Lección 10- MATERIAL AUXILIAR PARA EL MAESTRO
El sábado enseñaré...

RESEÑA

Toda relación que se aventure a traspasar el umbral de meros conocidos tendrá “tiempos de dificultades”. La norma siempre debería ser la prevención mediante principios cristianos sabios. Pero, tarde o temprano, los conflictos se introducirán subrepticiamente incluso en las relaciones más estrechas y saludables. Felizmente, la Biblia está llena de conocimientos para garantizar que los conflictos no se conviertan en conflagraciones que destruyan familias y amistades.
Quizás a los cristianos nos pueda sonar como un consejo familiar trivial que se nos diga que amemos y seamos amables (Juan 13:34, 35), que vivamos en paz y en armonía unos con otros (Rom. 15:13-16) y que perdonemos (Efe. 4:31, 32); pero estas son exactamente las actitudes que olvidamos rápidamente en tiempos de conflicto. Tal vez lo más difícil de hacer en una situación emocionalmente exacerbada sea recordar que nuestro cristianismo debe ser palpable en esos momentos. Para expresarlo sin rodeos, se podría decir que nuestro testimonio cristiano se mantiene o cae, no cuando estamos en la iglesia, en oración o estudiando la Biblia, sino cuando nos encontramos en la privacidad de nuestros hogares, relacionándonos con nuestra familia.
Como es inevitable que los miembros de la familia hagan o digan cosas que finalmente lamentarán, el perdón se convierte en un componente clave en el análisis de los problemas familiares. Ser alguien que se apresure a perdonar, que no lleve un registro de los errores del pasado y que no resienta pasivamente a la otra persona (mientras simula el perdón) es verdaderamente milagroso. Una pareja compartió cómo su perdón tuvo que profundizarse una vez que se casaron: “Nuestros defectos de carácter se desparramaron por todas partes una vez que nos casamos. De simplemente aprender a perdonarnos por errores aislados, tuvimos que pasar a aprender a perdonar quién era la otra persona”. Para poder perdonar de esa manera y manifestar el perdón cristiano hacia nuestra familia, debemos mantener el perdón de Dios a través de Cristo en un lugar privilegiado (Efe. 1:7).

COMENTARIO Texto bíblico
El Sermón del Monte es una exposición sobre la santidad, un modelo de enseñanza ética, y se lo ha considerado el “Manifiesto del Reino”. Un manifiesto declara las intenciones y los objetivos de un Gobierno o un movimiento. La naturaleza y el carácter del reino que Jesús inauguró se exhiben en su sermón más famoso. No es de extrañar que sirva doblemente como un recurso rico en consejos familiares y en sabiduría. Los principios del Reino se desarrollan en el contexto de las relaciones. Por lo tanto, las relaciones familiares entran en juego como el objetivo de las intenciones del Reino de Dios.
La lección se refiere al consejo de Cristo: “¡Hipócrita! Saca primero la viga de tu propio ojo, y entonces verás bien para sacar la paja del ojo de tu hermano” (Mat. 7:5) como un principio que puede ayudar a evitar conflictos. Este versículo y el pasaje de contexto son probablemente la sección más usada y malversada de todo lo que Cristo haya dicho alguna vez. Por lo tanto, esta sección requiere una reflexión más profunda.
Si hay una frase en toda la Escritura que ha penetrado en el arsenal verbal de la cultura occidental, que conocen tanto cristianos como seculares, es: “No juzguéis, para que no seáis juzgados” (Mat. 7:1) Este aforismo, por supuesto, está en el contexto de lo que dice Jesús sobre “vigas” y “ojos”.
Desgraciadamente, esta frase ha sido absorbida por una cosmovisión relativista y se la utiliza constantemente para evitar que alguien diga que otro está haciendo algo malo; lo cual, por supuesto, sería “juzgar” a esa persona.
Para mantener esta discusión dentro de la esfera relacional, los matrimonios no llegarían muy lejos, o quedarían muy cercenados, si regularmente no se pudieran emitir juicios sobre lo que es correcto/incorrecto, bueno/malo, afectuoso/sin afecto o servicial/hiriente sin que se invoque el “No juzguéis” para terminar el diálogo. Cualquiera que esté familiarizado con la Biblia o con las enseñanzas de Jesús sabe que esta invocación indudablemente no es la aplicación correcta de esta frase. Entonces, ¿cuál es la aplicación adecuada de esta enseñanza de Cristo? ¿Cómo puede ser una clave para prevenir, e incluso resolver conflictos, especialmente dentro de la familia? Quizás el mejor lugar para comenzar a entender el propósito de Mateo 7:1 al 5 sea visualizar la imagen que Jesús pinta. Por cierto, no se trata de negar la existencia de los problemas en nuestra familia o en la de los demás.
Los problemas del tamaño de las vigas (d????: madera del tamaño del revestimiento del piso en el templo de Salomón, 1 Rey. 6:15, LXX) sobresalen de los ojos. Pero aquí está el notable contraste que hace Jesús. Aquellos con grandes problemas, las vigas, corrigen o reprenden a quienes tienen problemas más pequeños, que Jesús compara con la paja. Y lo hacen de una manera hipócrita (Mat. 7:5). Es esta postura de confrontación lo que es tan perjudicial para las relaciones: el que comete el pecado flagrante, quizás en un estado de negación total, ataca un pecadillo que identifica microscópicamente en otro. A menudo, la mejor manera de ocultar las fallas propias es atacar vilmente a los demás por sus fallas. Este comportamiento es una receta para el desastre en las relaciones, el matrimonio y la familia incluidos.
Curiosamente, Jesús da esperanzas de que ambos puedan estar frente a frente, libres de sus impedimentos oculares. Esta esperanza es una buena noticia para las relaciones entre esposos, esposas, padres, hijos y hermanos.
Nuestros problemas o pecados no tienen que tener la última palabra al socavar nuestras relaciones con los demás. Los conflictos no tienen por qué ser avasalladores, pero, aunque no sea fácil, hay que prestar atención al sencillo mandato de Jesús: “Saca primero la viga de tu propio ojo, y entonces verás bien para sacar la paja del ojo de tu hermano” (Mat. 7:5). Por ende, esta es la postura de prevención y resolución cuando los conflictos amenazan las relaciones: (1) Antes de corregir los problemas de los demás, debemos adoptar la actitud de que nuestros propios problemas son mayores. (2) Pedir a la otra persona que señale los puntos ciegos (vigas) negados o sin resolver en nosotros. (3) Pedir perdón por los pecados propios que, si son vigas, han estado haciendo mucho más daño en la relación que la paja que esperaba corregir. (4) Si las cosas van bien, podemos preguntar (Mat. 7:7) si ahora es un buen momento para compartir las preocupaciones que tenemos con respecto a nuestra pareja para el crecimiento y la preservación de la relación. Los consejos de Cristo, la presencia de su Espíritu y una actitud humilde y dócil serán de gran ayuda en la prevención y la resolución de conflictos. Los ataques críticos e hipócritas de las faltas de los demás serán ineficaces para resolver cualquier cosa y posiblemente solo induzcan a la misma respuesta. Jesús sabía esto y, por lo tanto, advirtió: “No juzguéis, para que no seáis juzgados” (Mat. 7:1).

El perdón

El secreto (si se lo puede llamar así) de ser un perdonador experimentado es vivir la vida de los perdonados: “Sed benignos unos con otros [...] perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo” (Efe. 4:32). Pero aceptar intelectualmente que Dios nos ha perdonado es diferente de vivir la vida como alguien que ha sido perdonado. En ninguna parte de las Escrituras esta diferencia es más llamativa que en la famosa parábola de Jesús sobre el siervo implacable de Mateo 18:23 al 35. Desde este punto de vista, se podría decir que el siervo implacable (al que se le perdonaron diez mil talentos) no asimiló la realidad de su perdón hasta el punto de verse obligado a ofrecer siquiera una fracción de ese perdón a otro (cien denarios). Supo que había sido perdonado, quizás hasta lo creyó también, pero esto no se convirtió en una característica esencial por la cual vivir y tratar a los demás. Si el perdón ha de fluir libremente entre los miembros de la familia, entonces el perdón que Dios nos ofrece a nosotros debe ser una característica determinante en nuestra vida que influya en el trato con los demás.
Una idea corolaria de “vivir perdonado” es acercarnos a la persona que a menudo más nos cuesta perdonar. Nadie destaca este punto mejor que Brennan Manning: “Jesús nos desafía a que perdonemos a todos los que conocemos [...]. En este momento, existe alguien que nos ha decepcionado y ofendido, alguien con el que estamos continuamente disgustados y con quien estamos más impacientes, irritados, implacables y rencorosos de lo que nos atreveríamos a estar con los demás. Esa persona somos nosotros mismos. A menudo estamos hartos de nosotros mismos. Estamos hartos de nuestra mediocridad, sublevados por nuestra falta de coherencia, aburridos de nuestra monotonía. Nunca juzgaríamos a ningún otro hijo de Dios con la autocondenación salvaje con la que nos abrumamos. Jesús dijo que debemos amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Debemos ser pacientes, amables y compasivos con nosotros de la misma manera que tratamos de amar a nuestro prójimo” (The Signature of Jesus, p. 162). O, como dijo Francis MacNutt: “Si el Señor Jesucristo te ha lavado con su propia sangre y te ha perdonado todos los pecados, ¿cómo te atreves a negarte el perdón?” (ibíd., p. 101).
Por lo tanto, podemos animarnos a vivir bajo la gloriosa realidad de que por medio de Cristo somos totalmente perdonados. Una vez que el Espíritu Santo se abra paso con esa verdad a través de la membrana del alma, podremos perdonarnos sinceramente. Esta realidad es verdaderamente clave para experimentar la paz dentro de la familia.

APLICACIÓN A LA VIDA

Al margen de todo lo que se ha dicho en la teología y en la práctica sobre el perdón en la iglesia cristiana, el perdón, en términos generales, aún puede ser muy difícil en ciertas situaciones. Tenemos la tendencia a aferrarnos a las ofensas pasadas con los puños cerrados, especialmente si los errores no se han resuelto. Analicen con la clase las estrategias para “soltar” y recuérdales que los rencores dañan solo al portador, no al perpetrador. Esta es una parábola antigua que da en el clavo:
Dos monjes (uno mayor que el otro), camino a un monasterio en lo alto de las montañas, se cruzaron con una mujer que estaba teniendo dificultades para cruzar un arroyo correntoso. Dado que los monjes tenían votos estrictos de no tocar a ninguna mujer, el menor supuso que pasarían de largo. Pero el monje mayor cargó a la mujer sobre su espalda, la llevó al otro lado del arroyo y la bajó del otro lado. El monje más joven se ofendió, pero reprimió sus objeciones durante horas hasta que llegaron a la cima de la montaña, donde explotó con un:
–¿Cómo puedes violar nuestros votos y cargar a esa mujer sobre tu espalda?
El monje mayor respondió:
–Es cierto; yo la llevé hasta el otro lado del arroyo, pero tú la llevaste todo el camino hasta la cima de la montaña.
Los cristianos no necesitan soportar la carga del resentimiento o la falta de perdón. El Señor bien puede llevar los pecados del mundo; él no necesita nuestra ayuda.