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Tiempo de soledad


«El hombre no fue creado para vivir en la soledad; debía tener una naturaleza sociable».1

E1 sexto día de la Creación, Dios completó el hogar perfecto n para sus hijos. Luego, formó a Adán con sus propias manos y a su propia imagen (Gén. 1: 27). La primera tarea de Adán fue —- ¡ poner nombres a todos los animales que Dios había hecho
(Gén. 2: 19). Los padres de hoy enseñan a sus hijos a identificar a los caballos, pollos, vacas, perros y gatos, y se regocijan cuando sus niños pequeños les repiten los nombres de los animales, aunque muchas veces suenen graciosos e incomprensibles. Cuando Dios creó a Adán, debe haberlo creado no solo con la capacidad de hablar, sino también con el vocabulario y la capacidad de decidir, basándose en sus observaciones, qué nombre debía tener cada animal.

Pero había otra razón para crear a Adán primero y pedirle que les pusiera nombres a todos los animales. Después de terminar con cada pareja de los animales, Adán «no encontró entre ellos la ayuda adecuada para sí» (vers. 20, BLP). Elena G. de White explica que «el hombre no fue creado para vivir en la soledad; debía tener una naturaleza sociable. Sin compañía, las bellas escenas y las encantadoras ocupaciones del Edén no habrían podido proporcionarle perfecta felicidad. Aun la comunión con los ángeles no podría satisfacer su deseo de amor y compañía. No existía nadie de la misma naturaleza y forma a quien amar y de quien ser amado».2 Una vez que Adán se dio cuenta de esto, había llegado el momento adecuado para que Dios realizara una cirugía especializada y creara una pareja compatible con él. Dios los creó, los juntó y dirigió la primera boda en la tierra.3

No, ¡no es bueno que nadie esté solo! Aunque todos viviremos una temporada en la vida en la que no tendremos un esposo o esposa, no necesitamos estar solos. Los seres humanos fueron creados para interac-tuar socialmente, y es en las relaciones donde crecen y prosperan mejor.

La desventaja del amor

«No puedo yo solo soportar a todo este pueblo: es una carga demasiado pesada para mí» (Núm. 11: 14). Este lamento de Moisés fue el resultado de llevar a los esclavos israelitas de Egipto a una tierra de libertad. Aunque tenía a Aarón, a María, a su esposa y a otros a su alrededor, él sentía que la responsabilidad era exclusivamente suya.

Jesús debe haberse sentido así también. Además de que era soltero, los que eran más cercanos a él se desaparecieron en su momento de mayor necesidad. Mientras él sufría en silencio en Getsemaní, ellos dormían cuando más necesitaba de sus oraciones y su presencia (Mat. 26: 36-46).

La temporada de soledad es difícil porque no hay nadie que nos dé calor cuando tenemos frío, nadie que nos ayude a luchar contra los agresores, y nadie que nos anime cuando estamos deprimidos. Eclesiastés 4 habla de los beneficios de que haya dos en lugar de uno, pero al final del versículo 12, el escritor añade: «El cordón de tres hilos no se rompe fácilmente» (RVC). En una relación matrimonial, esa tercera persona (o más bien, la Primera Persona) es Dios. Para los solteros, esa otra persona también ha de ser Dios: «Él dijo: "No te desampararé ni te dejaré"» (Heb. 13: 5). Al mismo tiempo debemos recordar que esas palabras de Hebreos están precedidas por estas: «Confórmense con lo que ahora tienen» (RVC).casados? Hablando de manera práctica, ¿qué podemos hacer para ayudar a los miembros de nuestra iglesia a no sentirse tan solos? Muchos de los que asisten a nuestras iglesias no están casados y encuentran su principal fuente de compañía entre los creyentes. Pero muchos otros también llegan a la iglesia y se van sin que nadie se les acerque a saludarlos. Nadie elige sentarse junto a ellos ni los invita a casa. La viuda o el viudo se sientan solos. La persona cuyo cónyuge no es miembro de la iglesia asiste a los servicios por sí sola y también se siente aislada en el hogar. Los divorciados, avergonzados, o tal vez aliviados, evitan las miradas críticas de los hermanos, cuando lo que esperan es una palabra de aliento, un corazón comprensivo o el toque cálido de la mano de alguien.

La ventaja de estar solos

Las temporadas de soledad no son fáciles, pero no son necesariamente malas. Si bien todos necesitamos de otros en la vida, algunas personas introvertidas pueden ver con beneplácito el estar solas durante algún tiempo, satisfechos por la oportunidad de poder recargar sus baterías emocionales. Además, a una persona que está sola se le puede facilitar moverse de un lugar a otro, ofrecerse como voluntaria en algún proyecto misionero a corto plazo, o quizás mudarse permanentemente al campo misionero sin tener que preocuparse por lo que hará su cónyuge o por la educación de sus hijos. Pensemos en ello: ¿De qué manera el estar solteros afecta nuestra vida y la misión que Cristo nos ha encomendado?

Si leemos sobre las multitudes que rodeaban a Jesús y la compañía que constantemente tenía, veremos que él también necesitaba tiempo a solas.

El Salvador amaba la soledad de la montaña para estar en comunión con su Padre. Durante el día, trabajaba ardorosamente para salvar a los hombres de la destrucción. Sanaba a los enfermos, consolaba a los que lloraban, devolvía la vida a los muertos, e infundía esperanza y alegría a los que desesperaban. Terminada su labor del día, se apartaba, noche tras noche, de la confusión de la ciudad, y se postraba ante su Padre en oración. Con frecuencia seguía elevando sus peticiones durante toda la noche; pero salía de estos momentos de comunión vigorizado y refrigerado, fortalecido para el deber y la prueba».4

Tiempo de rompimientos

En su libro de sabiduría, el rey Salomón nos dice que hay «un tiempo para matar, y un tiempo para sanar; un tiempo para destruir, y un tiempo para construir» (Ecl. 3: 3, NVI). En la vida de una persona soltera, puede llegar un momento en el que necesite terminar alguna relación que no sea buena o que sea potencialmente perjudicial. Muchas personas solteras, ansiosas por casarse, se enredan en relaciones tóxicas. Creen que si se esfuerzan lo suficiente, ceden lo suficiente, y cambian lo suficiente, la situación mejorará. Esperan que la vida sea diferente una vez que se casen. En realidad, si hay señales de alerta antes del día de la boda, deberían evaluar el estado de su relación e incluso terminarla antes de que sea demasiado tarde. Hay quienes hasta toleran el abuso antes de casarse, un abuso que está destinado a empeorar después de que se consuma el matrimonio.

Cuando alguien está en una relación abusiva, preguntarle por qué no se va no es de mucha ayuda. Tal vez la víctima depende económicamente del abusador. La sociedad podría hasta ver mal la ruptura. Inadvertidamente, la iglesia podría incluso alentar el abuso diciéndoles a las personas maltratadas que deben perdonar al abusador o que deben someterse a él como lo debe hacer un cónyuge amoroso. En casos así, lo que debemos hacer es recordarles que el plan de Dios para el matrimonio es que el esposo y la esposa se amen, se respeten y se cuiden mutuamente. Podemos asegurarles que Dios tiene algo mejor para ellos: «Solo yo sé los planes que tengo para ustedes. Son planes para su bien, y no para su mal, para que tengan un futuro lleno de esperanza» (Jer. 29: 11, RVC).

No es fácil pasar por una temporada de soledad, pero es mucho mejor que permanecer en una relación abusiva. En cierta ocasión, nuestra hija más joven nos dijo sabiamente: «Prefiero estar sola y soltera que estar sola y casada».

Cuando una relación termina

La frase: «Hasta que la muerte los separe» se acostumbra usar cuando una pareja se casa y toma sus votos matrimoniales. La Biblia no nos dice quién murió primero, si Adán o Eva, pero debe haber sido particularmente doloroso para el que quedó solo. «Cuando vieron en la caída de las flores y las hojas los primeros signos de la decadencia, Adán y su compañera se apenaron más profundamente de lo que hoy se apenan los hombres que lloran a sus muertos».5 Imaginemos ahora lo que debe haber sido para Adán o Eva presenciar la muerte del otro después de cientos de años juntos. ¡Qué remordimiento por su mala decisión en el Edén! Tristemente, el que se quedó solo únicamente pudo culparse a sí mismo.

Hoy la muerte no es nada extraño para nosotros. Vivimos con ella en todo momento, pero perder a un cónyuge después de décadas de matrimonio es especialmente difícil. Al igual que la muerte, el divorcio es traumático y doloroso tanto para la pareja como para sus hijos. Si en el matrimonio dos se vuelven uno, dividirlo es algo así como una amputación. Puede ser necesaria, pero dejará cicatrices que afectarán a cada parte durante el resto de sus vidas.

La Nueva Traducción Viviente presenta a Malaquías 2: 16 de una manera desgarradora: «¡Pues yo odio el divorcio! —dice el Señor, Dios de Israel—. Divorciarte de tu esposa es abrumarla de crueldad —dice el Señor de los Ejércitos Celestiales—. Por eso guarda tu corazón; y no le seas infiel a tu esposa». El dolor persiste después del divorcio, particularmente si la pareja tiene hijos, ya que es probable que se vean una y otra vez mientras asisten a graduaciones, bodas y fechas importantes.

Los que están sufriendo en medio de un matrimonio que se derrumba experimentarán emociones diversas. Probablemente, el primer y más común sentimiento es el dolor. Dependiendo del individuo, puede durar de varios meses a varios años, con una intensidad variable. Algunos pueden experimentar miedo: miedo a lo desconocido, miedo a dificultades financieras o miedo a no poder enfrentarlo. Otros pueden pasar por períodos de depresión, enojo y soledad.

Cuando un matrimonio termina por muerte o divorcio, debe seguir un tiempo de reflexión. Puede ser una temporada especial para conmemorar todo lo que se disfrutaba juntos. Puede ser un momento de curación y planificación. La persona afligida puede preguntarse: ¿Cómo puedo hacer que esta experiencia sea lo más positiva posible?

Es particularmente importante actuar en pro del bienestar de los niños. Ellos deben tener la prioridad. Los padres deben evitar usarlos contra el excónyuge o hablarles mal del otro padre. Por el contrario, los padres deben fomentar una relación sana con el otro padre y preguntarse qué es lo mejor para los niños. Independientemente de la causa del divorcio, los padres deben cooperar entre sí para el beneficio de sus hijos.

Los solteros espirituales

En la iglesia, hay personas que están casadas, pero que asisten solas con sus hijos. Tal vez su cónyuge es de una fe diferente o quizá se enfrió espiritualmente. Tal vez uno de ellos se unió a la iglesia, y el otro no. Por estas razones y más, estos miembros asisten a la iglesia solos. Asisten solos a las cenas organizadas por la iglesia. Asisten a las reuniones sociales solos. Muchas veces no pueden contribuir financieramente al ministerio de la iglesia porque su cónyuge no es solidario. Job «era un hombre perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal» (Job 1:1), pero al parecer, su esposa no compartía su experiencia (Job 2: 9). La Biblia ofrece palabras de aliento para aquellos que no tienen un compañero espiritual a su lado: «Porque tu marido es tu Hacedor ("Jehová de los ejércitos" es su nombre). Él es tu Redentor, el Santo de Israel» (Isa. 54: 5; ver también Ose. 2: 19, 20; Sal. 72: 12). Los que están casados con un cónyuge incrédulo deben aferrarse a las promesas de Dios:

• «¡Deja tus huérfanos, yo los criaré, y en mí confiarán tus viudas!» (Jer. 49: 11).

• «Jehová guarda a los extranjeros; al huérfano y a la viuda sostiene, y el camino de los impíos trastorna» (Sal. 146: 9).

• «Padre de huérfanos y defensor de viudas es Dios en su santa morada» (Sal. 68: 5).

Si bien todas estas promesas son alentadoras y confiables, los solteros espirituales también necesitan el amor, la ayuda y la compasión de la familia de la iglesia. La iglesia es, y debería ser, un lugar de amor y aceptación para todos. La crianza de los hijos puede resultar particularmente difícil para aquellos que no tienen un compañero espiritual. Salomón advierte a los padres: «Instruye al niño en su camino», y: «No dejes de hacer el bien a todo el que lo merece, cuando esté a tu alcance ayudarlos», y esto incluye la corrección (Prov. 22: 6; 3: 27; 23: 13). El apóstol Pablo añade que a los niños se les debe enseñar a honrar y obedecer a sus padres (Efe. 6: 1-2). Y los padres, especialmente el padre, no deben provocar a ira a sus hijos (ver el vers. 4).

Si criar niños es todo un desafío para los padres, lo es aún más para los padres solteros. La familia de la iglesia puede ser de gran ayuda en estas circunstancias. Pablo sugiere que toda iglesia organizada necesita de un programa de tutoría donde los hombres y mujeres mayores eduquen a los más jóvenes (Tito 2). Santiago describe acertadamente esta clase de iglesia: «La religión pura y sin mancha delante de Dios el Padre es esta: visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones y guardarse sin mancha del mundo» (Sant. 1: 27).

Preguntas para reflexionar

1. Aunque no es posible cambiar nuestras circunstancias, ¿qué pasos puedes dar para cambiar las desventajas propias de la vida en soltería y convertirlas en ventajas? Si las conexiones comienzan contigo, ¿qué puedes hacer para conectarte con otros en la iglesia y tu comunidad?

2. ¿Qué crees que quiso decir Pablo cuando escribió: «Cada uno debería seguir viviendo en la situación que el Señor lo haya puesto, y permanecer tal como estaba cuando Dios lo llamó por primera vez. Esa es mi regla para todas las iglesias» (1 Cor. 7: 17, NTV)?

3. Lo más probable es que haya gente a tu alrededor, incluso en la iglesia, que esté siendo abusada por alguien cercano a ellas. ¿Qué tipo de ayuda podrías prestarles para que dejen de aceptar el abuso como algo normal? ¿Qué consejos prácticos puedes ofrecerles? (Efe. 5: 28; Sal. 20: 1-2; 121: 1-2).

4. Dios valora tres aspectos nuestros importantes: nuestra identidad, nuestro significado y nuestro propósito en Cristo. ¿Cuál de los siguientes versículos se relaciona con cada uno de ellos? Mat. 28: 19-20; Juan 10: 10; 15: 14; Efe. 2: 10; 1 Ped. 2: 10; 1 Juan 3: 1.


Referencias:

1. Elena G. de White, Patriarcas y profetas, cap. 2, p. 25.

2. Ibíd.

3. Ibíd.

4. Elena G. de White, Obreros evangélicos, p. 269.

5. Elena G. de White, Patriarcas y profetas, cap. 3, p. 41.