Notas EGW

Lección 9

DESARROLLAR UNA ACTITUD GANADORA



Sábado 22 de agosto -DESARROLLAR UNA ACTITUD GANADORA

El ministerio de Cristo estaba en notable contraste con el de los ancianos judíos. La consideración por la tradición y el formalismo que manifestaban estos había destruido toda verdadera libertad de pensamiento o acción. Vivían en continuo temor de la contaminación. Para evitar el contacto con lo “inmundo”, se mantenían apartados no solo de los gentiles, sino de la mayoría de su propio pueblo, sin tratar de beneficiarlos ni de ganar su amistad. Espaciándose constantemente en esos asuntos, habían empequeñecido sus intelectos y estrechado la órbita de su vida. Su ejemplo estimulaba el egotismo y la intolerancia entre todas las clases del pueblo.

Jesús empezó la obra de reforma poniéndose en una relación de estrecha simpatía con la humanidad. Aunque manifestaba la mayor reverencia por la ley de Dios, reprendía la presuntuosa piedad de los fariseos, y trataba de libertar a la gente de las reglas sin sentido que la ligaban. Procuraba quebrantar las barreras que separaban las diferentes clases de la sociedad, a fin de unir a los hombres como hijos de una sola familia. Su asistencia a las bodas estaba destinada a ser un paso hacia la obtención de este fin (El Deseado de todas las gentes, p. 124).

Jesús vino a este mundo en humildad. Era de familia pobre. La Majestad de los cielos, el Rey de gloria, el Jefe de las huestes angélicas, se rebajó hasta aceptar la humanidad y escogió una vida de pobreza y humillación. No tuvo oportunidades que no tengan los pobres. El trabajo rudo, las penurias y privaciones eran parte de su suerte diaria. “Las zorras tienen cuevas —decía—, y las aves de los cielos nidos; mas el Hijo del hombre no tiene donde recline la cabeza”. Lucas 9:58.

Jesús no buscó la admiración ni los aplausos de los hombres. No mandó ejército alguno. No gobernó reino terrenal alguno. No corrió tras los favores de los ricos y de aquellos a quienes el mundo honra. No procuró figurar entre los caudillos de la nación. Vivió entre la gente humilde. No tuvo en cuenta las distinciones artificiosas de la sociedad. Desdeñó la aristocracia de nacimiento, fortuna, talento, instrucción y categoría social…

Comía con publicanos y pecadores, y andaba entre la plebe, no para rebajarse y hacerse rastrero con ella, sino para enseñarle sanos principios por medio de preceptos y ejemplo, y para elevarla por encima de su mundanalidad y vileza (El ministerio de curación, pp. 149, 150).

En esta época nuestra, las oportunidades para tratar con hombres y mujeres de todas clases y de muchas nacionalidades son aún mayores que en los días de Israel. Las avenidas de tránsito se han multiplicado mil veces.

Como Cristo, los mensajeros del Altísimo deben situarse hoy en esas grandes avenidas, donde pueden encontrarse con las multitudes que pasan de todas partes del mundo. Ocultándose en Dios, como lo hacía él, deben sembrar la semilla del evangelio, presentar a otros las verdades preciosas de la Santa Escritura, que echarán raíces profundas en las mentes y los corazones y brotarán para vida eterna (Profetas y reyes, pp. 53, 54).



Domingo 23 de agosto -RECEPTIVIDAD AL EVANGELIO

Deben introducirse nuevos métodos [de evangelismo]. El pueblo de Dios debe despertar a las necesidades del tiempo en que vivimos. Dios tiene hombres a quienes llamará a su servicio —hombres que no llevarán a cabo la obra en la forma sin vida como se ha realizado en el pasado…

En nuestras ciudades populosas el mensaje debe presentarse como una lámpara encendida. Dios buscará obreros para que realicen esta tarea, y sus ángeles irán delante de ellos. Nadie estorbe a estos hombres designados por Dios. No lo permitáis. Dios les ha asignado su tarea. Preséntese el mensaje con tanto poder que los oyentes sean convencidos (El evangelismo, p. 56).

Se requiere gran sabiduría al tratar con las mentes humanas, aun en la tarea de dar razón de la esperanza que hay en nosotros. ¿Cuál es la esperanza de la cual hemos de dar razón? La esperanza de la vida eterna por medio de Jesucristo… Os espaciáis demasiado en ideas y doctrinas especiales, y el corazón del incrédulo no es enternecido. Tratar de impresionarlo es como golpear hierro frío…

Constantemente necesitamos sabiduría para conocer cuándo hablar y cuándo guardar silencio. Pero siempre estamos perfectamente seguros al hablar de la esperanza de la vida eterna. Y cuando el corazón está completamente ablandado y subyugado por el amor de Jesús, se hará la pregunta: “Señor, ¿qué es menester que yo haga para ser salvo?” (El evangelismo, pp. 183, 184).

El mensaje de Cristo a la samaritana con la cual había hablado junto al pozo de Jacob, había producido fruto. Después de escuchar sus palabras, la mujer había ido a los hombres de la ciudad, y les había dicho: “Venid, ved un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho: ¿si quizá es este el Cristo?” Ellos fueron con ella, oyeron a Jesús, y creyeron en él. Ansiosos de oír más, le rogaron a Jesús que se quedase con ellos. Por dos días él se detuvo allí, “y creyeron muchos más por la palabra de él”. Juan 4:29, 41.

Y cuando sus discípulos fueron expulsados de Jerusalén, algunos hallaron seguro asilo en Samaria. Los samaritanos dieron la bienvenida a estos mensajeros del evangelio, y los judíos convertidos recogieron una preciosa mies entre aquellos que habían sido antes sus más acerbos enemigos (Hechos de los apóstoles, pp. 87, 88).

Así Cristo trataba de enseñar a sus discípulos la verdad de que en el reino de Dios no hay fronteras nacionales, ni castas, ni aristocracia; que ellos debían ir a todas las naciones, llevándoles el mensaje del amor del Salvador. Pero solo más tarde comprendieron ellos en toda su plenitud que Dios “de una sangre ha hecho todo el linaje de los hombres, para que habitasen sobre toda la faz de la tierra; y les ha prefijado el orden de los tiempos, y los términos de la habitación de ellos; para que buscasen a Dios, si en alguna manera, palpando, le hallen; aunque cierto no está lejos de cada uno de nosotros”. Hechos 17:26, 27 (Hechos de los apóstoles, p. 17).



Lunes 22 de junio -APRENDAMOS DE JESÚS


Aquellos que comprenden su debilidad confían en un poder más elevado que el yo, y mientras contemplan a Dios, Satanás no tiene poder contra ellos. Pero aquellos que confían en el yo son fácilmente derrotados. Recordemos que si no prestamos atención a las precauciones que Dios nos da, hay una caída ante nosotros. Cristo no salvará de las heridas a aquel que se coloca por su voluntad en el terreno del enemigo. Deja que el autosuficiente, que actúa como si supiera más que su Señor, siga en su supuesta fortaleza. Luego viene el sufrimiento y una vida inválida, o tal vez la derrota y la muerte.

En la batalla, el enemigo se aprovecha de los puntos más débiles en la defensa de aquellos a quienes ataca. Aquí es donde hace sus asaltos más fieros. El cristiano no debiera tener ningún punto débil en su defensa. Debiera estar protegido por el sostén que las Escrituras dan a aquel que hace la voluntad de Dios. El alma tentada ganará la victoria si sigue el ejemplo de Aquel que hizo frente al tentador con estas palabras: “Escrito está”. Puede estar seguro bajo la protección de un “Así dice Jehová” —Nuestra elevada vocación, p. 309.

Satanás llegóse con palabras de la inspiración divina, pues dijo: “Porque escrito está: A sus ángeles mandará acerca de ti, que te guarden; y, en las manos te sostendrán, para que no tropieces con tu pie en piedra”. Pero Jesús le respondió: “Dicho está: No tentarás al Señor tu Dios”. Quería Satanás que Jesús presumiese de la misericordia de su Padre, y arriesgara la vida antes de cumplir su misión. Esperaba que fracasase el plan de salvación, pero este plan estaba cimentado tan profundamente que Satanás no podía entorpecerlo ni desbaratarlo.

Cristo es el ejemplo para todos los cristianos. Cuando la tentación les asalte o se les disputen sus derechos, deben sobrellevarlo pacientemente. No se han de considerar con derecho a pedir al Señor que ostente su poder para darles la victoria sobre sus enemigos, a menos que por ello Dios haya de recibir honra y gloria. Si Jesús se hubiese arrojado al suelo desde las almenas del templo, no hubiera glorificado con ello a su Padre, porque nadie sino Satanás y los ángeles de Dios habrían presenciado aquel acto. Y hubiera sido tentar a Dios para que desplegase su poder ante su más acerbo enemigo. Hubiera sido mostrarse condescendiente con aquel a quien Jesús había venido a vencer —Primeros escritos, p. 156.

El universo celestial había sido testigo de las armas que fueron escogidas por el Príncipe de la vida: las palabras de la Escritura, “escrito está”; y las armas usadas por el príncipe del mundo: la falsedad y el engaño. Ellos habían visto al Príncipe de la vida moverse en líneas rectas de verdad, honestidad e integridad, mientras que el príncipe del mundo ejercía su poder con astucia, hábil secreto, intriga, enemistad y venganza. Habían visto a Aquel que llevaba el estandarte de la verdad sacrificarlo todo, aun su vida para sostener la verdad, mientras que el que llevaba el estandarte de la rebelión continuaba fortaleciendo sus acusaciones contra el Dios de verdad —Reflejemos a Jesús, p. 52.

Martes 23 de junio -¿JESÚS VERSUS LAS ESCRITURAS?


Cristo declaró que las verdades del Antiguo Testamento son tan valiosas como las del Nuevo. Cristo fue el Redentor del hombre en el principio del mundo en igual grado en que lo es hoy. Antes de revestir él su divinidad de humanidad y venir a nuestro mundo, el mensaje evangélico fue dado por Adán, Set, Enoc, Matusalén y Noé. Abraham en Canaán y Lot en Sodoma llevaron el mensaje, y de generación en generación fieles mensajeros proclamaron a Aquel que había de venir…

Cuando Cristo deseó revelar a sus discípulos la verdad de su resurrección, comenzó “desde Moisés, y de todos los profetas”, y “declarábales en todas las Escrituras lo que de él decían”. Lucas 24:27. Pero es la luz que brilla en el nuevo desarrollo de la verdad la que glorifica lo viejo. Aquel que rechaza o descuida lo nuevo no posee realmente lo viejo. Para él la verdad pierde su poder vital y llega a ser solamente una forma muerta —Exaltad a Jesús, p. 300.

La verdad, tal como se halla en Cristo, puede ser experimentada, pero nunca explicada. Su altura, anchura y profundidad sobrepujan nuestro conocimiento. Podemos esforzar hasta lo sumo nuestra imaginación para ver solo turbiamente la vislumbre de un amor inexplicable, tan alto como los cielos, pero que ha descendido hasta la tierra a estampar la imagen de Dios en todo el género humano.

Sin embargo, nos es posible ver todo lo que podemos soportar de la compasión divina. Esta se descubre al alma humilde y contrita. Entenderemos la compasión de Dios en la misma proporción en que apreciamos su sacrificio por nosotros. Al estudiar la Palabra de Dios con humildad de corazón, el grandioso tema de la redención se abrirá a nuestra investigación. Aumentará en brillo mientras lo contemplemos; y mientras aspiremos a entenderlo, su altura y profundidad irán continuamente en aumento.

Nuestra vida ha de estar unida con la de Cristo; hemos de recibir constantemente de él, participando de él, el pan vivo que descendió del cielo, bebiendo de una fuente siempre fresca, que siempre ofrece sus abundantes tesoros. Si mantenemos al Señor constantemente delante de nosotros, permitiendo que nuestros corazones expresen el agradecimiento y la alabanza a él debidos, tendremos una frescura perdurable en nuestra vida religiosa. Nuestras oraciones tomarán la forma de una conversación con Dios, como si habláramos con un amigo. Él nos dirá personalmente sus misterios. A menudo nos vendrá un dulce y gozoso sentimiento de la presencia de Jesús. A menudo nuestros corazones arderán dentro de nosotros mientras él se acerque para ponerse en comunión con nosotros como lo hizo con Enoc. Cuando esta es en verdad la experiencia del cristiano, se ven en su vida una sencillez, una humildad, una mansedumbre y bondad de corazón que muestran a todo aquel con quien se relacione que ha estado con Jesús y aprendido de él —Palabras de vida del gran Maestro, pp. 99, 100.

 


Miércoles 24 de junio -TIEMPO A SOLAS CON LA PALABRA DE DIOS

La vida en Cristo es una vida de reposo. Tal vez no haya éxtasis de los sentimientos, pero debe haber una confianza continua y apacible. Tu esperanza no se cifra en ti mismo, sino en Cristo. Tu debilidad está unida a su fuerza, tu ignorancia a su sabiduría, tu fragilidad a su eterno poder. Así que no has de mirar a ti mismo ni depender de ti, sino mirar a Cristo. Piensa en su amor, en la belleza y perfección de su carácter. Cristo en su abnegación, Cristo en su humillación, Cristo en su pureza y santidad, Cristo en su incomparable amor: tal es el tema que debe contemplar el alma. Amándole, imitándole, dependiendo enteramente de El, es como serás transformado a su semejanza.

El Señor dice: “Permaneced en mí”. Estas palabras expresan una idea de descanso, estabilidad, confianza. También nos invita: “¡Venid a mí… y os daré descanso!” Mateo 11:28. Las palabras del salmista hacen resaltar el mismo pensamiento: “Confía calladamente en Jehová, y espérale con paciencia”. E Isaías asegura que “en quietud y en confianza será vuestra fortaleza”. Salmo 37:7; Isaías 30:15. Este descanso no se obtiene en la inactividad; porque en la invitación del Salvador la promesa de descanso va unida con un llamamiento a trabajar: “Tomad mi yugo sobre vosotros, y… hallaréis descanso”. Mateo 11:29. El corazón que más plenamente descansa en Cristo es el más ardiente y activo en el trabajo para él —El camino a Cristo, pp. 70, 71.

Frecuentemente, cuando teníamos que vernos en situaciones de apremio, pasábamos toda la noche en oración ferviente y agonizante, con lágrimas, en busca de la ayuda de Dios y de luz que resplandeciera sobre su Palabra. Cuando llegaba la luz y las nubes habían sido rechazadas, ¡qué gozo y qué felicidad agradecida descansaba sobre los ansiosos y fervientes investigadores! Nuestra gratitud a Dios era tan completa como había sido nuestro ferviente y anhelante clamor por luz. Algunas noches no podíamos dormir porque nuestros corazones estaban desbordando de amor y gratitud a Dios —Testimonios para la iglesia, t. 3, pp. 358, 359.

En una vida dedicada por completo a hacer bien a los demás, el Salvador creía necesario dejar a veces su incesante actividad y el contacto con las necesidades humanas, para buscar retiro y comunión no interrumpida con su Padre. Al marcharse la muchedumbre que le había seguido, se fue él al monte, y allí, a solas con Dios, derramó su alma en oración por aquellos dolientes, pecaminosos y necesitados.


Jueves 25 junio -LA MEMORIA Y EL CANTO

Debería haber un interés vivo y creciente en llenar la mente de la verdad bíblica. El precioso conocimiento así adquirido erigirá una barrera en derredor del alma, de manera que aunque esté acosada por la tentación tendrá una firme confianza en Jesús por medio del conocimiento de Aquel que nos ha llamado a su gloria y virtud —Consejos sobre la obra de la escuela sabática, pp. 38, 39.

Desde el tiempo en que los padres de Jesús le encontraron en el templo, su conducta fue un misterio para ellos. No quería entrar en controversia; y, sin embargo, su ejemplo era una lección constante. Parecía puesto aparte. Hallaba sus horas de felicidad cuando estaba a solas con la naturaleza y con Dios. Siempre que podía, se apartaba del escenario de su trabajo, para ir a los campos a meditar en los verdes valles, para estar en comunión con Dios en la ladera de la montaña, o entre los árboles del bosque. La madrugada le encontraba con frecuencia en algún lugar aislado, meditando, escudriñando las Escrituras, u orando. De estas horas de quietud, volvía a su casa para reanudar sus deberes y para dar un ejemplo de trabajo paciente —El Deseado de todas las gentes, p. 69.

Cualquiera que sea vuestra disposición, Dios puede amoldarla de tal manera que llegue a ser mansa y semejante a la de Cristo. Por el ejercicio de una fe viva podemos separarnos de todo lo que no esté de acuerdo con la voluntad de Dios, y así poner el cielo en nuestra vida terrenal. Haciendo esto, tendremos alegría a cada paso. Cuando el enemigo procure envolver con tinieblas el alma, cantemos y hablemos con fe, y encontraremos que cantando y hablando habremos pasado a la luz.

Somos nosotros los que nos abrimos las esclusas de la desgracia o las del gozo. Si permitimos que las dificultades y trivialidades de la tierra embarguen nuestros pensamientos, nuestro corazón se llenará de incredulidad, lobreguez y presentimientos. Si fijamos nuestros afectos en las cosas de lo alto, la voz de Jesús hablará a nuestro corazón, las murmuraciones cesarán, y los pensamientos afligentes se transformarán en alabanzas a nuestro Redentor. Los que se espacian en las grandes misericordias de Dios, y que no se olvidan de sus beneficios menores, se ceñirán de alegría, y habrá en su corazón melodías para el Señor. Entonces disfrutarán de su trabajo. Permanecerán firmes en sus puestos del deber. Tendrán un genio plácido, un espíritu confiado —Consejos para los maestros, p. 222.

Hablando entre vosotros con salmos, y con himnos, y canciones espirituales, cantando y alabando al Señor en vuestros corazones. Efesios 5:19.

La melodía de la alabanza es la atmósfera del cielo; y cuando el cielo se pone en contacto con la tierra, se oye música y alabanza, “acciones de gracia y voz de melodía”.

Por encima de la tierra recién creada, hermosa e inmaculada, bajo la sonrisa de Dios, “a una cantaron las estrellas de la mañana, y gritaron de alegría todos los hijos de Dios”. Los corazones humanos, simpatizando con el cielo, han respondido a la bondad de Dios con notas de alabanza —La fe por la cual vivo, p. 244.