Lección 4- MATERIAL AUXILIAR PARA EL MAESTRO
El sábado enseñaré...

RESEÑA

En algún momento de nuestra vida, experimentaremos lo que es estar terriblemente solos. ¿Cómo afrontamos esos momentos? Las preguntas pueden ser desesperadas: “¿Dónde están todos? ¿Siempre estaré solo? ¿Dónde está Dios?” La lección de esta semana rastrea la pista de nuestra necesidad de compañía. Esta pista llega hasta el Edén, donde Dios creó no a una persona, sino a dos.
La soledad puede surgir en cualquier momento de la vida sin importar dónde estemos o qué estemos haciendo. Pero, puede ser especialmente grave en ciertos contextos: ser soltero, vivir la vida cristiana con un cónyuge no cristiano, estar divorciado o perder a un ser querido. La lección ofrece perspectivas bíblicas sobre estos momentos y anima a la iglesia a estar activa para identificar a las personas solitarias. El desafío es ayudar a los que sufren, relacionándonos con ellos y conectándolos con el Señor. Nadie necesita sentirse solo en el cuerpo de Cristo. A decir verdad, quienes están en Cristo y se han separado de los demás por alguna razón (relaciones truncas, discapacidad, distancia, muerte) tienen la consoladora esperanza de que algún día habrá una gran reunión en la que la palabra “solitario” quedará obsoleta.
A fin de cuentas, Dios es la respuesta a la soledad humana. Incluso las relaciones humanas, para tener la expresión más saludable posible, requieren la presencia de Dios. Quizás haya personas resueltas que sienten que pueden vivir totalmente solas, sin Dios ni los demás; que ellas son todo lo que necesitan. El diario de un joven que trató de vivir totalmente solo en Alaska debería hacer reflexionar a quienes prefieren aislarse antes que estar en compañía: Chris McCandless, después de vivir cerca de cien días solo en un remoto rincón de Alaska, Estados Unidos, escribió su conclusión en un diario antes de morir de inanición: “LA FELICIDAD SOLO ES REAL CUANDO SE COMPARTE” (en J. Krakauer, Into the Wild, p. 189). Compartir nuestra vida con Dios y con los demás es lo que enriquece todas las experiencias de la vida.

COMENTARIO

Texto bíblico

El primer problema resuelto en la Tierra no fue el del pecado, sino el de la soledad (Gén. 2:18). Después de nueve menciones del hebreo tov (bueno) en el relato de la Creación y del Edén, finalmente hay algo lo-tov (no bueno) en el Paraíso. “No es bueno que el hombre esté solo” (Gén. 2:18).
Curiosamente, la frase lo-tov (no bueno) no se la vuelve a mencionar hasta que Jetro amonesta a Moisés. De nuevo, el problema gira en torno a la soledad. La carga del pueblo es demasiado pesada para Moisés. Entonces, Jetro le dice sin rodeos: “No está bien lo que haces. [...] No podrás hacerlo tú solo” (Éxo. 18:17, 18). La realidad, especialmente después de la entrada del pecado, a menudo es demasiado abrumadora para soportarla solo. Tampoco es el plan de Dios para la humanidad.
La soledad en el Edén era mayor que la soledad que todos hemos sentido en algún momento, aunque la incluye. La soledad de Adán en cierto modo se asemeja más a estar aislado en una isla, privado de todo tipo de compromiso humano. Como Eva también fue creada el sexto día, la experiencia de Adán de ser el único ser humano en la Tierra fue breve, pero suficiente como para acentuar su aprecio por su compañera recién creada.
Demasiado a menudo, la historia de Adán y Eva se reduce a un comentario sobre el matrimonio. El aspecto de la soledad que contiene queda relegado exclusivamente a la vida de soltero. Pero la creación de Eva no resolvió un problema de soltería; resolvió un problema de soledad humana.
Eva no era solo una esposa; ella era una amiga, una compañera de trabajo (Gén. 1:28), una compañera espiritual y el lugar de la vida social de Adán, como Adán lo era para ella. Este hecho es una buena noticia para los solteros.
Quizá muchos se sientan agobiados con la proclamación divina: “No es bueno que el hombre esté solo” (Gén. 2:18) porque la recibieron como una condena virtual a la vida de soltero. Eso no es cierto. Podemos ser solteros y, sin embargo, no estar solos, debido a la presencia humana de familiares, amigos y conocidos en nuestro hogar, iglesia y lugar de trabajo.
La soledad también aparece en la tentación y la Caída. No hay consenso entre los eruditos en cuanto a si Adán estuvo presente con Eva durante la tentación de la serpiente. El argumento de que él estaba presente gira en torno a dos cuestiones: el texto que habla de que Eva está comiendo la fruta y dándole a su marido “que estaba con ella” (Gén. 3:6, RVC y NTV) y el hecho de que la serpiente utilice verbos en plural como si estuviera hablando con más de una persona. El argumento a favor de la ausencia de Adán es que llamativamente está ausente en el diálogo, y no aparece como sujeto ni objeto de ninguna frase en la narración. Hay una andanada verbal exclusiva entre Eva y la serpiente: “la serpiente dijo a la mujer” (ver Gén. 3:1, 4) y “la mujer respondió a la serpiente” (Gén. 3:2). La controvertida frase “que estaba con ella” puede entenderse en un contexto relacional más que espacial.
En cuanto a la serpiente, que utiliza verbos y pronombres en plural, esta dicción muestra que el objetivo de Satanás era tanto Adán como Eva. El uso del plural hace que sea aún más sorprendente que Adán no hablara si realmente estuvo allí. Para un breve estudio del tema, ver Elías Brasil de Souza, Was Adam With Eve at the Scene of Temptation? A Short Note on “With Her” in Genesis 3:6.
Así como la soledad no era el ideal en la Creación, fue una desventaja en la tentación. Podemos concluir que tampoco “era bueno para la mujer” estar sola. La Caída ¿se podría haber evitado si tan solo Adán y Eva hubiesen estado juntos? Quizás. Elena de White dice: “Los ángeles habían prevenido a Eva que tuviese cuidado de no separarse de su esposo mientras estaban ocupados en sus trabajos cotidianos en el jardín; estando con él correría menos peligro de caer en tentación que estando sola” (PP 33). Una comunidad de fe, aun cuando esté compuesta por dos personas, proporciona fortaleza espiritual y responsabilidad.
Cuando el Señor se acercó a Adán y a Eva después de su pecado, ellos hicieron una de las cosas más decepcionantes y a la vez profundas de las Escrituras: “Se escondieron de la presencia de Jehová Dios” (Gén. 3:8). El pecado creó una condición autodestructiva: el deseo de vivir solos sin Dios. Pero a Dios no se lo puede disuadir tan fácilmente, y las súplicas proféticas de los profetas hebreos dan testimonio de ese hecho.
Dios llegó al punto culminante en su búsqueda de la humanidad perdida con la encarnación de su hijo Emanuel, Dios con nosotros (Mat. 1:23). La Encarnación se hace eco del relato del Edén. Después de que el pecado devastó al mundo, Dios percibió que “no es bueno” que el hombre “esté solo” (Gén. 2:18); entonces, envió una “ayuda”, a “alguien que realmente le correspondía” a él (PP 26). La palabra para “ayuda” en la Septuaginta (traducción griega del Antiguo Testamento) en Génesis 2:18 (boethos) es la misma palabra que se utiliza en Hebreos 13:6: “El Señor es mi ayudador”.
Pero, en lugar de sucumbir a las tentaciones de la “serpiente” (Mat. 4:1-11), Jesús “resisti[ó] hasta derramar su sangre” (Heb. 12:4, RVC) para que un día todos pudiéramos escuchar “una gran voz del cielo” que diga: “He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios” (Apoc. 21:3), para nunca más volver a estar solos.

Reflexión

Algunos se preguntan: “Si Dios es tan grande, ¿por qué su compañía no era suficiente para satisfacer todas las necesidades de Adán, y así evitar la necesidad de la creación de otra persona?” Es una pregunta que merece consideración, pero la experiencia muestra que la pregunta puede invertirse.
El hecho de que Dios sea infinitamente capaz para nosotros individualmente nos anticipa y nos prepara para entablar relaciones con los demás. De esta manera, tendremos una perspectiva integral de las relaciones humanas, no de necesidad ni de desesperación. A menudo, inconscientemente se persigue a los demás, especialmente a los compañeros románticos, para satisfacer necesidades que solo el Creador puede satisfacer. Lo mejor es beber del agua que, una vez que se toma, dice Jesús, evitará que volvamos a tener sed (Juan 4:14). ¿Por qué? Porque se convierte en una “fuente de agua” en la persona. Jesús, o su mensaje, es esa agua. Sin él, las relaciones pueden ser desequilibradas o, peor aún, idólatras.
La reflexión anterior es la base para afrontar los diferentes contextos de soledad que presenta la lección: ser soltero, perder un cónyuge por divorcio o fallecimiento, ser espiritualmente soltero. La forma específica de afrontar estas experiencias diversas es única. Aunque pueden ser extremadamente difíciles, se vuelven soportables al saber que tenemos un Dios que está presente (Hech. 17:27), que ve lo que estamos pasando (Gén. 16:13) y que promete que nunca nos abandonará (Deut. 31:6; Mat. 28:20).

APLICACIÓN A LA VIDA

Podremos mitigar la temida soledad en la medida en que estemos completamente convencidos de la cosmovisión cristiana, en cuyo centro hay un Dios profundamente involucrado y personal. Todos nos sentimos solos a veces. No hay nada de malo con esa experiencia. Pero, si Dios es real para nosotros, deberíamos poder dar testimonio de la disminución de esa soledad con un sentido de la presencia de Dios. Dar testimonio sobre este hecho puede ayudar a las personas de tu Escuela Sabática en este momento.
Dales la oportunidad de compartir experiencias de cómo Dios actuó en tu vida en tiempos de soledad. A continuación, hay algunas otras preguntas que nos desafían a pensar en el punto de encuentro entre Dios, nosotros, la soledad y la iglesia: