Capítulo 2
EL PODER DEL
TESTIMONIO PERSONAL

 

Pepe fue criado en un hogar adventista del séptimo día. Asistió a la iglesia durante toda su niñez, pero durante su adolescencia se apartó. Aunque desarrolló una carrera exitosa como comerciante, algo faltaba en su vida. Había una carencia en su alma, un vacío que no se podía llenar con dinero o cosas. Ahora, al llegar a los cuarenta años, estaba buscando algo más, algo mejor que lo que tenía. Desafortunadamente, él no sabía qué era eso.
Al percibir su lucha interior, su madre le dio un ejemplar del libro El camino a Cristo. Mientras leía el primer capítulo, “El amor de Dios por el hombre”, el Espíritu Santo tocó su corazón, y él comenzó a ver a Dios con nuevos ojos.
Aquí había alguien que lo amaba más de lo que alguna vez había podido imaginar. Aquí había un Dios que miraba más allá de sus faltas, sus pecados y los errores de su vida pasada. Un Dios que satisfacía sus necesidades más profundas. Por primera vez en su vida, el plan de salvación llegó a ser real. Quebrantado por su vida descarriada, descubrió perdón, gracia, y ausencia de condenación en la Cruz. En pocas palabras, Pepe fue hecho un hombre nuevo en Cristo. La Biblia llegó a ser un testamento precioso del amor de Dios. La oración pasó a ser una conversación significativa con un Amigo que se interesaba en él. Todo era nuevo.
Aquí está lo maravilloso. Pepe no se podía quedar quieto con el gozo recién encontrado en Cristo. Lo compartió con su esposa. Sus asociados en el trabajo notaron el cambio, también, mientras contaba alegremente la historia de su conversión. Cuando Cristo llena el corazón, la vida cambia, y el convertido no puede guardar silencio. En realidad, el testimonio más significativo y más persuasivo en favor del evangelio es una vida transformada.
Hay un poder increíble en un testimonio personal.
Cuando una persona acepta a Cristo, su vida cambia dramáticamente, y la gente lo nota. Algunas conversiones son repentinas e instantáneas. Sin duda, habrás oído de conversiones sorprendentes: drogadictos que aceptan a Cristo; alcohólicos transformados por la gracia; líderes en el mundo de los negocios, materialistas y egocéntricos transformados por el amor de Dios; o adolescentes rebeldes convertidos. Pero, muy a menudo, el Espíritu Santo obra suave y gradualmente sobre el corazón humano.
Muchos criados en hogares piadosos tienen preciosas historias para contar. Aunque pueden nunca haberse rebelado abiertamente contra Cristo, tampoco estuvieron completamente entregados a él. El vacío de su corazón percibe la obra del Espíritu Santo, y se entregan totalmente a Dios. Estas conversiones silenciosas son exactamente tan poderosas como las historias más dramáticas de conversión. Ninguno nace como cristiano porque, como nos recuerda claramente Jeremías, “engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?” (Jer. 17:9). El apóstol Pablo repite como un eco la triste con dición humana: “Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Rom. 3:23).
Si consideramos que cada uno de nosotros es pecador por naturaleza y por elección, todos necesitamos la gracia de Dios. La conversión no es para unos pocos elegidos. Es para todos. A esto sigue que toda persona salvada por la gracia tiene su historia singular para contar. Tu historia no es mi historia, y mi historia no es la tuya. Cada uno de nosotros, redimidos por la gracia de Dios y encantados por su amor, tiene un testimonio personal para compartir con el mundo. Te puedes preguntar: “¿Qué hay tan notable en mi testimonio?” Esta es una pregunta razonable, y la respuesta involucra tu testimonio. La historia de tu conversión puede parecerte insípida, pero se conectará con alguien que Dios pone en tu vida. Tu testimonio atraerá a nuevos creyentes a la paz, el perdón y la certeza que has experimentado.
La Biblia muestra que Dios actúa dramáticamente, pero también describe un progreso diario de acercarse cada vez más a Jesús. Elena de White describe hermosamente este proceso de conversión en El camino a Cristo: “Una persona puede ser incapaz de decir el tiempo o lugar exactos, ni poder reconstruir toda la cadena de circunstancias del proceso de su conversión; pero esto no prueba que no se haya convertido”.1
Como Nicodemo, la experiencia de tu conversión puede haber sido un proceso gradual, una suave insistencia del Espíritu Santo. O, como el ladrón en la cruz, pude ser dramática, un cambio milagroso en un momento clave en tu vida.
Cualquiera fuera el caso, hay una historia para contar: una historia de salvación gratuitamente ofrecida por Cristo. Su poder para transformar vidas es un tema destacado en el 1 Elena de White, El camino a Cristo, p. 49.
Nuevo Testamento, y cualesquiera que sean las circunstancias, una vida nueva en Jesús es profunda y duradera.

Los primeros misioneros

Aquí están las preguntas para el acertijo bíblico de hoy: ¿a quién envió Jesús como su primer misionero? ¿Fue a Pedro, o tal vez a Santiago y Juan? ¿Tal vez sea Tomás, Felipe, o alguno de los otros discípulos? La respuesta puede sorprenderte. No fue ninguno de los nombrados arriba. El primer misionero que Cristo comisionó fue un exposeído por un demonio, transformado por su gracia. Este testigo improbable tuvo un fuerte impacto en Decápolis, las diez aldeas a la orilla oriental del Mar de Galilea. El endemoniado había estado poseído por un demonio durante años.
Aterrorizaba la región, metiendo miedo en el corazón de los aldeanos locales. Pero, en lo profundo de su corazón, tenía un anhelo de algo mejor, un ansia que todos los demonios del infierno no podían apagar.
A pesar de las fuerzas demoníacas que mantenían en esclavitud a este pobre hombre, Marcos 5 registra que, cuando vio a Jesús, “corrió, y se arrodilló ante él” (Mar. 5:6). La Biblia dice que este hombre estuvo atormentado y poseído por una “legión” de demonios. De acuerdo con la Biblia de Estudio con datos Arqueológicos, una legión era “la mayor unidad militar en el ejército romano [...]. Una legión completa consistía en unos seis mil soldados”.2 En el Nuevo Testamento, el término representa un número grande, enorme. Jesús nunca perdió una batalla con los demonios, no importa cuántos fueran. Cristo es nuestro Señor victorioso y todopoderoso. Las fuerzas del infierno tiemblan cuando se acerca el Rey del universo.
2 NIV Archaeological Study Bible [Biblia de estudio arqueológica, Nueva Versión Internacional] (Grand Rapids, MI: Zondervan, 2005), p. 1.633.
Una vez que el endemoniado fue liberado, lo encontraron “sentado, vestido y en su juicio cabal” (Mar. 5:15). ¿De dónde consiguió la ropa? Es posible que los discípulos compartieran sus mantos exteriores con él. Ahora estaba atento, sentado a los pies de Jesús, escuchando sus palabras, ansioso de verdades espirituales. Estaba íntegro física, mental, emocional y espiritualmente. Su único deseo ahora era seguir a Jesús. Él anhelaba llegar a ser uno de los discípulos de Jesús.
En el versículo 18 de Marcos 5, el evangelio registra que “le rogaba” a Jesús que le permitiera entrar en la barca y viajar con él. Rogaba es una palabra fuerte. Indica un deseo apasionado. El vocablo original puede ser traducido también como imploraba, suplicaba, o clamaba. Es algo lleno de emoción. Es pedir con intensidad. Es una insistencia persistente.
El endemoniado transformado deseaba solo una cosa: estar con aquel que lo había librado de las garras del maligno. Podía cantar con el autor cristiano: “Sublime gracia [...]. Mis cadenas rompió, así me libertó”.3 La respuesta de Jesús a la conversión del endemoniado es sorprendente. Jesús sabía que el endemoniado, convertido, transformado, podía hacer más en esa región que él o sus discípulos. El prejuicio contra Cristo era grande en esta región gentil, y los ciudadanos estarían tal vez más dispuestos a escuchar a uno de ellos, especialmente a alguien con la reputación de este endemoniado. Aunque las personas se pueden alejar de la enseñanza bíblica más explícita, es mucho más difícil resistir al testimonio de una vida transformada. Cristo sabía que, después de que los habitantes de Decápolis oyeran el testimonio del endemoniado transformado, ellos estarían listos para recibir su mensaje cuando él volviera más tarde.
3 Stan Roto Walker, David Prichard-blund, Christ Tomlin y Louie Giglio, “Amazing Grace” [Sublime gracia].
Y así, Jesús dijo: “Vete a tu casa, a los tuyos, y cuéntales cuán grandes cosas el Señor ha hecho contigo, y cómo ha tenido misericordia de ti” (Mar. 5:19). La respuesta del hombre fue inmediata. Él “se fue, y comenzó a publicar en Decápolis cuán grandes cosas había hecho Jesús con él; y todos se maravillaban” (vers. 20). La palabra griega que se tradujo como “publicar” es kerysso, y puede ser traducida como “proclamar” o “pregonar”. En el breve tiempo que el endemoniado pasó con Jesús, su vida fue transformada tan radicalmente, que él tenía una historia para contar. Tenía un testimonio para dar. Tenía una experiencia increíble para compartir.
Solo podemos imaginar el impacto de su testimonio sobre los miles de habitantes en la región de Gadara.4 Cuando Jesús regresó unos nueve o diez meses más tarde, la mente de los habitantes de esta población mayormente gentil estaba lista para recibirlo.
Esta historia enseña una verdad eterna que no debe ser pasada por alto. No debería ser ensombrecida por la conversión dramática, milagrosa, sensacional y un tanto dramática del endemoniado. Cristo desea usar a todos los que vienen a él. El endemoniado no tuvo la ventaja de pasar tiempo con Jesús, como la tuvieron los discípulos. No tuvo la oportunidad de escuchar sus sermones o presenciar sus milagros, pero tuvo el ingrediente indispensable para experimentar una vida transformada: el conocimiento personal del Cristo viviente. Tenía un corazón lleno de amor por su Señor. Esta es la esencia de la testificación del Nuevo Testamento. Como lo declara apropiadamente Elena de White:
Nuestra confesión de su fidelidad es el agente escogido por el Cielo para revelar a Cristo al mundo. Debemos reconocer su gracia como fue
4 Elena de White, El Deseado de todas las gentes (Buenos Aires: ACES, 2014), pp.306-308.
dada a conocer por los santos de antaño; pero lo que será más eficaz es el testimonio de nuestra propia experiencia. Somos testigos de Dios mientras revelamos en nosotros mismos la obra de un poder divino. Cada persona tiene una vida distinta de todas las demás, y una experiencia que difiere esencialmente de la suya. Dios desea que nuestra alabanza ascienda a él marcada por nuestra propia individualidad. Esos preciosos reconocimientos para alabanza de la gloria de su gracia, cuando están respaldadas por una vida semejante a la de Cristo, tienen un poder irresistible que obra para la salvación de las almas.5
Los creyentes del Nuevo Testamento testificaron de Cristo por medio de la singularidad de sus propias personalidades. Sus encuentros distintivos con Cristo los llevaron a compartirlo con entusiasmo con otros. Las circunstancias de sus conversiones pueden haber sido diferentes, pero los resultados fueron los mismos: corazones transformados por el amor de Dios. Cuando Cristo cambia tu vida y eres transformado por su gracia, no puedes guardar silencio. Lleno del amor de Cristo, Juan, el discípulo amado, testifica: “Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado, y palparon nuestras manos tocante al Verbo de vida (porque la vida fue manifestada, y la hemos visto, y testificamos, y os anunciamos la vida eterna)” (1 Juan 1:1, 2). Aquí está lo que Juan quiere decir: los discípulos no estaban proclamando algo teórico. Estaban compartiendo a un Cristo a quien conocían personalmente, el Cristo de las relaciones. Su encuentro personal con el Cristo viviente era el poder de la testificación del Nuevo Testamento. 5 Ibíd., p. 313.
Considera la experiencia de las mujeres que fueron a la tumba para embalsamar el cuerpo de Cristo. Lo último que habían visto de Jesús era su cuerpo sangriento que fue bajado de la Cruz. Piensa en la desesperación y chasco que deben haber experimentado en ese momento. Las horas del sábado deben haber sido las más miserables que alguna vez hubieran pasado. Con sus propios ojos, habían visto sus sueños destrozados.
Ahora, con corazones temerosos y ansiosos por el futuro, fueron hacia la tumba, esperando poder pasar más allá de la guardia romana y ungir el cuerpo de su Señor. Todavía no tenían idea de cómo moverían la roca que tapaba la entrada a la tumba, pero de alguna manera su temor no paralizó su fe. No sabían cómo ocurriría, pero creían que la piedra sería quitada. Sencillamente hacían lo que se necesitaba hacer y confiaban que Cristo bendeciría su misión.
Al llegar a la tumba, se sorprendieron. Los soldados romanos no estaban, no se los veía por ninguna parte. La piedra había sido quitada y, para su sorpresa, la tumba estaba vacía. Sobresaltadas por un ser angélico, quedaron mudas, escuchando su anuncio: “Ha resucitado [...]. Id pronto y decid a sus discípulos” (Mat. 28:6, 7). El registro afirma: “Entonces ellas, saliendo del sepulcro con temor y gran gozo, fueron corriendo a dar las nuevas a sus discípulos” (vers. 8). Y mientras corrían para contar su historia, el Señor resucitado se encuentra con ellas y exclama: “¡Salve! [...] id, dad las nuevas a mis hermanos, para que vayan a Galilea, y allí me verán” (vers. 9, 10). Como ven, las buenas noticias son para compartir. Los corazones llenos de la gracia de Dios y encantados con su amor no pueden guardar silencio. En la presencia del Cristo resucitado, la tristeza se cambia en gozo. Sus corazones rebozan de alegría.
No pueden esperar para contar la historia de su Señor re28 sucitado. Han sido transformadas para siempre. El Cristo resucitado se les ha aparecido, y ellas tienen que contar la historia. Desde ese momento en adelante, el tema recurrente en el Nuevo Testamento es el de la testificación.
Los apóstoles y los discípulos testificaron acerca del Cristo que habían conocido, y a quien habían experimentado personalmente.
No eran testigos falsos. Suponte que fueras llamado a un tribunal legal como testigo de algún accidente o crimen. Supongamos, además, que no estuviste presente en la escena e inventaste una historia para ayudar a un amigo. Podrían mandarte en la cárcel por mentir ante el juez.
El juez y el jurado solo están interesados en testigos que hayan experimentado personalmente los eventos. Quieren testigos genuinos y no impostores.
Solo el cristianismo auténtico y genuino puede captar la atención de esta generación. A menos que tengamos una experiencia real y personal con Jesús, nuestra testificación caerá en oídos sordos. No podemos compartir un Cristo que no conocemos.
Pedro, Juan y otros creyentes del Nuevo Testamento hablaron con convicción desde corazones convertidos: “Porque no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído” (Hech. 4:20). Antes de la Cruz, Pedro era un discípulo vacilante, aunque seguro de sí mismo. Después de la crucifixión y la resurrección de Cristo, fue un hombre transformado.
Antes de la Cruz, Juan era uno de “los hijos del trueno”, un joven impetuoso y obstinado. Después de la resurrección, él también fue un hombre transformado, y que contaba la historia de la gracia transformadora.
La verdad del poder de la gracia transformadora nos presenta un punto importante. Nuestro testimonio no se centra en nuestra bondad o maldad anteriores a nuestro encuentro con Jesús. Es todo acerca de Jesús. Es acerca de su amor, su gracia, su misericordia, su perdón y su poder eterno para salvar. El apóstol Pablo nunca se cansaba de testificar acerca de lo que Cristo había hecho por él, pero no se concentraba en cuán malo era. Se concentraba en cuán bueno era Dios. Él se regocijaba en las buenas noticias del evangelio. Se dice que un renombrado predicador dijo que el evangelio “le dice a los hombres rebeldes que Dios está reconciliado; que la justicia ha sido satisfecha; que el pecado ha sido expiado; que el juicio de los culpables puede ser revocado, cancelada la condenación del pecador, borrada la maldición de la ley, cerradas las puertas del infierno, abiertos de par en par los portales del cielo, sometido el poder del pecado, sanada la conciencia culpable, consolado el corazón quebrantado, deshecha la tristeza y la miseria de la caída”.6
La esencia de todos los testimonios del Nuevo Testamento es la buena nueva de la salvación por la gracia tan libremente ofrecida en Cristo. El apóstol Pablo nos amonesta a mirar a Jesús, “el autor y consumador de la fe” (Heb. 12:2). ¿Qué vemos cuando lo miramos a él? Vemos al Jesús que nos redimió. Él perdonó nuestros pecados. Él nos quitó la culpabilidad. Él silenció la voz acusadora en nuestra mente. Vemos al Jesús que le dijo a la mujer hallada en adulterio: “Vete, y no peques más” (Juan 8:11). Vemos al Jesús que le dijo al ladrón moribundo: “Estarás conmigo en el paraíso” (Luc. 23:43). Vemos a Jesús, muriendo en la Cruz, clamando al Padre: “Perdónalos, porque no saben lo que hacen” (vers. 34). Vemos al Jesús que transformó a Pedro de un pescador fanfarrón en un poderoso predicador.
Vemos al Jesús que libertó a los endemoniados de su esclavitud. Vemos al Cristo, suficiente para todo, que nos 6 A. B. Simpson, The Christ of the 40 Days [El Cristo de los 40 días] (New Kensington, PA: Whitaker House, 2014), p. 58. libra tanto de la penalidad como del poder del pecado. En él tenemos paz, libertad y esperanza. Este encuentro personal con Cristo es el que nos cambia de espectadores pasivos a testigos activos. La gracia transformadora de Dios es la que brilla desde nuestras vidas para iluminar la oscuridad de este mundo. El amor que fluye de la cruz del Calvario rebosa en nuestro corazón, hacia otros. Las buenas nuevas son para compartir. Como declara Elena de White en El camino a Cristo: “Cuando el amor de Cristo es atesorado en el corazón, al igual que la dulce fragancia no puede ocultarse. Su santa influencia será percibida por todos aquellos con quienes nos relacionemos. El espíritu de Cristo en el corazón es semejante a un manantial en un desierto, el cual fluye para refrescarlo todo y despertar, en los que ya están por perecer, ansias de beber del agua de la vida”.7 El agua de vida ha saciado nuestra alma sedienta y no podemos seguir en silencio.
Tenemos una historia que contar, un testimonio que dar y un mensaje que compartir.
¿Ha transformado Cristo tu vida? ¿Has experimentado personalmente su abundante gracia? ¿Estás asombrado por su amor? ¿Por qué no le pides que te guíe a una aventura en misión? Será el viaje más excitante de tu vida. Hay alguien en tu esfera de influencia que él puede alcanzar por medio de ti. Puede ser un miembro de tu familia, un compañero de trabajo, un amigo o una persona que has conocido, pero si tu vida está abierta a la influencia del Espíritu Santo, te emocionarás por las oportunidades que se presentarán. Las puertas se abrirán milagrosamente. ¿Por qué no pasar unos minutos, ahora mismo, para considerar el increíble amor de Cristo por ti? Pídele que traiga a tu vida alguien con quien compartir su amor. 7 White, El camino a Cristo, pp. 65, 66