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Frente a la oposición

Mentras se esforzaban por cumplir su misión, Esdras y Nehemías enfrentaron oposición. Sin embargo, ellos perseveraron en su objetivo de reconstruir los muros de Jerusalén y restaurar la ciudad destruida. Con un celo santo, trabajaron para lograr el propósito al que Dios los había llamado.

Cuando se le pidió que detuviera su trabajo, Nehemías se negó. «Así que envié unos mensajeros a decirles: "Estoy ocupado en una gran obra, y no puedo ir. Si bajara yo a reunirme con ustedes, la obra se vería interrumpida"» (Nehemías 6: 3, NVI). ¿Por qué era tan importante su trabajo? Porque Dios lo estaba dirigiendo. ¡Trabajar en la causa de Dios es importante, no por nosotros, sino por él! Y porque estamos participando nada más y nada menos que en su misión, la cual tiene sentido y permanencia. Su obra siempre tendrá consecuencias eternas. Ayudar a otros a encontrar a Cristo, animarlos a seguirlo e instruirlos para que se desarrollen en su relación con Dios es un logro que no tiene precio.

Nehemías confiaba en que, a pesar de las dificultades y la animosidad, el Señor lucharía por él y por su pueblo. Alentó al pueblo a dejar el miedo y mostrar coraje y valentía. Les dio su palabra de que Dios siempre estaría con ellos. Les recordó el Éxodo y cómo Dios luchó por su pueblo cuando fueron amenazados por el poderoso ejército egipcio (Éxodo 14: 13-14) y repitió su promesa de victoria (lea el canto de victoria de Moisés en Éxodo 15). Mostrándose seguro, Nehemías declaró a los habitantes de Jerusalén: «¡Nuestro Dios peleará por nosotros!» (Ne-hemías 4 :20, NVI).

Los ojos de Dios estaban sobre los israelitas, protegiéndolos: «Pero los ojos de Dios velaban sobre los ancianos de los judíos, y no les hicieron suspender la obra hasta que el asunto fuera llevado a Darío y se recibiera una carta de respuesta sobre esto» (Esdras 5: 5). ¡Qué seguridad! Dios estaba al mando, y esto se demuestra por una frase que aparece ocho veces en el libro de Esdras y en el de Nehemías: «La mano de Jeho-vá [tú, su, mi, nuestro] Dios» (Esdras 7: 6, 28, NVI) o la expresión: «La [...] mano de [tú, su, mi, nuestro] Dios» (Esdras 7: 9; 8: 18, 22, 31; Nehemías 2: 8, 18) es evidencia de que Dios estaba protegiéndolos y proveyendo para ellos, tanto a nivel individual como grupal. La confianza en la mano poderosa de Dios (Nehemías 1: 10) es evidente en la conversación que Esdras tuvo con el rey Artajerjes: «La mano de nuestro Dios está, para bien, sobre todos los que lo buscan; pero su poder y su furor contra todos los que lo abandonan» (Esdras 8: 22). Dios estaba con su pueblo, protegiéndolos y brindándoles éxito: «La mano de nuestro Dios estaba sobre nosotros y nos libró de manos de enemigos y asaltantes en el camino» (Esdras 8: 31).

Necesitamos perseverar en llevar a cabo la obra de Dios y continuar avanzando por fe. Elena G. de White afirma de manera acertada: «Cuando Dios prepara el camino para la realización de cierta obra, y da seguridad de éxito, el instrumento escogido debe hacer cuanto está en su poder para obtener el resultado prometido. Se le dará éxito en proporción al entusiasmo y la perseverancia con que haga la obra» (Profetas y reyes, cap. 21, p. 176). La determinación, el enfoque y el entusiasmo son esenciales. El éxito no es automático: debe ser alimentado por la alegría y una actitud positiva.

Cuando era pequeño, escuché una historia sobre un marajá, un príncipe hindú más importante que un rajá, que tenía tres famosos jardines. Todos querían ver sus jardines porque eran famosos en todo el mundo. En una ocasión, un buen amigo lo visitó y, después de un banquete, pidió ver los jardines. Estaba asombrado por la belleza y el orden del primer jardín, así que lo elogió mucho. El marajá le dijo: «Bueno, vayamos ahora al segundo». Este era incluso más hermoso que el primero, así que el huésped prodigó elogios por su belleza.

Luego, el marajá llevó a su amigo al tercer jardín, que era mucho más espléndido que los dos primeros.

—¿Cuál es el secreto de tus jardines? —le preguntó el amigo al marajá.

—El secreto tiene que ver con los que están trabajando en cada jardín —explicó el marajá—. En el primer jardín trabajan los esclavos y, como obedecen mis órdenes, el jardín es hermoso. En el segundo jardín trabajan obreros libres. Ellos ganan un buen salario y, como saben que soy generoso, se esfuerzan para poder hacerse ricos.

El amigo cada vez se ponía más curioso.

—Entonces, ¿quiénes trabajan en el tercer jardín, que es más hermoso que los dos primeros?

—Ah —respondió el marajá—, en el tercer jardín trabajan todos aquellos a los que he perdonado. Cometieron un crimen o un delito, recibieron el perdón y ahora trabajan para mí solo por gratitud. Su trabajo nace del amor y crea el jardín más hermoso, magnífico y esplendoroso.

Esta historia probablemente no es real, pero contiene una profunda sabiduría espiritual. Por experiencia, sabemos que la gratitud y el amor aligeran nuestras cargas. Damos fácilmente todo de nosotros y la tarea no es onerosa. De la misma manera, cuando amamos a Dios, con agrado hacemos todo por él. Jesús destaca esta dinámica cuando nos invita a seguirlo y descansar en sus brazos amorosos: «Vengan a mí todos ustedes que están cansados de sus trabajos y cargas, y yo los haré descansar. Acepten el yugo que les pongo, y aprendan de mí, que soy paciente y de corazón humilde; así encontrarán descanso. Porque el yugo que les pongo y la carga que les doy a llevar son ligeros» (Mateo 11: 28-30, DHH).