Complementario - 7

Tiempo de unidad

Anna Karenina, el clásico de León Tolstói, comienza con una afirmación interesante: «Todas las familias felices se parecen unas a otras; pero cada familia infeliz tiene un motivo especial para sentirse desgraciada».1 Alguien dijo: «Si crees que conoces a una familia perfecta, ¡no conoces muy bien a esa familia!». Toda familia, independientemente de lo buena, vigorosa o amorosa que sea, tiene desafíos constantes para establecer y mantener el amor y la unidad.

Uno de los primeros resultados evidentes de la caída de Adán y Eva fue la ruptura de la unidad y la intimidad de la que habían disfrutado anteriormente. Elena G. de White dice: «Lo que causa división y discordia en las familias y en la iglesia es la separación de Cristo. Acercarse a Cristo es acercarse unos a otros. El secreto de la verdadera unidad en la iglesia y en la familia no consiste en la diplomacia ni en la administración, ni en un esfuerzo sobrehumano para vencer las dificultades —aunque habrá que hacer mucho de esto—, sino en la unión con Cristo».2

Cristo, el centro

Todo el mundo anhela que en su familia haya unidad. Pero la unidad en cualquier organización no puede obtenerse por la fuerza, imposición o decretos. «El secreto de la unidad se halla en la igualdad de los creyentes en Cristo. La razón de toda división, discordia y diferencia se encuentra en la separación de Cristo. Cristo es el centro hacia el cual todos debieran ser atraídos, pues cuanto más nos acercamos al centro, más estrechamente nos uniremos en sentimientos, compasión, amor, crecimiento en el carácter e imagen de Jesús. En Dios no hay acepción de personas».3

Cuando, como familia, nos unimos a Jesús y lo mantenemos en el centro, no podemos evitar sentir atracción hacia él y hacia los demás. En el Nuevo Testamento se nos aconseja veinticinco veces cómo tratarnos unos a otros. Entre los consejos, se nos dice que nos amemos unos a otros (1 Tes. 3: 12), que nos aceptemos unos a otros (Rom. 15: 7), que nos cuidemos unos a otros como a nosotros mismos (Mar. 12: 31), que nos sometamos unos a otros (Efe. 5: 21), que nos edifiquemos unos a otros (Efe. 4: 29), y que nos sirvamos unos a otros en amor (Gál. 5: 13).

El egoísmo: el destructor de la familia

Cuando Adán y Eva comieron del fruto prohibido, dejaron de buscarse para bendecirse y comenzaron a preocuparse más en su protección individual. Cuando Dios les preguntó qué habían hecho, Adán señaló a su esposa con un dedo acusador. Luego, Eva señaló a la serpiente, e indirectamente a Dios, que la había creado. Desde ese momento, el matrimonio ha consistido en dos personas imperfectas que intentan descubrir cómo pueden vivir juntas en comunión. Aunque tenemos una idea de cómo debería funcionar, muchas veces nos frustran los decepcionantes resultados que tenemos.

El egoísmo es la actitud de colocar los intereses propios por encima de los intereses de los demás. El antídoto contra el egoísmo es: «No hagan nada por egoísmo o vanidad; más bien, con humildad consideren a los demás como superiores a ustedes mismos. Cada uno debe velar no solo por sus propios intereses, sino también por los intereses de los demás» (Fil. 2: 3-4, NV1).

La sumisión

Según 1 Reyes 14: 21, Roboam, el hijo del rey Salomón, tenía cuarenta y un años cuando se convirtió en rey de Israel. Lamentablemente, al parecer él no había aprendido aún la lección del liderazgo de servicio.

Tan pronto como fue coronado como rey en Siquem, muchos de los líderes del país se le acercaron para solicitarle que levantara el pesado yugo de impuestos y trabajo forzado que su padre había impuesto al pueblo. Cuando consultó a los ancianos que habían aconsejado a su padre, estos le dijeron: «Si te pones hoy al servicio de este pueblo, lo sirves y le respondes con buenas palabras, ellos te servirán para siempre» (1 Rey. 12: 7). Pero Roboam no escuchó. Más bien, siguió el consejo de sus amigos de la infancia, amenazando al pueblo y prometiendo un trato aún más duro del que su padre les había dado. Como no sabía servir con humildad, perdió diez de las doce tribus de su reino, creando un sisma irreparable en la nación del pueblo de Dios.

Afortunadamente, la Biblia contiene más que el simple ejemplo de Roboam de cómo no tratar a los demás. En el Nuevo Testamento, tenemos a Jesús y la verdadera naturaleza de la sumisión. En la cena de la Pascua, después de tres años y medio de ministerio, él sabía que su vida pronto llegaría a su fin. En cuestión de horas sería arrestado, juzgado ilegalmente, condenado a muerte y sufriría la más cruel penalidad. Había invertido casi 42 meses de sus 33 años para preparar a sus discípulos para ese momento y para la eternidad. Él les mostró, a través de palabras y acciones, cómo era su amoroso Padre celestial. Sanó a los enfermos, resucitó a los muertos y enseñó como nadie lo hizo nunca. Ahora, en sus últimos minutos juntos, ¿qué les diría Jesús a sus discípulos? ¿Qué haría para darles una última lección?

Esta reunión no se hizo de manera pública, sino en la privacidad de un hogar, durante una celebración que solía ser tradicionalmente familiar. Entre otras cosas, Jesús les dice a sus discípulos que, aunque él se irá, regresará por ellos. Mientras tanto, llegaría otro Amigo que al igual que él, los guiaría y los enseñaría. Pero también les dio una última lección importante: «El que quiera ser el primero deberá ser esclavo de los demás» (Mat. 20: 27, NV1).

Aunque Jesús dedicó su vida entera a servir a los demás, su mayor ejemplo de servicio ocurrió cuando les lavó los pies a los discípulos (Juan 13: 1-17). Este acto de servicio dejó una profunda huella en sus seguidores. No fue a pesar de su grandeza, sino más bien debido a ella que Jesús sirvió a sus discípulos aquella noche. A través de su propia definición práctica del servicio, enseñó a la humanidad que la verdadera grandeza en el reino de Dios no consiste en la posición o la autoridad, sino en el servicio recíproco. Jesús «se despojó a sí mismo y tomó forma de siervo» (Fil. 2: 7, RVC).

Jesús sabía bien que la creencia y la práctica común en el mundo es que el menor siempre sirve al mayor (Luc. 22: 27). Y aunque esto puede ser así en el mundo, entre sus discípulos tenía que ser diferente. Por eso les dijo: «Les di mi ejemplo para que lo sigan. Hagan lo mismo que yo he hecho con ustedes» (Juan 13:15, NTV).

La Biblia contiene muchas historias de hombres y mujeres de Dios que actuaron como instrumentos de servicio. A través del servicio, José salvó incontables vidas en Egipto y la región circundante. Elias ayudó a la viuda de Sarepta y a su hijo, y finalmente los salvó del hambre (1 Rey. 17: 8-16). Tabita, también conocida como Dorcas de Jope, «hacía muchas buenas obras y ayudaba mucho a la gente pobre» (Hech. 9: 36).

Quizás uno de los mejores ejemplos de servicio es el de Marta, la hermana de María y de Lázaro. Jesús y sus discípulos visitaban su hogar habitualmente para descansar y compartir. Las dos hermanas mostraban una gran voluntad de servir debido a su amor sincero por la verdad. Eran cálidas, compasivas, y hacían de su hogar un refugio de descanso para cuando Jesús y sus discípulos estuvieran en la zona y necesitaran hospedaje. Esta historia nos enseña que el campo de servicio misionero puede ser tan cercano como el mismo hogar en el que vivimos. La armonía crecería en cada hogar si la lección de liderazgo de servicio de Jesús se pusiera en práctica.

La unidad

Otra dinámica de la relación matrimonial es el misterio de la unidad. Dios declara que los dos cónyuges se volverán uno solo, pero, ¿cuál? La verdadera unidad en el matrimonio no puede darse si la identidad de una de las partes está subyugada por la otra. La identidad de una persona jamás puede perderse en la del otro. Sin embargo, una relación duradera requiere compromiso, el cual implica una adaptación de nuestra autonomía. Ciertos compromisos se hacen para el beneficio de ambos, por el bien de «nosotros».

Dios desea que nos unamos en nuestra maravillosa diversidad y formemos una unidad poderosa en el matrimonio. Cuatro veces encontramos estas palabras en la Biblia: «Por tanto dejará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán una sola carne» (Gén. 2: 24; ver también Mat. 19: 5; Mar. 10: 8; Efe. 5: 31). Dios claramente insiste en que no perdamos el norte en este sentido.

En 1 Corintios 12 y 14, Pablo describe el cuerpo de Cristo como una unidad, pero compuesto de muchas partes individuales, cada una única con su propia función particular. Es un cuerpo con una maravillosa diversidad. El matrimonio está integrado por dos aliados que trabajan por un objetivo común. Su unidad no genera uniformidad, sino que crea unidad perfecta en medio de la diversidad.

Unidad en el ministerio

La obra que Jesús nos encomendó desarrollar como discípulos aún no ha terminado. Pablo escribe: «Nosotros somos obra de Dios, creados en Jesucristo para realizar las buenas obras que Dios ya planeó de antemano para que nos ocupáramos de ellas» (Efe. 2: 10, PDT). Estas «buenas obras» son el servicio a los demás. Cada vez que servimos a otros de alguna manera, en realidad estamos sirviendo a Dios y cumpliendo uno de sus propósitos (Mat. 25: 34-45; Efe. 6: 7; Col. 3: 23- 24).

Dios nos ha estado preparando para el liderazgo en su causa, incluso desde antes de que naciéramos, y lo único que nos pide ahora es que respondamos dedicándonos a él y a su servicio (Jer. 1: 5; Rom. 12: 1-2). No sabemos cuándo podemos ser llamados a la acción. Podría ocurrir en el trabajo, en la iglesia, en nuestra comunidad, durante una actividad planificada, o cuando menos lo esperemos. Lo único que sabemos es que Dios puede usarnos cuando nos presenta la oportunidad de servir a los demás.

Comunicar y modelar el valor del servicio debe ser una de las mayores prioridades de los padres. Quizás una de las mayores preocupaciones de los padres es cómo asegurarse de que sus hijos permanezcan conectados con Dios y con su iglesia. Oramos por ellos, les enseñamos versículos de memoria, los llevamos a la iglesia, pero, ¿qué más podemos hacer para ayudarlos a aprender a servir a Jesús y a los demás? Veamos lo que nos dice el prólogo del libro Discipleship and Service: Re-aching Families for Jesús, el manual del año 2018 del Departamento del Ministerio de la Familia:

«[Mark] DeVries escribe sobre la tremenda importancia que tienen los padres en la formación de la fe de sus hijos, y nos explica que cuando los padres hablan de la fe y los incluyen en actividades de servicio, duplican y a veces triplican las posibilidades de que los niños vivan su fe como los adultos [Mark DeVries, Family-Based Youth Ministry, edición revisada y expandida (Downers Grove, llinois: InterVarsity Press, 2004), p. 63], [Ben] Freudenburg cita estudios conducidos por su denominación que muestran cuatro prácticas comunes que son particularmente importantes para ayudar a los jóvenes a crecer en la fe (tanto en la infancia como en la adolescencia): (1) hablar de la fe con su madre; (2) hablar de la fe con su padre; (3) tener devociones familiares y momentos de oración; y (4) organizar proyectos familiares para ayudar a otros. Desafortunadamente, menos de un tercio de los jóvenes informaron haber participado en alguna de estas actividades de forma habitual en el pasado o en el presente en sus hogares [Ben Freudenburg y Rick Lawrence, The Family Friendly Church (Loveland, Colorado: Group Pub., 1998), p. 17 ] La investigación de [George] Barna afirma que en una semana típica, menos del diez por ciento de los padres que asisten habitualmente a la iglesia con sus hijos leen juntos la Biblia, oran juntos o celebran juntos el culto familiar [George Barna, Grow Your Church From the Outside In (Ventura, California: Regal Books, 2002), p. 78], Los estudios "Valuegene-sis" realizados entre jóvenes adventistas también confirman el importante papel que los padres juegan a la hora de transmitir su fe a sus hijos, no solo con lo que les dicen [sobre el servicio] sino incluyéndolos en proyectos de ayuda en la comunidad o en esfuerzos misioneros [V. Bailey Gillespie, Michael J. Donahue, Barry Gane y Ed Boyatt, Valuegenesis Ten Years Later: A Study of Two Generations (Riverside, California: Hancock Center Pub, 2004), pp. 255-273]».

La unidad en el ministerio y la unidad misionera mantienen a los niños comprometidos activamente en la vida de la iglesia. Como individuos, no pensarán exactamente igual que sus padres, pero unirse a sus padres en el servicio les enseñará a ayudar y bendecir a otros.

La unidad familiar

Si el objetivo de la vida familiar es la unidad, ¿cómo podemos lograrla? He aquí algunas sugerencias:

1. A través de la comunicación. Es vital que los miembros de la familia dediquen tiempo a hablar sobre sus planes, los problemas y situaciones que enfrentan y sus metas para el futuro. Permita que cada miembro de la familia exprese abiertamente sus puntos de vista y sus sentimientos.

2. Escuchándose mutuamente. Uno de los elementos más descuidados de la buena comunicación es la capacidad de escuchar atentamente. Mientras su cónyuge o hijos hablan, trate de prestar atención a sus puntos de vista. Escuchar activamente permite a quien habla, especialmente a sus hijos, saber que son importantes y que sus opiniones y sentimientos son relevantes.

3. Compartiendo las responsabilidades del hogar. Converse con su cónyuge para decidir qué responsabilidades debe tener cacla miembro de la familia y luego comuníquelas a sus hijos. Si se presentan como un frente unificado cuando les comuniquen sus decisiones a sus hijos, es más probable que ellos tengan una reacción positiva.

4. Asignando tareas específicas, teniendo en cuenta la edad y las habilidades de cada niño.

5. Estableciendo rutinas. La rutina ayuda a los niños a sentirse seguros.

. Procurando una experiencia espiritual sólida. Cuando los padres eligen no asistir a la iglesia o enviar a sus hijos en lugar de ir con ellos, les están comunicando el mensaje de que la iglesia y la espiritualidad no son tan importantes. Asistir a la iglesia como familia refuerza lo que estamos intentando enseñarles sobre Dios. Aparte de ello, es importante leer la Biblia y otro tipo de literatura espiritual que respalde las creencias de la familia y que los inspire a ser mejores. Al reforzar en ellos un sistema de valores compartidos, crearemos una cultura espiritual dentro de la familia y les enseñaremos a nuestros hijos que forman parte de un todo mayor: de la familia de Dios en el mundo.

7. Divirtiéndose en familia. Aunque esto podría parecer obvio, muchas familias no dedican tiempo suficiente a divertirse. Al menos una vez al mes, es bueno salir juntos en familia. Estas salidas no tienen que ser costosas o complicadas. Se puede ir a caminar, visitar un zoológico o ir a un museo. Tomar vacaciones familiares es bueno para la salud y es una forma maravillosa de crear recuerdos familiares positivos. Todas las familias pueden trabajar juntas para desarrollar una felicidad duradera.

Preguntas para reflexionar

1. ¿Qué ejemplos específicos de liderazgo de servicio recuerdas en la vida y el ministerio de Jesús? ¿De qué manera podemos imitarlo? ¿De qué maneras podemos adaptar sus métodos a nuestra personalidad, talentos o capacidades?

2. Lee Mateo 25: 31-40. ¿Son las actividades que Jesús menciona las únicas maneras en que podemos servir a los demás? ¿De qué otras formas podemos servir a los más pequeños de los hermanos de Cristo?

3. Haz una lista de diez acciones que puedes realizar para ser un mejor servidor para tus padres, tu cónyuge o tus hijos. Da prioridad a esas acciones y practica una nueva cada semana.

4. ¿Tener unidad significa que no podemos tener opiniones diferentes? ¿De qué manera debemos estar unidos?

. Procurando una experiencia espiritual sólida. Cuando los padres eligen no asistir a la iglesia o enviar a sus hijos en lugar de ir con ellos, les están comunicando el mensaje de que la iglesia y la espiritualidad no son tan importantes. Asistir a la iglesia como familia refuerza lo que estamos intentando enseñarles sobre Dios. Aparte de ello, es importante leer la Biblia y otro tipo de literatura espiritual que respalde las creencias de la familia y que los inspire a ser mejores. Al reforzar en ellos un sistema de valores compartidos, crearemos una cultura espiritual dentro de la familia y les enseñaremos a nuestros hijos que forman parte de un todo mayor: de la familia de Dios en el mundo.

7. Divirtiéndose en familia. Aunque esto podría parecer obvio, muchas familias no dedican tiempo suficiente a divertirse. Al menos una vez al mes, es bueno salir juntos en familia. Estas salidas no tienen que ser costosas o complicadas. Se puede ir a caminar, visitar un zoológico o ir a un museo. Tomar vacaciones familiares es bueno para la salud y es una forma maravillosa de crear recuerdos familiares positivos. Todas las familias pueden trabajar juntas para desarrollar una felicidad duradera.

Preguntas para reflexionar

1. ¿Qué ejemplos específicos de liderazgo de servicio recuerdas en la vida y el ministerio de Jesús? ¿De qué manera podemos imitarlo? ¿De qué maneras podemos adaptar sus métodos a nuestra personalidad, talentos o capacidades?

2. Lee Mateo 25: 31-40. ¿Son las actividades que Jesús menciona las únicas maneras en que podemos servir a los demás? ¿De qué otras formas podemos servir a los más pequeños de los hermanos de Cristo?

3. Haz una lista de diez acciones que puedes realizar para ser un mejor servidor para tus padres, tu cónyuge o tus hijos. Da prioridad a esas acciones y practica una nueva cada semana.

4. ¿Tener unidad significa que no podemos tener opiniones diferentes? ¿De qué manera debemos estar unidos?

Referencias:

1. http://www.ataun.net/BIBLIOTECAGRATUITA/Clásicos%20en%20Español/León%20Tolstoi/ Ana%20Karenina.pdf.

2. Elena G. de White, El hogar cristiano, cap. 27, p. 169.

3. Elena G. de White, Mensajes selectos, t. 1, p. 304.s