Capítulo 3
VER A LAS PERSONAS
CON LOS OJOS DE JESÚS

 

Me encontré con Enrique una tarde hace más de cuarenta años en un pequeño pueblo del noreste de Massachusetts, Estados Unidos. Estaba visitando a la gente de puerta en puerta, animándolos a estudiar la Biblia. Enrique expresó interés en estudios bíblicos futuros y me invitó a regresar la semana siguiente.

Al comenzar con las lecciones semanales, Enrique dejó en claro una cosa: aquel era su hogar y él haría lo que quisiera durante nuestros estudios bíblicos. A menudo, durante las primeras jornadas, Enrique encendía un cigarrillo. A veces, bebía su cerveza favorita. Si alguna vez hubo un interesado en estudiar la Biblia que parecía que difícilmente respondería, ese era Enrique. No obstante, en lo profundo de su corazón, anhelaba algo mejor. Al avanzar con los estudios, el Espíritu Santo actuó en forma poderosa en su vida. Llegó el día en que abandonó el cigarrillo y la bebida. Después de algunos meses, aceptó las verdades de las Escrituras, comenzó a asistir a la iglesia y con el tiempo fue bautizado. Durante años, Enrique permaneció como un fiel cristiano adventista del séptimo día. Jesús a menudo nos sorprende, y los interesados más improbables llegan a ser los cristianos más comprometidos.

Amistades para Dios

El tema de este capítulo, ver a las personas con los ojos de Jesús, se concentra en la importancia de ver a todos como alcanzables para Cristo, no importa sus circunstancias.

Jesús veía a la gente no como era, sino como podía llegar a ser, refinada y ennoblecida por su gracia. Veía su potencial para el Reino de Dios. Percibía los anhelos divinos en el corazón de cada persona. Creía que ninguno estaba más allá de la gracia de Dios. Jesús no miraba simplemente a las personas; percibía sus necesidades, sus tristezas y sus anhelos más profundos.

Cuando vemos a las personas con los ojos de Jesús, las vemos como alcanzables para Cristo porque fueron creadas a su imagen. A pesar de las circunstancias de sus vidas, ellas tienen un deseo interior de conocerlo. Este deseo estaba presente en la mujer samaritana, el eunuco etíope, el ladrón en la cruz, el centurión romano y una hueste de otros buscadores del Nuevo Testamento. Hay un vacío en el alma sin Cristo. Hay una aridez de espíritu sin Jesús. La vida tiene poco sentido aparte de él. Él es el Pan de Vida que satisface nuestro corazón hambriento. Él es el Agua de Vida que apaga la sed de nuestra sedienta alma. Él es la Roca sólida que forma el fundamento de nuestra fe. Él es la Luz que ilumina nuestra oscuridad. Él es quien nos lleva de la desesperación a las delicias del discipulado. Él es el omnipotente y todopoderoso Hijo de Dios, quien puede transformar radicalmente cualquier vida.

Reconocer esta verdad eterna nos capacita para ver a las personas con nuevos ojos. Tanto si ellas lo perciben o no, tienen un vacío con la forma de Dios en su vida. Más allá de sus necesidades autopercibidas, tienen un anhelo eterno de conocer a Dios, un hambre oculta en el alma que solo Dios puede satisfacer. Los hombres y las mujeres del siglo XXI están desfalleciendo de hambre por falta del conocimiento de Dios.

Ver a las personas con los ojos de Jesús Es el plan de Dios que cada uno de nosotros aproveche las oportunidades que nos rodean y conduzcamos a nuestros amigos a Jesús. Muchas personas nunca irán a su encuentro, a menos que las llevemos a él. En el Nuevo Testamento, más de la mitad de los milagros de curación que hizo Jesús fue hecha para personas que fueron llevadas a él por otra persona. Dios se deleita en usar a las personas para alcanzar a otras personas.

A veces, nuestro prejuicio se interpone en el camino de nuestra testificación. Nuestras ideas preconcebidas acerca de los otros limitan nuestra capacidad de alcanzarlos.

Pero no pienses que la gente que te rodea no tiene interés en cosas espirituales. Pon ese mito a un lado y comprende que la gente está interesada genuinamente en asuntos espirituales. Como Jesús, considera a la gente como alcanzable, y ve cómo responden al Espíritu Santo.

Jesús sana al ciego en Betsaida

Para comprender mejor la idea de considerar a las personas como “ganables”, consideremos la curación en dos etapas que hizo Jesús en favor del ciego en Betsaida. Primero, es importante notar la ubicación de esta sanación. Aunque se debate sobre la ubicación exacta, se cree que Betsaida se encontraba en la orilla norte del Mar de Galilea. La ciudad se menciona con frecuencia en los evangelios, junto con Jerusalén y Capernaum. Allí fue donde Jesús llamó a Felipe, Pedro y Andrés para que fueran sus discípulos. El nombre Betsaida se traduce como “casa o morada de peces”. Jesús llamó a sus primeros discípulos en una aldea pesquera a orillas del Mar de Galilea, precisamente, para ser pescadores de hombres. Y, en la curación del ciego de Betsaida, Jesús revela compasión por el sufrimiento humano.

En Marcos 8:22, la narración evangélica registra: “Vino luego a Betsaida; y le trajeron un ciego, y le rogaron que le tocase”. Nota que el hombre fue llevado por sus amigos. Siendo ciego, no podría haber encontrado a Jesús por sí mismo. Deambulando en la oscuridad, él no tendría idea de en qué dirección ir. Hoy, muchas personas están en la misma situación, vagando en oscuridad espiritual, y necesitan que alguien los guíe a Jesús. Lo segundo que hay que notar acerca de este texto es que los amigos de este ciego “rogaron” a Jesús que lo sanara. La palabra griega traducida “rogaron”, parakaleo, es una palabra fuerte. Significa pedir con pasión, suplicar fervientemente, o apelar con vigor. Los ganadores de almas exitosos ven a las personas como alcanzables (“ganables”) y cooperan con el Espíritu Santo al llevarlos a Jesús.

Jesús sanó a este ciego en dos etapas por razones importantes. Dado que es la única vez en los evangelios que el milagro de Jesús no fue instantáneo, debe haber alguna significación especial en este milagro que no se ve en otros lugares de las Escrituras. Primero, un estudio cuidadoso de los detalles de la historia revela la preocupación especial de Jesús por las personas. ¿Has salido de una habitación oscura a otra con luz muy fuerte? Por un momento, quedaste ciego. Tomó un tiempo para que tus ojos se acomodaran a la luz si habías estado en la oscuridad. Si fueras ciego, el brillo repentino de la luz afectaría aún más tus ojos. Jesús sanó al hombre en dos etapas de modo que sus ojos se ajustaran gradualmente a la luz. Jesús está lleno de gracia. Él comprende nuestra condición y ministra con todo amor nuestras necesidades.

Además de su compasión por este ciego, puede ser que Jesús estaba enseñando lecciones más profundas a sus discípulos con respecto a la testificación efectiva. Él deseaba que ellos reconocieran que había muchas personas necesitadas alrededor de ellos, las cuales se abrirían al evangelio si se atendieran primero sus necesidades físi35 Ver a las personas con los ojos de Jesús cas. El método de Cristo de ganar almas era atender las necesidades percibidas de las personas de modo que sus mentes se abrieran a las realidades divinas.

Cuando compartimos la luz de la verdad de Dios con nuestros amigos, es bueno recordar que “la senda de los justos es como la luz de la aurora, Que va en aumento hasta que el día es perfecto” (Prov. 4:18). Así como el sol se levanta gradualmente, dispersando la oscuridad, así la luz de la verdad de Dios gradualmente ilumina nuestras mentes hasta que caminamos a su luz plena. Sin embargo, la luz puede tanto enceguecer como iluminar. Recordarás que Jesús les dijo a sus discípulos: “Aún tengo muchas cosas que deciros, pero ahora no las podéis sobrellevar. Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad” (Juan 16:12, 13). Un principio eterno de la ganancia de almas es revelar la verdad bíblica gradualmente, no más rápido de lo que las personas puedan captarla. Jesús entendió este principio y, en la curación en dos etapas de este ciego, dejó a sus discípulos un ejemplo vívido de cómo presentar la verdad.

También es posible que Jesús deseara revelar a sus seguidores que cada uno de nosotros necesita un segundo toque. Demasiado a menudo estoy parcialmente ciego. Veo a la gente como “árboles, pero los veo que andan” (Mar. 8:24). Cuando el Espíritu Santo haga caer las escamas de nuestros ojos, veremos claramente a quienes nos rodean. En forma significativa, Marcos nota que Jesús “le puso otra vez las manos sobre los ojos, y le hizo que mirase; y fue restablecido, y vio de lejos y claramente a todos” (vers. 25). La palabra griega traducida “claramente” es telaugos, que se traduce mejor como “radiantemente” o “a plena luz”. Cuando Cristo sana nuestra ceguera espiritual, vemos a los demás como Cristo los ve a la plena luz de su amor.

El segundo toque es la unción del Espíritu Santo, de modo que veamos a todos los seres humanos como alcanzables para Cristo. Cada individuo es un candidato para el Reino de Dios. Todos son ciudadanos potenciales del cielo. Por medio de la cruz del Calvario, Jesús ha redimido a toda la humanidad. Nuestro rol es compartir esta maravillosa gracia de modo que la gente pueda aceptar la salvación que él ofrece gratuitamente. Dado que Cristo ve a toda la humanidad a través de los ojos de la compasión divina, él nos invita a verlos a través de las lentes de su gracia.

Jesús ministra a la mujer samaritana

Con divina compasión, a través de los lentes de la gracia, Jesús vio a la mujer samaritana. La animosidad entre los judíos y los samaritanos en esa época era muy alta, y la mujer era una candidata muy poco probable para el Reino de Dios. Intencionalmente, Jesús eligió su ruta a través de Samaria, el camino más directo de Jerusalén a Galilea. Por causa de su aversión a los samaritanos, los judíos evitaban ese camino. Regularmente tomaban la ruta más larga y con muchas vueltas a través del valle del Jordán. Juan 4:4 afirma que a Jesús “le era necesario pasar por Samaria”.

No perturbado por la intolerancia de los judíos, él “necesitaba” ir a Samaria porque tenía una cita divina junto al pozo con una mujer samaritana, una cita que marcaría una diferencia eterna en la vida de ella.

Jesús deseaba quebrantar los muros de prejuicio entre los judíos y los samaritanos. Él quería mostrarles a sus discípulos que los samaritanos estaban abiertos al evangelio.

Observó a esta mujer afligida a través de los ojos de la compasión divina, notando que ella venía al pozo al mediodía, la parte más calurosa del día. La hora del mediodía era extraña para ir a sacar agua. Las mujeres de la aldea iban en las primeras horas de la mañana. Allí se reunían, sociali37 Ver a las personas con los ojos de Jesús zando mientras sacaban agua para el día. Evidentemente, esta mujer quería evitar a las otras mujeres, prefiriendo no escuchar sus comentarios acerca de su estilo de vida.

Probablemente ella se sentía avergonzada. Su vida licenciosa la convertía en paria. Era bien conocida y quería evitar el contacto tanto como le fuera posible. Su único deseo era recoger rápidamente el suministro de agua que necesitaba y volver a su casa. Preocupada por su misión, se sorprendió de ver a este judío galileo extraño junto al pozo. Más sorprendida quedó cuando él le habló. Los judíos no tenían trato con los samaritanos, y cuando Jesús le pidió un favor, ella no pudo rehusarse a concederlo. En las tierras áridas del Cercano Oriente todavía se cree que el agua es un don de Dios. Negar un vaso de agua a un viajero cansado es una ofensa contra el Todopoderoso.

Suavemente, aunque en forma imperceptible, Jesús derribó las barreras de prejuicio que los separaban. Ganó la confianza de ella, y luego apeló directamente a sus anhelos interiores, de estar libre de culpabilidad y gozar la promesa de vida eterna. Ella reconoció a Jesús como un hombre justo, aceptando que él era más que un maestro religioso. Mientras el Espíritu Santo despertaba impulsos divinos dentro de su alma, ella sintió que Jesús tenía que ser el Mesías (vers. 11, 15, 19, 25).

Entusiasmada por este encuentro casual, ella se olvidó de la razón de su ida al pozo y corrió para contar la historia de su conversación con Cristo. Su testimonio produjo un reavivamiento espiritual en toda la zona (vers. 39-41). Cuando los discípulos regresaron de su excursión para comprar alimentos, Jesús les dijo que los samaritanos estaban abiertos y receptivos al evangelio.

Para los discípulos, esto era casi increíble y, como es fácil de conjeturar, lo mismo ha permanecido como un desafío para cada generación. La naturaleza humana no está inclinada a creer que Dios puede manifestarse a todos los pueblos y todas las culturas. Pero mantén tus ojos abiertos y verás la operación providencial del Espíritu Santo en la vida de aquellos que quizá tú no esperarías que recibieran el evangelio (vers. 35-38). A menudo hay personas a tu alrededor que están abiertas a las buenas nuevas de la salvación.

Recoger fresas y ganar almas

La idea de que el evangelio es para todas las personas está hermosamente ilustrada por un sueño fascinante dado a Elena de White. La noche del 29 de septiembre de 1886, ella tuvo un sueño acerca de cosechar fresas y ganar almas.1 Junto con un grupo grande de jóvenes, fueron en un carruaje a un lugar donde había matorrales de un tipo de arándanos. Esas pequeñas frutas son rojas o azul oscuro y son bastante deliciosas. Además, son saludables, pues tienen muchos antioxidantes.

Elena notó los arbustos llenos de frutas cerca del carruaje y comenzó a recogerlas. Pronto había llenado dos baldes. Los otros del grupo se esparcieron por todas partes y volvieron después de un tiempo con los baldes vacíos.

Ella los reprendió, diciendo que habían estado buscando las frutas lejos del carro cuando cerca de él había muchas; las habrían visto si hubieran abierto sus ojos. El mensajero celestial impresionó su mente con la idea de que su sueño contenía una lección vital acerca de ganar a otros para Cristo. Ella explicó el significado del sueño con estas palabras: “Deben ser diligentes, recoger primero la fruta que esté más cerca, y luego buscar la que está más lejos; después pueden volver y trabajar de nuevo cerca, y 1 Elena de White, Servicio cristiano (Buenos Aires: ACES, 2014), pp. 59-62.

Ver a las personas con los ojos de Jesús así tendrán éxito”.2 A la luz de este consejo, pide a Dios que te dé ojos iluminados divinamente para ver a la gente en tu esfera de influencia, gente lista para recibir la verdad de Dios.

Comienza donde estás

Jesús animó a sus discípulos a comenzar a compartir el evangelio donde se encontraban. No hay mejor lugar para comenzar que el lugar donde estás. Los discípulos debían compartir el evangelio primero en Jerusalén, Judea y Samaria; y luego hasta lo último de la tierra. Hay personas alrededor de nosotros que buscan la paz y el propósito que solo Cristo puede dar. Jesús nos invita a comenzar a compartir su amor en nuestras familias, nuestro vecindario, y nuestro lugar de trabajo, así como en nuestras comunidades.

Andrés comenzó con su propia familia y compartió el evangelio con su hermano Pedro. En otra ocasión, desarrolló una amistad con un niñito. Ganó su confianza y, cuando hubo una necesidad, este muchachito le dio su almuerzo.

Andrés, a su vez, se lo dio a Jesús, quien realizó el milagro de alimentar a cinco mil personas. Poco, en las manos de Jesús, es mucho; y lo pequeño, en sus manos, es grande. Jesús siempre comienza con lo que él tiene. Alimentó a cinco mil personas en las colinas de Galilea con solo cinco panes y dos peces. Andrés no era tan extrovertido como Pedro.

No tenía las mismas cualidades de liderazgo, pero conectaba a las personas con Jesús. Cada vez que leemos acerca de Andrés, lo encontramos presentando a alguien a Jesús. En Juan 12, cuando unos griegos deseaban ver a Jesús, Andrés y Felipe los condujeron al Salvador.

Los evangelios están llenos con historias de cómo Jesús compartía el amor de Dios con una persona a la vez. 2 Ibíd., p. 62.

Un escriba judío, un recolector de impuestos romanos, una mujer cananea, un líder religioso judío y un joven ladrón, todos experimentaron su amante toque. La gracia de Dios los transformó.

Piensa acerca de tu esfera de influencia. ¿Con quién podrías compartir el amor de Dios? ¿Quién de tu familia o de entre tus amigos podría ser receptivo al evangelio? Comienza allí y pídele a Dios que te impresione con aquellos que lo están buscando a él. Los resultados pueden sorprenderte.

Él abrirá puertas de oportunidad para compartir con aquellos que pensaste que nunca serían receptivos.