Lección 9 - MATERIAL AUXILIAR PARA EL MAESTRO
El sábado enseñaré...

RESEÑA

Hay algunas etapas de la vida familiar que desearíamos que nunca hubiésemos tenido que pasar. Algunas son inevitables, aunque muy dolorosas, como la eventual pérdida de la salud y la vida. Hay otras que nunca imaginamos que fuesen posibles. ¿A quién se le hubiese ocurrido pensar que el día de nuestra boda, de pie ante amigos y familiares, también podía ser el comienzo del adulterio, la adicción o la violencia doméstica? Pero ocurre todo el tiempo. La lección de esta semana reflexiona sobre algunas de las realidades más aleccionadoras de la vida familiar a las que nos veremos expuestos, y las aborda utilizando consejos bíblicos y cristianos.
No cabe duda de que el Señor se preocupa por nuestra salud física y por nuestro bienestar. Cuando sufrimos, él sufre: “Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores” (Isa. 53:4). Si alguna vez pensamos que cuando el Mesías vino al mundo podría haber tenido responsabilidades más apremiantes que dedicarse a sanar a la gente, nos equivocamos. Eso es exactamente lo que hizo la mayor parte del tiempo. Podemos suponer que su corazón no ha cambiado en ese sentido. Por lo tanto, su preocupación y su cuidado constantes por los enfermos deben marcar para siempre el ministerio de quienes adoptan su nombre.
“¡Confié en ti!” El tono en el que se leen esas palabras revela la realidad de que a menudo se pronuncian después de graves hechos de traición. Jesús mismo sabe lo que es ser traicionado (Luc. 22:48) y puede identificarse con todos aquellos que han perdido la confianza. Incluso sus palabras sobre el adulterio (Mat. 5:28), aunque a menudo se leen a la luz de la santidad personal, pueden considerarse un intento de preservar el compromiso conyugal al evitar en el corazón lo que la Ley condena en el cuerpo.

COMENTARIO

Una cosmovisión del Dios sufriente De un modo u otro, todos debemos luchar intelectualmente con el dolor y el sufrimiento que persisten en el mundo. La primera gran lucha de José fue un servicio fúnebre informal en el que tuvo que mirar a los ojos de una madre y hablarle de un Dios que estaba presente cuando su hijo (el mejor amigo de José en la escuela primaria) sufrió daño cerebral en un accidente automovilístico y posteriormente acabó con su vida llena de dificultades a través del suicidio. José aún no había cumplido veinte años, ni tampoco su mejor amigo. A menudo es difícil saber qué decir en esos momentos. Sin duda, no fue fácil para José. Pero habría sido más difícil si el Dios a quien José estaba compartiendo con la madre de su mejor amigo no hubiera visto a su propio Hijo colgado, muriendo en una cruz. Nuestro Dios ha bebido el cáliz del dolor y el sufrimiento personales y, por lo tanto, está capacitado para hablar de nuestro dolor. Él es inigualable entre todos los “dioses” en este sentido.
Según avanza esta lección en tiempos de gran pesar que nos enfrentan cara a cara con un abanico de sufrimientos, es trascendental que el Dios verdadero (no un dios que se ha aislado del sufrimiento) esté presente en el análisis. En The Cross of Christ, el ya fallecido clérigo John R. W. Stott destacó muy bien: “Nunca podría creer en Dios si no fuera por la Cruz [...].
En el mundo real de dolor ¿cómo se puede adorar a un Dios que es inmune a él?” Sigue diciendo que nuestros sufrimientos se vuelven más manejables a la luz de su sufrimiento. Cuán cierto es esto.

Ejemplos alentadores
Cuando vemos el deterioro de la salud en un ser querido o personalmente, Annie Johnson Flint y la belleza derramada a través de sus dedos con artritis nos ayudan a todos. Quedó huérfana de niña y, finalmente, contrajo una artritis reumatoide aguda, que la hacía retorcerse y sacudirse del dolor.
Contrajo cáncer, incontinencia, y luego luchó contra la ceguera. El dolor y las llagas de su cuerpo eran tan intensos que su biógrafo dijo que la última vez que la vio tenía siete u ocho almohadas que le amortiguaban el cuerpo. Sin embargo, de esta hija de Dios surgió este himno de alabanza:

Al pensar en la pérdida de un ser querido, debemos recordar el fallecimiento de Enrique White, el hijo mayor de Elena de White. Estaba resfriado, contrajo neumonía y se enfermó de muerte. Elena de White relata un momento conmovedor con su hijo: “Cuando nuestro hijo mayor Enrique estaba a las puertas de la muerte, dijo: ‘El lecho de dolor es un lugar precioso cuando contamos con la presencia de Jesu´s’ ” (MS 2: 337). En diciembre de 1863, Jaime y Elena de White perdieron a su “dulce cantor”. Él pidió que lo enterraran junto a su hermanito, Juan Herberto, para que pudieran resucitar juntos. Tenía solo 16 años cuando murió, pero dejó un legado nacido de la experiencia: la presencia de Jesús y la promesa de la resurrección. Estos regalos hacen que todo sea soportable.

La raíz de la violencia y el adulterio

Seamos cristianos o no, todos deberíamos felicitar a Jesús de Nazaret por su inclinación a exponer las raíces de la maldad humana. La mayoría puede reconocer los problemas sociales, como la violencia doméstica y el adulterio, pero no puede proponer soluciones suficientemente rigurosas que marquen una diferencia importante. En cambio, Jesús no tuvo escrúpulos en exponer y luego cortar estos vicios de raíz. Como la Guía de Estudio de la Biblia toca el tema de la violencia familiar y la infidelidad, haríamos bien en prestar atención a la penetrante visión de Jesús sobre estos temas.
Jesús encuentra las semillas de la infidelidad conyugal y el asesinato (la cima de la violencia) en actividades en las que todos hemos participado personalmente (Mat. 5:21, 22, 27, 28). La triste realidad es que la mirada lasciva y el espíritu iracundo, algo que todos hemos experimentado, nos coloca a todos en un trayecto que, si permitimos que continúe sin control, termina en adulterio y asesinato. Si eso suena demasiado extremo, considera la apelación de Jesús a la corte más encumbrada de la Tierra, el Sanedrín, y eventualmente al “infierno de fuego” simplemente por las airadas expresiones de desprecio hacia los demás (Mat. 5:22). Este lenguaje no es una hipérbole, sino la cruda realidad de que el asesinato y el adulterio son los árboles de roble dentro de las bellotas de la lascivia y el enojo.
Jesús es a la vez preventivo y anticipatorio cuando se trata del pecado sexual y el asesinato (la violencia extrema). Él va “en busca del enemigo” en su fase incipiente; es decir, en la mirada lujuriosa y el improperio. No es tan ingenuo como para esperar a disuadir la violencia de un hombre medio loco de la rabia o para esperar fidelidad sexual de alguien completamente entregado a las miradas o las imaginaciones lascivas. Imagínate a una sociedad (familia, iglesia y Estado) que se tome en serio las palabras de Jesús e inculque desde temprana edad una sensación de temor o vergüenza con solo pensar en la ira desenfrenada, y que además menosprecie cualquier sensualidad que fomente los pensamientos o las miradas lujuriosos.

Un testimonio trágico
Uno esperaría que los hogares que proclaman seguir a Jesús (los hogares cristianos) estén exentos de violencia doméstica. Pero, en cambio, Benjamín Keyes, del Centro de Estudios de Trauma de la Universidad Regent, lamenta el hecho de que “en los matrimonios cristianos tengamos una frecuencia mucho mayor de violencia doméstica que en los hogares no cristianos” (en Charlene Aaron, “Domestic Abuse in the Church: ‘A Silent Epidemic’ ”). ¿Te sorprendiste? Quizá deberíamos resaltar más historias como la de Marleen: “Una mujer a la que llamaré ‘Marleen’ acudió a su pastor en busca de ayuda.

“–Mi esposo me maltrata –le dijo–. La semana pasada me tiró al piso y me dio una patada. Me rompió una costilla.
“El pastor de Marleen se mostró comprensivo. Oró con Marleen, y luego la envió a su casa.
“–Intenta ser más sumisa –le aconsejó–. Después de todo, tu marido es tu cabeza espiritual.
“Dos semanas después, Marleen fue asesinada por un marido abusivo.
Su iglesia no podía creerlo. El esposo de Marleen era maestro de la Escuela Dominical y diácono. ¿Cómo pudo haber hecho tal cosa?” (Chuck Colson, “Domestic Violence Within the Church: The Ugly Truth”).

Recuérdale a tu clase que en la lección de esta semana los autores que destacan la violencia doméstica son plenamente conscientes de que su audiencia está compuesta por cristianos que asisten a tu Escuela Sabática.
Este estudio de la lección nos brinda la oportunidad de ocuparnos de lo que se considera una “epidemia silenciosa”, exponerla y alentar a quienes son abusados a buscar ayuda hoy.

APLICACIÓN A LA VIDA

Aunque la lección de esta semana se ha ocupado de las experiencias más sombrías de la vida, aborda lo que realmente sucede en los hogares de los miembros de iglesia. Para algunos, el sábado de mañana no siempre es un “feliz sábado”. Tu clase de Escuela Sabática les brinda la oportunidad, a quienes sufren, de compartir sus problemas y buscar ayuda. Estén atentos a esos momentos. Analicen algunas de las formas prácticas en que las iglesias pueden convertirse en refugios para las familias en dificultades. Estos son algunos puntos para iniciar la discusión.