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Enseñanza justa

"Dios bendice a los que confían totalmente en él,

porque ellos forman parte de su reino.

Dios bendice a los que sufren,

pues él los consolará.

Dios bendice a los humildes,

pues ellos recibirán la tierra prometida.

Dios bendice a los que desean la justicia,

pues él les cumplirá el deseo.

Dios bendice a los que son compasivos,

pues él será compasivo con ellos.

Dios bendice a los que tienen un corazón puro,

pues ellos verán a Dios.

Dios bendice a los que trabajan para que haya paz en el mundo,

pues ellos serán llamados hijos de Dios.

Dios bendice a los que son maltratados por practicar la justicia,

pues ellos forman parte de su reino"

(Mat. 5:3-10, Biblia para todos, en lenguaje actual).

Vale la pena tomar unos momentos para leer estas palabras otra

vez. Hemos hecho lo mejor posible para espiritualizar, individualizar y personalizar las bienaventuranzas. Y al hacerlo, hemos socavado y disminuido el manifiesto radical que es el corazón del sermón que Jesús predicó sobre el monte. El primer sermón de Jesús en el Evangelio de Mateo tiene un eco fuerte en Lucas 6:20 al 23 y el pasaje más largo que Jesús citó de Isaías 61. Por lo menos, cinco de estas bienaventuranzas estuvieron prefiguradas en Isaías 61:1 al 11. Jesús anunciaba que Dios se estaba moviendo, el reino estaba entre ellos, había comenzado el gran jubileo, y la vida, y como resultado todas sus relaciones, serían diferentes. Estas eran buenas noticias para los pobres, los hambrientos y los dolientes (cf. Luc. 6:20,21); y si queremos leer estos anuncios solamente relacionados la piedad espiritual, no tienen nada que ver con nosotros.

Justicia y rectitud

La traducción de las bienaventuranzas que citamos arriba nos lleva un paso más cerca del llamado de Jesús de hacer justicia. En el capítulo 5, vimos la descripción que hizo Jeremías de Jo-sías como "justo y recto". Las palabras más comunes en hebreo y griego que se usan en la Biblia para estas ideas pueden ser traducidas como dos aspectos del mismo concepto: rectitud o justicia. La bondad fiel o el vivir rectamente que Dios busca de su pueblo incluye rectitud, santidad personal, corporativa y justicia, obrar para el bien de otros, especialmente los que más necesitan, los más oprimidos, los más marginados y/o los más explotados.

La mayor parte de las traducciones más antiguas de la Biblia usan la palabra rectitud en contextos en los que el lenguaje original podría ser traducido igualmente por justicia, como lo hacen algunas traducciones más nuevas.* Cuando se hicieron estas diversas versiones, los traductores sencillamente tuvieron que elegir entre dos palabras inglesas que son un solo concepto en el lenguaje original. La elección se hizo sobre la base del contexto y las suposiciones del traductor acerca de las preocupaciones principales del texto. Desafortunadamente, el foco de los traductores de la Biblia a menudo estuvo más inclinado hacia el lado de la rectitud individual a expensas de la rectitud social y de relaciones."

En otros pasajes bíblicos bien conocidos, estas ideas gemelas están expresadas en forma más explícita. En el capítulo 6, ya citamos Miqueas 6:8: "Hacer justicia, amar misericordia y humillarte ante tu Dios". Pero consideremos también Santiago 1:27: "La religión pura y sin mancha delante de Dios nuestro Padre es esta: atender a los huérfanos y a las viudas en sus aflicciones [hacer justicia], y conservarse limpio de la corrupción del mundo [vivir rectamente]" (NVI; ver también Mat. 23:23). Podríamos hasta tratar de leer la famosa declaración de Jesús más adelante en el Sermón del Monte con este sentido más amplio: "Buscar el reino de Dios sobre todo lo demás, y vivir rectamente [con justicia], y él les dará todo lo que necesiten" (Mat. 6:33).'

Al leer la cuarta bienaventuranza, "Dios bendice a los que desean la justicia [rectitud], pues él les cumplirá su deseo" (Mat. 5:6). Los éticos David Gushee y Glen Stassen van más profundamente en el lenguaje original y concluyen que la mejor comprensión es hablar de "entregar justicia (una justicia que rescata y libera a los oprimidos) y la justicia que restaura la comunidad (una justicia que restaura a los impotentes y los expulsados de su lugar legítimo en la comunidad del pacto)".2 Esta comprensión transforma el resto de las Bienaventuranzas en un llamado a la bondad, integridad, pacificación y perseverancia en el buen hacer, aun frente a la oposición cerrada y a veces violenta.

Nota del traductor: el autor se refiere a las traducciones al inglés

No es que la lectura más tradicional esté equivocada, sino que hay más. Las Bienaventuranzas son menos pasivas de lo que pensamos y ciertamente menos centradas en uno mismo. Para recuperar el poder social y político de estos pronunciamientos fundacionales del reino de Dios, trata de leerlos en voz alta en un lugar público. Ellas nos confrontan a nosotros y a quienes nos rodean, y están en un contraste muy agudo con mucho de lo que nuestra cultura y sociedad valoran y aplauden.

La resistencia

Considerando que mucha de la enseñanza de Jesús fue dirigida a multitudes de personas mayormente pobres, campesinos, pescadores y granjeros, que regularmente eran explotados por sus líderes políticos y religiosos, y oprimidos y tratados brutalmente por los invasores romanos, difícilmente sorprende que él privilegiaba a los menos privilegiados, ofreciendo un camino diferente de estar en el mundo y un método distinto de resistir a los que quieren abusarse de ellos y explotarlos. Lo que podría parecer sorprendente es que él les ordenaba hacer esto con amor.

El reino del cielo era marcadamente diferente del que proclamaban y buscaban tantos supuestos revolucionarios y mesías de su tiempo y a lo largo de la historia. Por un lado, era resueltamente no violento, abogaba por la humildad, la bondad y la pacificación. Pero esta no era una receta para la pasividad. La resistencia vendría en la forma de integridad, determinación, creatividad y sacrificio.

Vivir rectamente al seguir a Jesús en los caminos que él enseñó y vivió sería contracultural en el mejor y verdadero sentido. El reino de los cielos fue presentado por Jesús como un contraste con (y a veces en conflicto con) la forma en que los reinos de nuestro mundo ejercen el poder. Al resistir las muchas fuerzas, tentaciones e ideas que terminan en el statu quo, sus seguidores habían de vivir según prioridades diferentes y medir el valor y la bondad de maneras transformadoras. Acoplados con la realidad y el poder de Jesús mismo, su vida contracultural también catalizó nuestra resistencia a la injusticia y la opresión que vemos a nuestro alrededor: "Las personas que creen que Dios pondrá el mundo cabeza abajo -gente como María con su 'Magnificat', tirando abajo a los poderosos de sus tronos y exaltando al humilde y manso (Luc. 1:46-55)- no irán hacia atrás en seguir con algunas actividades que cambian al mundo en el presente".3 El reino de los cielos es una realidad revolucionaria y presente.

Además, la traducción común de Mateo 5:39 ("No resistáis al que es malo") falla en dar el mejor sentido de este versículo, y se lee mejor en el contexto de los versículos precedentes y posteriores como "no se desquiten o resistan violentamente o en forma vengativa, por medios malos".4 De hecho, los escenarios que Jesús emplea en los versículos siguientes describen resistencia no violenta a la violencia, explotación económica y opresión política (vers. 39-41).

Aun en el peor escenario de persecución, Jesús enseñó: "Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os odian, orad por los que os ultrajan y os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos" (Mat. 5:43-45). Aunque alguien nos esté amenazando o procure hacernos daño, hemos de buscar los mejores intereses de esa persona, tanto con Dios en oración como haciéndole un bien hasta donde podamos. No hemos de insistir en la justicia en su sentido más estrecho de venganza o retribución o para nuestro propio beneficio (vers. 38, 39). En este sentido, la justicia llega a ser la línea de base desde la cual somos llamados a la compasión, la bondad, la generosidad y la gracia. Si así es como debemos relacionarnos con los que pudieran tener poder sobre nosotros, ¿cuánto más debiéramos buscar el bien de los que son vulnerables, sufrientes y oprimidos?

El modelo de vida fiel que Jesús estableció en el Sermón del Monte y en otras partes de su enseñanza está dirigido directamente al centro de las relaciones humanas. El amor es el principio fundacional del reino de los cielos. Todos los más grandes mandamientos son el amor: el amor por Dios (ver Mat. 22:37), el amor por los otros (ver el vers. 39) y el amor mutuo (ver Juan 13:35). Siendo que estos fueron presentados como mandamientos, esto implica que el amor tiene menos que ver con invitar buenos sentimientos, y más con la intencionalidad y la acción. La mayoría de nosotros no somos generosamente amantes por naturaleza. Este es un don espiritual, un fruto y una disciplina. Y como tal, es activo, práctico y observable. Muchas veces ha sido citado el activista Cornel West diciendo: "La justicia es el aspecto del amor en público".5 Por lo que comprendemos acerca de Jesús y sus enseñanzas, tal vez podríamos llevar este dicho un paso más adelante: "Hacer justicia es el aspecto del reino de los cielos en público".

Lo que enojaba a Jesús

Como los profetas hebreos, el enojo recurrente de Jesús se despertaba porque las personas religiosas de su tiempo valoraban su piedad y prosperidad personales por sobre las necesidades de quienes los rodeaban. Les gustaba que los vieran como personas rectas, pero fallaban en justicia: "Se apoderan de los bienes de las viudas y a la vez hacen largas plegarias para impresionar a los demás" (Mar. 12:40, NVI). En Mateo 23:23, Jesús vincula los conceptos de justicia, misericordia y fidelidad a Dios cuando pronunció ayes sobre los maestros de la ley y los fariseos: "¡Ay de ustedes, maestros de la ley y fariseos, hipócritas! Dan la décima parte de sus especias: la menta, el anís y el comino. Pero han descuidado los asuntos más importantes de la ley, tales como la justicia, la misericordia y la fidelidad. Debían practicar esto sin descuidar aquello" (NVI). Resulta interesante notar que no era la práctica religiosa lo que estaba mal, eso era sencillamente menos importante que el llamado a hacer justicia.

Vemos un eco similar al del mensaje de juicio de Ezequiel contra Jerusalén y la nación hebrea en la parábola de Jesús acerca del rico y Lázaro, que presenta al mendigo sufriendo y buscando migas a la puerta del hombre rico, y el juicio que sigue sobre el rico (Luc. 16:19-31). Aunque Jesús no pareció estar en contra de la riqueza misma, él criticaba a los que la acumulaban y la gozaban solo para sí mismos, mostrando así una falta de generosidad hacia Dios y privando a los pobres y oprimidos de sus necesidades básicas (ver, por ejemplo, Luc. 12:16-21).

Como hemos visto, el amor al prójimo, que Jesús defendió, fue afirmado como un mandamiento igualmente grande en Lucas 10:27. Este reconocimiento condujo al relato de la bien conocida historia del buen Samaritano (vers. 33-37), que indica que la responsabilidad hacia aquellos que tienen necesidad trasciende los límites nacionales y los prejuicios étnicos, aun cuando estos sean cuidadosamente mantenidos en un ropaje religioso. Jesús también enfatizó que alegar acerca de cuánto se extiende hacia otros nuestra responsabilidad no es tan importante como actuar como un prójimo lo haría.

Las caracterizaciones más severas de Jesús en esta historia son las del sacerdote y el levita: dos religiosos que debieron haber sabido y respondido mejor. Demasiado a menudo, se ha usado esta parábola para presentar una buena acción oportunista o un acto casual de bondad. Pero en el contexto de su crítica recurrente del establecimiento religioso y porque la historia fue contada en respuesta a una pregunta de un abogado religioso, es mejor leerla como si estuviéramos desenmascarando, por una subversión creativa, el sistema opresivo que dejaría a alguien junto al camino antes de causar una molestia, una contaminación o un riesgo a un oficial religioso. Como tal, Jesús estaba señalando una actitud religiosa de injusticia sistémica.

En forma similar, muchos comentadores han identificado un llamado mayor a la justicia en la parábola del buen Samaritano, con sus líderes religiosos no ayudadores, que más bien debatirían cuestiones de leyes religiosas que responder a una persona doliente o a problemas sociales mayores: "Siempre se necesitarán buenos samaritanos para socorrer a quienes son asaltados y robados; no obstante, sería aún mejor eliminar del camino de Jerusalén a Jericó a los bandidos. Del mismo modo es necesaria la filantropía cristiana en términos de alivio y ayuda, pero el desarrollo a largo plazo es mejor, y no podemos evadir nuestra responsabilidad política de compartir con el cambio de estructuras que inhiben el desarrollo. Los cristianos no pueden considerar con ecuanimidad las injusticias que arruinan el mundo de Dios y rebajan a sus criaturas".6

El buen samaritano es conocido como bueno por una razón, y debemos estar alerta a las oportunidades de ser "buenos samaritanos". Pero como seguidores de Jesús, necesitamos dar pasos intencionales, informados y enfocados para atender nosotros mismos, con nuestros recursos y nuestras influencias a nuestros prójimos a lo ancho del mundo.

La regla de oro

Hace muchos años, mientras estudiaba Derecho, me conecté con la obra de Amnistía Internacional, participando en sus campañas de escribir cartas que procuraban la liberación de presos políticos alrededor del mundo y apoyando su tarea de defender los derechos humanos. Complementaba mis estudios; pero más importante, extendía y aplicaba mi fe, ayudándome a comprender y apreciar las enseñanzas de Jesús de maneras nuevas.

En los materiales de instrucciones para los activistas, Amnistía Internacional alegaba que la inmensa mayoría de los sistemas de creencias, las teologías, las filosofías y las cosmovisiones incluían alguna declaración análoga a la "regla de oro" cristiana como la enunció Jesús en Mateo 7:12; "Así que en todo traten ustedes a los demás tal y como quieren que ellos los traten a ustedes" (NVI). En términos que son consistentes con nuestro análisis en el capítulo 1, Amnistía Internacional alega que hay un imperativo moral para los derechos humanos, basado en una creencia común de todas las tradiciones de fe, que cada uno y todos los seres humanos tienen 'valor intrínseco' sencillamente por virtud de ser un ser humano".7

Esto debiera ser terreno familiar para nosotros. La preocupación por la justicia y los derechos humanos trasciende la religión y la cultura, pero "no debemos olvidar que el judaismo [especialmente en la forma de las Escrituras hebreas] le dio al mundo el concepto de derechos humanos".8 Este llamado va todavía más allá de la comprensión del reino de los cielos que encontramos en las enseñanzas de Jesús. Es significativo notar lo que Jesús expandió en la siguiente oración: "De hecho, esto es la ley y los profetas" (vers. 12, NVI). Para los seguidores de Jesús, esto no era meramente una frase bien hecha o un comentario de paso. Más bien, esta norma de creencia, conducta y actitud hacia los otros encapsula todo lo demás que enseña la Biblia. Respetar a los otros, buscar sus mejores intereses, y hacer justicia son los puntos más elevados de la fe y la fidelidad cristianos, y dejar de hacer esto son los más bajos:

"La medida de la regla de oro es la verdadera norma del cristianismo; algo menor que esto es un engaño. Una religión que induce a los hombres a tener en poca estima a los seres humanos, a quienes Cristo consideró de tanto valor que dio su vida por ellos; una religión que nos haga indiferentes a las necesidades, los sufrimientos o los derechos humanos es una religión espuria. Al despreciar los reclamos de los pobres, los dolientes y los pecadores, resultamos traidores a Cristo. El cristianismo tiene muy poco poder en el mundo porque los hombres asumen el nombre de Cristo, pero niegan el carácter de Jesús en sus vidas".9


Referencias

1 Porciones de esta sección fueron adaptadas de Nathan Brown, "What Makes Us

'Great'?" [¿Qué nos hace 'grandes' í\,Adventist World (julio de 2015).

2 David P. Gushee y Glen H. Stassen, Kingdom Ethics: Followingjesus in Contemporary

Context [La ética del reino: Seguir a Jesús en el contexto contemporáneo], 2a. ed. (Grand Rapids, MI: Eerdmans, 2016), p. 31; la cursiva aparece en el original. 3N. T. Wright, Surprised by Hope: Rethinking Heaven, the Resurrection, and the Mission ofthe Church [Sorprendidos por la esperanza: Repensar el cielo, la resurrección y la misión de la iglesia] (Nueva York: HarperCollins, 2008), p. 214.

Internacional] 7a ed. (Nueva York: Amnesty International Publications, 1992), pp. 10,11.

8 René Cassin, citado en Micheline R. Ishay, The History of Human Rights: From Ancient Times to the Globalization Era [Za historia de los derechos humanos: Desde los tiempos antiguos hasta la era de la globalización] (Berkeley, CA: University of California Press, 2009), p. 19.

' Elena de White, El discurso maestro de Jesucristo (Florida, Bs. As.: ACES, 2009), pp. 125,126.

4 Gushee y Stassen, Kingdom Ethics, p. 99.

5 Cornel West, Brother West: LivingandLoving OutLoud [Hermano West: vivir y amar

en voz alta] (Nueva York: SmileyBooks, 2009), p. 232. 'John R. W. Stott, The Cross of Christ [La cruz de Cristo], ed. del 20° aniversario (Dow-

ners Grove, IL: InterVarsity Press, 2016), p. 285. 7 Amnistía Internacional, Amnesty International Handbook [Manual de Amnistía