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La voz de los profetas

Miriam es una madre en Papua Nueva Guinea. También es una sobreviviente de una violencia horrible a manos de su esposo, que la golpeó con una tabla de madera hasta que quedó inconsciente.

-Me quebró la nariz aquí -dice Miriam señalando su rostro.

-Me pegó en la cabeza. Caí al suelo y trató de pegarme otra vez. Levanté mi brazo y atajé el golpe. Me pegó en el brazo -dice Miriam. [Tenía el brazo quebrado.]

-Mis hijos vieron todo. Dijeron: "¡Mami!", pero yo estaba inconsciente.

A pesar de padecer un abuso tan feroz, la fe de Miriam la mantuvo fuerte.

-Agradezco a Dios -dice ella-. Él me da fuerzas y valor para sostenerme.

Con su esposo en la cárcel por un tiempo, Miriam está a salvo... por ahora.

Pero su historia es solo una de muchas. Dos de cada tres mujeres en Papua Nueva Guinea, como Miriam, serán víctimas de violencia familiar. Demasiado a menudo, cuando huyen de sus abusadores, no tienen dónde ir. No tienen casa ni ingresos.1

No es difícil imaginar el corazón quebrantado de esta madre, que intenta mantener seguros a sus hijos, pero no sabe adonde ir. Además de eso está su propio dolor físico y el temor, sumado a la angustia de una relación que se ha vuelto tóxica y peligrosa.

Cuando escuchamos con frecuencia informes como este -otra mujer en dificultades en un país extranjero- el riesgo es que la historia se vuelva tan familiar que lleguemos a desensibilizarnos al sufrimiento de otros. Para algunos de nosotros, está tan lejos de nuestra experiencia que difícilmente parece real. Para otros, está demasiado cerca de casa, de modo que tratamos de olvidarla. En ambos casos, perdemos un poco de la sensibilidad ante otra historia de sufrimiento, violencia e injusticia. Para complicar este efecto están los titulares incesantes de los noticiosos que nos bombardean con tragedias e injusticia, horror y desesperación. Para muchos de nosotros, una especie de aturdimiento llega a ser un mecanismo de supervivencia.

Sencillamente, somos incapaces de absorber y lamentar cada historia que quebranta el corazón que nos llega. Pero ni nosotros ni nuestra fe puede darse el lujo de llegar a tener un corazón endurecido y calloso hacia los que sufren en nuestro mundo, especialmente cuando tenemos recursos y la capacidad de responder en formas prácticas.

La respuesta del profeta

Hace un par de años tuve la oportunidad de reunirme y escuchar a alguien que trabaja con jóvenes sin casa y en situación de riesgo, proveerles adiestramiento, empleo y otros apoyos para mejorar en forma significativa su vida. El trabajo de ella había sido reconocido por su innovación, calidad de emprendimiento e impacto. En una sesión de preguntas y respuestas, alguien le preguntó acerca de la motivación para hacer su obra: ¿Por qué lo hacía?
Su respuesta captó mi atención. "Porque me enoja que nuestra sociedad sea como es", dijo con una pasión evidente. "Me indigna que estos jóvenes sean tratados de ese modo. Esto está mal, y me hace enojar".

Hay algo en nosotros que debería ser sacudido por la injusticia y el mal. Estas cosas deberían enojarnos; y si no lo hacen, necesitamos preguntarnos por qué y cómo nos hemos acostumbrado a estas cosas. Cuando nos permitimos reflexionar sobre las realidades del mal y la injusticia en nuestras comunidades y nuestro mundo, deberíamos irritarnos y motivarnos a actuar. Aun si la injusticia misma no nos afecta directamente, el sufrimiento de aquellos que son explotados y oprimidos demanda nuestra atención y empatia.

¿Cuánto más cierto es esto para el "Dios que ve" (Gén. 16:13)? Aunque la ira de Dios pueda ser algo diferente de nuestra ira -justa o de otra índole- podemos por lo menos comenzar a entender la respuesta de Dios a las malas acciones, las injusticias y el mal que se cometen en nuestro mundo de tantas maneras diferentes, principalmente porque Dios creó, ama y procura restaurar a estas personas heridas.

La ira de Dios siempre está acompañada de lágrimas. El se llena de tristeza al ver que el pueblo a quien ama esté hiriendo a otras personas a quienes ama (ver, por ejemplo, Mat. 23:37-39). Cuando Dios tiene que escoger, siempre estará del lado de los oprimidos, explotados o victimizados. Pero él también ama siempre al opresor, explotador o atacante, y trabajará para buscar la redención de esa persona, hasta donde sea posible. Debemos ser cuidadosos acerca de crear a Dios a nuestra imagen, pero tal vez los más compasivos entre nosotros nos dan una vislumbre de la ira y la pasión de Dios en respuesta al mal y la injusticia que vemos y sentimos en nuestro mundo.

Tal vislumbre se nos da en las historias y escritos de los profetas hebreos:

En lugar de mostrarnos un camino a través de las mansiones elegantes de la mente, los profetas nos llevan a los arrabales-

Las cosas que horrorizaban a los profetas son aún hoy sucesos diarios por todo el mundo...

Su impaciencia estupefacta con la injusticia puede parecemos como histeria. Nosotros mismos presenciamos continuamente actos de injusticia, manifestaciones de hipocresía, falsedad, atropellos, miseria, pero rara vez nos indignamos o excitamos demasiado. Para los profetas, aún una injusticia menor asume proporciones cósmicas.2

La voz de los profetas

Hasta un punto significativo, los profetas hebreos destacados fueron llamados en respuesta a los excesos de los reyes de Israel y de Judá, y al fracaso del pueblo de Dios de permanecer fiel a él. Y esto se practicaba de dos maneras clave: injusticia y explotación de los débiles y vulnerables, por un lado; e indiferencia a la suerte de los pobres y oprimidos, por el otro. Ambos son pecados contra Dios y nuestros prójimos, demostrando otra vez cuán quebradas están estas relaciones fundamentales.

Como podría esperarse, los profetas usaron un lenguaje colorido y poético para expresar su indignación por los pecados del pueblo, contrastando la inhumanidad del pueblo y la falta de compasión con la preocupación de Dios por los más vulnerables. Los profetas repitieron la formulación de la ley mosaica del cuidado especial de Dios por las viudas, los huérfanos, los forasteros y los extranjeros. Los que acumulaban riqueza a expensas de otros y que vivían en lujo mientras otros apenas sobrevivían también fueron blancos de su enojo. Y los dirigentes que dejaron de defender a los pobres o débiles fueron atacados en forma similar. Miqueas da una descripción llena de color de los ricos, los gobernantes y los oficiales:

"El poderoso habla según el capricho de su alma, y ellos lo confirman.

El mejor de ellos es como el espino,

el más recto, como zarzal" (Miq. 7:3,4).

Aunque las sociedades modernas son algo diferentes de la sociedad que Dios quería para su pueblo en la nación original de Israel, las palabras de Ezequiel ofrecen un ejemplo de una crítica profética de una nación no preocupada con las necesidades del prójimo. En este caso, las palabras de Ezequiel contradicen las suposiciones más "moralistas" acerca de las iniquidades de la ciudad de Sodoma: "La maldad de Sodoma, tu hermana: soberbia, pan de sobra y abundancia de ocio tuvo ella y sus hijas; y no fortaleció la mano del afligido y del necesitado" (Eze. 16:49). Este tema en las Escrituras hebreas ofrece una fuerte crítica de la tendencia humana, tanto personal como culturalmente, de "una vida de autoprotección, autosuficiencia y autoindulgencia. Este mandato distingue a Israel como una comunidad que practica una intensa apertura al prójimo, y equilibra esa apertura con un agudo sentido de autocrítica acerca de las ventajas socio-políticas y económicas".3

La creciente disparidad entre ricos y pobres, entre fuertes y débiles, fueron indicadores de la separación del camino de Dios y del fracaso de sus relaciones humanas centrales. La insensibilidad o apatía no era una opción. El sufrimiento de aquellos que fueron heridos y excluidos tenía importancia cósmica. Y la severa voz de los profetas llamaba al pueblo a regresar a la visión que Dios tenía para la forma en que la sociedad humana debía ser y a la restauración de esas relaciones.

Aprenderá hacer bien

Los profetas hebreos llamaron a su nación, a sus líderes y al pueblo a un arrepentimiento radical y práctico. Para ser fieles al llamado de Dios, tenían que admitir sus males y dar pasos prácticos para dar vuelta esas cosas. A menudo hemos pensado en el arrepentimiento como el hecho de confesar y apartarse del pecado en nuestras vidas personales. Pero ¿hemos considerado que esto también podría incluir el hecho de darnos cuenta y reconocer nuestra complicidad con males mayores en el mundo, con sistemas y relaciones quebrados, y entonces buscar reformar estos con la influencia y los recursos que tengamos?

Los miembros de la Iglesia de Springcreek en los suburbios de Dallas, Texas, cuando se enfrentaron con un sentido creciente de su llamado a hacer justicia en su comunidad y el mundo, llegaron a ver el arrepentimiento y la confesión pública como una parte importante de resetear sus relaciones con Dios y otros. En 2008, la iglesia puso un aviso de página completa en el Dallas Morning News [Noticias de la mañana de Dallas]:

Estábamos equivocados

"Seguimos tendencias cuando deberíamos haber seguido ajesús.

Les dijimos a otros cómo vivir, pero nosotros no escuchamos.

Vivíamos en una tierra de abundancia, sin negarnos nada a nosotros mismos,
Aun por el más pequeño": Servir a los necesitados

mientras ignorábamos a nuestros vecinos que realmente no tenían nada.

Estábamos sentados en las tribunas mientras el SIDA desolaba el África.

Estábamos equivocados; lo lamentamos. Por favor, perdónennos".4

Naturalmente, este aviso captó la atención pública. Esta es una declaración pública inusual de parte de una iglesia. También hizo que algunos miembros de la iglesia se sintieran incómodos, y ellos eligieron dejar esa iglesia. Pero parece que esta es la clase de respuesta que estaban buscando los profetas hebreos.

El capítulo inicial de Isaías comienza con un llamado tal:

"Oíd, cielos, y escucha tú, tierra,

porque habla Jehová:

'Crie hijos y los engrandecí,

pero ellos se rebelaron contra mí' " (Isa. 1:2).

Isaías sigue detallando los pecados y los actos violentos de la nación y la traición que comete el pueblo de Dios, y su falta de compasión por otros, aun en medio de sus cultos de adoración, ofrendas, observancia del sábado y oraciones. El profeta insta:

"Lavaos y limpiaos,

quitad la iniquidad de vuestras obras de delante de mis ojos, dejad de hacer lo malo, aprended a hacer el bien, buscad el derecho, socorred al agraviado, haced justicia al huérfano, amparad a la viuda" (vers. 16, 17).

El arrepentimiento está vinculado con aprender a amar y vivir bien. Es el hecho de volverse a la justicia y el bienestar intencional para con los que más lo necesitan a nuestro alrededor y en el mundo. Y hacer justicia requiere atender, aprender y trabajar.

Por parte de ADRA Australia, hacer justicia significa trabajar con la oficina local de ADRA en Papua Nueva Guinea donde se ha asociado con iglesias adventistas del séptimo día en la región de Port Moresby, la ciudad capital, para establecer las iglesias como centros de recursos y lugares de seguridad y apoyo para mujeres en la situación de Miriam. Este proceso incluyó el adiestramiento en la comprensión bíblica de justicia, misericordia y compasión. Respondiendo a esta epidemia de violencia de género, la iglesia adventista del séptimo día en Papua Nueva Guinea también ha trabajado con otras iglesias cristianas en la publicación de un librito sobre una teología de género para enseñar a la gente acerca del amor de Dios para todos, sin importar nuestras diferencias; la mutualidad que debería existir entre los géneros, especialmente en los matrimonios y familias; y cómo los valores bíblicos de respeto e igualdad debieran desafiar los aspectos negativos de nuestras culturas humanas. El adiestramiento de ADRA también involucra enseñar a estas comunidades de iglesias adventistas acerca de los aspectos prácticos de ayudar a Aun por el más pequeño": Servir a los necesitados JL
las mujeres en situaciones de crisis y proveer recursos para que las iglesias estén preparadas para dar esta clase de apoyo.

Aprender a conocer a Dios

El problema que el pueblo de Israel y Judá afrontaban estaba en la forma en que evaluaban su éxito y aún su rectitud. Con el éxito material, un sentido propio de seguridad y una forma exterior de religión, la gente podía pensar de sí misma como "personas bastante buenas". Los profetas procuraban sacudirlos de esta complacencia y autocentrismo. Si aún una persona estaba con hambre, una mujer como Miriam era golpeada y no tenía dónde ir, o los beneficios de la sociedad eran groseramente desparejos e injustos, esto no era éxito y no era el camino de Dios.

Escuchamos esto en la voz de Jeremías:

"¡Ay del que edifica su casa [...]

violentando la justicia y el derecho!

¡Ay del que obliga a su prójimo

a trabajar de baldo, y no le paga por su trabajo!

¡Ay del que dice: 'Me edificaré una casa señorial

con habitaciones amplias en el piso superior'! [...]

¿Acaso eres rey solo por acaparar mucho cedro?" (Jer. 22:13-15, NVI).

En cambio, Jeremías señaló el ejemplo de un rey que demostraba una clase práctica de fidelidad: "Tu padre [Josías] [...] practicaba el derecho y la justicia, y por eso le fue bien. Defendía la causa del pobre y del necesitado, y por eso le fue bien. ¿Acaso no es esto conocerme? Afirma el Señor" (vers. 15,16).

Esta es una afirmación notable porque iguala el conocimiento de Dios con dar "justicia y defender al pobre y necesitado". No es que una cosa lleva a la otra, de cualquier manera en que argumentemos: son lo mismo. Comentando estos versículos, Abraham Joshua Heschel enfatizó cómo el conocimiento de Dios está íntimamente vinculado con el pensar y actuar en armonía con Dios: "El conocimiento de Dios es acción hacia el hombre, compartir su preocupación [la de Dios] por la justicia; simpatía en acción".5

Como tales, los profetas hebreos nos señalan más allá de meramente criticar la injusticia, la pobreza y la opresión. En la narración bíblica, el rol profético responde a las circunstancias del pueblo. Al deteriorarse las situaciones de las naciones, los profetas hebreos cambiaron su énfasis de la protesta y la advertencia a las promesas de restauración y renovación. En medio del ataque, el exilio, y la posterior subyugación -en el contexto del dolor-, la esperanza llega a ser la principal tarea profética.6

Temprano en su profecía, Miqueas presenta el corazón pastoral de un Dios que anhelaba ser restaurado a su legítimo lugar como rey de su pueblo (Miq. 2:12, 13). Y la promesa de la venida del Elegido se vinculó con la plena restauración del pueblo de Dios y el restablecimiento de Jerusalén como la ciudad de Dios; una ciudad edificada con justicia y sin tiranía (Isa. 54:14). Esto señalaría un jubileo eterno (Isa. 61). Estas profecías, recordaban lo que "debía ser" la intención de Dios para su creación y su pueblo. Y estas profecías señalaban hacia adelante, a un momento y a una Persona en quien todo lo equivocado sería corregido, toda injusticia sería deshecha, y todas las relaciones serían sanadas y restauradas.


Referencias

1 "No están solas", ADRA Australia (blog), TI de agosto de 2017. https://www.adra.org.

au/they-are-not-alone/. El nombre de la mujer fue cambiado.

2 Abraham Joshua Heschel, The Prophets [Los profetas] (Nueva York: Perennial Classics,

2001), pp. 3,4.

3 Waltger Brueggemann, Theology of the Oíd Testament: Testimony, Dispute, Advocacy

[Teología del Antiguo Testamento: Testimonio, disputa, defensa], p. 423. 4Keith Stewart, Wewere Wrong: An EvangelicalPastor's Radical Transformaron Through Followingjesus in theMargins [Estuvimos equivocados: La radical transformación de un pastor evangélico gracias a seguir a Jesús en los márgenes] (Dallas, TX: H1S Publi-shing, 2014), p. 4. ' Heschel, p. 270.

6 Porciones de esta sección fueron adaptadas de Nathan Brown, "What Makes Us Great" [Lo que nos hace grandes], Adventist Record (30 de julio de 2015).