Lección 12- MATERIAL AUXILIAR PARA EL MAESTRO
El sábado enseñaré...

RESEÑA

Todos hemos oído hablar de ese “testimonio silencioso” que, como cristianos, se supone que debemos irradiar por donde vayamos. Este hace que la gente forme fila para preguntarnos: “¿Qué tienes que eres diferente? Quiero ser así”. Entonces les hablamos de Jesús, y vienen las conversiones.
Sin duda, los testimonios confirman que este fenómeno ocurre. Pero, por lo general, si somos honestos, esta situación hipotética es una especie de leyenda urbana cristiana, ya que muchos adventistas se han visto obligados a esperar esos encuentros por años. Mientras tanto, la culpa aumenta lentamente cuando la gente se pregunta por qué su “testimonio silencioso” no es lo suficientemente llamativo como para captar la atención.
Sin embargo, hay un lugar donde la efectividad del “testimonio silencioso” parece tener el mayor potencial para hacer que el mundo se quede mirando por la ventana con curiosa admiración: ese lugar es la familia cristiana. Una familia cristiana que rompe completamente con el modelo actual de dos padres estresados y sobrecargados de trabajo, que descuidan a sus hijos indisciplinados y sobreestimulados, saltará a la vista como un letrero de neón en la noche. La armonía entre los padres, la obediencia alegre de los hijos, un espíritu lleno de felicidad y contentamiento, todo posible gracias a los principios y la presencia de Dios en el hogar, tienen una influencia en el mundo de hoy que es difícil de igualar.
Como las familias son unidades relacionales, Cristo puede brillar a través de ellas de manera que produzcan un testimonio único. La lección reconoce este potencial y defiende la primacía de centrarse en la familia como el primer campo misionero. Se examinan los conceptos del ejemplo y la imitación como métodos para influir en los demás dentro y fuera de la familia. Finalmente, se considera la hospitalidad como un punto de contacto influyente entre la familia cristiana y el mundo.

COMENTARIO

Texto bíblico “Y los bendijo Dios, y les dijo: Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla”.

Examen rápido: El versículo anterior ¿fue dicho antes de la Caída o después? El texto es Génesis 1:28; por lo tanto, fue dicho antes de la Caída.
La importancia del momento en que fue dicho es que la idea divina de la familia fue establecida en el Edén. Aunque el Edén ya no sea nuestro hogar, cuando participamos en familia nos estamos conectando con una institución edénica que tiene una forma de devolvernos ese paraíso. La familia todavía conserva los ecos de la gloria del Edén. Estos ecos resuenan con el Reino de Dios y son heraldos de un nuevo Edén más glorioso que el primero (Apoc. 21:1; 22:2). Este poder es una de las razones por las que las familias piadosas pueden tener un atractivo casi misterioso para los incrédulos. Puede ser la única vislumbre del cielo que hayan visto.
“Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó” (Gén. 1:27).
Juntos, el hombre y la mujer, unidos en familia, pueden mostrar las dimensiones relacionales de cómo es Dios. Por lo tanto, es imperativo que las familias hagan de su familia una prioridad. Las familias llevan la imagen de Dios. Este potencial las inviste con un valor sagrado e incalculable. Ningún programa de la iglesia ni ninguna responsabilidad externa debería interferir con la investidura personal que se requiere para conservar una familia sana y feliz. ¿Cuántos relatos es necesario compartir de adultos que dedicaron todo su tiempo a trabajar para la iglesia, cuyos hijos (que declaran haber sido desatendidos) se perdieron en el mundo?
Pero, alguien podría responder que los sacrificios familiares son necesarios para la evangelización y la salvación de las almas. Para implosionar esa ilusión para siempre, toma nota del siguiente relato. Lee Venden habla de una conversación que tuvo hace varios años con un líder de la iglesia que en ese momento era asistente del presidente de la División Norteamericana de los Adventistas del Séptimo Día (DNA).
“Estábamos hablando de un estudio exhaustivo de la DNA realizado en América del Norte, cuyos resultados nos dejaron sin aliento. Probablemente la revelación más sorprendente fue que si, desde el comienzo de la iglesia, el ÚNICO crecimiento en la membresía de la DNA hubiese sido biológico, y si simplemente hubiéramos retenido el ochenta por ciento de nuestra juventud, la membresía en América del Norte, en el momento de esa conversación, habría excedido los ocho millones” (extracto de la correspondencia personal por correo electrónico con Lee Venden). Dado que la membresía de la DNA era de 1,24 millones en 2017, se puede ver cuán asombrosa es esta estadística. Eso equivaldría a un aumento de más del seiscientos por ciento en la membresía de la DNA hoy.
En resumen, como el amor es una definición esencial de Dios (1 Juan 4:8) y también un término relacional, es entendible por qué los seres humanos que comparten una relación tienen una ventaja al mostrar la imagen de Dios. Por lo tanto, una familia originada antes del pecado podría servir como un microcosmos del Paraíso pasado. Además, cuando las intenciones de Dios se vuelven una prioridad en la vida familiar, puede ser una influencia que salve al alma en este mundo. La vida familiar es incalculablemente valiosa en estos aspectos. Pero ¿cómo puede el mundo entrar en contacto con estas pequeñas vislumbres del cielo en la Tierra? Respuesta: La hospitalidad.

La hospitalidad
¿Qué es la hospitalidad? Los diccionarios dirán que es la recepción amistosa de invitados o extraños. Ofrecer a los huéspedes comida, descanso y compañerismo es sin duda una virtud que se practica en todos los ámbitos y no debería ser menos importante en las poblaciones cristianas. Sin embargo, como cristianos, existe una preocupación permanente por el alma de la gente, como también por sus necesidades físicas. Esta preocupación agregará matices al significado y la práctica de la hospitalidad en un contexto cristiano. En primer lugar, se plantea la cuestión: “¿Qué invitados o extraños deberían recibir una recepción amistosa?” Esta pregunta tiene reminiscencias de la pregunta que se le hizo a Jesús: “¿Y quién es mi prójimo?” (Luc. 10:29).
Es útil hacer la conexión entre las dos porque la respuesta de Jesús en la parábola del buen samaritano es un giro apropiado, aunque difícil de digerir, sobre la hospitalidad. El giro es que Jesús invierte la pregunta. Prefiere cambiar la pregunta de “¿Qué clase de personas deberías recibir?” a “¿Qué clase de persona serás?” En sintonía con el perfil ministerial y con el primer paso que Jesús brinda, el jueves de la lección de esta semana dice: “Utilizar nuestro hogar para servir puede variar desde simplemente invitar a los vecinos a comer hasta la hospitalidad radical de prestar una habitación a una víctima de abuso”.
Zaqueo es un buen ejemplo: un ladrón de guante blanco que recibe el inesperado honor de Jesús (el famoso profeta y rabino) que va a su casa a almorzar (Luc. 19:5). Y ¿qué pasa después? Transformación, restauración y “salvación” (Luc. 19:8, 9). Ningún sermón, ni estudio de la Biblia, solo un gesto de hospitalidad. (Nota: este ejemplo es una especie de hospitalidad invertida, porque Jesús se invitó a la casa de Zaqueo, pero el principio se cumple porque Jesús se agració con un hombre a quien la sociedad consideraba un paria.) Cuando la hospitalidad se convierte en una expresión de la gracia de Dios para los marginados, pasa de ser una práctica cultural común (es decir, “¿No hacen también así los gentiles?” [ver Mat. 5:47]) a un momento con potencial de importancia eterna. Cuando el título de la lección de esta semana pregunta: “¿Qué han visto en tu casa?” Bueno, nada, si no hemos invitado a nadie.
Pero, si invitamos a alguien, la invitación en sí puede ser como el llamado de gracia de Dios para todos, independientemente de su condición pasada o presente. Y, si dentro del hogar ven que se comparte un amor vibrante y de otro mundo entre los miembros de la familia en nombre de Cristo, esto quizá sea suficiente para crear en ellos un apetito insaciable por una nueva vida y un mundo nuevo.

APLICACIÓN A LA VIDA

Muchas sociedades parecen otorgarle gran importancia a la educación, la carrera profesional, el ascenso social, el rango, las riquezas y quizás incluso al servicio a la comunidad. Fomentar familias saludables rara vez se encuentra en la parte superior de la lista de prioridades. Sacrificar cualquiera de las máximas prioridades por una mejor calidad de tiempo con la familia es casi inaudito. Como resultado, la casa puede verse bien desde afuera, pero no miren mucho hacia adentro, porque la familia puede estar en ruinas. Hay que evitar este estado. La vida eterna de hijos y cónyuges está en juego, sin mencionar a los miembros de la comunidad que los observan y hablan de la familia en vista. A continuación hay algunas preguntas que pueden iniciar el debate de hacer de la familia una prioridad en favor del Reino de Dios (y la felicidad de todos).