Capítulo 4

INTERCEDER POR OTROS

 

Cuando mi madre católica y mi padre protestante se casaron, él le prometió al sacerdote que educaría a sus hijos en la fe católica. Sin embargo, ocurrió que Dios tenía otros planes. Mi padre trabajaba en el turno noche en una fábrica que producía engrampadoras, parecidas a las que se usan en las oficinas y las escuelas. El jefe del turno diurno, Al Lyons, era adventista del séptimo día y, con los años, desarrollaron una estrecha amistad. Cada tardecita, cuando papá se presentaba a Al para saber cuáles eran las prioridades para el turno de la noche, Al compartía su fe con él. Después de dos años de intensos estudios bíblicos con Al y otros, papá fue bautizado en la Iglesia Adventista del Séptimo Día. De inmediato, comenzó a orar por su familia, y Dios respondió sus oraciones de una manera notable. Unos pocos años más tarde, yo fui bautizado, y con el tiempo siguieron mi madre y mis hermanas.

Desde el comienzo, las oraciones de mi padre por su familia nunca cesaron. Cincuenta años más tarde, la imagen de mi padre sobre sus rodillas, orando por mí, todavía está vívida en mi mente. Papá amaba a su familia, y quería que todos sus miembros estuviéramos juntos en el cielo. Era un ferviente guerrero de oración.

La oración es un arma poderosa

En el gran conflicto entre el bien y el mal, la oración intercesora es un arma poderosa (2 Cor. 10:4, 5). No es meramente una trivialidad piadosa para hacernos sentir cálidos por dentro. Como dice Elena de White, "orar es el acto de abrir nuestro corazón a Dios como a un amigo".1 Es compartir con él tus gozos y tristezas, luchas y victorias, sueños y chascos. En la oración nos conectamos con Dios en el nivel más profundo. Por medio de la intercesión, entramos en la guerra espiritual y rogamos al Todopoderoso por la salvación de las personas que amamos. En esos momentos tranquilos de oración, nuestro corazón se enlaza con el corazón de Dios. Por medio de la oración, Dios nos da la sabiduría para alcanzar a quienes nos rodean, y por medio de la oración el Espíritu Santo actúa poderosamente para influir en su vida.

Dios está haciendo todo lo que puede para alcanzar a la gente sin nuestras oraciones, pero está lleno de gracia y nunca viola su libertad de elección. Sin embargo, nuestras oraciones pueden marcar una diferencia, porque hay reglas básicas en el conflicto entre el bien y el mal. Una de las leyes eternas del universo es que Dios ha dado a cada ser humano la libertad de elección. Todos los demonios del infierno no pueden obligarnos a pecar, y todos los ángeles del cielo nunca nos forzarían a hacer lo recto. Dios ha decidido autolimitarse y respetar nuestras elecciones. Él no usa la fuerza para motivar nuestro servicio a él.

Cuando intercedemos por alguien, permitimos a Dios actuar de maneras que él no podría usar si no oráramos. En el conflicto cósmico entre las fuerzas del cielo y las legiones del infierno, Dios honra nuestra libertad de elección de orar por otros al obrar poderosamente en favor de ellos. Él nunca fuerza la voluntad, pero envía su Espíritu para actuar sobre sus corazones de maneras más poderosas. Él envía ángeles celestiales de los mundos distantes para rechazar las fuerzas del infierno para que la persona por la que estamos orando tenga una mente clara para tomar una decisión correcta. Bajo la inspiración del Espíritu Santo, Elena de White declara la eficacia de la oración intercesora en esta declaración notable: "Los ángeles ministradores esperan junto al trono para obedecer instantáneamente el mandato de Jesucristo de contestar cada oración ofrecida con fe viva y fervorosa".2

Mientras nuestras oraciones ascienden al trono de Dios, Jesús comisiona ángeles celestiales para descender instantáneamente a la tierra. Les da poder para rechazar las fuerzas del infierno que batallan por la mente de la persona por la que estamos intercediendo. La persona tiene la libertad de elegir a Cristo o a Satanás. Nuestras oraciones no fuerzan ni manipulan la voluntad; proveen la mejor oportunidad para que la persona vea los problemas claramente, dándoles la mejor posibilidad de elegir la vida eterna.

La oración abre nuestros corazones a las influencias divinas, y nuestras oraciones abren puertas de oportunidad para que Dios actúe más poderosamente en favor de otras personas. Él respeta nuestra libertad de elección y derrama su espíritu por nuestro intermedio para influenciarlos para su Reino. Libera los poderes del cielo en favor de ellos. Nuestras oraciones llegan a ser canales por medio de los que Dios influye poderosamente sobre otros para vida eterna.

Un pasaje poderoso sobre la oración intercesora

Uno de los pasajes bíblicos más poderosos sobre la oración intercesora se encuentra en 1 Juan 5:14 al 16. El pasaje comienza con la seguridad de que Dios escucha nuestras oraciones: "Y esta es la confianza que tenemos en él, que si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos oye" (vers. 14). La palabra confianza significa "fuerte seguridad". Transmite un sentido de certeza. La confianza es lo opuesto a la duda o la incertidumbre.

Nota que nuestra confianza no está en nuestras oraciones; está en Dios, quien responde a nuestras oraciones. La promesa de Dios de contestar la oración no está sin condiciones. Cuando nuestra voluntad está modelada por la voluntad de Dios, podemos tener la seguridad absoluta de que él nos oye. Siempre es la voluntad de Dios perdonar nuestros pecados. Siempre es la voluntad de Dios darnos la victoria sobre los poderes del mal. Siempre es la voluntad de Dios de proveernos con el don de la salvación, y siempre es la voluntad de Dios conducir al conocimiento de su Palabra a aquellos por quienes oramos. De hecho, aquellos por quienes estamos orando tienen la posibilidad de aceptar o rechazar la salvación que Cristo ofrece gratuitamente, pero Dios está obrando por medio de nuestras oraciones para hacer todo lo posible por salvarlos.

Por la fe, creemos que las promesas de Dios son fieles. Por la fe, creemos que él contestará nuestras oraciones. Por fe creemos que él está obrando de maneras que no podemos ver y de modos que no entendemos, procurando salvar a aquellos por quienes oramos. Y, precisamente, 1 Juan 5:16 describe lo que sucede cuando oramos. Descorre la cortina y nos da una vislumbre de la actividad divina de Dios por medio de nuestras oraciones: "Si alguno viere a su hermano cometer pecado que no sea de muerte, pedirá, y Dios le dará vida; esto es para los que cometen pecado que no sea de muerte". Aquí Juan enumera dos clases de pecado; pecados que conducen a la muerte y pecados que no conducen a la muerte.

La mayoría de los comentadores entienden que el pecado que conduce a la muerte es el pecado imperdonable. En ese sentido, Dios nos estimula a orar por las personas que no han cometido el pecado imperdonable. Al pedir nosotros que Dios los salve, él nos da "vida [...] para los que cometen pecado que no sea de muerte" (vers. 16).

¿Qué significa que Dios da a quien ora, al intercesor, vida para otros? El Comentario bíblico adventista sugiere que "Cristo dará vida al cristiano que ora para que la transmita a esos pecadores que no han endurecido definitivamente su corazón [...]. El cristiano no tiene poder si está fuera del Salvador. Por eso, después de todo, es Cristo el que da la vida, aunque la oración de intercesión puede haber sido el instrumento mediante el cual se concedió esa vida".1 Nuestras oraciones llegan a ser el canal para que la vida de Dios fluya hacia los corazones que anhelan la salvación. El río del agua de vida fluye a través de nuestras oraciones para tocar las vidas de otros. El poder de nuestras oraciones por otros es un pensamiento fantástico. A veces apenas podemos reconocer el poder la oración intercesora. Es aún más poderosa cuando dos o tres personas se unen para orar. Aquí hay dos declaraciones importantes de la mensajera de Dios de los últimos días: "¿Por qué no sienten los creyentes una preocupación más profunda y ferviente por los que no están en Cristo? ¿Por qué no se reúnen dos o tres para interceder con Dios por la salvación de alguna persona en especial, y luego por otra aún?"2 En otra parte, Elena de White cita Mateo 18:19, 20, añadiendo un comentario importante:

"Si dos de vosotros se pusieren de acuerdo en la tierra acerca de cualquiera cosa que pidieren, les será hecho por mi Padre que está en los cielos. Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos" (Mat. 18:19, 20). "Pidan, y yo responderé vuestros pedidos".

Se hizo la promesa con la condición de que se ofrezcan oraciones unidas de la iglesia, y en respuesta a estas oraciones puede esperarse un poder mayor que el que vendría en respuesta a oraciones privadas. El poder dado será proporcional a la unidad de los miembros y a su amor a Dios y los unos a los otros.3

La oración intercesora hace una diferencia. Cuando oramos solos, Dios responde a nuestras oraciones, pero cuando oramos juntos por otros, hay un "poder mayor". La iglesia primitiva experimentó este poder cuando oraron juntos en el aposento alto (Hech. 1:13, 14).

La vida de oración de Jesús

Los evangelios detallan en términos bastante específicos la vida de oración de Jesús. Una de las facetas de la vida de Jesús que se destaca en alto relieve son los tiempos que pasaba solo con Dios en oración. El evangelio de Lucas se concentra en la vida de oración de Jesús más que cualquier otro libro en la Biblia. Lucas era un médico gentil, dedicado a Cristo, que anhelaba compartir las eternas verdades de la salvación tanto con judíos como con gentiles.

El Evangelio de Lucas fue escrito a una creciente comunidad cristiana alrededor del año 60 d. C. Enfatiza nuestra relación con Dios y los unos con los otros. Significativamente, se dirige a Teófilo, nombre que significa "amante de Dios" o "amigo de Dios". El propósito de Lucas es el de conducir al lector a llegar a ser "amigo de Dios". También es fascinante notar que el evangelio de Lucas destaca la vida de oración de Jesús. Los griegos creían que los dioses estaban separados de la humanidad y bastante distantes de ella. No tenían el concepto de que los seres humanos pudieran desarrollar una relación con los dioses. En su evangelio, Lucas presenta una idea revolucionaria. Jesús, el divino Hijo de Dios, vivió en carne humana y, en su humanidad, desarrolló una relación íntima con Dios en oración.

Lucas lo dice de esta manera: "Pero él se apartaba a lugares desiertos para orar". (Luc. 5:16, RVR 95). En el capítulo 9, Lucas añade: "Aconteció que mientras Jesús oraba aparte [...]" (vers. 18). Mateo describe varias veces en las que Jesús se retiró de las multitudes para orar. Cuando el destino del mundo estaba en la balanza, Jesús suplicó a Dios en el Getsemaní pidiendo fuerzas para afrontar el enorme desafío que tenía por delante. (Mat. 26:36-39).

El evangelio de Marcos comienza con una descripción precisa de la vida de oración de Jesús. Después de un sábado agitado en Capernaum, Jesús se levantó temprano y "se fue a un lugar desierto, y allí oraba" (Mar. 1:35). Se pueden notar tres cosas acerca de los detalles de la vida de oración de Jesús. Primera, tenía un tiempo para orar. A menudo, la mañana temprano lo encontraba en tranquilos momentos a solas con Dios. Segunda, tenía un lugar para orar. Jesús tenía sus lugares favoritos donde podía tener comunión con el Padre, lejos de la agitada actividad de las muchedumbres que con tanta frecuencia lo rodeaban. Tercera, las oraciones secretas de Jesús no eran necesariamente oraciones silenciosas. Tres veces en la oración del Getse-maní, el evangelio de Mateo registra que Jesús cayó sobre su rostro "diciendo" (Mat. 26:39, 42, 44). El libro de Hebreos registra que Jesús "ofreció ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas al que lo podía librar de la muerte, y fue oído a causa de su temor reverente" (Heb. 5:7, RVR 95).

En una ocasión, los discípulos oyeron orar a Cristo, y se conmovieron tanto por sus oraciones personales que le pidieron que les enseñara a orar (Luc. 11:1). Elena de White añade esta declaración aguda: "Aprended a orar en voz alta cuando únicamente Dios puede oíros".6 Algunas personas están preocupadas acerca de orar en voz alta porque tienen miedo de que Satanás las escuche y descubra el contenido de sus oraciones. Razonan que, como Satanás no puede leer nuestros pensamientos, es mejor orar en silencio. Orar en silencio en nuestra mente es ciertamente apropiado, pero el silencio también puede hacer que nuestra mente divague.

Hay algo especial acerca de la oración en voz alta que nos mantiene concentrados. Cuando tenemos un tiempo señalado para encontrarnos con Dios y un lugar designado para ello, nuestras oraciones audibles llegan a ser más significativas, y nuestra vida de oración mejora. No tenemos que preocuparnos acerca de que Satanás escuche nuestras oraciones, porque al sonido de una oración ferviente toda la hueste de Satanás tiembla y huye. Cuando buscamos a Dios en oración, los ángeles del cielo nos rodean. Los ángeles malos son rechazados y podemos comulgar con Dios con toda confianza.

Cuando oramos por otros, nuestras oraciones se unen con las oraciones de Cristo, nuestro poderoso Intercesor, ante el trono de Dios. Él inmediatamente emplea todos los recursos del cielo para influir positivamente sobre aquellos por quienes oramos. Jesús oró en favor de Pedro nombrándolo. Oró para que Pedro experimentara una conversión profunda. (Ver Luc. 22:31, 32). Las oraciones de Jesús fueron contestadas, y Pedro llegó a ser el poderoso predicador del Pentecostés (Hech. 2).

El apóstol Pablo oró, por nombre, por las iglesias de los efesios, los colosenses y los filipenses. También oraba a menudo por nombre por sus compañeros de ministerio. Mediante la oración, ellos estaban en su corazón y en sus labios. Junto con Jesús, el apóstol Pablo intercedió por aquellos con quienes trabajaba y en favor de aquellos por quienes trabajaba.

Aunque la elección es difícil, sin duda uno de los grandes gigantes del Antiguo Testamento fue Daniel. Su intercesión por Israel está registrada en Daniel 9 y 10. La oración intercesora es bíblica y poderosa. Las oraciones de Daniel, sentidas en el corazón, son un ejemplo para la iglesia actual del poder de la intercesión. La oración interce-sora es parte del plan de Dios para transformar nuestras vidas y alcanzar a los perdidos.

¿Te gustaría tener una vida oración más vibrante? ¿Te gustaría llegar a ser un poderoso intercesor para Dios? Aquí hay algunos pasos prácticos que puedes dar:

Hacia fines de la década de 1980, yo estaba dirigiendo una serie de reuniones evangelizadoras en Londres. Cada día nos trasladábamos al centro de la ciudad con el tren, durante una hora, desde nuestro hogar en Saint Albans. Enseñaba en las mañanas, visitaba personas interesadas en la tarde y predicaba cada noche. Después de la reunión, tomábamos el subterráneo hasta el tren y viajábamos a casa. El trabajo de días de doce horas durante semanas me estaba dejando exhausto. Un día, estaba subiendo lentamente las escaleras para comenzar otrass jornada de enseñanza en el Centro Nueva Galería, la sede central de nuestras reuniones, y observé en una sala lateral a un grupo de mis alumnos orando. Me detuve un instante y escuché sus oraciones. Mi corazón se conmovió. Mi alma se emocionó. Mi espíritu se elevó mientras ellos oraban: "Querido Señor, el pastor Mark se ve muy cansado esta semana, por favor dale un poco de energía extra". Sus oraciones me dieron nuevas energías ese día y subí rápidamente las escaleras, listo para enseñar. Es maravilloso saber que alguien está orando por ti.

El saber que tu cónyuge está orando por ti da una sensación de paz a tu vida. A los niños, saber que sus padres oran por ellos les da estabilidad en su vida y les provee un fundamento sólido para su fe. Tener amigos que están orando por ti te liga a ellos con las divinas cuerdas del amor. Es algo maravilloso saber que alguien se preocupa y ora por ti, pero aquí hay algo más increíble: saber que Jesús está orando por ti en el cielo ahora mismo. Tu nombre está en sus labios, tus preocupaciones están en su corazón, y tus ansiedades, temores y preocupaciones son importantes para él.


1  Francis D. Nichol, ed., Comentario bíblico adventista (Boise, ID: Publicaciones Interamericanas, 1990), t. 7, p. 696.

2  Elena de White, Joyas de los testimonios (Buenos Aires: ACES, 2015), t. 3, p. 90.

3  Elena de White, Manuscript Releases [Manuscritos liberados], t. 9, p. 303.