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Justicia viva

 

La receta que da la Biblia para asumir la tarea de la justicia no es fácil, pero es sencilla: "En esto conocemos lo que es el amor: en que Jesucristo entregó su vida por nosotros. Así también nosotros debemos entregar la vida por nuestros hermanos. Si alguien que posee bienes materiales ve que su hermano está pasando necesidad, y no tiene compasión de él, ¿cómo se puede decir que el amor de Dios habita en él?" (1 Juan 3:16, 17, NYI). Para Juan el modelo se reduce a ver necesidades, tener compasión y usar nuestros recursos para responder.

Esto me recuerda un proyecto iniciado por Troy Fitzgerald, un pastor amigo en la iglesia de la Universidad de Walla Wa-11a en el Estado de Washington. Al trabajar con los estudiantes universitarios, Troy los animó a involucrarse en la escuela primaria pública al otro lado de la calle del campus. Ellos enseñarían música, ayudarían en general en las clases y pasarían tiempo con los alumnos de la escuela. Pero al llegar a conocer a los niños y a algunos de los maestros, comenzaron a darse cuenta de que la escuela tenía recursos muy limitados.

Investigando esta situación, Troy y sus estudiantes universitarios descubrieron que la ciudad no había podido elevar su tasa municipal -una especie de impuesto municipal- para sostener escuelas hacía muchos años, porque la gran población adventista, que generalmente envía a sus niños y apoya las escuelas adventistas en la comunidad, había rechazado algunos cambios propuestos en una votación. Reconociendo que las escuelas públicas, con casi un 70 por ciento de las familias de sus alumnos eran peones agrícolas, siempre estaría en desventaja a menos que se aumentara ese impuesto. Troy y su equipo propusieron el voto necesario para que coincida con las siguientes elecciones de la ciudad y comenzaron a hacer campaña para su adopción.

Por un período de dieciséis meses, ellos golpearon las puertas de muchos hogares en la comunidad pidiendo a las familias del vecindario que donaran útiles escolares porque "la necesidad es muy grande, y los niños quieren aprender". También animaron a otros a ofrecer tiempo para ayudar en la escuela. Como resultado, la comunidad comenzó a sentir que las necesidades de la escuela y sus alumnos eran de ellos. Por supuesto, también hubo innumerables conversaciones explicando la importancia del voto, mientras ellos distribuían carteles para poner en el frente de las casas, y llevaban camisetas en apoyo del impuesto.

Como resultado de ese gran esfuerzo, las actitudes comenzaron a cambiar, y el impuesto se aprobó. "Le costamos a la comunidad 46 millones de dólares", me dijo Troy, "pero estas escuelas serán lugares mejores en los años venideros. Muchos de estos jovencitos de familias con desventajas tendrán una educación mejor y mayores oportunidades". Por causa de este nuevo financiamiento, se ha construido una nueva escuela secundaria pública y se celebró su primera graduación. En la ceremonia de graduación, le pidieron a Troy que orara por los egresados. "Esta experiencia también me cambió a mí", fue la reflexión de Troy.

Por causa de que Troy y su equipo tomaron tiempo en la escuela con los alumnos, ellos vieron la necesidad y respondieron con compasión. Luego usaron los recursos que ellos tenían -tiempo, energía, creatividad, influencia y el proceso político- para cambiar dramáticamente las oportunidades para las escuelas locales y sus alumnos. Como lo hubiera explicado Juan, así es como se vio el amor en su comunidad.

Ver

Estamos constantemente bombardeados con informaciones, historias, titulares y ruido. Aunque esto nos da amplia oportunidad de conectarnos con otras personas y sus experiencias de pobreza e injusticia, también tenemos filtros bien desarrollados para mantener a esas personas a cierta distancia. La tragedia es que todavía estamos expuestos a su dolor, pero desarrollamos una especie de impotencia aprendida. El trasfondo es que no podemos hacer nada útil para ayudarlos, así que no les prestamos mucha atención.

Aunque los medios o las campañas de los medios sociales pueden a veces captar nuestra atención y llevarnos a responder, realmente ver y escuchar a la gente a menudo comienza en nuestra propia vida y en nuestras experiencias. Ocurre cuando notamos las injusticias hechas a personas con las que tal vez interactua-mos, que a veces requiere que nos salgamos de nuestro camino. En el llamado bíblico a hacer justicia, ciertos grupos de personas se enfatizan con cierta regularidad: los pobres, las viudas, los huérfanos y los extranjeros o forasteros entre nosotros. En resumen, estas son las personas más vulnerables, a menudo pasadas por alto, excluidas u olvidadas. Necesitamos dar prioridad a ver y a escuchar a estas personas y a cómo aparecerían en nuestra sociedad o dónde podrían estar en ella.

Podemos involucrarnos en buscar hacer bien para los menos afortunados, tal como ayudar en una escuela local, servir en un ministerio en nuestro pueblo o ciudad, o ser parte de un viaje misionero a otro país. Aunque podamos hacer el bien, el mayo beneficio será el de tomar estas oportunidades para mirar, escuchar y aprender. Estar con personas que experimentan injusticias pronto nos alertará a los problemas mayores que deben atenderse, mientras continuamos sirviendo a las necesidades directas e inmediatas al mismo tiempo.

Experiencias como estas nos impulsarán a averiguar más. Esto puede significar una encuesta más intencional de las necesidades y recursos de una comunidad; puede requerir conversaciones con líderes de la comunidad o con una agencia o grupo que ya está trabajando allí; puede comenzar con una búsqueda en línea acerca del problema específico de justicia u organización; puede significar un libro o un documental que cuente la historia de una personas o de un grupo de personas, o un problema; o puede demandar un estudio formal de desarrollo, justicia, economía o historia. Hay muchos recursos disponibles para la gente que toma la injusticia, la pobreza y la opresión seriamente, y estos pueden ayudarnos a ver de nuevas maneras.

Uno de los riesgos de actuar es que podemos quedar abrumados con tanta información, tantos problemas y causas, que nos paralicemos por la enormidad de la injusticia. Escuchar, aprender y la educación pueden ayudarnos a encontrar caminos para comenzar a deshacer la injusticia, aun cuando progresos mayores parezcan imposibles. Y dar un primer paso en esta obra es probable que sea un proceso de aprendizaje significativo en sí mismo, y el siguiente paso llegue a ser más obvio al avanzar.

También necesitamos orar pidiendo ojos que vean y oídos que escuchen. Jesús mismo nos enseñó a orar: "Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra" (Mat. 6:10). La respuesta a esta oración comienza con ver y escuchar, comprender lo que está roto, y notar lo que ya está avanzando hacia la sanación y la restauración. Como hemos visto, si somos la respuesta al llamado bíblico de hacer justicia, debemos reconocer que Dios ya está actuando en favor de la justicia, así que necesitamos estar alerta a dónde podemos unirnos con él en lo que él está haciendo, a menudo por medio de otros que ya están trabajando con él. Oramos para que Dios nos dé un mayor sentido de estas realidades y la capacidad de escuchar, discernir y, entonces, responder con fidelidad.

Compasión

Compasión no es meramente sentir simpatía; es una comprensión y un reconocimiento del sufrimiento de otros, y su clamor por justicia. Esto requiere que vayamos más allá de las diferencias, los prejuicios y de nosotros mismos.

Hay una mentira central que nos ayuda a navegar nuestras vidas en medio de las horrorosas y trágicas historias de nuestro mundo. Y es esta: aquellas personas que vemos sufriendo injusticias, opresión, pobreza y exclusión, de algún modo son menos que nosotros, de modo que no sufren de la misma manera en que nosotros sufriríamos. Esta mentira crece más fácilmente si aquellas personas son de algún modo diferentes. Pueden ser de un color diferente, hablar un idioma diferente, creen en forma diferente o sencillamente venir de suficientemente lejos de modo que podamos desecharlos como un poco menos humanos que nosotros. Eso se Wamzprejuicio, y una de sus formas más comunes es el racismo.

Como lo entendemos hoy, el concepto de raza fue mayormente una creación y sirviente de la colonización europea. Y por supuesto, hubo teólogos listos para ofrecer apoyo ideológico a estos proyectos imperiales en conexión con sus emprendimientos misioneros.1

Esta fue la razón fundamental para la ocupación, la esclavitud y la explotación de muchas clases. Como tal, el racismo es uno de los fundamentos sobre los cuales se construyó el mundo moderno y sigue colonizando nuestras sociedades, nuestra política, nuestras actitudes y aún nuestra fe de modo que está profundamente establecido, persistente, insidiosamente y -hasta parece-crecientemente manifiesto.

Que los cristianos no levanten más alto sus voces contra la marea del racismo en nuestras sociedades, también demuestra nuestros lugares ciegos teológicos.

Si realmente creemos en la Creación -que Dios hizo a los seres humanos a su imagen- y en la Encarnación -Dios que se identifica como uno de los pobres, los refugiados, los oprimidos, y prepara un camino para la salvación de todas las personas- debemos escuchar, aprender y hablar, o arriesgarnos a perder nuestra fe.

Escribiendo en el contexto del prejuicio racial -como uno que marchó con Martin Luther Kingjr., en la década de 1960-, el rabí Abraham Joshua Heschel alegó que el prejuicio es ateísmo, "una traidora negación de la existencia de Dios". En otras palabras, el prejuicio niega cualquier pretensión de tratar de creer en un Dios que afirma haber hecho a todas las personas a su imagen. Heschel continúa: "La hipocresía racial o religiosa debe ser reconocida por lo que es: satanismo, blasfemia [...]. La oración y el prejuicio no pueden morar en el mismo corazón. La adoración sin compasión es peor que el autoengaño; es una abominación".2

Cuando se presenta en términos tan crudos, la urgencia teológica y moral de las tareas de combatir y vencer el racismo, no puede ser ignorada. Es tan grande y complicada como la forma en que actuamos y reaccionamos políticamente y en nuestras

comunidades, y cómo se estructuran nuestra iglesia y sus programas, cómo se conducen, si son accesibles y les dan la bienvenida a todos. Es difícil y embarazosa la manera en que aprendemos a escuchar mejor a la gente que no conocemos, y cómo respondemos a los chistes raciales o a los mensajes que en los medios sociales nos hace un amigo.3 No podemos ignorar el sufrimiento y la injusticia de otros, quienesquiera que sean, porque hacerlo es deshonrar a Dios a cuya imagen fueron creados (Prov. 14:31).

Recursos

Los recursos más obvios para responder a las necesidades y la injusticia de la gente, que Juan identifica en su carta, es el dinero. A lo largo de toda la Biblia, la generosidad con lo que tenemos es una respuesta esperada y práctica a quienes no tienen suficiente para vivir bien. Y si parece que nunca damos lo suficiente es porque a menudo no lo hacemos. Cuando miremos con compasión, pelearemos una batalla constante entre nosotros mismos y las cosas buenas que podemos gozar en la vida, que son buenas en sí mismas, y las necesidades de aquellos que nos rodean y sus legítimos reclamos de lo que podríamos compartir. Entonces deberíamos buscar maneras de dar bien, tal vez directamente a la gente que nos rodea, pero también por medio de organizaciones creíbles que podamos apoyar en su obra más grande en favor de la justicia.

En nuestro mundo interconectado, debemos también darnos cuenta de que importa cómo usamos nuestro dinero. Las elecciones que hacemos cada día, tanto grandes como pequeñas, tienen un efecto sobre la gente, la sustentabilidad de sus vidas y cuánto sufren ellas. Los agricultores que producen los alimentos que comemos y la gente que ellos emplean, los operarios de las fábricas textiles que hacen nuestras ropas, la gente que arma nuestros teléfonos son individuos cuyas vidas son afectadas por nuestras elecciones: "El jornal de los obreros que han cosechado vuestras tierras, el cual por engaño no les ha sido pagado por vosotros clama, y los clamores de los que habían segado han llegado a los oídos del Señor de los ejércitos" (San. 5:4). Hasta donde sea posible debemos evitar patrocinar compañías y comercios que usan la explotación y la opresión como parte de su cadena de suministro o como un modo de aumentar sus ganancias. Ahora es más fácil saber quién trabaja indirectamente para nosotros, y nuestras elecciones de productos éticos, comercio justo y sustentable puede hacer una diferencia.

También vivimos en una cultura en la que las prioridades de la sociedad como un todo tienen un efecto importante sobre los pobres y los vulnerables en nuestras comunidades, tanto nacional como internacionalmente. Este recurso toma la forma de nuestra atención, nuestro tiempo y nuestras voces: "Muchos deploran los males que saben que existen ahora, pero se consideran libres de toda responsabilidad en el asunto. Esto no puede ser. Cada persona ejerce una influencia en la sociedad".4 Aunque hay mucho que aprender acerca de cómo ejercer una influencia fiel, creíble y efectiva, podemos trabajar con otros que están esforzándose por el bien de los más pequeños.

Y como pueblo de Dios, también podemos orar por aquellos que sufren injusticia, los que perpetran injusticias y los que trabajan en favor de la justicia. Sin embargo, por más piadosa que sea nuestra oración, no debemos desechar nuestra responsabilidad de actuar (Sant. 2:15,16); pero las historias en los noticieros y los problemas de la comunidad ofrecen numerosas sugerencias para una vida de oración activa y urgente. Reconocemos que nuestro Dios está alerta al clamor por justicia y que él se identifica con los oprimidos e interviene en su favor. Cuando compartimos esta preocupación, estamos llegando a ser más semejantes a él, y eso nos cambia a nosotros y a nuestro mundo.

Fe fundacional

Aunque la fórmula puede parecer sencilla, la obra de justicia no es fácil. Por definición, estamos trabajando con problemas difíciles, poderes atrincherados y sistemas rotos. Estamos entrando a las partes más caóticas de la vida y los lugares más oscuros de nuestro mundo. Encontraremos apatía, enemistad y críticas a cada instante. Recordemos la octava Bienaventuranza: "Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos" (Mat. 5:10).

El desafío para aquellos que buscan la justicia tiene dos formas igualmente perniciosas de agotamiento: uno que ha llegado a conocerse como fatiga de compasión; la otra, de aclimatación, llegar a estar acostumbrados y aún a aceptar la injusticia con la que están rodeados y que parece tan obcecadamente intransigente.5

Como tal, una fe bíblicamente fundada es un ingrediente clave para la longevidad en hacer justicia. En La imaginación proféti-ca, Walter Brueggemann usa la narración de la confrontación de Moisés con los poderes opresivos de Egipto para enfatizar este eslabón necesario entre la fe y la justicia social. Él lo hace criticando ambos extremos: primero, que el radicalismo social por sí mismo es una "flor cortada, sin nutrimento, sin ninguna sanción más profunda que el coraje humano y las buenas intenciones",6 pero segundo, que una fe conservadora no profética ofrece un "Dios de bienestar y buen orden"7 que fácilmente llega a ser "precisamente la fuente de la opresión social".8 De una manera o la otra, insta Brueggemann, "nuestro discernimiento de Dios tiene implicaciones notablemente sociológicas".9 Por esto Moisés, Jeremías y Jesús, cada uno a su vez, confrontaron las estructuras más poderosas de sus tiempos.10

Al introducir un breve estudio del rol que los fundamentos espirituales desempeñan en sostener la obra de justicia, Bethany Hoang asegura que "buscar la justicia comienza con buscar al Dios de la justicia". "Pelear contra la injusticia -el abuso del poder que oprime a los vulnerables por medio de violencia y mentiras- puede ser un trabajo extremadamente duro. Puede ser agotador. Es implacable. Pero Jesús ofrece aliviar la carga de luchar contra la injusticia"." Como en la Gran Comisión, el llamado bíblico a hacer justicia no es algo separado de nuestra fe, en el poder, la persona y la presencia de Jesús. Al seguir a nuestro Dios de justicia, llegamos a ser pueblo de justicia, y nos unimos con él en esta obra. Esto demanda prioridades diferentes, elecciones diferentes y trabajo difícil. Al mismo tiempo, la justicia es siempre el proyecto de Dios, por su poder y por medio de su promesa.


Referencias
1 Para conocer más acerca de esta historia teológica, ver Willie James Jennings, The Chris-

tian Imagination: Theology andthe Origins o/Race [La imaginación cristiana: Teología y los orígenes de la raza] (New Haven, CT: Yale University Press, 2010).
2 Abraham Joshua Heschel, The Insecurity of Freedom: Essays on Human Existence [La

inseguridad de la libertad: Ensayos sobre la existencia humana] (Nueva York: Farrar, Straus and Giroux, 1966), pp. 86,87.
3 Porciones de esta sección fueron adaptadas de Nathan Brown,"Racism is Atheism" [El

racismo es ateísmo], Advent Record (21 de abril de 2017).
4 Elena de White, Obreros evangélicos (Florida, Bs. As.: ACES, 2015), p. 398.
s Porciones de esta sección fueron adaptados de Nathan Brown, citado en Brenton Stacey,

"Bringing Faith tojustice"', AvondaleNews, 16 de marzo de 2018. 'Walter Brueggemann, The Prophetic Imagination, 2a. ed. (Minneapolis, MN: Fortress
Press, 2001), p. 8.
7íbíd.
Hbíd. 5Ibíd.

10 Porciones de esta sección fueron adaptadas de Nathan Brown, "Book Review: The Prophetic Imagination at 40", crítica de The Prophetic Imagination, 2" ed., por Walter Brueggemann, Spectrum, 22 de mayo de 2018. '1 Bethany H. Hoang, Deepening the Soulfor Justice [Profundizando el alma para justicia] (Downers Grove, IL: InterVarsity Press, 2012), p. 7.