12 . Tiempo de testificación

Cuando Jesús ascendió al cielo, les dio a sus discípulos lo que ahora llamamos la Gran Comisión Evangélica: «Por tanto, vayan y hagan discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a obedecer todo lo que les he mandado a ustedes. Y les aseguro que estaré con ustedes siempre, hasta el fin del mundo» (Mat. 28: 19-20, NV1). En esta declaración se nos indica que el bautismo, la formación de discípulos, la testificación y el evangelismo son conceptos que están estrechamente relacionados. Forman los fundamentos del cristianismo y representan experiencias distintas en la vida cristiana.

Sin caer en tecnicismos, simplemente diremos que hacer discípulos es enseñar a otros, por medio de la palabra y el ejemplo, cómo ser seguidores de Jesús (Mat. 11: 28-30); testificar es contarles a los demás lo que Dios ha hecho por nosotros (Mar. 5: 19); y el evangelismo consiste en llevar a los demás las buenas nuevas de la salvación de Dios (Mat. 24: 14). Los límites entre ellos son bastante difusos, así que no disertaremos sobre las diferencias. Lo que es importante comprender es que todos hemos sido llamados a compartir las buenas nuevas de lo que Dios ha hecho por nosotros y cómo él puede hacer lo mismo por aquellos que deseen convertirse en sus hijos y discípulos. La Gran Comisión Evangélica dada a los que estaban reunidos durante su ascensión es también nuestra comisión, y nuestros hogares son los primeros campos misioneros.

¿Qué han visto en tu casa?

Elena G. de White expresó magistralmente lo que ha de ser un estilo de vida de testificación, cuando escribió lo siguiente:

«Nuestra obra por Cristo debe comenzar con la familia, en el hogar. [...] No hay campo misionero más importante que este. Los padres deben enseñar a sus hijos por precepto y por ejemplo a trabajar por los ¡nconversos. Hay que educar a los niños de tal manera que simpaticen con los ancianos y los afligidos y traten de aliviar los sufrimientos de los pobres y angustiados. Debe enseñárseles a ser diligentes en la obra misionera; y desde los primeros años debe inculcárseles la abnegación y el sacrificio en favor del bienestar ajeno y del progreso de la causa de Cristo, a fin de que sean colaboradores con Dios.

»Pero si han de saber alguna vez hacer obra misionera verdadera para los demás, deben aprender primero a trabajar por los de su casa y saber que tienen derecho natural a su servicio de amor».1

Un estudio cuidadoso de las palabras anteriores, revela ideas concretas sobre cómo dar testimonio y hacer discípulos en el hogar:

1. Por precepto y ejemplo. Los niños deben aprender sobre respeto, límites, responsabilidad, civilidad y compasión. Pero aún más importante es que estos valores se expresen en la vida de los padres, no solo a través de sus palabras.

2. Diligencia, abnegación y sacrificio. Les enseñamos a nuestros hijos coritos y canciones sobre la misión porque sabemos que es importante que aprendan sobre las oportunidades de alcanzar a otros para Jesús. Ayudarlos a comprender las bendiciones de servir a los demás es crucial para su salud espiritual. A pesar de su corta edad, pueden aprender los beneficios y la satisfacción de entregar sus vidas al servicio de los demás.

3. Trabajar para los que están en el hogar. La principal esfera de influencia es el hogar, donde viven los niños. Para reforzar esta premisa, Elena G. de White señala que si los niños «han de saber alguna vez hacer obra misionera verdadera para los demás, deben aprender primero a trabajar por los de su casa y saber que tienen derecho natural a su servicio de amor».2

Todos los miembros de la familia deben tener claro que el hogar es el campo misionero más importante del mundo. Al mismo tiempo, también deben saber que ese no es el único campo misionero. Elena G. de White afirma: «La misión del hogar se extiende más allá del círculo de sus miembros. El hogar cristiano ha de ser una lección objetiva, que ponga de manifiesto la excelencia de los verdaderos principios de la vida. Semejante ejemplo será una fuerza para el bien en el mundo [...]. Al salir de un hogar así los jóvenes enseñarán las lecciones que hayan aprendido allí. De este modo penetrarán en otros hogares principios más nobles de vida, y una influencia regeneradora obrará en la sociedad».' Después de haber aprendido y practicado la misión y el servicio en el hogar, los miembros de la familia pueden testificar a otros fuera del hogar. No es necesario que la gente vea una familia perfecta: una familia auténtica en la que el amor, la bondad y el compromiso perfumen toda la unidad familiar dejará una impresión indeleble en ellos.

La familia primero

Cuando Moisés volvió a contar la experiencia de cuando Israel abandonó Egipto, creó uno de los primeros mensajes paternos que se encuentran en las Escrituras. Sus palabras no estaban dirigidas a los levitas ni a los líderes de las tribus, ni siquiera a todo el grupo de exesclavos. Sus palabras estaban directamente dirigidas a los padres: «Oye, Israel: jehová, nuestro Dios, (ehová uno es. Amarás a lehová, tu Dios, de todo tu corazón, de toda tu alma y con todas tus fuerzas. Estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón. Se las repetirás a tus hijos, y les hablarás de ellas estando en tu casa y andando por el camino, al acostarte y cuando te levantes. Las atarás como una señal en tu mano, y estarán como frontales entre tus ojos; las escribirás en los postes de tu casa y en tus puertas» (Deut. 6: 4-9). Es imperativo que los padres sigan estos pasos al transmitir su fe a sus hijos

1. En primer lugar, ame al Señor. Tenga en cuenta que los padres primero deben amar al Señor ellos mismos. Dios pide que se comprometan totalmente con él en mente, alma y corazón. El amor de lesús debe vivir en los padres antes de que ellos puedan transmitirlo a sus hijos.

2. Estudie su Palabra y dediqúese a ella. Antes de que los padres puedan comunicar la verdad de Dios a sus hijos, deben estudiar la Palabra y pasar tiempo con Dios diariamente. Jesús debe ser su Salvador personal antes de que ellos se lo presenten a sus hijos.

3. Comience entonces a enseñar la Palabra a sus hijos. Moisés no está hablando de una lectura ocasional de algunos pasajes seleccionados de la Biblia, de la lección de la Escuela Sabática o de la Guia de estudio para niños. Solo a través de la interacción familiar en la vida diaria y poniendo en práctica los principios bíblicos en el hogar es que los niños pueden llegar a conocer y amar a Jesús como su Dios.

La paz que gana; la misión del matrimonio

En muchas partes del mundo, el matrimonio es simplemente un arreglo social. En otras áreas, las parejas se casan porque están enamoradas, porque están solas o porque tienen necesidades financieras. Otros se casan para asegurarse un bienestar y una vida más larga. Sin embargo, en la Biblia el matrimonio es un símbolo de la relación que existe entre Jesús, el novio; y la iglesia, su novia (Efe. 5: 25-32; Apoc. 22: 17).

En Efesios, Pablo presenta una hermosa imagen del matrimonio. Explica que Jesús amaba tanto a su esposa, la iglesia, que se entregó completamente por ella, muriendo en la cruz (ver Efe. 5: 26-27). Por medio de esta imagen de la relación de amor entre Jesús y su esposa, Pablo exhorta a los esposos a ver a sus esposas de la misma manera. En otras palabras, Pablo les dice a los esposos que su misión en la tierra es ayudar a sus esposas en el proceso de santificación, en su preparación para el regreso de Jesús.

El mensaje de Pablo es importante, porque el matrimonio es mucho más que procrear o una simple felicidad temporal: constituye el don de Dios para hacernos santos. Cuando los esposos y esposas cristianos se someten al Señor y también entre sí, se convierten en inslnmu-nh >•> di I Espíritu Santo en el proceso de santificación (Efe. 5: 21). «El malí imnnn > es un proceso de refinamiento que Dios usa para que seamos el liombic o la mujer que él desea que seamos. Piensa en ello. Dios usará tu man ¡ monio para su propósito. Él te moldeará y te refinará para tu propio beneficio y para su gloria».4 Qué responsabilidad solemne descansa sobre los esposos y esposas cristianos: ayudar a su cónyuge a prepararse para el regreso de Jesús. Esta misión y ministerio les da sentido a las palabras de Malaquías: «¡Pues yo odio el divorcio! —dice el Señor, Dios de Israel—. Divorciarte de tu esposa es abrumarla de crueldad —dice el Señor de los Ejércitos celestiales—. Por eso guarda tu corazón; y no le seas infiel a tu esposa» (Mal. 2: 16, NTV). Divorciarse es rechazar el llamado de Dios a participar en la misión de santificación del cónyuge. Hiere profundamente a Dios y resulta trágicamente perjudicial.

La vida familiar es para compartir

Matrimonios fuertes forman familias fuertes. Y las familias fuertes reconocen los tiempos de compartir alegría porque los experimentan frecuentemente. Una mujer joven espera ilusionada el día en que se vestirá de novia y, cuando finalmente llega ese día, brilla de alegría. Cuando sostiene a su bebé por primera vez, no hay nada que pueda contener su amor desbordante. Jesús describió bien la experiencia cuando les dijo a sus discípulos: «La mujer que está por dar a luz siente dolores porque ha llegado su momento, pero en cuanto nace la criatura se olvida de su angustia por la alegría de haber traído al mundo un nuevo ser» (Juan 16: 21, NVI). Cuando su hijo aprende a caminar y hablar, y comparte espontáneamente sus abrazos con ella, se roba el corazón de su madre. Cuando un padre juega con su pequeña niña, le lee historias y finalmente asiste a su graduación, se siente orgulloso de la joven hermosa e inteligente en que se ha convertido. Con demasiada prontitud el ciclo de la vida se completa y los momentos de alegría comienzan de nuevo.

Cada año nos regocijamos durante esos momentos especiales. Los cumpleaños celebran la creación, el nacimiento y la gratitud por un año más de vida. Los aniversarios de bodas son recordatorios del viaje de la vida, de dónde hemos estado y hasta dónde nos ha traído Dios. Estos momentos de extraordinaria felicidad no se limitan a los grandes acontecimientos. Las vacaciones nos reúnen para relajarnos, recordar y reír. Las vacaciones ofrecen descanso, energía renovada y nuevos recuerdos.

Son momentos que profundizan la amistad y crean nuevas alegrías. Pablo también disfrutó de estos buenos momentos y lo mencionó en su Epístola a Filemón. «Hermano, tu amor me ha alegrado y animado mucho porque has reconfortado el corazón de los santos» (Fil. 1: 7, NV1). A sus amigos en Filipos, les escribió estas palabras: «Cada vez que me acuerdo de ustedes doy gracias a mi Dios; y cuando oro, siempre pido con alegría por todos ustedes» (Fil. 1: 3-4, RVC). Así era en esa época y lo es también hoy: la familia y los amigos brindan una inmensa alegría y significado a nuestra vida y nos otorgan momentos memorables y dulces.

Centros de amistad contagiosa

En un mundo frío y solitario, un toque de amor, un corazón abierto o un hogar acogedor puede ser un oasis de felicidad celestial. La hospitalidad por lo general representa abrir nuestra casa para compartir nuestras comodidades con los demás. La Biblia dice que esta característica divina es una de las señales de un líder maduro (1 Tim. 3: 2). Sin embargo, a menudo nos aferramos a nuestras posesiones, a pesar de que Dios nos pide que hagamos lo contrario. Después de todo, todo lo que poseemos proviene de Dios (Sant. 1: 17; 1 Cor. 4: 7). Nos pide que seamos generosos con lo que hemos recibido y que seamos hospitalarios (Mat. 10: 8; Rom. 12: 5-8; Isa. 58: 6-11). Él conoce nuestra tendencia a apegarnos a nuestras posesiones y acumular sus bendiciones. Aun así, en su gracia, él nos ayuda a sosegar nuestro egocentrismo y a compartir nuestra vida y nuestras bendiciones con los demás.

«Aun entre los que profesan ser cristianos se ejercita poco la verdadera hospitalidad. Entre nuestro propio pueblo la oportunidad de manifestar hospitalidad no se considera como debiera ser: un privilegio y una bendición. La sociabilidad es escasa y la disposición poca para hacer lugar para dos o tres más en la mesa familiar.

Algunos aducen que es "demasiado trabajo". No sería así si dijé-ramos: "No hemos hecho preparativos especiales, pero le ofrecemos gustosos lo que tenemos". El huésped inesperado aprecia una bienvenida tal mucho más que la más elaborada preparación para recibirlo».5

Al parecer, la personalidad de Elena G. de White era bastante cálida, cariñosa y amigable. A pesar de sus responsabilidades, que incluían viajes y compromisos para dar charlas, ella debe haber sido una persona bastante extrovertida y dada con los demás. A pesar de eso, ella nunca se catalogó a sí misma como la norma para el comportamiento de los demás.

Los sociólogos hablan de dos tipos de personalidad: la extrovertida y la introvertida. «Un extrovertido es alguien que recarga sus energías cuando está cerca de los demás. [...] No le importa estar solo, pero prefiere la compañía de los demás, ya que eso hace» que se sienta feliz y emocionado. Eso «no significa que [...] sea bueno con los demás o que está contento todo el tiempo, sino que la compañía de los demás es importante» y le da energías. «Un introvertido es aquel que se energiza cuando pasa tiempo solo». Prefiere estar en la «casa, en bibliotecas, en parques tranquilos» y en otros lugares aislados con poca gente. «Contrariamente a la creencia popular, no todos los introvertidos son tímidos. Algunos tienen una buena vida social y les encanta conversar con sus amigos, pero necesitan un poco de tiempo a solas para «recargarse después».6

Naturalmente, la socialización y la hospitalidad son mucho más fáciles para los extrovertidos que para los introvertidos. Sin embargo, los introvertidos pueden ser excelentes oyentes y pueden ser una bendición para alguien que necesite a alguien que lo escuche.

Dios creó a cada uno de nosotros con personalidades y temperamentos únicos, y con la capacidad de tocar otras vidas de manera positiva. Comprender estas preferencias y diferencias puede fortalecer nuestra testificación para Dios. Hay quienes son más sociables y tienen la capacidad de entretener a extraños, mientras que otros se sienten más cómodos escuchando en silencio. Cada quien tiene un don único para ayudar a otros y cumplir con la Gran Comisión Evangélica.

Preguntas para reflexionar


Referencias:

1. Elena (.. de White, Testimonios para la iglesia, t. 6, pp. 428-429.

2. Ibíd.

3. White, El hogar cristiano, cap. 4, p. 31.

4. H. Norman Wright y Wes Roberts, Before You Say «1 Do», edición rev. y expandida (Kugene, OR: Harvest I louse, 1997), p. 8.

5. White, Testimonios para la iglesia, t. 6, p. 345.

6. Magdalena, «Are You an Introvert?», Small Town Biogger (blog), 17 de febrero de 2015, https:// smalltownfashionblogger.wordpress.com/2015/02/17/are-you-an-introvert/