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DIOS Y EL PACTO

 

Cuando los levitas le explicaron al pueblo la manera en que Dios los había dirigido en el pasado, resaltaron el hecho de que él es un «Dios grande, fuerte, temible, que [guarda] el pacto y la misericordia» (Nehemías 9: 32; ver también 1: 5). Es Dios el que pacta con su pueblo, asegurándoles que es para ellos y que siempre será fiel a sus promesas. Las promesas se dan en forma de pacto para que su pueblo tenga la seguridad, incluso legal, de que él nunca cambia. Un pacto es el establecimiento legal de una relación entre Dios y sus seguidores. A través del pacto él se compromete a mantener esta relación, pero el pueblo a menudo rompía el pacto. Sin embargo, él continuaba mostrándoles misericordia.

En el tiempo de Esdras y Nehemías, el pueblo entendió que había roto su pacto con Dios y era infiel (Esdras 5: 12; 9: 1-3; Nehemías 1: 6-7; 9: 1-2). Por eso, después de confesar sus pecados, prometieron seguir cuidadosamente las instrucciones de Dios. Los líderes hicieron un pacto que fue sellado por ochenta y cuatro personas, incluyendo a Nehemías, los sacerdotes principales y los levitas:

«Por todo esto, nosotros hacemos este pacto y lo ponemos por escrito, firmado por nuestros gobernantes, levitas y sacerdotes. [...] De este modo nos comprometimos a no descuidar el templo de nuestro Dios» (Nehemías 9:38; 10:39, NVI).

Estos líderes prometieron bajo juramento seguir «todos los mandamientos, decretos y estatutos de Jehová, nuestro Señor» (Nehemías 10: 29). Las estipulaciones exactas del pacto se explican en los versículos 30 al 39: (1) no se casarían con no israelitas; (2) observarían el descanso sabático, no dedicándose a hacer negocios ese día; (3) cuidarían de la casa de Dios; (4) traerían primicias al santuario; (5) guardarían la ley del primogénito; y (6) darían los diezmos. Todo esto lo juraron porque habían recibido la gracia y el perdón de Dios (Nehemías 9).

Es importante tener clara esta secuencia. La gracia siempre viene primero y luego siguen las estipulaciones de la ley de Dios. La fe y la obediencia van de la mano, pero la fe es siempre la raíz de la salvación, y la vida ética su fruto. El espíritu de la ley, su intención, tiene prioridad sobre su puesta en práctica literal (como por ejemplo, las seis antítesis de Mateo 5: 21-48 en el Sermón del Monte). La obediencia debe entenderse como el resultado de experimentar la misericordia de Dios y el poder de su Espíritu en nuestra vida. El que es perdonado está agradecido y desea vivir en armonía con la voluntad de Dios.

El papel de la ley de Dios

Los libros de Esdras y Nehemías usan una variedad de expresiones para referirse a la revelación de Dios: «la Ley del Señor» (Esdras 7: 10, NVI), «la ley de tu Dios» (Esdras 7: 14, 26), «la Ley de Moisés» (Esdras 7: 6), «las palabras del Dios de Israel» (Esdras 9: 4), «el Libro de la Ley de Moisés» (Nehemías 8: 1), «el Libro de la Ley» (Nehemías 8: 3), «el Libro de la Ley de Dios» (Nehemías 8: 8, 18), «la Ley» (Nehemías 8: 14), «el Libro de la ley de Jehová, su Dios» (Nehemías 9: 3), y «la ley de Dios» (Nehemías 10: 29). Esta Palabra de Dios debe ser respetada, seguida y obedecida (Esdras 7: 10; Nehemías 1: 5-7; 10: 29). El salmista declaró que debemos deleitarnos en la ley del Señor y reflexionar en ella continuamente (Salmo 1:2).

La palabra hebrea tora significa «instrucción o enseñanza (de Dios)», «que señala la manera en que debemos caminar». De esta manera, en la Biblia, la ley de Dios tiene una connotación positiva (Mateo 5: 16-17; Juan 14: 15; Gálatas 3: 24; 1 Corintios 7: 19). Podemos crear poemas sobre la ley (como la obra maestra y acróstico del Salmo 119), cantar sobre la ley (Salmo 19) y meditar en ella día y noche (Salmo 1: 2; Josué 1: 8) porque ella nos aleja del mal y nos da sabiduría, entendimiento, salud, prosperidad y paz (Deuteronomio 4: 1-6; Proverbios 2-3). La ley de Dios es una garantía de libertad (Génesis 2: 16-17; Santiago 2: 12).

Además, la ley de Dios es una expresión de su carácter. Dios es bueno, santo y justo como la ley (Romanos 7: 12). Sus estipulaciones y órdenes reflejan su carácter. Elena G. de White también proclama: «Los diez preceptos santos que Cristo declaró sobre el monte de Sinaí eran la revelación del carácter de Dios». Afirma que el Decálogo es «la mayor demostración de amor que se puede presentar al hombre» (Carta 89, 1898).

Los mandatos divinos tienen sus raíces en Génesis. La primera aparición del verbo «mandar» se encuentra en Génesis 2: 16-17, y está vinculada a los dos primeros mandamientos que se formularon en el Jardín del Edén. La primera orden es positiva y la segunda negativa. Dios comienza ordenando libertad para la humanidad: «Puedes comer de todos los árboles del jardín» (versículo 16, NVI). Pero luego viene la restricción negativa: «Pero del árbol del conocimiento del bien y del mal no deberás comer. El día que de él comas, ciertamente morirás» (versículo 17, NVI). Estos mandatos dejan claro que la ley bíblica tiene cuatro funciones esenciales:

1. La ley es como una valla que permite un gran espacio libre para vivir, pero advierte que, más allá de un punto específico, esperan peligros, problemas, complicaciones y la muerte. No hay futuro para aquellos que se salen del círculo de la libertad (Santiago 2: 12-3).

2. La ley es un espejo (Santiago 1: 23-25) en el que podemos reconocer lo sucios que estamos y cuán necesario es que seamos limpiados (no debemos usar el espejo de manera indebida, mirándolo para saber quién es el más hermoso). Sin embargo, la ley no puede purificarnos (Romanos 3: 20), porque solo Cristo puede lograr eso.

3. La ley nos conduce como paidagogos («guardián») a Cristo (Gálatas 3: 24). Por lo tanto, la ley es una señalización que apunta a Jesús, el cual perdona nuestros pecados y transforma nuestra vida (2 Corintios 5: 17; 1 luán 1: 7-9). Louis Berkhofllama a la Ieyy al evangelio «las dos partes de la Palabra de Dios que son medios de la gracia». La ley y el evangelio siempre deben ir juntos, con prioridad para el evangelio. La gracia y la ley son complementarias e inseparables.

4. La ley es una promesa. Gramaticalmente, un absoluto infinitivo tiene dos significados en material legal: como una orden o como una promesa enfática. El comando negativo se expresa en el Decálogo mediante la partícula de negación l'o («no»), siendo el significado de esta expresión hebrea: 1) una prohibición permanente, por lo tanto, un mandamiento; o 2) una situación futura y por lo tanto, una promesa. El significado hebreo del término dabar, usado en el Pentateuco para describir los Diez Mandamientos (daba-rim) no significa «mandamiento» sino «palabras». Este sustantivo puede tener el significado de promesa, al igual que su raíz verbal. Dependiendo de la versión, puede buscar, por ejemplo, dabar («promesa») como sustantivo (1 Reyes 8: 56; Nehemías 5:12-13); y dabar como verbo con el mismo significado de prometer (Deute-ronomio 1: 11; 6: 3; 9: 28; Josué 9: 21; 22: 4; 23: 5). Elena G. de White subraya que «cada orden es una promesa» y «trae consigo la vida del Ser infinito» [La educación, cap. 13, p. 114).

Elena G. de White hace esta declaración explícita sobre el Decálogo: «Los diez mandamientos [...] son diez promesas» (Manuscrito 41, 1897), y recalca que «la voz de Dios desde el cielo» le habla «al alma a través de estas promesas: "Hazlo, y no estarás bajo el dominio y el control de Satanás"» (Carta 89,1898). Esta es la razón por la que los adventistas del séptimo día pensaban que el Decálogo es percibido como la promesa de Dios. Los Diez Mandamientos son un regalo especial de Dios para guiar a los creyentes a fin de que sepan lo que él puede hacer por ellos y en ellos. Elena G. de White añade:

«En los diez mandamientos, Dios estableció las leyes de su reino. [...] El Señor dio sus santos mandamientos para que sean un muro de protección alrededor de los seres creados por él» (Manuscrito 153,1899).

La ley de Dios no es un látigo para castigar, a pesar de que restringe el mal y orienta, de la misma manera en que las riendas dirigen a un caballo. Sin embargo, el Decálogo debe tomarse primeramente como una promesa, y luego convertirse en un mandamiento permanente en la vida. No es una mera prohibición.

El Decálogo también nos protege de convertir nuestras opiniones, teorías, gustos y disgustos en ídolos. Elena G. de White desenmascara de forma magistral las diferentes formas de idolatría, incluidas las falsas concepciones de Dios: «Es tan fácil hacer una imagen de ideas u objetos acariciados como lo es el hacer dioses de madera o de piedra. Hay miles que tienen un falso concepto de Dios y de sus atributos. Están tan ciertamente adorando a un falso dios como los seguidores de Baal» (Testimonios para la iglesia, t. 5, cap. 16, p. 162). Una comprensión correcta de los Diez Mandamientos nos protege de crear conceptos equivocados de Dios.

Las restricciones aparentes de la ley son para nuestro bien y nos ayudan a mantener nuestra vida feliz (Miqueas 6: 8; Juan 10: 10). Para los que confían en la gracia salvadora de Dios, la ley es una norma de conducta. Elena G. de White afirma: «No hay nada negativo en esa ley, aunque pueda parecer así» (Carta 89, 1898). También afirma que «la ley de Dios no es nada nuevo». [...] Es un código de principios que expresan misericordia, bondad y amor. Presenta a la humanidad caída el carácter de Dios, y establece claramente todo el deber del hombre» (Manuscrito 88, 1897).

El nuevo pacto coloca a la ley profundamente en el corazón del creyente. La ley se interioriza (Mateo 5:21 -48) y no debe tomarse como una carga sino como una alegría. Los que guardan la ley de Dios correctamente deben cumplir sus promesas con la motivación correcta, obedeciéndola por gratitud y agradecimiento por lo que Dios ha hecho por ellos. La gracia no cambia la ley, pero trae una actitud renovada hacia ella.

Algunos afirman que Pablo pone fin a la ley y su validez en nuestra vida. En un estudio más detallado, se puede ver que Pablo está en contra del legalismo, pero no en contra de la ley de Dios (Romanos 7: 9-12). Estaba en contra del mal uso de la ley, así como en contra de la transgresión de la ley de Dios. Cristo tomó sobre sí mismo la maldición, el castigo de la ley (Gálatas 3: 13-14) para liberarnos de la condenación (Romanos 6: 14-15).

Jesucristo es el telos («el fin») de la ley (Romanos 10: 4), lo que significa que él es su objetivo, no el fin en el sentido de una terminación o cese de su validez. El efecto semántico de la palabra telos es principalmente una explicación de su propósito, no una descripción temporal de su origen. Cristo es la clave hermenéutica (interpretativa), y él es el verdadero significado y propósito de la ley. Por lo tanto, sería incorrecto afirmar que Cristo invalidó, terminó, reemplazó o derogó la ley. La ley no solo conduce a Cristo, sino que Cristo es su objetivo. El le da significado a la ley y muestra a los creyentes cómo, en el contexto de la gracia, puede ayudarlos a vivir correctamente. En términos teológicos, este uso de la ley se ha denominado tertius usus legis (tercer uso de la ley).

En la literatura protestante clásica, la ley de Dios tiene un uso triple, y la escolástica reformada formula estos usos de la siguiente manera: 1) el uso político o cívico, para la restricción del pecado y la corrección; 2) el uso pedagógico, para revelar el pecado y señalar a Cristo; y 3) el uso didáctico o normativo, para dotar de normas de vida a los creyentes.

La buena noticia es que ante cualquier cosa que Dios ordene a sus seguidores que hagan, él los capacitará para cumplirla. Por ejemplo, Dios le ordena a Ezequiel, «Ponte en pie», y luego el profeta dice: «El Espíritu entró en mí, hizo que me pusiera de pie» (Ezequiel 2: 1-2, NVI). Dios manda y capacita a su pueblo. Elena G. de White afirma que «todos sus mandatos son habilitaciones» (Palabras de vida del gran Maestro, cap. 25, p. 268). Desde este punto de vista, los Diez Mandamientos son en realidad diez bienaventuranzas. La teología del libro de Ezequiel aclara este detalle. El profeta lo explica en el núcleo de su resumen teológico en el capítulo 36: «Les daré un nuevo corazón, y les infundiré un espíritu nuevo; les quitaré ese corazón de piedra que ahora tienen, y les pondré un corazón de carne. Infundiré mi Espíritu en ustedes, y haré que sigan mis preceptos y obedezcan mis leyes» (Ezequiel 36: 26-27, NVI).

Los seres humanos no pueden efectuar el cambio en sus vidas por sí solos. Esta es únicamente la obra de Dios. Él es el único que puede trasplantar el corazón humano. Él quita el corazón de piedra y lo reemplaza con un corazón sensible de carne. Josué le recordó a su audiencia: «Ustedes no son capaces de servir al Señor» (Josué 24: 19, NTV). Nosotros solo podemos decidir por él y seguirlo, y ese es nuestro papel. No tenemos el poder para cumplir nuestra decisión, pero cuando le entregamos nuestra debilidad a Dios, él nos fortalece. Su Espíritu Santo nos insta a obedecerlo. Pablo dice: «Cuando soy débil, entonces soy fuerte» (2 Corintios 12: 10).

El tema del «yo» divino es recurrente en Ezequiel 36. Dios reúne, limpia, remueve, da, pone y nos mueve a guardar cuidadosamente su ley. Lo que él hace, nosotros lo haremos. Él se identifica con nosotros y, si nos asociamos estrechamente con él, hacer su voluntad será nuestra actividad recurrente. La unidad entre Dios y nosotros será dinámica, poderosa y vivaz. ¡La buena obra solo se cumple a través del poder del Espíritu Santo!

El tema central del pasaje es la obra de Dios. La traducción literal dice: «Te daré mi Espíritu, y haré que camines en mis estatutos y guardes mis leyes; así lo harás». Lo que Dios está diciendo es: «Yo haré lo que tú harás. Me moveré y haré que obedezcas». En otras palabras, Dios le ordena al pueblo que obedezca y promete ayudarlo a obedecer. Él les dará su Espíritu para que lo cumplan, porque la obediencia solo se puede lograr mediante el Espíritu Santo. Dios hace que la obediencia sea una realidad. Lo que Dios manda, él lo provee. Lo que Dios requiere de su pueblo, él siempre lo ayuda a cumplir. La obediencia es su don, no nuestro desempeño o logro, así como la justificación y la salvación son también sus dones. ¡Este es el evangelio por excelencia!

Como seres humanos, la única opción que tenemos es decidir hacer lo correcto. Necesitamos tomar la decisión de obedecerle, pero no tenemos la capacidad de cumplir esa decisión. Moisés exhortó enérgicamente al pueblo de Dios: «Escojan, pues, la vida» (Deuteronomio 30: 19, DHH). Josué alentó a Israel: «Elijan ustedes mismos a quiénes van a servir» (Josué 24: 15, NVI). Moisés le rogó al pueblo que no se demorara, sino que decidiera seguir a Dios hoy (la palabra hayyom, que significa «hoy» o «este día», se emplea 74 veces en el libro de Deuteronomio).

Necesitamos ayuda en medio de nuestra fragilidad y debilidad; ayuda externa. Afortunadamente, Dios nos da la voluntad (la respuesta a su llamado de amor) y fuerzas para obedecer (Filipenses 2: 13). Tanto la justificación como la santificación son dones de Dios. ¡Todo es dado por la gracia de Dios y recibido por medio de la fe! Sus requerimientos se cumplen a medida que el poder del Espíritu Santo nos conduce a una obediencia real y genuina, no una obediencia forzada sino un cumplimiento genuino que nace de un corazón agradecido. Cuando aceptamos la Palabra de Dios y su Espíritu, se produce una vida espiritual genuina (Ezequiel 37: 11-14).

El Señor nos da su ley para mantener, no para producir, la vida. Nos revela el ideal y hasta dónde nos hemos alejado. La ley no tiene poder para limpiar o salvar, pero nos lleva a Jesucristo y juega un papel importante en mostrarnos cómo vivir. Los mandamientos encarnan el modelo de Dios para una vida consagrada.

Los Diez Mandamientos no solo son una barrera, un espejo o una señalización; sino también la promesa de Dios sobre lo que él quiere lograr para nosotros y en nosotros cuando nos mantenemos en una relación dinámica con él. Por medio de su poder, estas diez promesas pueden convertirse en un estilo de vida permanente para su pueblo.

Esdras y Nehemías, siervos de la ley de Dios, experimentaron esta relación con Dios. Con el celo santo derramaron sus corazones ante el pueblo, invitándolo a vivir en armonía con la voluntad de Dios y a cosechar una vida de alegría, satisfacción y felicidad duraderas.