Capítulo 5

DEL ORGULLO A LA HUMILDAD

 

La presencia de Nabucodonosor en la narración de Daniel concluye con otro sueño, su proscripción del trono y su subsiguiente restauración al reinado. Junto con el capítulo 5, el capítulo 4 constituye el centro de la sección aramea al transmitir el juicio de Dios sobre los gobernantes orgullosos. En bien de la sencillez, el capítulo 4 puede ser dividido, en general, en tres secciones principales, en las que se relata el sueño (vers. 1-15), se lo interpreta (vers. 16-27) y este se cumple (vers. 28-36). Es una carta personal del rey a todos sus súbditos, en la que Nabucodonosor finalmente reconoce el poder y la autoridad de Dios sobre los asuntos humanos.

Se informa del sueño

Al comienzo de su reinado, Nabucodonosor soñó una estatua compuesta de diversos metales, de la que él era la cabeza de oro. Ahora, hacia el fin de su reinado, tiene otro sueño en el que él come pasto. Por cuanto no prestó atención al mensaje del primer sueño -que solo a Dios pertenecen la sabiduría, el poder, el dominio y la gloria-, Nabucodonosor recibió el segundo sueño, que vino como una sentencia por haber dejado de glorificar a Dios en todas sus realizaciones.1

Como en el primer sueño, el segundo sueño también transmitió imágenes que eran familiares al rey. Se le mostró al rey un árbol en el centro de la Tierra, lo que aludía al árbol cósmico, un símbolo'común de vida abundante y bienestar en el mundo antiguo. Al crecer más alto, alcanzó el cielo y llegó a ser un/refugio, al proveer protección y sustento a la gente y a los animales.

En el Antiguo Testamento, un árbol puede ser un símbolo para personas o naciones. Ezequiel aplicó la metáfora de un árbol de cedro a Asiría y a Egipto (Eze. 31). Además, al alcanzar el cielo, el árbol evoca el engreimiento humano y nos recuerda otro proyecto que apuntaba al cielo, es decir, la Torre de Babel (Gén. 11).

En su ubicación en el centro de la tierra y al ser visible para todo el mundo, el árbol representa la prominencia de Babilonia como un imperio mundial. Como lo nota un autor: "Las naciones que una vez fueron 'esparcidas sobre la faz de toda la tierra' (Gén. 11:4, 8), con la consiguiente confusión y fragmentación de las lenguas (Gén. 11:7), son vueltas a reunir en el armonioso imperio del rey de Babilonia. A todos los pueblos, naciones y lenguas que moran en toda la tierra' (Dan. 4:i)".2 Es interesante, el Reino de Dios también es comparado con un árbol que crece, y a cuyas ramas vienen las aves y hacen sus nidos (Mat. 13:31,32).

Hasta este punto, las imágenes en sus contornos amplios pudieron no haber parecido misteriosas a Nabucodonosor, ajustándose bien a su percepción de poder y prosperidad. Claramente, la altura y la opulencia del árbol eran beneficiosas para la creación, ya que proveía de refugio y protección a todas las criaturas. Pero, lo que aparece luego debió haber sonado como una nota nefasta para el rey. Un ser celestial descendía del cielo para interrumpir la idílica imagen de seguridad y prosperidad. El texto se refiere al agente divino como un "vigilante" ('ir), o un "santo" (qadish). Se ha notado que, en "el libro de Daniel, estos dos adjetivos se usan para describir a un ser celestial que nunca duerme y siempre está en la presencia del santo Dios. Esto lo toman los eruditos invariablemente como una referencia a un ángel, aunque algunos consideran esta como una clase especial de ángeles".3 Como resultado, el árbol fue talado y privado de sus ramas, hojas y frutos; todas las criaturas huyeron, y el tocón fue atado con cadenas y dejado en compañía de los animales. Ese tocón (Nabucodonosor) ahora come pasto y su corazón fue cambiado del de un hombre al de una bestia (vers. 16).

¡Cuán confuso debió haber sido para el rey este cambio de metáforas e imágenes! Finalmente, el sueño concluye con la explicación del ángel de la razón de estos eventos:

La sentencia es por decreto de los vigilantes

y por dicho de los santos la resolución,

para que conozcan los vivientes

que el Altísimo gobierna el reino de los hombres,

que a quien él quiere lo da

y sobre él constituye al más humilde de los hombres (vers. 17.)

Atónito por tan complejo conjunto de imágenes, el rey recurrió a los sabios de Babilonia, pero ninguno pudo interpretar el sueño. Luego, convocó a Daniel, que no sorprendió dando la interpretación. Pero, antes de seguir, recuerda que Daniel 2, 4 y 5 van juntos porque contienen historias en las que Daniel supera ampliamente a los otros sabios de Babilonia. Mientras el capítulo 5 presenta el desafío de la escritura en la pared, los capítulos 4 y 2 informan de la interpretación de sueños, otra vez superando a los sabios de Babilonia. Sin embargo, a diferencia del sueño de la estatua, el rey pudo recordar el sueño del árbol y no amenazó a sus consejeros con la muerte.

La interpretación del sueño

Como resultó ser, el sueño era una mala noticia para Nabucodonosor. Daniel sabía esto, y podría haber estado tentado a entregar el duro mensaje con un sentimiento de venganza y satisfacción. Después de todo, Nabucodonosor había subyugado su patria, la tierra de Israel, al Imperio Babilónico. Pero, aunque no tenía miedo de dar la mala noticia al monarca, fue cuidadoso y reflexivo. En forma característica, Daniel demostró sinceridad y coraje. Su actitud es de respeto por el rey, y actúa en armonía con la etiqueta de la corte y desea que las malas noticias del sueño se apliquen a los enemigos del rey.

Daniel entonces continúa, entrelazando la interpretación del sueño mientras cuenta el sueño. Sin embargo, un erudito nota:

Cuando interpreta el sueño, también omite algunos detalles, y la omisión de ellos nos dice algo acerca de Daniel. En su mayor parte, Daniel trabaja imagen por imagen a lo largo del sueño como lo había contado el rey (cf. 4:10-12, y 4:20-22; 4:13-15 y 4:23; 4:i5,16 y 4:24). Pero, cuando llega a la peor parte del sueño, pasa por alto los detalles. En el pronunciamiento del juicio, el ángel había dicho: "Su corazón de hombre será cambiado y le sea dado corazón de bestia" (4:16), pero Daniel no repite esta parte, ni la interpreta. El texto no explica por qué Daniel la pasó por alto, pero tal vez él sabía que el rey había entendido el mensaje. Él entendió todo, y no había una buena razón para decir los detalies más dolorosos en voz alta. Daniel le ahorró a Nabucodonosor el último trozo de dignidad: su humanidad. El imperio del rey sobreviviría, como lo indicaba la presencia del tocón, pero ocurriría a un gran costo personal.4

Daniel demostró su preocupación por el rey por lo que dijo y lo que dejó de decir. Lamentablemente, a veces observamos con perversa satisfacción la desgracia de personas que envidiamos o no nos gustan. No obstante, Daniel no encontró satisfacción en la caída del rey: "El sufrimiento humano y la desgracia, por merecidas que sean, nunca deberían ser una causa de celebración, o peor, una satisfacción maliciosa".5 No olvidemos lo que dijo Jesús: "Amad a vuestros enemigos [...] y orad por los que os persiguen" (Mat. 5:44).

La interpretación del sueño de Daniel consistía en dos partes separadas: el cuadro de un árbol frondoso, y su caída por el decreto del ser celestial. En cuanto al árbol, Daniel repasa el sueño con solo diferencias menores de la versión de Nabucodonosor, aplicándolo directamente al rey: "Tú mismo eres, oh rey" (Dan. 4:22). En la sección acerca del mensajero, Daniel omite ciertos detalles por razones ya mencionadas y deja claro que el sombrío mensaje era contra el rey mismo. Así, el rey sería quitado del trono, apartado de la sociedad, y forzado a vivir con las bestias y a comer pasto. Se ha sugerido que tal condición parece compatible con un trastorno llamado zoantropía, en el que una persona imagina ser un animal, y actúa como tal.6 Siguiendo la interpretación, tal condición duraría siete tiempos, una expresión temporal que comúnmente se entiende que significa siete años.7

De acuerdo con Daniel, la degradación del rey sería temporaria y duraría "hasta que conozcas que el Altísimo ti eñe dominio en el reino de los hombres, y que lo da a quien él quiere" (Dan. 4:25). Otra vez la interpretación de Darniel reitera que el propósito del juicio es hacer reconocer al rey la soberanía de Dios sobre reyes y reinos.

Después de dar la interpretación del sueño, Daniel actúa a tono con los profetas del Antiguo Testamento. Hace una fuerte apelación para que el rey se aparte de sus pecados y muestre misericordia a los pobres (Dan. 4:27; cf. Miq. 6:8), lo que podría hacer que el juicio se pospusiera. Tal descuido de los pobres puede estar correlacionado con el hecho de que el rey no reconociera la soberanía de Dios. Después de todo, "el que se burla del pobre ofende a su Creador" (Prov. 17:5, NVI).

Irónicamente, mientras Nabucodonosor describió el árbol como que proveía alimento para todos los que se cobijaban bajo sus ramas, el árbol realmente no proveía para todos, porque el rey no se preocupaba por los pobres en su ámbito.8 Una función suprema de un rey en los tiempos del Antiguo Testamento era proveer justicia en sus dominios al proteger a los marginados y los derechos de las viudas, los huérfanos y los pobres. En este sentido, Nabucodonosor había fallado miserablemente.

Se cumple el sueño

Doce meses después del sueño, Nabucodonosor estaba caminando por el palacio real y felicitándose por construir la "gran Babilonia" (Dan. 4:30). Un comentador resume en forma muy buena la impresionante y hermosa Babilonia antigua:

Babilonia era de forma rectangular, rodeada por un amplio y profundo foso lleno de agua, y luego por un intrincado sistema de muros dobles. El primer sistema de muros dobles rodeaba la ciudad principal. Su muralla interna tenía 6 metros y medio de espesor y estaba reforzada con torres de defensa en intervalos de 18 metros, mientras el muro exterior tenía 3 metros treinta de espesor y también tenía torres de vigilancia. Más tarde, Nabucodonosor añadió otro sistema defensivo de muros dobles (una muralla externa de 7 metros y medio de espesor y un muro interno de 6 metros noventa de espesor) al este del Éufrates que recorría la increíble distancia de 27 kilómetros, y que en la parte superior era suficientemente ancho para que pasaran carros de combate. No se conoce la altura de los muros, pero la puerta de Ishtar tenía una altura de 12 metros, y las murallas debieron de haber estado cerca de esa altura. Una muralla de 12 metros habría sido una barrera formidable para los soldados enemigos.9

En el mismo momento que el rey estaba alabando sus supuestos logros, cayó sobre él el juicio de Dios. Fue quitado del trono y obligado a pasar siete años entre las bestias, comiendo pasto tal como había predicho Daniel. Cuando se hubo cumplido el tiempo designado para su castigo, el rey fue restaurado a su anterior honor, pero esta vez finalmente reconoció que "él puede humillar a los que andan con soberbia" (vers. 37). De este modo se cumple el propósito del castigo como se asevera en cada sección importante de la narración bíblica. Finalmente, Nabucodonosor vino a reconocer que "el Altísimo gobierna el reino de los hombres, que a quien él quiere lo da" (vers. 17; cf. vers. 34,35).

Note que en Daniel 1 al 4 Nabucodonosor se encuentra en "el centro del escenario del drama que se desenvuelve en su corte. En el capítulo 2, su sueño acerca de la estatua que humilló a sus sabios incompetentes; en el capítulo 3, su deslumbrante imagen casi humilló a Sadrac, Mesac y Abed-nego; en el capítulo 4, su sueño acerca del árbol lo humilló a él".10 De esta manera, con el cumplimiento del sueño, el más grande gobernante del Imperio Neobabi-lónico deja la narración de Daniel (como protagonista) al dejar la historia, cuando el oro dejó el lugar a la plata. Él logró grandes victorias militares, gobernó sobre muchas naciones, edificó un imperio mundial, pero fue impotente delante del Dios de sus cautivos. Esto nos recuerda que el Altísimo era, es y será siempre el Gobernante supremo sobre cualquier poder humano.

Mientras que Nabucodonosor tuvo que comer pasto con las bestias para aprender humildad, nosotros somos llamados a aprender humildad de aquel que "se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz" (Fil. 4:8). Tal vez sea tiempo de dejar de concentrarnos en nosotros mismos, nuestros logros y nuestros fracasos. Aún mejor, ¿por qué no dejar de compararnos con otros, sus logros y sus fracasos? Levantemos nuestros ojos y miremos a Jesús, que "nos hizo reyes y sacerdotes para Dios, su Padre, a él sea gloria e imperio por los siglos de los siglos. Amén" (Apoc, 1:6).

Conclusión

En conclusión, unos pocos puntos merecen algo más de reflexión. Primero, cuando Dios nos concede grandeza y poder, espera que reconozcamos su soberanía. Esta historia ilustra una de las fallas principales de Nabucodonosor: su arrogancia y autosuficiencia. Siendo que parece que él se considera el centro del mundo, no hay espacio en su mentalidad para su prójimo ni para Dios. Con tal cosmovisión, Dios llega a ser irrelevante y los demás humanos se convierten en herramientas para el engrandecimiento del Imperio. Así, el propósito del castigo predi-cho por el sueño era humillar al rey para que llegara a reconocer la soberanía de Dios sobre el mundo y la vida personal del rey. Estas observaciones proveen una oportunidad para reflexionar sobre el lugar de Dios en nuestra vida. ¿Somos capaces de reconocer que todos nuestros logros en la vida son dones de Dios para ser acreditados a él y usados para su gloria?

Segundo, Dios es quien establece y quita reyes. Este es uno de los temas impulsores principales de Daniel 4, si no el más importante, que es reforzado por el paralelismo con Daniel 5. Estos dos capítulos son el punto de apoyo de la sección aramea del libro de Daniel, que enfatizan la soberanía de Dios. "Cuando miramos seriamente la persona de Dios, somos impulsados a honrarlo y glorificarlo. Por esto es importante mantener el foco de nuestra predicación y nuestra enseñanza sobre quién es Dios y cómo actúa con la humanidad. Lo primero impulsa lo segundo, y nosotros recibimos los dos, aun cuando a menudo venimos a conocer a Dios por la manera en que actúa con los meros mortales en la Escritura".11

Tercero, Dios revierte el castigo y restaura a los pecadores cuando ellos se arrepienten. Su soberanía es absoluta, pero no arbitraria. Como se transmite por la restauración de Nabucodonosor después de siete años de ostracismo, Dios sigue estando listo para perdonar y restaurar. La amonestación de Daniel al rey para que corrija sus caminos es una indicación de que el castigo puede ser pospuesto o posiblemente evitado, como ocurrió con Nínive (Jon. 4). Sin embargo, no debe olvidarse que Dios no necesariamente juzga el pecado como nosotros quisiéramos que lo hiciera. Su juicio es mucho más grande que el nuestro porque él ve la vida desde una perspectiva divina.

"Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dice Jehová. "Como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos y mis pensamientos que vuestros pensamientos" (Isa. 55:8,9).

Dios está ansioso por salvar, y podemos descansar en su infinito amor y justicia, sabiendo que él resolverá el problema del pecado de una manera que es consistente con su carácter.


Referencias

1 Wendy L. Widder, Daniel, The Story ofGod Bible Commentary, eds. Tremper Longman III y Scot McKnight (Grand Rapids, MI: Zondervan, 2016), p. 94.

2 Peter W. Coxon, "TheGreat Tree of Daniel 4", en A Word in Season: Essays in Honour of William McKane, eds. James D. Martin y Philip R. Davies, pp. 99-111. Suplemento del Journal for the Study of the Oíd Testament 42 (Sheffield: Sheffield Academlc Press, 1986), p. 92.

3 René Peter-Contesse y John Ellington, A Handbook on the Book of Daniel, UB5 Helps for Translators (New York: United Bible Societies, 1994), p. 109.

4Widder, Daniel, pp. 95, 96.

5 Widder, Daniel, p. 99.

6 Ronald W. Pierce, Daniel, Teach the Text Commentary Series, eds. Mark L. Strauss y John H. Walton (Grand Rapids, MI: Baker Books, 2015), p. 78.

7Francis D. Nichol, ed. Comentario bíblico adventista (Boise, Publicaciones Interamericanas, 1985), t. 4, p. 817.

8Sharon Pace, Daniel, Smyth & Helwys Bible Commentary (Macón, GA: Smyth & Helwys, 2008), p. 134.

9Stephen R. Miller, Daniel, The New American Commentary 18 (Nas-hville: Broadman & Holman Publishers, 1994), p. 140.

10 Widder, Daniel, p. 97.

11 Pierce, Daniel, p. 82.