Lección 4 MATERIAL AUXILIAR PARA EL MAESTRO
El sábado enseñaré...

RESEÑA

No podemos pasarnos todo el día analizando o verificando si cada creencia que tenemos es verdadera o no. Tenemos un trabajo, una familia y responsabilidades que generalmente nos impiden filosofar a tiempo completo. En determinado momento de nuestra vida reflexiva, nos conformamos con un número central de principios que consideramos verdaderos. Estos principios tienen un alcance amplio y generalmente tocan temas de orígenes, sentido, moralidad y destino.
Juntos, formarán nuestra cosmovisión. Esta visión del mundo se convierte en una lente a través de la cual vemos el mundo y procesamos, incorporamos o probamos nueva información a medida que nos llega.
Esta lección se centra en la necesidad de enseñar una cosmovisión bíblica.
Contrasta esta necesidad con una cosmovisión naturalista/materialista (es decir, que no existe nada sobrenatural, y todo [con una “T” mayúscula] puede explicarse y reducirse a la física y la química). Al contrario, para la cosmovisión bíblica, es fundamental no solo la proposición de que Dios existe, sino también de que es un Dios personal que interactúa con su Creación. Su poder creador explica el universo material, incluyéndonos a nosotros mismos. Su poder redentor revela su corazón, muestra sus propósitos restauradores para el Universo y la humanidad, y asegura nuestro futuro. Las cosmovisiones que se apartan del testimonio bíblico (p. ej., la teoría evolucionista naturalista) pueden socavar fácilmente el valor humano. Podemos ver esta verdad claramente en los siguientes ejemplos nefastos.

COMENTARIO

Ilustración

“Cosmovisión” es una de esas palabras que se rumorea que tiene gran importancia. Pero, como al parecer pasamos bien nuestros días sin depender explícitamente de ella, existe la tentación de creer que su importancia está sobrevaluada. Es verdad; al dar un paseo con un amigo o discutir sobre esto o aquello, rara vez surgen motivos para hablar de los principios fundamentales de la lógica o de paradigmas éticos contrapuestos. Pero permite que ese paseo te lleve por el Blutstraße [camino de sangre] hasta el Buchenwald Memorial, en Alemania, y entonces las cosmovisiones adquieren un significado escalofriante.
Buchenwald, junto con otros campos de concentración durante la Segunda Guerra Mundial, formaron parte de la maquinaria de exterminio nazi dedicada a matar judíos, disidentes políticos, gitanos y otros “indeseables”. Escucha a Viktor Frankl, un sobreviviente del Holocausto, explicar los orígenes de esta pesadilla:
“Si a un hombre le presentamos un concepto de hombre que no es cierto, bien podemos corromperlo. [...] Me familiaricé con la última etapa de esa corrupción en mi segundo campo de conLección centración, Auschwitz. Las cámaras de gas de Auschwitz fueron la consecuencia final de la teoría de que el hombre no es más que el producto de la herencia y el medio ambiente o, como les gustaba decir a los nazis, de “sangre y tierra”. Estoy totalmente convencido de que las cámaras de gas de Auschwitz, Treblinka y Maidanek, en definitiva, no se prepararon en algún que otro ministerio [departamento] de Berlín, sino en los escritorios y en las salas de conferencias de científicos y filósofos nihilistas” (V. Frankl, The Doctor and the Soul: From Psychotherapy to Logotherapy, p. xxvii).
Es por esto que las cosmovisiones son importantes. Pueden dar forma a una realidad en la que la luz se convierte en oscuridad, y la oscuridad en luz, donde lo malo es bueno y lo bueno es malo (Isa. 5:20). Intelectualmente, es ingenuo e intolerante explicar las atrocidades simplemente calificando de “monstruos” o con algún otro epíteto deshumanizante a los perpetradores sin llegar al núcleo de por qué la gente hace lo que hace. Muchos “monstruos” de la historia mostraron amor por sus esposas y sus hijos, bromearon con sus amigos, hicieron reír a sus nietos haciéndoles el caballito sobre sus rodillas... y siguieron levantándose cada mañana para realizar las atrocidades del día. Por eso, las cosmovisiones importan.
Y esta es la razón por la que la respuesta a la pregunta del salmista: “¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria?” (Sal. 8:4), siempre debe comenzar con “a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó” (Gén. 1:27).
¿Existe alguna religión o sistema filosófico que otorgue mayor importancia a la vida humana que la proposición del cristianismo de que los seres humanos son los portadores de la imagen del único Dios, el Dios sublime que los creó y los ama? Esta verdad implica la creencia de que los cristianos, incluyendo a los adventistas del séptimo día, son, en cierto sentido, los defensores del valor y la dignidad de la humanidad, y deberían flanquear las cosmovisiones rivales, mostrando gran estima por lo que significa ser humano.
Algunos pueden pensar que es un delirio de grandeza asumir que es un deber defender la dignidad de la humanidad en el moderno siglo XXI. Pero el (pos) secularismo tiene dificultades para fundamentar el valor humano objetivo. En un debate ya famoso entre el apologista cristiano Greg Bahnsen y el ateo Gordon Stein, alguien preguntó desde la sala por qué la “Alemania de Hitler” estaba equivocada. Stein, en representación de la postura atea, no pudo encontrar una mejor respuesta que decir que lo que Hitler hizo iba en contra del “consenso” moral de la civilización occidental. Básicamente, estaba equivocado, porque la civilización occidental había decidido previamente que los comportamientos de esa naturaleza (p. ej., el genocidio) estaban mal. Dentro de esta cosmovisión moral, si la decisión hubiera sido contraria por alguna razón, entonces todo lo que hicieron los nazis podría haber sido fácilmente considerado moral. Recuerda que Gordon Stein no es un propagandista nazi de la década de 1930; es un erudito estadounidense de ascendencia judía que tuvo un debate en la Universidad de California, Irvine, Estados Unidos, en el año 1985.
Ten en cuenta que ni Stein ni los nazis adhieren a una cosmovisión que defienda el valor intrínseco de la humanidad. El contexto de Stein de una moralidad determinada por la mayoría tiene tanta efectividad para contener el mal como un tigre de papel. En última instancia, los que suscriben a esta cosmovisión moral concluirán lógicamente que no existe ninguna obligación moral objetiva de acompañar a la mayoría y simplemente harán lo que “es recto en su propia opinión” (ver Prov. 21:2; Deut. 12:8; Juec. 21:25). Es de esperar que las personas o los regímenes perversos vayan y vengan. Lo que desconcierta es que las cosmovisiones esenciales que los formaron todavía se pueden oír “en los escritorios y en las salas de conferencias de científicos y filósofos nihilistas”.

Las cosmovisiones y la ley

La mayoría estaría de acuerdo en adherirse a las cosmovisiones que fomentan alguna forma de observancia de la ley. Sin embargo, si el concepto de cumplimiento de la ley está influenciado principalmente por los códigos legales de sus países, puede haber una diferencia esencial entre una interpretación judeocristiana del derecho y otras fórmulas.
El Dr. Joel Hoffman resalta una diferencia que rara vez se menciona entre los Diez Mandamientos y otros códigos legales. Él ofrece una ilustración de un adolescente confabulador que piensa en asegurar su futuro financiero al casarse con una mujer mayor adinerada, matarla, y enfrentar entre siete y doce años de prisión. Sopesa las consecuencias; saldría de prisión a los treinta años, pero sería rico por el resto de su vida. Él decide que vale la pena. Hoffman luego dice que no hay nada en todo el cuerpo de leyes estadounidenses que diga que no estamos autorizados a hacer ese cálculo. En ninguna parte la ley estadounidense establece que por más que estemos dispuestos a cumplir la condena aun así no deberíamos cometer el crimen.
Aquí es donde los Diez Mandamientos se destacan en contraste, precisamente porque no establecen consecuencias específicas por su desobediencia. Es una ley moral, no una ley legal. Por supuesto, más adelante estos mandamientos también integran el código legal de la nación de Israel. Pero los Mandamientos nos dicen qué hacer y qué no hacer, no para evitar ciertas consecuencias específicas, sino porque Dios está comunicando lo que es moralmente correcto y lo que es moralmente incorrecto, algo que la ley estadounidense –Estados Unidos probablemente sea representativo de otros países en este sentido– no hace. Quizás esta es también la razón por la que los Diez Mandamientos no se presentan como “mandamientos” (mitsvot), sino como “palabras” (debarim) (Éxo. 20:1). (Ver J. M. Hoffman, “Interpreting Language”).
Como cristianos adventistas del séptimo día que nos encontramos en puestos de enseñanza, necesitamos comunicar la singularidad de la Ley de Dios a la próxima generación. Con frecuencia contextualizamos los Diez Mandamientos como un código legal para “asustar” a los jóvenes con la intención de que obedezcan, pero al hacerlo podemos despojar a la Ley de Dios de su autoridad moral única. Cualquier tirano insensato puede inventar una ley por capricho y exigir sumisión bajo pena de muerte. En lugar de motivar a la gente a obedecer las leyes de Dios enumerándole las graves consecuencias, tal vez nosotros, como maestros, podamos transmitir que tenemos el privilegio de saber y comprender cuál es la Ley moral de Dios (y del Universo). Y eso es solo el comienzo. El hecho de que el Espíritu de Dios inscriba estas leyes y principios morales en nuestro corazón y nuestra mente para que podamos reflejar su carácter es un privilegio casi incomprensible; sin contar las tremendas e innumerables bendiciones que recibimos (Jer. 31:35; Rom. 8:4). Si contrastamos esto con la moralidad tremendamente confundida del mundo y el dolor resultante, sería de esperar que la gente formara fila para aprender de las leyes de Dios a fin de que les cambie la vida (Isa. 60:1-3; Miq. 4:2).

APLICACIÓN A LA VIDA
Para analizar: