Lección 6 MATERIAL AUXILIAR PARA EL MAESTRO
El sábado enseñaré...

RESEÑA

“¿Dónde estás tú? ¿Qué estás haciendo?” (Gén. 3:9, 13, paráfrasis). Estas palabras son lo último que quisiéramos escuchar cuando caemos en pecado. Y, sin embargo, en algún momento Dios nos ha susurrado: “¿Dónde estás tú en este momento?” Como señala la lección, el evangelio es universal porque, como seres humanos, todos tenemos una naturaleza pecaminosa y caída.

Una cosa es admitir que nacimos con una naturaleza pecaminosa y caída; muy distinto es sentirnos lo suficientemente convencidos como para buscar una solución personal al problema del pecado. La tentación es admitir “Sí, he ‘pecado y est[oy] lejos de la presencia gloriosa de Dios’ (Rom. 3:23, DHH)”. Pero todos los demás también pecaron, ¿verdad? La otra cara de esta actitud despreocupada también puede obstaculizar nuestra recepción del amor de Dios. “Sí, Dios me ama, pero también ama a todo el mundo. ¿Cuán personal e íntimo es eso en realidad?” (lee Juan 3:16). De alguna manera, debemos agudizar la percepción de la miseria de nuestra naturaleza pecaminosa y de nuestra profunda necesidad de la característica redentora del amor de Dios, para penetrar un corazón insensibile a la teología, que irónicamente se diluye cuando se aplica de forma generalizada.

Jesús nos enseñó el camino (sus enseñanzas), nos mostró el camino (su ejemplo) y nos hizo un camino (su muerte y su resurrección). Es Maestro, Ejemplo y Salvador, todo al mismo tiempo. Él no expone el pecado, lo conquista.

Al igual que una persona que viaja a través del tiempo al pasado y lo cambia para modificar el futuro, la vida y la muerte de Jesús revierten las consecuencias históricas del fracaso de Adán (Rom. 5:12-21). Para el creyente, la gracia, la justificación y la vida eterna son realidades presentes. Jesús es alguien en quien podemos confiar: alguien a quien debemos escuchar.

COMENTARIO

Texto bíblico: La cosmovisión de Jesús y la espiral descendente

Por más que a los partidarios de la cosmovisión evolucionista, progresista y humanista les cueste admitirlo, el mal es real y procede directamente del fondo del corazón humano. No somos víctimas; somos perpetradores. Jesús, el gran Maestro, lo expresó así: “Porque de adentro, del corazón humano, salen los malos pensamientos, la inmoralidad sexual, los robos, los homicidios, los adulterios, la avaricia, la maldad, el engaño, el libertinaje, la envidia, la calumnia, la arrogancia y la necedad. Todos estos males vienen de adentro y contaminan a la persona” (Mar. 7:21-23, NVI).

En cierto sentido, todos somos víctimas, porque los pecados de todos envían ondas que afectan a todos los demás. Obviamente, algunos se ven afectados más profundamente que otros; reconocemos esto. Pero, incluso en medio de nuestro dolor, es útil recordar que nuestros pecados han lastimado a otros, para que no tomemos a nuestro prójimo del cuello, diciendo: “Págame lo que me debes” (Mat. 18:28) y nos olvidemos de que a nosotros nos perdonaron “diez mil talentos” (Mat. 18:24).

Al estudiar el Génesis y captar la cosmovisión que allí se describe, estamos estudiando las fuentes primarias que le dieron forma y contexto a todas las enseñanzas de Jesús. Esto es fundamental, porque muchos de nosotros vivimos en culturas secularizadas que menosprecian la noción de pecado, o al menos intentan minimizarla. Esto es contrario al relato de Génesis, en el que la velocidad y la intensidad de un solo pecado se convierten en una avalancha de maldad. Adán y Eva cometen un solo acto de desobediencia, y luego se dan cuenta de que en sus brazos sostienen a un hijo muerto: del fruto prohibido al fratricidio en una sola generación. Estas son las Escrituras con las que se crio Jesús. Por eso, aunque estaba lleno de misericordia, gracia y amor, nunca minimizó la noción de pecado ni sus consecuencias. Observa el flujo narrativo de Génesis, el origen de la cosmovisión de Cristo:

1. Todo era “bueno en gran manera” al comienzo (Gén. 1:31).

2. Comen del fruto prohibido (3:6).

3. Se esconden y se acusan (3:8-13).

4. Asesinato (4:8).

5. Riesgo de asesinato y venganza de Dios septuplicada (4:14, 15).

6. Asesinato/homicidio y un llamado a vengarse setenta veces siete (4:23, 24).

7. La maldad global; pensamientos de continuo solamente al mal (6:5).

La humanidad fue apartada del paraíso del Edén de muchas maneras. Adán y Eva son expulsados del Edén; presumiblemente, salieron por la entrada oriental, donde un centinela vigila que no vuelvan a entrar (3:24). Cuando Caín es desterrado, él “salió […] de delante de Jehová, y habitó […] al oriente de Edén” (4:16, énfasis añadido). La torre de Babel, un monumento a la arrogancia y la locura humana, está en el este (11:2). Trasladarse hacia el este implica alejarse cada vez más del Edén y de la presencia de Dios. La espiral descendente de la humanidad desde su condición prístina inicia juicios globales por parte de Dios. Él “deshace” el mundo devolviéndolo a su forma embrionaria acuosa (ver Gén. 1:2; 7:18) y básicamente comienza de nuevo, con animales y todo. En una fascinante combinación de juicio y misericordia, el mismo diagnóstico de la maldad de la humanidad que motivó el juicio del Diluvio ahora se da como la razón para extender la misericordia con la promesa de nunca repetir la destrucción por este medio (6:5; 8:21). Por lo tanto, en la torre de Sinar, según su promesa, Dios no destruye la maldad, la dispersa (11:8).

Texto bíblico: Los fundamentos

Para percibir la “pecaminosidad del pecado” y cerciorarnos de que Dios no es el culpable, es importante volver al principio. Dios hace cosas “buenas”. Lo dice siete veces en Génesis 1 (1:4, 10, 12, 18, 21, 25, 31). Y ese es solo el primer capítulo de la Biblia. Con una lectura cuidadosa del Génesis (y el resto de la Escritura), se puede agregar que él solo hace cosas buenas. Ya tenemos la base fundamental que libera a Dios de la culpabilidad de que “él creó al diablo”, o de que es responsable por el pecado y el sufrimiento. La razón por la que el escéptico o el incrédulo son tan rápidos para lanzar esta acusación es porque es una desviación evidente de donde realmente proviene la fuente del mal y el sufrimiento: se origina en el escéptico y el incrédulo, y en todo el resto de la Creación, tanto humana como angelical.

Más allá de los dilemas que hayamos inventado sobre por qué una Creación “buena” puede volverse mala, esto se resuelve con bastante facilidad si admitimos una cualidad del Universo tan omnipresente que es prácticamente invisible. Esa cualidad es el potencial para el cambio. En primer lugar, nadie elegiría un universo inmutable (sin movimiento, sin toma de decisiones, sin autodeterminación, sin crecimiento, etc.) por sobre uno cambiante. En segundo lugar, con el “cambio” como parte del paradigma, la humanidad celebra sus logros (cambios) en un millón de formas variadas. Pero ¿los celebraríamos si el cambio ya se determinara en una sola dirección? ¿Hay muchos que celebran el hecho de que los balones rueden cuesta abajo? Si los seres humanos pudieran “rodar” de una sola forma, esto quizá se prestaría a observación, pero nunca sería motivo de celebración. Las palabras como libertad, moralidad, justicia, amabilidad, amor y cualquier otra virtud concebible de la humanidad se verían vacías de significado. Entonces, dadas las opciones de un Universo inmutable, un Universo cambiante determinado o de un Universo que cambia libremente, la mayoría elegiría la tercera opción, aunque esta abra la puerta a cambios reales que consideramos malos o dolorosos. Por lo tanto, no es realmente una paradoja que algo bueno se vuelva malo.

Los escépticos: ¿qué camino hay hacia abajo?

Los capítulos 3 al 11 del Génesis son testigos de que seguir la sugerencia de la serpiente ha sido un error. Las cosas eran “buenas”; pero ya no. La humanidad no ha mejorado, no llegó a ser como Dios ni escapó de la muerte (Gén. 3:4, 5). Vale la pena mencionar que la tendencia descendente de la humanidad, en el relato bíblico, es la representación opuesta de la que se encuentra en la historia sumeria del Diluvio. La diferencia es que la literatura mesopotámica es optimista con respecto a la existencia del hombre. En esos relatos, el hombre no comienza perfecto, pero después de que los dioses se vuelven contra él en el Diluvio, el hombre mejora; progresa. El relato bíblico va en la dirección opuesta, “y el punto de vista pesimista resultante no podría ser más disímil del tenor del relato sumerio” (T. Jacobson, “The Eridu Genesis”, p. 529). Por supuesto, la ironía de esto es que ha sido moneda corriente el hecho de que los críticos, tanto eruditos como legos, arrojen dudas sobre el relato bíblico debido a los relatos mesopotámicos del Diluvio. Pero, si los detalles de esas narraciones paralelas ponen en tela de juicio la validez del relato bíblico, entonces, ¿la filosofía progresista optimista de estos mitos pone en tela de juicio la cosmovisión humanista progresiva? Otra pregunta: si los paralelismos hacen que los escépticos coloquen el relato bíblico en la categoría de mitos, los antiparalelismos ¿hacen que lo eliminen de esa categoría? Los jóvenes se enfrentarán a cosmovisiones antiteístas y antibíblicas a medida que asciendan en la escala educativa. Asegurémonos de que la educación adventista del séptimo día los esté preparando para enfrentar el desafío.

En toda la Escritura, Dios infunde esperanzas de que un día las cosas serán restauradas a su perfección original. Jesús, el Hijo Emmanuel (Dios con nosotros [Mat. 1:23]), “que habitó” entre su Creación (ver Juan 1:14) y anunció el regreso del “Reino de Dios”: este fue el comienzo del cumplimiento de que una vez más la humanidad volvería ante la presencia de Dios, volvería al Edén para vivir con Dios para siempre (Apoc. 21:3).

APLICACIÓN A LA VIDA

Cuando hablamos de aplicar en nuestra vida lo que aprendemos de la Biblia, es bueno preguntarse: “¿Cómo aplico algo a mi vida?” Aplicamos todo un conjunto de teorías (cualquiera que sean) a nuestra vida todos los días. La manera de aplicar las enseñanzas de Jesús a nuestra vida probablemente no sea muy diferente de cómo y por qué aplicamos a ella cualquier otra cosa. Estas son algunas ideas que pueden impulsar a tus alumnos de la mera teoría a la práctica.

1. Pide a los miembros de la clase que se empapen totalmente de literatura relevante: aliéntalos a leer, leer y leer un poco más, hasta que estén convencidos de haber descubierto una verdad importante.

2. Los discípulos son aprendices: ¿alguna vez has visto a un aprendiz? Los estudiantes miran al maestro, siguen sus pasos y lo imitan en todas las formas posibles.

3. Invita a los alumnos a compartir lo que han aprendido. Hace dos mil años, Séneca dijo: “Los hombres aprenden mientras enseñan”. El material se graba cuando lo enseñamos.

Al utilizar estos tres principios como discípulos de Cristo, tus alumnos deberían, con oración, (1) empaparse de sus enseñanzas; (2) observar cuidadosamente cómo vivió y tener esas imágenes en la mente durante todo el día para actuar como él; y (3 ) tener un oído dispuesto a escuchar lo que aprendieron y su experiencia.