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Dios con ellos


Eran las dos de la madrugada cuando Anwara trepó al bote.
En la profunda oscuridad, manos extrañas la pasaron hacia la proa y cuerpos no familiares se apretujaron contra ella. Ella llamó suavemente a sus hijos, y sus manos se extendieron para tocar sus rostros.

El pequeño bote, recargado con más de cuarenta personas, se movió hacia adelante, irregularmente, bajo el peso de tantos cuerpos. Cuando finalmente se acercó a la orilla opuesta, el operador lo detuvo y ordenó que todos saltaran por la borda.

"La orilla estaba blanda y me enterré casi hasta el pecho", recordó Anwara. "No teníamos otro camino, debíamos seguir a pie procurando alcanzar la tierra firme en la orilla".

"No podía darme el lujo de tener miedo", dijo ella. "Tenía a mis hijos conmigo, y necesitaba mantenerlos vivos".

Como una mujer de la tribu de los rohingyas, escapando de la violencia política en Myanmar, Anwara sabía que tenía mucho que temer. Comunidades enteras en el Estado de Rakhine habían sido arrasadas, con un sinnúmero de hombres, mujeres y niños que habían sido violados y muertos.

No pasó mucho antes de que la misma violencia llegara al umbral de Anwara.

"Cuando el ejército atacó nuestra aldea, arrestaron a todos los hombres", dijo ella. "Mi esposo estuvo entre ellos".

Al día siguiente, Anwara salió para encontrar a su marido. Tenebrosos rumores habían circulado, y ella necesitaba saber la verdad. Lo que encontró aún hoy la persigue.

"Me quedé horrorizada por la condición de su cuerpo", dijo, con sus ojos rojos y llenos de lágrimas.

Temprano a la mañana siguiente, Anwara juntó a sus hijos y huyó al río Naf que separaba el peligro de Myanmar de la salvación de Bangladesh.

Todo el día y toda la noche, la familia se escondió acurrucada en el pastizal donde pastaba el ganado. Finalmente, a las dos de la mañana, Anwara cambió sus aretes de oro por el pasaje en el sobrecargado bote, uniéndose a 35 otros en su desesperado intento de una vida nueva.

Anwara y sus hijos viven ahora en un campo de refugiados de este lado del río, solo a unos pocos kilómetros del lugar donde murió su esposo y de su vieja vida. Allí tenía su casa propia, muchas cabras y siete vacas. Ahora, tiene una lona negra y una ración de comida. Pero por lo menos sus hijos están vivos.

"Dejé todo atrás para encontrar seguridad en Bangladesh", dijo ella. "Ahora todo se ha ido".

Para refugiados como Anwara y sus hijos, el futuro es sombrío e incierto. Pero Anwara está segura de una cosa.

"Nunca regresaré a Myanmar después de todo lo que pasé", dijo ella. "Todavía tengo fe en Dios, pero he perdido mi fe en la humanidad".

Por ahora, Anwara continúa sobreviviendo. De noche la persiguen sus malos recuerdos, pero cada mañana se despierta con una fe renovada en Dios y en las agencias humanitarias como ADRA que siguen apoyándola.

"Estoy muy agradecida a ADRA y a todos los demás que nos mantienen con vida", dijo ella. "Yo sé que Dios nos bendecirá y nos cuidará".1

Como Jesús

A pesar de todas las distancias y diferencias entre ellas -siglos, cultura, lenguaje, geografía y más- es notable cuánto hay en común entre las experiencias de Anwara y la vida de Jesús. Como parte de una familia forzada a huir por su vida en medio de la noche, de los soldados de un rey asesino, Jesús fue un refugiado, escapando a través de la frontera bajo el manto de la oscuridad, luego procurando construir una nueva vida en un país extranjero. Como miembro de la minoría rural de Galilea en la nación judía dominada por los ejércitos de Roma, Jesús conoció lo que era vivir en los márgenes de la sociedad, bajo la constante amenaza de la violencia. Como obrero campesino y luego un pobre predicador itinerante, Jesús vivió con la vulnerabilidad de la pobreza. Como maestro que no encajaba con la cultura religiosa dominante, él supo lo que era ser perseguido.

Como víctima de los violentos y poderosos, Jesús experimentó lo peor de la injusticia humana, la tortura y la brutalidad; fue dejado con el cuerpo terriblemente desfigurado, apenas reconocible para su familia humana. Sus discípulos vieron lo que se le hizo y huyeron, escondiéndose por temor de esa grosera injusticia y horrible violencia.

Aun en las historias del juicio de Jesús, esta injusticia se hizo clara. Aunque los sacerdotes y los líderes religiosos odiaban a Jesús, necesitaban encontrar una acusación para que pudieran presionar contra él. El juicio que realizaron contravino muchas de sus prácticas legales establecidas. Fue una farsa realizada con premura para alcanzar su resultado esperado: "Muchos daban falso testimonio contra él, pero sus testimonios no concordaban" (Mar. 14:56). Aun cuando los líderes llevaron a Jesús ante Poncio Pilato, todavía no se habían puesto de acuerdo acerca de un crimen relevante, y Pilato "sabía que por envidia lo habían entregado" (Mat. 27:18). En el registro de Lucas de este juicio, Pilato dos veces hizo declaraciones contundentes acerca de la inocencia de Jesús (Luc. 23:4, 13-15). El hecho de que Jesús fue crucificado después de declaraciones tan fuertes de su juez, subraya la horrible injusticia que le hicieron (Isa. 53:8).

Y luego fue torturado y brutalmente crucificado, que era una de las formas de ejecución más dolorosa, cruel y humillante en la historia de la inhumanidad. El teólogo James Cone ha señalado paralelos obvios con muertes injustas, violentas e inhumanas en la historia más reciente, refiriéndose a la trágica historia de linchamientos en los Estados Unidos durante los siglos XVIII y XIX, como para ayudarnos a comprender mejor el horror de la muerte de Jesús: "La cruz me ayudó a tratar con el legado brutal del árbol del linchamiento, y el árbol del linchamiento me ayudó a entender el trágico significado de la cruz".2 Jesús se identificó tanto con las víctimas de la injusticia y la inhumanidad, que hay ecos reales de su muerte en lo peor de nuestra historia y los titulares de los medios. Estos deberían desafiar nuestra comprensión de Jesús y cambiar nuestras respuestas a las historias desgarradoras y la gente brutalizada en nuestro mundo.

Jesús conoce la injusticia y el sufrimiento. En su encarnación, Jesús se identificó con nosotros y con Anwara, con víctimas de linchamientos y con tantos otros en sus historias de injusticia, opresión, pobreza y tragedia. Al reconstruir la relación entre Dios y nosotros, era Dios el que se acercó más a nuestra injusticia y sufrimiento. Ahora, más que observar la injusticia y escuchar los gritos de los oprimidos, Jesús conoce, y en él, Dios conoce.

Dios con nosotros y con ellos

La descripción favorita de Jesús de sí mismo era la algo curiosa expresión "Hijo del hombre". Se usa unas ochenta veces en los cuatro evangelios, pero siempre es dicha solo por Jesús, y solo una vez acerca de sí mismo. Por supuesto, hay una referencia aquí a la expresión usada en el libro de Daniel (ver Dan. 7:13), pero yo creo que él estaba tratando de probar algo: Jesús se identifica tanto con nosotros -y no solo con nosotros, sino también con "aquellos" otros- que su historia tiene ecos con las experiencias de las personas oprimidas y marginadas. El milagro de su encarnación cataliza todas nuestras relaciones y nuestro llamado a amar a otros, aun -y tal vez especialmente- en medio de los titulares, la política y las injusticias de nuestro tiempo y lugar.

La forma en que es presentado a nosotros en Mateo 1:23, "Dios con nosotros", es una verdad consoladora y maravillosa. Pero el riesgo viene con cómo definimos -y limitamos- ese "nosotros". Nuestra tendencia es pensar que "nosotros" tiene que ver con personas como nosotros, o solo con las personas que nos gustan. Pero también tiene que incluir a quienes no nos gustan, los que nos ponen incómodos o aún nos asustan. Hasta cierto punto -tal vez como un paso intermedio- podría ser útil reformular esta hermosa verdad como "Dios con ellos". Para aquellos de nosotros que necesitamos que se nos recuerde, esto nos ofrece vislumbres de lo que puede significar ser marginados, y nos permite admirar la cercanía de Dios desde una perspectiva nueva.Desde este punto de vista ventajoso, preocuparse por otros y servir al mundo y a los que nos rodean es una manera de experimentar la realidad de "Dios con nosotros" (ver Mat. 25:31-46). El músico y activista Bono lo dice de este modo: "Dios está en los tugurios, en las cajas de cartón donde los pobres juegan a las casitas. Dios está en el silencio de una madre que tiene a su hijo infectado con un virus que terminará con ambas vidas. Dios estaba en los clamores que se escuchaban bajo el rugido de la guerra. Dios está en los escombros de oportunidades y vidas perdidas, y Dios está con nosotros si estamos con ellos".3 De algún modo, al trabajar con los que tienen necesidad y en favor de ellos, muchas personas se han encontrado trabajando con Dios, siempre recordando que él estuvo allá primero.

Entonces recordando que Dios también está siempre, y todavía, con nosotros, nuestra comprensión del "nosotros" repentinamente se expande de maneras dramáticas y transformadoras. Esto realmente cambia el mundo y cómo lo consideramos y respondemos a él. Problemas políticos, tragedias en los titulares y causas humanitarias en nuestro mundo tienen que ver con personas, con quienes está Dios. Por causa de Jesús, y nuestra acción de seguir a este "Hijo del hombre", estas personas con quienes está Dios demandan nuestra respuesta compasiva.

No podemos alabar a Dios por "estar con" sin ser atraídos a "estar-con" otras personas. Tal vez esto es otra manera de formular el resumen de Jesús de los mandatos gemelos de "Amar a Dios" y "amar a nuestros prójimos como a nosotros mismos" (ver Mat. 22:36-40). Como los que reconocemos y celebramos el "estar con" somos personas cuyo mundo es transformado y que cambian el mundo por otros y para ellos.4

Su compasión

La vida y el ministerio de Jesús desenmascararon y criticaron los poderes opresores de sus días. Desde su nacimiento, sus milagros sanadores, sus enseñanzas y sus actos de resurrección, hay muchos ejemplos de cómo Jesús trabajó para socavar el sentido de suposición e inevitabilidad que debe ser vencido antes de que el statu quo pueda ser desafiado. Mientras Jesús se enfocó principalmente en los oprimidos con quienes se identificó en tantos aspectos de su vida y experiencia, "nunca hay oprimidos sin opresores".5 A su vez, él desafió cada uno de los poderes que mantenían la opresión política, económica y religiosa de la gente. En lugar de entumecimiento, Jesús practicó una compasión que abarcaba todo y una "forma radical de críticas, por la cual anuncia que el dolor debe ser tomado en serio, que el dolor no es aceptable como normal y natural, pero es una condición anormal e inaceptable para la calidad del ser humano".6

Impulsado por esta compasión, Jesús se juntaba con la clase equivocada de personas, tocaba y sanaba a los intocables, estuvo junto a los vulnerables y en favor de ellos, y se identificó con los ignorados. Él cruzó los límites de la cultura, la raza y el género, poniendo en riesgo su reputación y en última instancia a sí mismo, al actuar, hablar y sanar en formas que desafiaban a los poderosos. Actuando en la tradición de los profetas y su pasión por la adoración justa, Jesús echó a los negociantes del templo, reabriendo el camino para la gente común y los necesitados.

Su primer sermón tomó del lenguaje de júbilo de Isaías 61, anunciando que su ministerio sería dar "buenas nuevas a los pobres" (Luc. 4:18) y traer sanidad, liberación y libertad (vers. 16-21). Y aunque había componentes espirituales vitales en este ministerio y mensaje, estos no debían considerarse diferentes de sus realidades físicas y prácticas. Cuando Juan el Bautista envió sus discípulos para preguntar a Jesús si realmente era el Mesías, Jesús les dijo -usando el mismo lenguaje que había usado en la sinagoga de Nazaret- que observaran su ministerio práctico, que ahora se estaba realizando en las aldeas de Galilea (Luc. 7:18-23).

La compasión de Jesús, su "sentimiento de 'estar con', cambió la vida y las comunidades de la gente con quienes pasó tiempo. Muchos comentadores han reflexionado que Jesús parecía preferir a los pobres y a los forasteros. Como se demostró en la vida de Jesús, la justicia de Dios favorece a los pobres y a los vulnerables, pero ama a todos por igual:

"Quitó de los tronos a los poderosos

y exaltó a los humildes.

A los hambrientos colmó de bienes

y a los ricos envió vacíos" (Luc. 1:52, 53).

En el ministerio de Jesús, aquellos que tenían más necesidad fueron los más atendidos.7

Por cuanto...

La identificación de Jesús con los pobres, los oprimidos, los enfermos, los forasteros y los vulnerables, se refleja en cómo les enseñó a sus seguidores a servir mejor a Jesús. Esta fue la inesperada conclusión del sermón de Jesús en Mateo 24 y 25 acerca del fin de la nación judía y del fin del mundo. Cuando los discípulos le preguntaron por las señales del fin y de la venida de su reino, la respuesta de Jesús condujo en última instancia a cómo sus discípulos servían a otros, especialmente a los necesitados. En medio de las guerras, el hambre, los terremotos, y otras tragedias y maldades que Jesús anticipó en Mateo 24, lo que siempre aflige más a los que ya son pobres y sin poder, es que aquellos que son verdaderamente su pueblo demuestren su compasión por los "más pequeños" (Mat. 25:40). Preguntado acerca de la veracidad de este juicio, Jesús declaró: "Respondiendo el Rey, les dirá: De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis" (vers. 40). En la enseñanza de Jesús, ser verdaderamente cristiano es servirle en la forma de cuidado práctico por aquellos que tienen más necesidad en nuestras comunidades y en el mundo.

Aunque se debate a quién se refería Jesús con "mis hermanos" (algunos alegan que esto debiera entenderse como compañeros cristianos [comparar con Mat. 10:40-42], y otros creen que puede significar conciudadanos judíos), limitar esta expresión a un grupo específico de personas sería socavar la compasión que debería estar en su centro, además de devaluar la extensión de la identificación que hizo Jesús con los "más pequeños" en su encarnación y finalmente su muerte. Mientras los discípulos podrían tener un interés especial en las necesidades de los compañeros creyentes, Jesús instó a que nuestro modelo debiera ser la generosidad y la abundancia con que Dios provee a las necesidades de todos, quienesquiera que fueran (Mat. 5:43-48). En el contexto del cuerpo de las enseñanzas de Jesús, parece ser una lectura limitada de la frase "más pequeño" dejar afuera un punto importante: "Sus seguidores no se han de sentir separados del mundo que perece en derredor de ellos. Son una parte del gran tejido de la humanidad; y el Cielo los mira como hermanos de los pecadores tanto como de los santos. Los que han caído, los que yerran y los pecaminosos son abarcados por el amor de Cristo; y cada buena acción hecha para elevar a un alma caída, cada acto de misericordia, es aceptado como hecho a él".8

Al preocuparnos por personas tales como Anwara y su familia -ya sea en un campo de refugiados repleto en la frontera de Bangladesh, en los bordes de nuestra nación o en nuestras comunidades locales- y procurando atender las circunstancias que forzaron su huida, con nuestras voces, oportunidades y recursos, servimos a Jesús de una manera real y práctica. Esto es lo que Jesús hizo y lo que nos llama a hacer a nosotros. "Dios está con nosotros si nosotros estamos con ellos".9


Referencias

1 "Anwara's Story" [La historia de Anwara], ADRA Australia (blog), 31 de enero de 2018,

https://www.adra.org.au/anwaras-story/. 2James H. Cone, The Cross and the Lynching Tree [La cruz y el árbol del linchamiento]

(Maryknoll, NY: Orbis Books, 2011), XVIII. 'Bono, On theMove: A Speech [En movimiento: Un discurso] (Nashville, TN: Thomas Nelson, 2006), p. 18.

4 Porciones de esta sección han sido adaptadas de Nathan Brown, "The With-ness of God;

the "Ihem-ness of Us" ["El estar con Dios'; el 'estar con ellos' de nosotros"], Adventist World, noviembre de 2015.

5 Walter Brueggemann, The Prophetic Imagination [La imaginación profética], 2' ed.

(Minneapolis, MN: Fortress Press, 2001), p. 84 6Brueggemann, p. 88.

7 Porciones de esta sección han sido adaptadas de Nathan Brown, "Reseña de libros: The

Prophetic Imagination at 40" [La imaginación profética a los 40], reseña de La imaginación profética, 2'. ed., por Walter Brueggemann, Spectrum, 22 de mayo de 2018.

8 Elena de White, El Deseado de todas las gentes (Florida, Bs. As.: ACES, 1976,2008), p.

593.

9 Bono, En movimiento: Un discurso, p. 18.