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Nuestro Dios perdonador

 

El cuadro de Dios que presenta Nehemías 9 es hermoso. Comienza con el arrepentimiento de Israel después de leer las Escrituras, confesar sus pecados y adorar al Señor (Nehemías 9: 1-3). Después, los levitas dirigen al pueblo en alabanza a Dios el Creador (Nehemías 9: 4-6) y a enumerar los actos poderosos que Dios hizo por ellos desde el momento en que llamó a Abram hasta su situación actual. Se les recuerda la fidelidad y compasión de Dios a pesar de la infidelidad de Israel en Egipto, el desierto y la tierra prometida (Nehemías 9: 7-31). En los versículos finales, ensalzan a Dios y suplican que los ayude en la crisis actual (Nehemías 9: 32-37).

Con gran perspicacia, el autor exalta el carácter del Señor, citando sus características únicas y gloriosas. La versión Dios Habla Hoy ofrece una excelente traducción de Nehemías 9: Él es «el Señor su Dios» (versículo 5), «por siempre y siempre» (versículo 5), «tú, Señor» (versículo 7), «eres un Dios perdonador, un Dios tierno y compasivo, paciente y todo amor» (versículo 17; ver también Éxodo 34: 6-7), «tierno y compasivo» (versículo 31), «Dios nuestro, Dios grande, poderoso y terrible, que mantienes tu alianza y tu gran amor» (versículo 32), «pues tú has actuado con fidelidad» (versículo 33).

Estos hermosos atributos de Dios nos recuerdan su revelación de sí mismo en Éxodo 34: 6-7. Dios tiene un «nombre glorioso» (Nehemías 9: 5). Él hizo «los cielos [...] la tierra, los mares y todo lo que hay en ellos» (Nehemías 9: 6, NTV). Él le da vida a todo (Nehemías 9: 6), hizo un pacto con Abram (Nehemías 9: 8), vio el sufrimiento de Israel (Nehemías 9: 9), escuchó su clamor (Nehemías 9: 9), envió señales milagrosas y maravillas (Nehemías 9:10), se hizo un nombre grande (Nehemías 9: 10), dividió el mar (Nehemías 9: 11), arrojó a los perseguidores de Israel a las profundidades (Nehemías 9: 11), dirigió a Israel (Nehemías 9: 12), habló a Israel (Nehemías 9: 13), y les dio reglamentos y leyes (Nehemías 9: 13). Junto con los actos poderosos de Dios, se cuenta toda la historia sagrada del pueblo de Dios.

Los levitas notaron que, dada su gran compasión, Dios no abandonó a Israel (Nehemías 9: 19). Él dio su buen Espíritu para instruirlos y amonestarlos (Nehemías 9: 20, 30). Él no los privó ni del agua ni del maná (Nehemías 9: 20) y los sostuvo para que no les faltara nada (Nehemías 9: 21), y en consecuencia «se deleitaron en [su] gran bondad» (Nehemías 9: 25). Una y otra vez, Dios mostró su gran compasión (Nehemías 9: 27-28). A pesar de la arrogancia y la terquedad de Israel (Nehemías 9: 16, 29), disfrutaron de la gran misericordia y bondad de Dios (Nehemías 9: 31, 35).

El pecado y el arrepentimiento

La lectura de la Palabra de Dios y su correcta interpretación (Nehemías 8: 1-13) trajo alegría al espíritu de reforma, y los israelitas celebraron la bondad de Dios en sus vidas. Nunca antes se habían regocijado con tanto júbilo durante la Fiesta de los Tabernáculos (Nehemías 8: 14-18; para celebraciones anteriores de la Fiesta de los Tabernáculos, ver, por ejemplo, 2 Crónicas 7: 8-10; Esdras 3: 4).

Entender las enseñanzas del Libro de la Ley hizo que el pueblo se diera cuenta de que habían pecado contra Dios y que reconocieran su comportamiento descarriado (Nehemías 9: 1-3). Así es de poderosa la Palabra de Dios: convence al que la lee de su pecado. El apóstol Pablo dice claramente que «mediante la ley cobramos conciencia del pecado» (Romanos 3: 20, NVI). Jesús también señala que solo el Espíritu Santo es el que puede convencer «al mundo de pecado, de justicia y de juicio» (Juan 16: 8). Y el libro de Hebreos declara que «la palabra de Dios es viva, eficaz y más cortante que toda espada de dos filos: penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón» (Hebreos 4: 12).

El pecado complica la vida, aisla de Dios y le roba a la gente la alegría. La Biblia describe en la mayoría de los casos al pecado en términos teológicos y relaciónales, debido a que está dirigido a Dios nuestro Creador y lo que él representa. El elocuente arrepentimiento de David es un vivo ejemplo de esto, al lamentar la naturaleza desmoralizadora de sus actos pecaminosos: «Contra ti [Dios], contra ti solo he pecado; he hecho lo malo delante de tus ojos" (Salmo 51: 4; ver también Génesis 39: 9).

La amplia terminología que la Biblia usa para describir el pecado revela su naturaleza devastadora. El rico vocabulario de las Escrituras demuestra la complejidad del problema y nos revela tres expresiones de la misma palabra: 1) hattá (el término más común para describir el pecado, en el sentido de perder el objetivo, errar en el blanco, desviarse del buen camino o perder el rumbo; la palabra griega jamartia expresa la misma idea); 2) avón («transgresión», «algo que está doblado, torcido o desviado»); y 3) peshá («rebelión», «revuelta»). Los pasajes más significativos de las Escrituras hebreas muestran que Dios perdona todas estas variantes del pecado (Éxodo 34: 6; Levítico 16: 21; Salmo 32:1-2; Isaías 53: 5-6, 8-12; Daniel 9: 24).

Aparte de estas tres palabras principales para el pecado, la Biblia usa otros términos que describen la complejidad del pecado y nuestra naturaleza pecaminosa. Palabras como «mal», «culpa», «maldad», «transgresión», «impureza», «engaño», «deshonestidad», «falsedad», «ofensa», «abominación», «profanación», «perversión», «injusticia», «error», «arrogancia» y «fracaso» indican una relación maltrecha con Dios; un intento de vivir independientemente de él; un esfuerzo por vivir una vida autónoma (del griego autos [«yo») y nomos [«ley»], «ser la ley para uno mismo»); una vida sin Dios, su autoridad y su ley.

La oscura naturaleza del pecado requería un plan divino de salvación, y por ello Jesucristo vino al rescate de la humanidad con una solu


ción costosa pero definitiva (Hebreos 9: 26-28). Él ofrece a cada persona la oportunidad de liberarse de la penalidad del pecado (Juan 12: 31-32; Hechos 4: 12; 16: 31).

El arrepentimiento es un proceso, pero recibir el perdón es un acto instantáneo de Dios. Juan declara: «Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad» (1 Juan 1:9). ¡Alabado sea el Señor!

El mensaje principal de los profetas, de Jesús y de los apóstoles fue a arrepentirse (Ezequiel 18: 30-31; Joel 2: 12-13; Marcos 1: 15; Hechos 2: 38; 3: 19-21). El arrepentimiento es el resultado de la benignidad de Dios en nuestra vida. Pablo explica: «¿O menosprecias las riquezas de su benignidad, paciencia y generosidad, ignorando que su benignidad te guía al arrepentimiento?» (Romanos 2: 4). Jesús le dijo a Nicodemo que necesitaba nacer de nuevo (Juan 3: 3). El término «de nuevo» (el griego anoten), significa «otra vez, nuevamente» o «desde arriba». Aquí, en realidad, está recalcando que nacer de nuevo significa nacer de arriba, de Dios (Juan 1: 13). Esta enseñanza es liberadora, porque muestra que el arrepentimiento no es una obra nuestra. Es obra de Dios para nosotros y en nosotros, si estamos dispuestos a rendirnos y entregar nuestras vidas a él (Filipenses 2: 13; Tito 2: 11-14).

Pablo explica que la metanoia (la «transformación») significa un cambio de mentalidad, una transformación de nuestro pensamiento (Romanos 12: 1-2). Esto basado en el significado hebreo de la palabra shub («retorno», «cambio de dirección en la vida»). Arrepentirse es apartarse del pecado y seguir a Dios, tomar un nuevo rumbo hacia él y su Palabra en todo lo que somos y hacemos. Nuestros pensamientos, sentimientos, deseos e imaginaciones se transforman y se enfocan en complacer a i

Dios. Adquirimos un nuevo deseo de cultivar una relación significativa con él para poder reflejar los valores de Dios y su carácter, trayendo gloria a su nombre. Al aceptar a Cristo como nuestro Salvador, nos convertimos en hijos de Dios (Juan 1: 12). «Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús» (Romanos 8: 1; ver también Juan 5: 24-25).

Un pecador arrepentido vive una vida nueva en Cristo Jesús, con la ayuda del Espíritu Santo. La gracia de Dios es suficiente para perdonar, asombrosa para salvar, ardorosa para transformar y está lista para lide-rar cada lucha que enfrentamos. Somos capacitados para vivir una vida santa, enfrentando las más fuertes tentaciones (1 Corintios 10: 12-13) y confiando en su poder para la victoria (Romanos 1:16; 15: 13; 1 Corintios 1: 18; 2 Pedro 1: 3; Judas 24-25).

Confesión y perdón

Nehemías 9 es uno de los capítulos más poderosos y hermosos de la Biblia porque relata la bondad y la fidelidad de Dios hacia su pueblo a pesar de su infidelidad y rebelión (vea también los Salmos 105 y 106; Ezequiel 16 y 20). «No quisieron oír, ni se acordaron de las maravillas que con ellos hiciste; antes endurecieron su cerviz y, en su rebelión, pensaron poner caudillo para volverse a su servidumbre. Pero tú eres Dios perdonador, clemente y piadoso, tardo para la ira y grande en misericordia, pues no los abandonaste» (Nehemías 9: 17).

Los israelitas confesaron sus pecados porque su estudio de la Palabra de Dios (Nehemías 8) los convenció de su maldad. La Palabra y el Espíritu de Dios cambiaron sus vidas (Nehemías 9: 20, 30). De la misma manera, admitir nuestro error y reconocer nuestro pecado es el primer paso en el camino hacia el perdón y la nueva vida. «El que oculta sus pecados no prosperará, pero el que los confiesa y se aparta de ellos alcanzará misericordia» (Proverbios 28: 13). Es una experiencia que nos lleva a humillarnos, pero la victoria solo se puede ganar de rodillas. El reconocimiento del pecado no ocurre naturalmente, sino que es obra del Espíritu Santo, que nos lleva al arrepentimiento (Génesis 6: 3; Juan 16: 8-9). La gracia que proviene de Dios conduce a la gracia salvadora. La Palabra de Dios es segura y recibimos el perdón, no porque nos sintamos así, sino porque Dios lo dice.

Antes de experimentar el arrepentimiento, necesitamos ser tocados por las buenas nuevas del evangelio. Después de escuchar y aceptar las buenas nuevas, estamos listos para escuchar los imperativos del evangelio. La gracia de Dios nos permite seguirlo y obedecerlo en gratitud por su misericordia y salvación.

La confesión del pecado es una parte importante de ser perdonados. Admitir el error y aceptar la responsabilidad es básico. Cuando confesamos nuestros pecados a Dios de manera abierta, honesta y sincera, él es fiel para perdonar todas nuestras iniquidades (1 Juan 1: 7-9). Él interviene y cambia nuestra situación. Él se convierte en nuestra justicia y trae purificación (Isaías 1: 18; Jeremías 23: 6; 1 Corintios 1: 30). Mi-queas 7: 19 proclama que Dios arroja nuestros pecados a las profundidades del mar y el profeta Isaías nos asegura que Dios echa todos nuestros pecados a sus espaldas (Isaías 38: 17).

El perdón no se obtiene tras un largo período haciendo buenas obras, realizando actos bondadosos o venciendo el pecado. Nadie puede comprar o merecer el perdón. El verdadero perdón es un regalo gratuito, generoso y bondadoso que se otorga al que tiene un corazón contrito. Dios anhela abrazar a un pecador arrepentido y restaurarlo en su familia como hijo o hija de Dios (Lucas 15: 7, 10; 1 Juan 2: 1). ¡Qué cambio! Qué diferencia en nuestro estado ante Dios. Ahora pertenecemos a su familia, adoptados como sus hijos (Romanos 8: 15-16; 1 Juan 3:1).

David experimentó este tipo de gracia cuando le pidió a Dios que tuviera misericordia de él, que borrara sus transgresiones, que eliminara sus iniquidades y lo limpiara del pecado (Salmo 51: 2-3). Se regocijó por este perdón:

«Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada y cubierto su pecado. Bienaventurado el hombre a quien Jehová no culpa de iniquidad y en cuyo espíritu no hay engaño» (Salmo 32: 1-2).

Elena G. de White explica magistralmente el milagro del perdón y la salvación de esta manera: «No tenemos justicia propia con que cumplir lo que la ley de Dios exige. Pero Cristo nos preparó una vía de escape. Vivió en esta tierra en medio de pruebas y tentaciones como las que nosotros tenemos que afrontar. Sin embargo, su vida fue impecable. Murió por nosotros, y ahora ofrece quitar nuestros pecados y revestirnos de su justicia. Si te entregas a él y lo aceptas como tu Salvador, por pecaminosa que haya sido tu vida, gracias a él serás contado entre los justos. El carácter de Cristo reemplaza el tuyo, y eres aceptado por Dios como si no hubieras pecado» (El camino a Cristo, cap. 7, p. 94).

La importancia del ayuno

En el tiempo de Esdras y Nehemías, la confesión a menudo se acompañaba de ayuno (Esdras 10: 6; Nehemías 9; 1). Es menester hacer una pausa y formular un par de preguntas: ¿Qué es el ayuno? ¿Es necesario? El ayuno es una práctica bíblica bien documentada. Por lo general, se realiza con fines religiosos, y representa la abstinencia voluntaria o la reducción de alimentos durante cierto período de tiempo. El ayuno prepara la mente, el corazón y el cuerpo para tener hambre de Dios; y nos ayuda a fijar nuestros ojos en él y en los asuntos espirituales, disminuyendo la distracción de los asuntos terrenales. El ayuno no tiene el propósito de ganarse el favor especial de Dios o acercarlo más. El ayuno es una respuesta a la bondad de Dios, haciendo que los que Iq practican se muestren más abiertos, receptivos y dispuestos a aceptar su gracia, voluntad y liderazgo.

Los términos hebreos traducidos como ayuno, incluyen el verbo tsum (abstenerse de comer) y el sustantivo tsom (ayunar), junto con expresiones como «humillarse» (1 Reyes 21: 27, 29), «afligirse» (Levítico 16: 29; Isaías 53: 3, 5), y «no comer» (1 Samuel 28: 20). En griego, se usa la palabra nesteuo (abstenerse de comer y beber como un ejercicio religioso).

El Día de la Expiación era el único día en que se prescribía el ayuno (Levítico 16: 29; 23: 26-32; Números 29: 7). Todas las demás instancias registradas eran voluntarias. El ayuno a menudo se realizaba durante un día, pero en ocasiones especiales la abstinencia de alimentos e incluso de agua se mantenían durante períodos más largos. Moisés y Jesús ayunaron durante cuarenta días (Éxodo 34: 28; Mateo 4: 2), David ayunó siete días por su hijo (2 Samuel 12: 16, 22), Daniel ayunó durante tres semanas (Daniel 10: 2-3), y Ester ayunó durante tres días en nombre del pueblo de Dios (Ester 4: 16). Aunque el texto no menciona la cantidad de tiempo, también leemos que Esdras y Nehemías ayunaron (Esdras 8: 23; Nehemías 1: 4).

Hay ejemplos adicionales de ayuno en el Antiguo Testamento: Moisés ayunó varias veces en nombre de Israel (Deuteronomio 9: 9, 18, 25-29; 10: 10); David ayunó y lloró la muerte de Saúl (2 Samuel 1: 12) y de Ab-ner (2 Samuel 3: 35); Elias ayunó y caminó cuarenta días luego de que Dios lo fortaleció con comida y bebida (1 Reyes 19: 8); Acab ayunó y se humilló ante Dios (1 Reyes 21: 27-29); Darío no podía comer debido a su preocupación por Daniel (Daniel 6: 18-24); Daniel ayunó debido al pecado de Judá mientras leía la profecía de Jeremías (Daniel 9: 1-19), y también ayunó en relación con una visión de Dios (Daniel 10: 2-3); Esdras ayunó y lloró por los pecados del remanente que regresaba (Esdras 10: 6); y la gente de Nínive ayunó después de escuchar el mensaje de Jo-nás (Jonás 3: 7-9).

La práctica del ayuno continuó en los tiempos del Nuevo Testamento. Jesús hizo hincapié en que sus seguidores necesitarían ayunar después de su muerte (Lucas 5: 35). Ana ayunó con la esperanza de ver la redención de Jerusalén a través del Mesías futuro (Lucas 2: 36-37); los discípulos de Juan el Bautista ayunaron (Mateo 9: 14-15); los ancianos, profetas y maestros en Antioquía ayunaron antes de enviar a Pablo y Bernabé al ministerio (Hechos 13: 1-3; ver también Hechos 14: 23); y Cornelio ayunó y buscó el plan de salvación de Dios (Hechos 10: 30). Además, Pablo ayunó involuntariamente durante dos semanas durante la tormenta (Hechos 27: 33) y voluntariamente después de su encuentro con Jesús (Hechos 9: 9), así como antes de su primer viaje misionero (Hechos 13: 2-3).

La oración y el ayuno muchas veces van juntos (2 Samuel 1:12; Daniel 9: 3; Lucas 2: 37-38) porque el ayuno ayuda al corazón y la mente a concentrarse en los asuntos del cielo (Colosenses 3: 1-5). Las razones para ayunar son muchas: solicitar la intervención de Dios, el reconocimiento del pecado y el arrepentimiento y la búsqueda de conocimiento son las más notables. Por ejemplo, el ayuno preparó a Moisés y a Daniel para recibir la revelación de Dios, y Daniel ayunó para entender las Escrituras (Deuteronomio 9: 9, 18; Daniel 9: 3; 10: 2-3). En los casos de Acab y Manasés (1 Reyes 21: 27-29; 2 Crónicas 33: 12), el ayuno fue parte del arrepentimiento, como lo fue para otros (2 Samuel 12: 15-23; Nehemías 9: 1-2; Salmo 35: 13; Joel 2: 12-13).

Para que no se piense que el ayuno solo consiste en abstenerse de alimentos o agua, la Biblia es clara sobre el motivo detrás del ayuno. En Isaías 58: 6-9 y Zacarías 7: 5-10, el llamado de los profetas al verdadero ayuno vincula una vida sincera con ayudar a los demás. En leremías, Dios desaprueba el ayuno hipócrita (Jeremías 14: 11-12), y Joel y Jesús explican que el ayuno genuino no es una muestra externa sino un asunto del corazón (Joel 2: 12-13; Mateo 6: 16-18; ver también Jeremías 36: 6, 9).

Finalmente, el ayuno mejora la vida espiritual, ya que desarrolla el autocontrol y la autodisciplina. Es interesante notar que el judaismo, una fe que valora el ayuno, no lo practicaba durante el sábado (excepto cuando el Día de la Expiación caía en sábado), porque el sábado debía ser un día de alegría y deleite (Isaías 58: 13-14), emociones generalmente no asociadas con el ayuno.

Es evidente entonces que el ayuno desempeñaba un papel central en la vida personal y grupal de los hijos de Israel, al vincularlo estrechamente con el arrepentimiento y el perdón. Esdras y Nehemías practicaron el ayuno porque entendieron que era una señal de su compromiso total con Dios. Cada aspecto de sus vidas fue dedicado a Dios, y él respondió sus oraciones (Esdras 8: 23; Nehemías 1: 4).