Lección 1 MATERIAL AUXILIAR PARA EL MAESTRO
El sábado enseñaré...

RESEÑA

Texto clave: Lucas 15:1-7. Enfoque del estudio: Sofonías 3:17; Juan 7:37; 1 Timoteo 2:3, 4; 2 Corintios 5:14, 15.

En lo profundo del corazón de Dios está su deseo de que todas las personas sean salvas en su Reino. No hay nada que desee más que cada uno de nosotros experimente personalmente el gozo de la salvación y viva eternamente con él.

Dios ha dispuesto todos los poderes del cielo para redimirnos. Jesús vino a la Tierra para revelar el amor sin medida del Padre a la humanidad, vivir la vida perfecta que nosotros deberíamos haber vivido, llevar la condenación de nuestros pecados en la Cruz y morir la muerte que nosotros deberíamos haber muerto.

En Cristo, vemos cómo es realmente el Padre. Jesús disipa el mito de que Dios no es amoroso. Hace milenios, Lucifer, un ser de deslumbrante brillo, tergiversó el carácter de Dios. Jesús vino a dejar las cosas en claro: Dios no es un juez vengativo ni un tirano iracundo; es un Padre amoroso que quiere que todos sus hijos estén en casa lo antes posible.

Testificar tiene todo que ver con Dios. Es participar en su misión. Es compartir su amor con los demás. Es revelar en nuestras vidas y palabras su carácter de amor. Cuando testificamos a los demás, entramos en la alegría más grande de la vida y crecemos para ser más como Jesús. El servicio mata de hambre el egoísmo. Cuanto más compartimos el amor de Dios, más aumenta nuestro amor por él.

COMENTARIO

¿Alguna vez te has hecho la pregunta de por qué deberías compartir tu fe? ¿No está haciendo Dios todo lo que puede para salvar a las personas sin tu testimonio? El testificar ¿marca alguna diferencia en la salvación personal de un individuo?

Es cierto que Dios se revela de diversas maneras, no se limita a nuestro testimonio. David afirma: “Los cielos cuentan la gloria de Dios, Y el firmamento anuncia la obra de sus manos. Un día emite palabra a otro día, y una noche a otra noche declara sabiduría. No hay lenguaje, ni palabras, ni es oída su voz” (Sal. 19:1–3). El diseño, el orden y la simetría del Universo revelan a un Dios diseñador de inteligencia infinita.

El ministerio del Espíritu Santo en cada uno de nuestros corazones crea dentro de nosotros un deseo de conocer a Dios. Este anhelo por la eternidad dentro de cada uno de nosotros es una evidencia poderosa de la existencia de Dios. Luego, por supuesto, están esas providencias inusuales que cada uno de nosotros experimenta, que nos hacen reflexionar sobre la realidad de la presencia de Dios. Cada vez que experimentamos amor cuando no lo merecemos o un acto amable inesperado, vemos tangiblemente una revelación del carácter de Dios. Dios está constantemente buscando atraernos a él de múltiples maneras.

Si esto es cierto, ¿por qué ser testigo? ¿Por qué no dejar que Dios haga su trabajo y lo termine? ¿Por qué no dar un paso atrás, y dejar que la naturaleza, como dice David, haga el trabajo de declarar la gloria de Dios? La naturaleza nos da mensajes mixtos. Aunque revela el diseño complejo infinito de Dios, también puede revelar destrucción y devastación en huracanes, inundaciones, incendios forestales, tifones y otros desastres naturales. Miles mueren de repente. ¿Qué dice esto sobre Dios y la gran controversia entre el bien y el mal? La naturaleza presenta tanto el bien como el mal, pero no revela la razón por la que existen el bien y el mal.

Ni las providencias de la vida ni nuestros propios anhelos pueden proporcionar una explicación satisfactoria de la existencia del bien y del mal. Es cierto que hay un anhelo de Dios en cada uno de nosotros; pero también es cierto que tenemos una naturaleza pecaminosa y caída, y encontramos una batalla interna. Podemos conocer lo correcto, pero no tenemos dentro de nosotros el poder de hacer lo correcto. Del mismo modo, las providencias en nuestra vida revelan a un Dios que se preocupa, pero hay muchas cosas que suceden en nuestra vida que nos recuerdan que vivimos en un mundo de bien y de mal. Por lo tanto, la pregunta persiste: “¿Por qué existen el bien y el mal en el mundo?” ¿Cuál es su origen, y cuál es el destino de la humanidad? Ni la naturaleza, ni las providencias de la vida ni nuestros anhelos internos pueden abordar esta cuestión de manera satisfactoria como lo puede hacer el testificar a otros a través de la Palabra de Dios.

La razón por la que somos testigos no es para dar a las personas su única oportunidad de salvación; Dios puede salvarlas de múltiples maneras sin nuestra ayuda. La razón por la que somos testigos es doble.

Primero, somos testigos porque el amor de Cristo desborda de nuestros corazones hacia los demás, y queremos que tengan la mejor oportunidad posible de salvación. La revelación más clara del carácter de Dios no está en la naturaleza, las providencias de la vida o nuestros anhelos internos. Cada uno de estos son evidencia de la existencia de Dios, pero no retratan claramente su carácter amoroso. La revelación más clara del carácter de Dios se encuentra en la vida de Cristo como se revela en las Escrituras. Compartir la Palabra de Dios con otros –abrirles las Escrituras y explicar las grandes verdades de la Biblia– revela quién es él y brinda la mejor oportunidad para que cada persona conozca y comprenda su amor y su verdad. En el conflicto cósmico entre el bien y el mal, las Escrituras presentan las respuestas finales a los grandes interrogantes de la vida. En segundo lugar, testificamos porque sabemos que testificar es uno de los medios del Cielo para llevar alegría al corazón de Dios y permitirnos crecer espiritualmente. Cuanto más lo amamos, más compartimos su amor; cuanto más compartimos su amor, más lo amamos. A medida que compartimos la Palabra de Dios con los demás, nos acercamos más a él. La Palabra que cambia la vida no solo cambia a aquellos con quienes estudiamos la Biblia, nos cambia a nosotros mismos a medida que estudiamos con ellos.

Ampliar la Palabra

El capítulo quince del Evangelio de Lucas comparte tres historias sobre el corazón de Dios. Estas historias atemporales retratan a un Dios apasionado por salvar a los perdidos. Él es el incansable Pastor que busca a su oveja perdida hasta que la encuentra. Él es la mujer triste, que registra su casa de rodillas para encontrar la preciosa moneda perdida de su dote de bodas. Él es el padre ansioso, que constantemente busca en el horizonte a su hijo perdido que vuelve a casa. En cada historia, cuando se encuentra lo perdido, hay alegría. Todo el cielo se regocija cuando hombres y mujeres aceptan la salvación que Cristo ha dado tan voluntariamente en la Cruz.

Hay cuatro puntos importantes que Jesús despliega en la historia de la oveja perdida. Primero, el amor de Dios persigue a los perdidos; Lucas 15:4 declara que el pastor va tras la oveja perdida. Nuestro Dios es un Dios perseguidor. No dejará que sus hijos se vayan fácilmente. Los busca dondequiera que vayan. Los busca con un amor implacable. Lo segundo que notamos sobre nuestro pasaje es que el pastor persigue a la oveja perdida hasta que la encuentra. El amor de Dios persevera. No se rinde con nosotros fácilmente. No podemos cansarlo.

Nunca abandonará su búsqueda. Si un pastor del Cercano Oriente en la época de Cristo perdía una de sus ovejas, era necesario regresar al rebaño con la oveja perdida o regresar con su cadáver, para demostrar que había hecho todo lo posible para encontrarla.

Cada oveja era valiosa para el pastor. Conocía tan bien al rebaño que inmediatamente se daba cuenta de que faltaba una oveja. Para Cristo, no somos una masa de humanidad sin nombre, sino individuos creados a su imagen, que él ha redimido por su gracia.

El último punto de esta historia es que, cuando se encuentra la oveja perdida, el pastor exclama de alegría: “Gozaos conmigo, porque he encontrado mi oveja que se había perdido” (Luc. 15:6). El Buen Pastor persigue a sus ovejas perdidas. El Buen Pastor persevera hasta que encuentra a sus ovejas perdidas, y el Buen Pastor se regocija cuando las encuentra. Dios no es un Dios sin emociones. Él es un Dios que se llena de alegría cuando los perdidos son hallados.

En un mundo de desilusión y tristeza, trae alegría al corazón de Cristo cuando participamos con él en ganar almas. Cuando nuestro corazón late con el corazón de Dios y nuestra mente es una con su mente, unida en el único propósito del testimonio, su corazón se llena de una alegría indescriptible.

Ilustración

¿Alguna vez has pasado horas buscando el regalo adecuado para alguien que amas? Pudo haber sido un cumpleaños, un aniversario, la Navidad u otra ocasión especial. Cuando finalmente descubriste el regalo que estabas buscando, te emocionaste. El regalo coincidió con la persona y con el evento. No podías esperar para dárselo a esta persona especial. Cuando finalmente llegó el día, y esta persona desenvolvió su regalo especial, estaba encantada. Esta persona te abrazó y dijo: “¡Muchas gracias!”

¿Quién recibió mayor alegría por el regalo? ¿Tú o la persona a la que se lo diste? Por supuesto, los dos estaban alegres, pero hay una satisfacción especial que surge cuando damos algo de valor a otra persona. El obsequio desinteresado te une a otra persona de una manera única.

Cuando compartimos el regalo más preciado de todos, Jesucristo, una alegría llena nuestros propios corazones. Hay una satisfacción interna profunda porque hemos producido una diferencia eterna. Cuando un individuo con el que compartimos a Cristo acepta las verdades de la Escritura, hacemos amigos por la eternidad. No hay mayor alegría. Elena de White lo dice bien: “El espíritu de trabajo desinteresado por otros da al carácter profundidad, estabilidad y amabilidad como las de Cristo, y trae paz y felicidad a su poseedor” (CC 68). Todavía es una verdad eterna que “más bienaventurado es dar que recibir” (Hech. 20:35).

APLICACIÓN A LA VIDA

Piensa en alguien en tu esfera de influencia que podría estar abierto a saber más acerca de Jesús. Puede ser un hijo o una hija, un esposo o una esposa, un compañero de trabajo, un vecino o un amigo. Pide a Dios que cree una oportunidad para que puedas guiar la conversación en una dirección espiritual. No sientas que tienes que crear una oportunidad que no se presente; la misión es de Dios. No necesariamente creamos oportunidades; Dios lo hace. Somos sensibles a las oportunidades que Dios crea y cooperamos constantemente con él para caminar por las puertas que él abre.

Cuando una persona está en una transición en la vida, está más abierta a las realidades espirituales. Esta persona puede estar pasando por un momento difícil. Posiblemente le hayan diagnosticado una enfermedad grave, haya tenido una relación rota, enfrentado una crisis laboral o esté afrontando una decisión importante. Cada una de estas encrucijadas ofrece la oportunidad de dar un testimonio personal de la fidelidad de Dios, compartir una promesa de la Palabra de Dios u ofrecer una breve oración por ese amigo. Recuerda que ganamos a nuestros amigos para Cristo, no a nuestros enemigos. Primero hacemos un amigo, luego hacemos un amigo cristiano y luego hacemos un amigo cristiano adventista del séptimo día. Nuestro objetivo es hacer amigos para Dios, y dejar que él guíe a nuestros amigos en un viaje de descubrimiento hacia las verdades más profundas de su Palabra.