de Eclesiastés donde encontramos la conocida y citada frase: «Hay una temporada para todo, un tiempo para cada actividad bajo el cielo» (vers. 1, NTV). Nuestra vida no es un simple capricho del azar. Nada de lo que ocurre es casualidad. El autor afirma que hay un tiempo designado para todo en la vida. Algunas temporadas son naturales, y otras llegan inesperadamente. Algunos cambios son graduales, mientras que otros son abruptos.

Pero en medio de todo, hay dos promesas que debemos recordar. Primero, las temporadas son indefectibles. Luego de que las aguas del diluvio bajaron, Dios le prometió a Noé:

«Mientras la tierra exista, habrá siembra y cosecha, frío y calor, verano e invierno, y días y noches» (Gén. 8:22).

Segundo, y lo más importante: en todas las etapas de la vida, Dios está a nuestro lado. Él nunca nos dejará ni desamparará (ver Gén. 28: 15; Deut. 31: 6, 8; Jos. 1: 5; Mat. 28: 20; Heb. 13: 5). Así que, ¡ánimo! Independientemente de la temporada en la que te encuentres, Dios está contigo.

El comienzo de las estaciones

Partiendo de un mundo de caos y oscuridad, Dios hizo de la tierra el hogar de los seres humanos, los animales y las plantas. «Porque él dijo, y fue hecho; él mandó, y existió» (Sal. 33:9). Durante los primeros tres días de la creación, Dios habló y ocurrieron cosas. Hubo luz, noche y día (Génesis 1: 3-5); la atmósfera, vital para la existencia de la vida, envolvió la tierra (versículos 6, 7); la tierra seca emergió de en medio de los océanos, y de ella brotaron árboles, plantas y hierbas (vers. 9-12).

Durante los siguientes tres días, Dios hizo luminarias en el cielo (vers. 14-19), criaturas acuáticas y aves (vers. 20-22), y animales terrestres de todos los tipos, formas y tamaños (vers. 24-25). En el sexto día, formó al ser humano a su propia imagen (vers. 26-28). Aunque pudo haber ordenado que todo apareciera de una sola vez, se tomó su tiempo para crear vida en la tierra, moldeando finalmente a Adán y Eva con sus propias manos.

Si leemos rápidamente el relato de la creación, podría ser fácil omitir algunos datos interesantes. El primer día, Dios creó la luz, pero no fue sino hasta el cuarto día que colocó las luces en el firmamento. Esto podría parecer extraño, pero tiene sentido comenzar la creación con la luz, ya que sin ella no podría existir la vida. En un sentido más filosófico, la separación física de la luz y la oscuridad tiene una alta carga simbólica sobre la realidad espiritual de que la luz y la oscuridad no pueden coexistir. «Yo [Jesús], la luz, he venido al mundo, para que todo aquel que cree en mí no permanezca en tinieblas» (Juan 12: 46). «Dios es luz y no hay ningunas tinieblas en él» (1 Juan 1: 5). La presencia de Dios, desde el primer día de la creación, trajo luz y vida a este mundo de oscuridad.

Las luces que creó en el cuarto día, además de proporcionar energía e iluminación, también las diseñó para servir a un propósito especial: «Separar el día de la noche, que sirvan de señales para las estaciones, los días y los años» (Gén. 1: 14). Por supuesto, este mundo perfecto no conocía las estaciones como las conocemos hoy. No había, por ejemplo, una estación lluviosa, «sino que subía de la tierra un vapor que regaba toda la faz de la tierra» (Gén. 2: 6). Además, el sol, la luna y las estrellas se establecieron como relojes celestiales para marcar la semana, de sábado a sábado, así como los meses y los años. En su recorrido por el firmamento, funcionarían como relojes celestes gigantescos y predecibles. La ciencia ha confirmado que estos cuerpos celestes no solo marcan los días, los meses y los años, sino que también ejercen una tremenda influencia sobre las mareas, la atmósfera y las estaciones. Sus efectos se sienten incluso en la vida humana, animal y vegetal. Dios los hizo para nosotros y para nuestro beneficio.

Estaciones predecibles

Benjamín Franklin bromeó: «Nada en este mundo es seguro, salvo la muerte y los impuestos». Los impuestos proporcionan ingresos a los gobiernos para financiar su operatividad y están sujetos a los caprichos de los legisladores. La muerte, por otro lado, alcanza a toda la humanidad (Eze. 18: 4; Rom. 6: 23).

El mismo Jesús se tuvo que enfrentar a la realidad de la muerte y los impuestos. Cuando los discípulos le preguntaron si debían pagarle impuestos a César, él respondió: «Den al César lo que pertenece al César [los impuestos] y den a Dios lo que pertenece a Dios [nuestra vida]» (Mat. 22: 21, NTV). Cuando la muerte se interpuso en su camino, la derrotó resucitando al hijo de la viuda de Naín (Luc. 7: 11-17), a la hija de Jairo (Mar. 5: 21-43) y a Lázaro (Juan 11). Al final, la derrotó de una vez y para siempre, regresando él mismo de la muerte.

Si bien nosotros no tenemos la mayoría de los asuntos de la vida bajo nuestro control, la decisión de evitar la muerte eterna y aceptar el regalo de la vida eterna de parte de Dios es nuestra. Jesús fue claro al afirmar que la vida consiste en mucho más que simplemente esperar la muerte. Él les dijo a sus discípulos: «Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia» (Juan 10: 10). También le dijo a Martha, la hermana de Lázaro: «Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente. ¿Crees esto?» (Juan 11: 25-26). Aunque es perturbador pensarlo, la verdad es que toda la humanidad avanza inexorablemente hacia el sepulcro. Sin la esperanza de la vida eterna, esa marcha predecible resulta lastimosa y desalentadora; pero con ella, esta vida representa solo un paso hacia la eternidad.

Cuando sucede lo inesperado

Más que cualquier otra figura bíblica, Job es conocido por las difíciles y dolorosas pruebas que le tocó soportar. Nos maravillamos de su fe y paciencia frente a la tragedia, preguntándonos cómo responderíamos nosotros ante pérdidas similares. Nos relacionamos con el dolor de Job porque nos recuerda mucho al nuestro. Seguimos su recorrido, que va de la alegría familiar al pozo de la desesperación, porque hemos atravesado el mismo valle oscuro de la sombra de la muerte. Cuando Dios finalmente lo vindica, nos deleitamos en el triunfo del bien y de la justicia, anhelando el día en que nuestras propias injusticias sean resarcidas.

Pero no todos los cambios inesperados son negativos. Las Escrituras registran historias de cambios imprevistos que colocaron a diversos personajes en posiciones de honor e influencia. Después de pasar años como esclavo y un período en prisión, José fue escogido por el Faraón para que fuera su segundo al mando (Gén. 41: 39-42). Moisés, el hijo adoptivo de la hija del Faraón, tuvo que huir para salvar su vida, pero más tarde emergió como el líder del pueblo de Dios (Éxo. 2-3). Daniel, el joven hebreo, fue promovido por Darío el medo y Ciro el persa a los puestos más elevados en sus gobiernos (Dan. 6: 28). Ester, la hija adoptiva de su primo judío, se convirtió en reina y esposa del rey Asuero (Ester 2). Pescadores y recaudadores de impuestos de Galilea se convirtieron en discípulos de Jesús y en pilares de la iglesia cristiana primitiva (Mat. 10:1-4; Efe. 2: 20). Saulo pasó de ser perseguidor a perseguido, de líder en el Sanedrín judío a líder en la iglesia cristiana, de fabricante de tiendas a misionero mundial (Hech. 9, 13-28). Estos héroes y muchos otros fueron interrumpidos inesperadamente en lo que hacían cuando Dios los llamó. Sin embargo, durante esas temporadas inesperadas en sus vidas, respondieron al llamado de Dios, aceptaron el desafío y Dios los usó de maneras poderosas.

Las estaciones no cambian repentinamente, sino de manera gradual. El invierno frío y estéril da paso a las flores y el verdor de los árboles en la primavera. Las tímidas lluvias de la primavera se evaporan con el calor del verano. El viento y la lluvia del otoño cierran el verano y desnudan los árboles. Pronto, el frío que se siente en el aire nos obliga a tener que vestir prendas más cálidas, y el invierno se instala hasta que la primavera comienza otro nuevo ciclo de estaciones.

El calendario asigna fechas específicas para el comienzo y el final de cada estación, pero las fechas de los equinoccios o los solsticios no cambian instantáneamente las estaciones. Las transiciones son graduales, casi imperceptibles.

Nosotros también cambiamos lenta y sutilmente. Los discípulos de Jesús cambiaron a medida que pasaron tiempo con él. Ellos eran personas sencillas, acostumbradas a las enseñanzas y tradiciones de su fe judía, y aunque el rabino galileo los sacudió como nadie lo había hecho, aún eran humanos y experimentaban celos y conflictos (Mat. 20: 20-24; Luc. 9: 46). Parecían carecer de fe, e incluso llegaron a abandonar a Jesús, negando que lo conocieran (Mar. 9: 28-29; Mat. 26: 56, 69-74). Sin embargo, al mismo tiempo, crecían espiritualmente y, finalmente, la gente pudo notar que eran diferentes. Incluso el discurso de Pedro cambió desde que conoció al Nazareno, y la transformación la notó el Sanedrín judío: «Se dieron cuenta de que [Pedro y Juan] eran hombres sin estudios ni cultura, se quedaron sorprendidos, y reconocieron que eran discípulos de Jesús» (Hech. 4: 13).

Una calcomanía en el parachoques de un automóvil proclamaba que «los cristianos no son perfectos, solo han sido perdonados». El apóstol Pablo reconoció esta realidad y señaló que en el proceso de crecimiento en Cristo hay muchas batallas que pelear, y que en ocasiones las perdemos. Sobre su propia lucha, escribió: «Lo que hago, no lo entiendo, pues no hago lo que quiero, sino lo que detesto, eso hago» (Rom. 7: 15). Pero al final de su experiencia, también pudo escribir: «He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe» (2 Tim. 4: 7). Esto es lo que el crecimiento en Cristo hace por nosotros.

Cambiamos diariamente y, aunque nosotros no notemos la transición, muchas veces los demás sí la notan. «Cuanto más contemplemos el carácter de Cristo, y cuanto más experimentemos su poder salvador, más agudamente nos daremos cuenta de nuestra propia debilidad e imperfección, y más fervientemente consideraremos a Cristo como nuestra fortaleza y nuestro Redentor».1

Las interacciones

Las áreas tropicales, cercanas al ecuador terrestre, gozan de un clima más cálido que el frío de los polos norte y sur. Pero a medica que nos alejamos del ecuador hacia los confines de los hemisferios norte y sur, las cuatro estaciones se marcan más claramente. Cada época del año trae su propia belleza. Los colores brillantes del otoño contrastan con la blanca nieve del invierno, y la primavera las supera a todas con su explosión de vida. El verano invita a la gente a estar al aire libre, ir a nadar o simplemente disfrutar del sol.

Los que viven en climas tropicales no se preocupan por las carreteras resbaladizas en el invierno o por el frío del otoño, ya que, durante todo el año, disfrutan del calor y la luz del sol. Pero incluso en los trópicos, los países con montañas altas pueden tener climas muy diferentes a medida que uno sube desde el nivel del mar a tierras más altas. Tal vez el escritor del Eclesiastés reconoció estas diferencias y se inspiró en las estaciones para recordarnos que debemos valorar nuestras diferencias. No se gana nada comparándonos entre nosotros, y la Biblia hace todo lo posible para mostrar las relaciones diversas y únicas que ayudaron a muchos a transitar por las diversas estaciones de la vida.

Dios creó a Adán precisamente para que desarrollara relaciones. Dios dijo: «No es bueno que el hombre esté solo» (Gen. 2: 18). Después de darle vida a Adán, creó a un ser igual, Eva, para que fuera su compañera. Hoy, cada persona, ya sea que esté casada o no, necesita el aliento de los que la rodean. La familia de la iglesia en particular juega un papel importante en las vidas de aquellos que no están casados, rodeándolos con el amor y el apoyo que necesitan.

Elena G. de White hace una representación sencilla de lo que sucede en la familia y en la iglesia:

«Representémonos como un círculo grande desde el cual parten muchas rayas hacia el centro, el cual es Cristo. Cuanto más se acercan estas rayas al centro, tanto más cerca están una de la otra. Así sucede en la vida cristiana. Cuanto más nos acerquemos a Jesús, tanto más cerca estaremos uno del otro. Dios es glorificado cuando su pueblo se une en una acción armónica».2

Nos necesitamos mutuamente en el camino de la vida. Las transiciones son inevitables y a menudo dolorosas, pero viajar juntos lo hace más fácil. Salomón explicó:

«Mejor son dos que uno, pues reciben mejor paga por su trabajo. Porque si caen, el uno levantará a su compañero; pero, ¡ay del que está solo! Cuando caiga no habrá otro que lo levante. También, si dos duermen juntos se calientan mutuamente, pero ¿cómo se calentará uno solo? A uno que prevalece contra otro, dos lo resisten, pues cordón de tres dobleces no se rompe pronto» (Ed. 4:9-12).

El cantante Harry Chapin escribió sobre las estaciones de la vida y declaró: «Toda mi vida es un círculo».3 La Biblia, sin embargo, va más allá del círculo repetitivo de Chapin, ya que describe la vida como algo más que una simple repetición de experiencias sin fin, propósito y significado. Cada día es una nueva oportunidad para observar cómo Dios nos dirige en el viaje al cielo y la eternidad con él. A través de los años, él nos va llevando, anticipando siempre la próxima temporada de la vida.

Preguntas para reflexionar

1. ¿En qué estación de la vida te encuentras? ¿Qué tan satisfecho te sientes en ella? Si estás contento, ¿cómo puedes Aprovechar este momento de tu vida para ayudar a otros que puedan estar pasando por una temporada más difícil? Si no estás contento, ¿qué pasos puedes dar para la transición hacia una etapa más feliz?

2. ¿Cómo te preparas para lo esperado? ¿Y para lo inesperado?

3. Lee nuevamente Eclesiastés 3:1. ¿De qué manera el saber que hay un tiempo para todo afecta lo que piensas sobre las posesiones? Haz una lista de las diez cosas, responsabilidades y personas más importantes en tu vida. Anótalas por prioridad, desde lo más importante hasta lo menos importante. ¿Estás viviendo de acuerdo a tu lista de prioridades? Consulta estas citas mientras haces tu lista: Sal. 37: 3; Prov. 3: 27; Luc. 6: 27, 33; 10: 27; 12: 34.


Referencias:

1. Elena G. de White, Reflejemos a Jesús, p. 89.

2. El hogar cristiano, cap. 27, p. 169.

3. Harry Chapín, «Cirde», segundo tema del álbum Sniper and Other Lave Songs, Elektra Records, 1972, https://www.azlyrics.com/lyrics/harrychapin/cirde361389.html.