Capitulo 11

COMPARTIR LA HISTORIA DE JESÚS

 

 

Uno de los misioneros más grandes del siglo XIX fue Adoniram Judson. Él y su esposa pasaron la mayor parte de su vida en Birmania, donde dominaron el idioma y tradujeron la Biblia al birmano. Adiestró pastores, planto iglesias, entró en territorios nuevos, y dirigió reuniones evangelizadoras. Su vida se consumió compartiendo al Cristo que él amaba con los birmanos. En una ocasión, fue encarcelado y torturado por su fe. El testimonio de su esposa y la defensa valerosa de la verdad que ella hizo durante el encarnamiento de él es legendario.

En una ocasión, el periódico local publicó un artículo favorable sobre su ministerio, comparándolo con un apóstol bíblico. Cuando su esposa le contó acerca de ese informe, contestó: "No quiero ser como Pablo o algún mero hombre. Quiero ser como Cristo. Quiero solo seguirlo a él, copiar sus enseñanzas, beber de su Espíritu, y poner mis pies en sus pisadas. ¡Oh, quisiera ser más como Cristo!"1 El poder de la evangelización es el poder del Cristo viviente que actúa a través del testigo vivo para transformar vidas.

El poder de la testificación del Nuevo Testamento es el poder del testimonio personal. Los creyentes del primer siglo compartían al Cristo que conocían por experiencia. El apóstol Pablo presenta este punto claramente en su epístola a los Filipenses: "Pero cuantas cosas eran para mí ganancia, las he estimado como pérdida por amor de Cristo. Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor" (Fil. 3:7,8). Pablo conocía a Cristo personal y experimentalmente. De esa relación íntima con Cristo, su testimonio rebosaba para transformar al mundo.

Los que fingen ser cristianos nunca transformarán al mundo. Cuando Cristo mora en nuestro corazón por medio del ministerio del Espíritu Santo, nuestra vida es transformada. De este contexto de una vida cambiada fluye esa testificación auténtica.

Testificar es una tarea pesada si se toma meramente como un deber o una obligación religiosa. Es deliciosa si procede de un corazón que rebosa de amor por Cristo, el Redentor. Cuando estamos enamorados, nos agrada hablar acerca de quien amamos. Esto es cierto del amor humano, y sin duda es verdad del amor divino. El poder de la testificación del Nuevo Testamento era precisamente este: los creyentes compartían espontáneamente al Cristo que amaban. La testificación no era un requisito legalista; era la respuesta del corazón al sacrificio de Cristo en la Cruz. Elena de White dice:

Cuando el amor de Cristo es atesorado en el corazón, al igual que la dulce fragancia no puede ocultarse. Su santa influencia será percibida por todos aquellos con quienes nos relacionemos. El Espíritu de Cristo en el corazón es semejante a un manantial en un desierto, el cual fluye para refrescarlo todo y despertar, en los que ya están por perecer, ansias de beber del agua de la vida.

El amor a Jesús se manifestará en un deseo de trabajar, como él trabajó, para bendición y elevación de la humanidad. Nos impulsará a amar, a ser tiernos y a tener simpatía por todas las criaturas que gozan del cuidado de nuestro Padre celestial.2

En este capitulo, redescubriremos el poder que un testimonio personal tiene de influenciar a otros hacia Cristo. El poder transformador de nuestro testimonio no está en contar cuán malos fuimos o cuán buenos somos ahora. Es acerca del Cristo que vino a este mundo maldito por el pecado en una misión redentora de amor. Podemos testificar con seguridad, no por causa de quién somos, sino por causa de quién es él. Nuestra seguridad no reside en nuestros actos buenos, sino en la perfecta justicia de Cristo. Estamos seguros, no en nuestras manchadas buenas obras, sino en su vida inmaculada.

La gracia: base de toda testificación

El fundamento de nuestra testificación es sencillamente esta: Cristo nos amó antes que lo amáramos a él. Por medio de su vida, su muerte y su resurrección, él nos da lo que no merecemos de modo que podamos compartir la gracia de Dios con otros que no la merecen. Esta gracia, este favor inmerecido, es lo que nos salva. La salvación es un don que viene a nosotros por medio de su vida sin pecado, su sacrificio expiatorio, su gloriosa resurrección y su ministerio siempre presente en el Santuario celestial en nuestro favor. Una de las declaraciones más poderosas alguna vez escritas acerca del plan de salvación se encuentra en El Deseado de todas las gentes. Es sencilla, directa, e increíblemente profunda:

Cristo fue tratado como nosotros merecemos, para que nosotros pudiésemos ser tratados como él merece. Fue condenado por causa de nuestros pecados, en los que no había participado, con el fin de que nosotros pudiésemos ser justificados por medio de su justicia, en la cual no habíamos participado. Él sufrió la muerte que era nuestra, para que pudiésemos recibir la vida que era suya. "Gracias a sus heridas fuimos sanados".3

Motivados por su amor, encantados por su gracia y redimidos por su sacrificio, somos transformados. En Cristo, las ataduras del pecado son rotas en nuestras vidas. Como pecadores culpables, somos librados tanto de la condenación del pecado como de su esclavitud (Rom. 8:1,15). La gracia nos libera. Nos da libertad. Pone un canto nuevo en nuestro corazón y un gozo nuevo en nuestra vida. Ahora somos hijos e hijas de Dios, adoptados en su familia y herederos de su Reino (vers. 14-17).

La gracia nos transforma

La gracia nos transforma. Santiago y Juan, a veces conocidos como los "Hijos del trueno", fueron transformados por la gracia. Una persona no gana el apodo de Hijo del trueno por ser suave, sumisa y humilde. No, Santiago y Juan eran personas enérgicas que podían ser de temperamento rápido e impacientes. Eran competitivos y buscaban cargos en el nuevo reino de Cristo. Sin embargo, el amor sacrificado de Cristo los transformó en todo su ser. Santiago murió como mártir y Juan, quien vivió hasta tener más de noventa años, nunca se cansaba de contar la historia del amor que transformó su vida. Un escritor comentó que "Juan escribió con su pluma sumergida en amor".4

El apóstol Pablo experimentó el mismo amor y declaró que "el amor de Cristo nos constriñe" (2 Cor. 5:14). En otras palabras, el amor de Cristo impulsa al creyente a contar la historia de la salvación. Elena de White lo afirma de esta manera: "El amor es un atributo celestial. El corazón natural no puede originarlo. La planta celestial florece donde Cristo reina en forma suprema. Donde existe el amor, hay poder y verdad en la vida. El amor hace el bien, y nada más que el bien. Aquellos que aman llevan fruto para santidad, y al final, para vida eterna".5

En Efesios 2, el apóstol Pablo describe el cambio que ocurre cuando una persona acepta a Cristo. Declara: "Anduvisteis en otro tiempo, siguiendo la corriente de este mundo, [...] vivimos en otro tiempo en los deseos de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos; y éramos por riaturaleza hijos de ira" (vers. 2,3). La expresión "hijos de irá" significa que somos pecadores por naturaleza y dignos solo de la ira y el juicio de Dios. El profeta Jeremías declara que "engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso" (Jer. 17:9). Isaías añade que aun nuestra justicia es "trapo de inmundicia" (Isa. 64:6). La razón de que nuestras justicias son descritas como trapos sucios es que proceden de un corazón manchado por el

pecado. Sin Cristo, estamos desesperadamente perdidos y somos esclavos de nuestra naturaleza pecaminosa.

Pablo sigue su análisis del plan de salvación declarando que "Dios, que es rico en misericordia [...] nos dio vida juntamente con Cristo", nos "resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales" (Efe. 2:4-6). Él nos salvó por su gracia y no por causa de nuestras buenas obras (vers. 8). Por su gracia nos perdona de la culpabilidad del pecado y nos libra de las garras del pecado. Por su gracia, nos salva de la penalidad del pecado y nos libra de su poder. La salvación por gracia nos libera de la condenación, la esclavitud y dominio del pecado. Nosotros, que una vez estuvimos muertos en transgresiones y pecados, ahora estamos vivos en Cristo. La expresión traducida en el versículo 5 "nos dio vida", significa un "nuevo nacimiento". En Cristo es como si naciéramos de nuevo con una nueva identidad. Con este nuevo caminar en Cristo, somos "hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas" (vers. 10). La palabra griega traducida como "hechura" es poiema, de la que viene nuestra palabra castellana poema. Cuando Cristo nos re-crea para la gloria de su nombre, él transforma nuestra vida en un poema mediante el poder del Espíritu Santo.

Gracia para todos

Aquí hay buenas noticias increíbles. La gracia de Dios, está disponible para más que unos pocos elegidos. El apóstol Pablo expresa que es libremente dada a todos. Él afirma: "Pero ahora en Cristo Jesús, vosotros que en otro tiempo estabais lejos, habéis sido hechos cercanos por la sangre de Cristo. Porque él es nuestra paz, que de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación" (vers. 13,14). La expresión "pared intermedia de

separación" es notable. Los judíos no permitían que ningún no judío entrara en el Templo. Había una barrera de piedra, de unos 135 cm de alto, con trece placas de piedra escritas en griego y latín con una advertencia a los gentiles, o extranjeros, de que, si pasaban más allá de ese atrio exterior, lo hacían con riesgo para sus vidas. El historiador judío Josefo expresa claramente esta advertencia: "Había un muro de separación, de piedra [...]. Su construcción era muy elegante; sobre ella había pilares, equidistantes unos de otros, declarando la ley de pureza, algunos en letras griegas y otros en letras romanas, de que ningún extranjero debía entrar al santuario' ".6 Los gentiles no tenían acceso a la presencia de Dios en el santuario judío. Cristo cambió todo eso. Su gracia proporciona acceso directo al Padre. Todos los que por fe reciben la salvación que él ofrece gratuitamente tendrán entrada en el Reino eterno.

El evangelio es para todos. La salvación es para todos. El perdón, la misericordia, y la gracia son para todos. Los creyentes del Nuevo Testamento captaron la maravilla de su gracia, y no pudieron guardar silencio. Comprendieron la seguridad de la vida eterna en Cristo. Vivieron para contar la historia de su ablandante gracia. Cuando captemos la significación de su gracia, también nosotros viviremos para contar la historia de Cristo.

Compartir a Jesús

Contar la historia de Jesús es contar la historia de cómo su gracia actuó en nuestra vida. El testificar no es un don espiritual dado a unos pocos elegidos; es el rol de cada cristiano. Compartir a Jesús es sencillamente contar lo que Cristo ha hecho por ti. Entusiasma hablar de la paz y el propósito que han llegado a tu vida por medio de Jesucristo.

Ora pidiendo oportunidades de contar a quienes te rodean acerca del gozo que tienes al seguir a Jesús. Cuéntales cómo te aferraste a sus promesas por la fe y encontraste que son verdaderas. Comparte respuestas a tus oraciones o las promesas bíblicas que son más significativas para ti. Te sorprenderá cuán bien reaccionan las personas a la fe genuina.

En un capítulo anterior mencionamos a los endemoniados. Imagínate el poder de su testimonio cuando compartían lo que Cristo había hecho por ellos. ¿Quién podría discutir un testimonio tan real? Vidas transformadas son el testimonio más fuerte posible. Algunos discutirán lo que crees. Debatirán tu teología y cuestionarán tu lógica. Pero pocas personas discutirán la evidencia de una vida transformada. Como lo declara tan bien Elena de White: "El argumento más poderoso en favor del evangelio es un cristiano amante y amable".6 Los críticos quedaron silenciados frente a los cambios fantásticos de los endemoniados. Cuando el amor de Cristo fluya a través de tu vida, otros serán impulsados a buscar al Cristo que te transformó y te dio tal paz y gozo.

Hace varios años, estaba dirigiendo reuniones evange-lizadoras en un auditorio cívico en uno de los Estados de Nueva Inglaterra. El líder de una pandilla de "motoqueros" recibió, de un amigo adventista, una invitación a nuestras reuniones. Este líder era conocido como uno de los hombres más rudos de la ciudad. Regularmente se pasaba las noches emborrachándose y peleando con miembros de otras pandillas en distintas tabernas. Se enorgullecía de nunca haber perdido una pelea. No obstante, algo le faltaba en su interior. Tenía un vacío interior. Anhelaba paz, libertad de culpa, y un propósito en la vida.

Al asistir a las reuniones, el mensaje de la Cruz cambió su vida. Se encontró con alguien que era más fuerte que él, alguien que lo amaba más de lo que podría imaginar. En Cristo encontró perdón, gracia, misericordia y un nuevo poder para vivir. Sus amigos pandilleros quedaron asombrados. Notaron el cambio de inmediato. Pronto, la mayoría de ellos estaban asistiendo a nuestras reuniones evangelizadoras, y algunos de ellos aceptaron a Cristo y su mensaje de verdad para los últimos tiempos. La influencia de este líder estableció una diferencia dramática en la vida de quienes lo rodeaban.

Historias como ésta se repiten. Cuando Cristo cambia una vida, él usa esa vida para influir sobre otras vidas para el Reino de Dios. Cuando tenemos la certeza de la vida eterna en Cristo, anhelamos compartir con otros la seguridad que hemos hallado en Cristo.

Seguridad cristiana

¿Cómo responderías si ajguien te preguntara: "¿Tienes vida eterna?" Tu respuesta" ¿sería vaga o específica? ¿Dirías algo como: "Espero que sí", "me gustaría saberlo" o "no estoy seguro"? Jesús quiere que tengas la seguridad de la vida eterna. El apóstol Juan declara: "Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está en su Hijo" (i Juan 5:ii). Luego añade palabras demasiado claras como para ser mal entendidas: "El que tiene al Hijo tiene la vida [...]. Estas cosas os he escrito a vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna" (vers. 12, 13). Mientras tengamos a Jesucristo viviendo en nuestras vidas, el don de la vida eterna es nuestro. Él es vida, y en él tenemos vida. Esta seguridad es la que da poder a nuestra testificación.

Algunos cristianos adventistas están preocupados acerca de aceptar la enseñanza bíblica de la seguridad de la salvación por la declaración de Elena de White que indica que nunca deberíamos decir que estamos salvados.7Un análisis cuidadoso de esta declaración revela que ella estaba hablando en el contexto de "una vez salvo, siempre salvo". Ella hablaba de la falsa seguridad de la confianza propia, la idea de que cuando voy a Cristo, nunca podré caer y perderme. Esta doctrina rápidamente conduce a la complacencia en nuestra vida cristiana y a la justificación de una conducta pecaminosa. La gracia de Dios no es "barata". Cambia nuestra vida. Con respecto a la seguridad de la salvación en Jesús, Elena de White fue clara: "Cada uno de ustedes puede saber por sí mismo que tiene un Salvador viviente, que es el ayudador y Dios de ustedes. No necesitan llegar al punto en que digan: 'No sé si soy salvo'. ¿Crees en Cristo como tu Salvador personal? Si lo crees, entonces regocíjate".8

Aunque Elena de White aconsejó y hasta advirtió fuertemente contra una falsa seguridad, ella escribió exactamente lo opuesto a una mujer que era una dedicada seguidora de Cristo pero que estaba experimentando una depresión a causa de una enfermedad que la debilitaba. Ella escribió estas palabras consoladoras a esa mujer sufriente que se torturaba entre la incertidumbre y el desánimo:

El mensaje de Dios para usted es: "Al que a mí viene, no lo echo fuera" (Juan 6:37). Si no tiene otra cosa para suplicar a Dios que esta promesa de su Señor y Salvador, puede tener la seguridad de que nunca, nunca, será rechazada. Puede parecerle que está dependiendo de una sola promesa, pero aprópiese de esa única promesa, y esta le abrirá toda la casa del tesoro de las riquezas de la gracia de Cristo. Afórrese a esa promesa y estará segura. "Al que a mí viene, no lo echo fuera". Presente esta certeza a Jesús, y estará segura como si estuviera dentro de la ciudad de Dios.9

Aferrados a esta promesa de Dios, podemos vivir con confianza, compartiendo su amor con todos aquellos con quienes nos encontramos.

Aplicación a la vida

Podemos ser testigos efectivos para Cristo porque la seguridad de la salvación es nuestra en él. Podemos compartir a Cristo con otros porque él es nuestro Amigo, nuestro Salvador y nuestro Señor. Podemos contar a otros acerca de vivir una vida llena dé gozo en Cristo, porque sabemos que el don de la vida etQjrna es nuestro.

Si vivimos con ansiedad e incertidumbre acerca de nuestra seguridad de la vida eterna, nuestro mensaje a otros será debilitado por nuestra incertidumbre. Si tienes alguna duda acerca de la seguridad de la salvación hoy, permite que el Espíritu Santo te conduzca a un arrepentimiento sincero, a la convicción de pecado y a la confesión. Reclama las promesas de Jesús de perdón y aceptación. Camina hacia el futuro con la certeza de que eres de Cristo, y él es tuyo. Por medio de él, tu testificación dejará un impacto poderoso sobre el mundo que te rodea.

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1  Fuente desconocida, "Ser como Cristo", Bible.org, tomado de: https://bible.org/illustration/be-christ [consultado el 4 de noviembre de 2019],

2  Elena de White, El camino a Cristo, pp. 76, 77.

3  Elena de White, El Deseado de todas las gentes, pp. 16,17.

4 Harold Penninger, Walking With God [Caminar con Dios] (Brushton, NY: Teach Services, 1996), p. 97.

5  Elena de White, "Because He First Loved Us" [Porque él nos amó primero], Youth's Instructor, 13 de enero de 1898.

Josefo, Guerras, 5.5.2, citado en NIV Archaeological Study Bible [Biblia de estudio arqueológica, Nueva Versión Internacional], 1917.

6  Elena de White, El ministerio de curación, p. 373.

7  Elena de White, Palabras de vida del gran Maestro (Buenos Aires: ACES, 2011), 120.

8  Elena de White, "The Need of Missionary Effort" [La necesidad de esfuerzo misionero], General Conference Bulletin, 10 de abril de 1901.

9  Elena de White, Manuscript Releases [Manuscritos liberados] (Sil-ver Spring, MD: Ellen G. White Estate, 1990), 1.10, p. 175.