Capítulo 2 ¿QUIÉN IRÁ POR DIOS?

Isaías 6

i i J^fc ey, para siempre vive". La expresión de este deseo era una forma adecuada de dirigirse a un monarca A. la antigüedad (Dan. 2:4; 3:9). A diferencia de la mayoría de los presidentes de hoy, los reyes no se sometían a elecciones populares y no tenían límites de mandato. Entonces, "vivir para siempre" significaba "reinar para siempre".

Pero, por supuesto, todos los reyes mueren. Uzías, a quien la Biblia también llama Azarías, no fue la excepción. Después de un reinado largo, estable y próspero de 52 años, finalmente falleció, aproximadamente en 740 a.C. (2 Crón. 26). Isaías era un joven cuyo ministerio comenzó cerca del final del reinado de Uzías (Isa. 1:1), por lo que nunca había conocido a nadie más que a Uzías como rey. ¿Qué iba a pasar ahora? No había parlamento ni congreso, por lo que el destino de Judá dependía del carácter, la capacidad y el coraje del hijo y sucesor de Uzías, Jotam.

ENCUENTRO INCOMPARABLE

Pero, ¿el destino de Judá dependía de Jotam? En el mismo año en que murió Uzías, Isaías vio al verdadero Conductor de destinos: "Vi yo al Señor sentado sobre un trono alto y sublime, y sus faldas llenaban el templo" (Isa. 6:].).1 Los reyes humanos iban y venían, pero este era el único Soberano inmortal, que es todopoderoso, omnisapiente, sin pecado y puro. Este Rey divino tenía su legítima residencia terrenal en el Templo, que era su palacio.

Al contrario, a Uzías ni siquiera se le permitió realizar un solo acto sacerdotal para servir al Señor en el Templo. Cuando Uzías entró en el Templo para quemar incienso en el altar del incienso, como si fuera un sacerdote autorizado, Dios lo golpeó con la indigna enfermedad de la lepra, de la cual murió (2 Crón. 26:16-21). A diferencia del Rey divino, Uzías era pecador, impuro y mortal. v .

Los monarcas humanos se rodean de un aura de gloria, transmitida a través de vestimentas magníficas, objetos brillantes, estructuras monumentales, muchos asistentes y ceremonias pomposas. Los reyes asirios incluso se jactaban de que su "impresionante esplendor" abrumaba a sus enemigos.2 Pero su gloria era como la de un desfile de Navidad para niños, comparada con la del divino Rey de Israel. Sin duda, Isaías había visto al rey humano de Judá,3 pero no estaba preparado para lo que presenció en su visión del Templo.

Isaías podía ir al atrio del Templo, pero ncj se le permitía entrar al santo edificio porque no era sacerdote. Sin embargo, vio al Señor en el Templo, lo que implica que esta era una visión interactiva en la que él se encontraba dentro del Templo. En esta visión, Dios era tan alto y enorme que solo las partes inferiores de su túnica llenaban el Templo (Isa. 6:1). Como Salomón había dicho en su oración cuando el Templo fue dedicado por primera vez: "Pero ¿es verdad que Dios morará sóbre la tierra? He aquí que los cielos, los cielos de los cielos, no te pueden contener; ¿cuánto menos esta casa que yo he edificado?" (1 Rey. 8:27).

Mientras Isaías contemplaba maravillado^, vio a los sirvientes de Dios: serafines sobrehumanos de seis alas, "los ardientes" (Isa. 6:2, traducción del autor), aparentemente refiriéndose a su apariencia brillante como el fuego. "Y el uno al otro daba voces, diciendo: Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria. Y los quiciales de las puertas se estremecieron con la voz del que clamaba, y la casa se llenó de humo" (vers. 3,4).

Los serafines manifestaron la importancia primordial de reconocer plenamente la incomparable santidad del Señor, quien es el majestuoso objeto de adoración. Solo él es intrínsecamente santo. Toda otra santidad adjudicada a personas, lugares o cosas es secundaria, y derivada de una conexión con él. Su santidad abarca todos sus atributos, incluidos, entre otros, su inmortalidad inherentemente única (1 Tim. 6:15,16); su poder para crear de la nada (Gén. 1); su capacidad para percibir todo (Sal. 139); y su carácter de amor abnegado (1 Juan 4:8,16). Como Dios de amor, todo "desamor" es igual a egoísmo. Y el egoísmo es igual al pecado, que es el enemigo supremo de Dios. Como Creador, él es la Fuente de la vida, por lo que la muerte que resulta del pecado le es ajena (Rom. 6:23).

Si los serafines puros y sin pecado, de esplendor sobrenatural, que poseen tal poder que sus voces de alabanza sacuden los cimientos de piedra, cubren sus rostros cuando están ante la presencia del santo Señor de los ejércitos, ¿cuán reverentes deberíamos ser nosotros cuando nos acercamos a él en nuestra devoción privada o en una casa de culto? Isaías reaccionó exclamando: "¡Ay de mí! que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios, y habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos" (Isa. 6:5). Si el gran profeta Isaías estaba asombrado y afectado por una sensación de indignidad tan profunda, ¿cómo podemos responder nosotros, sino clamar como él? Si él se identificó como un pecador entre su pueblo pecador (comparar con Isa. 1-5; ver también Dan. 9:5-20), ¿podemos permanecer distantes de nuestros pecados y echar la culpa a los demás?

PURIFICACIÓN POR FUEGO

Afortunadamente para Isaías, y para nosotros, el carácter sagrado del amor de Dios incluye la misericordia hacia personas defectuosas, cuyos labios no son dignos de alabarlo, de hablarle ni de contarles a otros acerca de él. Isaías declara: "Y voló hacia mí uno de los serafines, teniendo en su mano un carbón encendido, tomado del altar coniunas tenazas; y tocando con él sobre mi boca, dijo: He aquí ($ue esto tocó tus labios, y es quitada tu culpa, y limpio tu pecado" (Isa. 6:6,7). Este tratamiento de fuego por parte de un serafín ardiente era como un bautismo de fuego (comparar con Mat. 3:11; Luc. 3:16) para purgar la mente y la conciencia del profeta, con el fin de que sus labios pudieran comunicar pensamientos en armonía con los de Dios (comparar con Jer. 1:9).

El fuego que purificó a Isaías tenía la forma de un carbón del Altar del Holocausto. En el Santuario anterior del desierto, el Señor mismo había encendido el fuego sobre el altar (Lev. 9:24), que debía mantenerse continuamente encendido y no extinguirse nunca (6:12,13). Este fuego divino consumía los sacrificios ofrecidos por los israelitas, a través de los cuales recibían su gracia. Incluso las ofrendas de bienestar (u "ofrendas de paz"), de alabanza, como las ofrendas de acción de gracias, de voto o voluntarias (7:12-16), para las que no se necesitaba expiación por pecados particulares (comparar con Lev. 3 sobre las ofrendas de bienestar), requerían el sacrificio de víctimas animales. Estos sacrificios apuntaban al sacrificio verdaderamente efectivo de Cristo de una vez y para siempre (Juan 1:29; Heb. 9:26; 10:12) en el altar de la Cruz (Heb. 13:10-13). Sin el sacrificio de Cristo y su intercesión sacerdotal, incluso nuestras alabanzas a Dios no serían aceptables para él.3 ¡No es de extrañar que el altar en el Santuario israelita, y más tarde en el Templo, fuera el centro de adoración del pueblo de Dios!

Tiene mucho sentido que Isaías fuera purificado por un carbón del altar que prefigura el lugar del sacrificio de Cristo (vers. 10-13); su sacrificio es el único medio por el que la conciencia humana puede purificarse "de obras muertas para que sirváis al Dios vivo" (Heb. 9:14; comparar con Heb. 10:1-22). También tiene sentido que el evento del altar de Ja Cruz de Cristo sea el único centro válido de adoración cristiana (comparar con 1 Cor. 2:2). Quien acude a su altar humildemente, confesando su impureza y pidiendo a Dios: "Ten compasión de mí, porque soy un pecador" (Luc. 18:13, NTV), puede esperar ser perdonado y transformado como lo fue Isaías (1 Juan 1:9; Tito 3:4-7).

En las oraciones que se hacen antes de los sermones en las iglesias cristianas, a menudo se pide a Dios que toque los labios del orador con un "carbón del altar", refiriéndose a Isaías 6. Esta es una oración apropiada, pero el significado de la experiencia de Isaías es mucho más amplio y profundo. Isaías era un portavoz especial de Dios y, en ese sentido, él es un modelo para los predicadores cristianos. Pero también es un modelo para todos los demás cristianos, que son ministros del evangelio como "linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable" (i Ped. 2:9). Hablar detrás de un púlpito o hacer una presentación con PowerPoint es solo una forma de hablar por Dios. Hablar cara a cara con un vecino, un compañero de trabajo o un hijo es otra forma, que puede ser mucho más efectiva para esa persona. Todo cristiano necesita labios purificados, y tales labips solo provienen de un corazón purificado, porque "lo que sale de la boca, del corazón sale" (Mat. 15:18).

LA COMISIÓN DEL REY

Justo después de que Isaías recibiera la limpieza moral como un don divino, escuchó el llamado del Señor: "¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros?" (Isa. 6:8). Dios purifica la mente y los labios con un propósito, y no hay tiempo que perder cuando hay personas preciosas que estján pereciendo. Isaías no dudó, sino que respondió inmediatamente: "Heme aquí, envíame a mí" (vers. 8). No se detuvo a considerar los obstáculos que podría encontrar o las dificultades que tendría que padecer para cumplir la comisión de Dios. Se lo debía todo a su Rey divino, en quien confiaba implícitamente, y era un privilegio y un honor servirlo. La abrumadora visión del "Santo de Israel" quedó grabada de forma indeleble en su memoria4 y le serviría de guía, eclipsando todas las dificultades.

Pareciera que el ministerio profético de Isaías comenzó antes de su visión del Templo, descrita en Isaías 6, porque los capítulos 2 al 5 de su libro reflejan las condiciones de prosperidad que prevalecieron durante el reinado de Uzías (comparar con 2 Crón. 26:5-15). Si es así, su visión confirmó su llamado y dio a §u confianza y a su sentido de misión un impulso enorme y muy necesario, después de haberse enfrentado a la podredumbre espiritual y social de Judá, especialmente de Jerusalén. Tal como Moisés le pidió al Señor: "Te ruego que me muestres tu gloria" .(Éxo. 33:18), después de la devastadora y desalentadora apostasía del becerro de oro (Éxo. 32), lo que Isaías necesitaba por sobre todas las cosas era un encuentro cercano con la Presencia divina.

Si bien nosotros no hemos tenido la experiencia de la visión de Isaías, Dios se la dio a él por todos nosotros. El Señor es soberano: nuestra fuente de estabilidad y seguridad cuando todo en nuestra vida parece incierto. Él es santo, justo y misericordioso cuando todo lo que nos rodea está corrompido, es injusto y cruel. Por fe podemos contemplarlo, excelso, en las alturas, "velando por los suyos".5

Isaías 2:2 al 4 visualiza que todas las naciones irán al Templo del Señor para recibir su guía; pero, en Isaías 6, el Señor envía a Isaías fuera del Templo para atender las necesidades de su pueblo. Estas son las dos formas básicas en que Dios continúa atrayendo a los habitantes de nuestro mundo hacia él: envía mensajeros, por un lado, y atrae a las personas hacia adentro para que se unan a su atractiva comunidad de fe, por el otro. De esta manera, Jesús nos dio su Gran Comisión: "Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones" (Mat. 28:19). También oró al Padre por la unidad entre sus seguidores: "Para que el mundo crea que tú me enviaste" (Juan 17:21). Esta unidad atraería a otros al testificar de una clase de amor que solo el Señor puede dar.

Ambos enfoques de la misión deberían funcionar juntos. El pueblo de Dios debe salir para alcanzar a aquellos que, de otra manera, nunca conocerían de su amor y su salvación por medio de Cristo. Pero, a menos que los cristianos estén unidos y se esfuercen por reflejar el carácter de Dios en su vida y sus interacciones sociales, salir para traer a otros será inútil, porque una iglesia fracturada, con miembros sin amor, cuya vida es hipócrita y discordante "-con su mensaje, los repelerá. Esta es la razón por la que el apóstol ("el enviado") Pablo no solo salió a realizar viajes misioneros (Hech. 13-21), sino también trabajó para sanar divisiones y disensiones (por ejemplo, 1 Cor. 1-4) y guiar a las comunidades de la iglesia en la vida santa que representaría adecuadamente a Dios y atraería a las personas a él (por ejemplo, 1 Cor. 5-8).

VISIÓN REALISTA

Después de la increíble experiencia de Isaías con Dios y la comisión directa que Dios le dio, era de esperar que su ministerio llegara a ser uno de los más exitosos de la historia, convirtiendo a miles de personas a la verdadera adoración a Dios. También se podría esperar que el Señor alentara a su nuevo mensajero ungido. No obstante, increíblemente, su petición era totalmente deprimente:

Y dijo: Anda, y di a este pueblo: Oíd bien, y no entendáis; ved por cierto, más no comprendáis. Engruesa el corazón de este pueblo, y agrava sus oídos, y ciega sus ojos, para que no vea con sus ojos, ni oiga con sus oídos, ni su corazón

entienda, ni se convierta, y haya para él sanidad (Isa. 6:9,10).

¡Qué desperdicio de esfuerzos! ¿Por qué molestarse, especialmente cuando sus esfuerzos solo empeorarían las cosas? Tal vez Isaías debería haber considerado otro tipo de carrera... f

Las palabras de Dios, cuapdo se interpretan fuera de contexto, suscitan preguntas acerca de la teodicea; es decir, la defensa y la justificación de su carácter frente al sufrimiento y el dolor: ¿Por qué enviaría a un profeta improductivo para evitar que la gente entienda y así impedir que se salve? ¿Cómo podría pretender ser un Dios de amor (1 Juan 4:8)?

Jesús citó estos versículos de Isaías cuando explicó a sus discípulos por qué enseñaba en parábolas: "Por eso les hablo por parábolas: porque viendo no ven, y oyendo no oyen, ni entienden. De manera que se cumple en ellos la profecía de Isaías, que dijo: 'De oído oiréis, y no entenderéis; y viendo veréis, y no percibiréis'" (Mat. 13:13,14). El significado de estas palabras se aclara en Juan 12, que se refiere a Isaías 53:i y luego a Isaías 6:9 y 10:

Pero a pesar de que había hecho tantas señales delante de ellos, no creían en él; para que se cumpliese la palabra del profeta Isaías, que dijo: "Señor, ¿quién ha creído a nuestro anuncio? ¿Y a quién se ha revelado el brazo del Señor?" Por esto no podían creer, porque también dijo Isaías: "Cegó los ojos de ellos, y endureció su corazón; para que no vean con los ojos, y entiendan con el corazón, y se conviertan, y yo los sane" (Juan 12:37-40).

Jesús hizo todo lo posible para ayudar a la gente a creer; incluso obró milagros asombrosos. Pero ellos eligieron no creer. Cuando rechazaron las claras evidencias que él les ofrecía, la evidencia adicional que proporcionó misericordiosamente solo resultó en una mayor incredulidad, por lo que la falta de fe de ellos se confirmó y endureció más. Su objetivo era salvarlos, pero abusaron de sus mejores esfuerzos; así que, su estado espiritual fue peor que si no hubiera venido a ellos.

Jesús dio esta explicación a sus discípulos luego de haber predicado la parábola del sembrador, en la que el sembrador esparció de la misma manera su semilla en varios tipos de tierra (Mat. 13:3-8). Los resultados ampliamente divergentes se debieron solo a las diferencias ert la naturaleza de las superficies sobre las que cayó su semilla; representan los diversos tipos de personas que escuchan la "palabra del reino" (vers. 18-23). Fueron sus respuestas las que determinaron el resultado. De manera similar, Dios es justo y amoroso, "hace salir su sol sobre malos y buenos, y [...] hace llover sobre justos e injustos" (Mat. 5:45). Pero el Sol puede causar efectos opuestos, dependiendo del material que alcancen sus rayos. Por ejemplo, el mismo Sol derrite el hielo, pero endurece el concreto; asimismo, las predicaciones de Isaías y de Jesús tuvieron un efecto endurecedor $n el corazón de la gente, similar al efecto que las diez plaga's tuvieron en el faraón de Egipto (sobre el faraón, ver Éxo. 7:13,14,22, etc.). Todos tienen libre albedrío, y al final nadie en el Universo podrá acusar a Dios de no hacer todo lo posible para salvar a las almas perdidas (Isa. 5:4).

El Señor fue misericordioso al revelar a Isaías desde el principio que su éxito no estaría en las respuestas humanas de reyes mortales como Uzías, Jotam y Acaz, sino en la fidelidad a su misión divina. Del mismo modo, Cristo ha comisionado a sus seguidores para proclamar "este evangelio del reino en todo el mundo, para testimonio a todas las naciones; y entonces vendrá el fin" (Mat. 24:14). Su deseo, y el nuestro es que todos reciban su salvación, pero el trabajo tendrá éxito y quedará completado cuando el mensaje haya sido efectivamente "para testimonio", ya sea que la gente lo acepte o no (ver Eze. 2:5,7; 3:ii).

Naturalmente, Isaías se preguntó cuánto tiempo duraría la falta de respuesta del pueblo de Judá. El Señor respondió que continuaría hasta que las ciudades y la tierra fueran devastadas; y la gente, exiliáda (Isa. 6:11-13). En otras palabras, la mayoría de los habitantes de Judá no se arrepentirían, por lo que la nación sentiría toda la fuerza de las-maldiciones del Pacto, presentadas en Levítico 26 y Deuteronomio 28, que culminan con la destrucción nacional y el exilio. La única esperanza sería un "tronco" remanente que sería una "simiente santa" con potencial para un nuevo crecimiento (Isa. 6:13; comparar con Dan. 4:15,26). El tema de esta profecía (la destrucción y el exilio, pero también la restauración de un remanente) se desarrolla a lo largo del libro de Isaías; y también estaba encapsulado en el nombre de uno de los hijos del profeta: Sear-jasub, que significa "Un remanente volverá" (Isa. 7:3).

' ¿Quién irá por Dios? Isaías fue de todos modos. ¿Irás tú?

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1  La palabra traducida como "el Señor", en Isaías 6:1 y también en los versículos 8 y 11, es el título 'adonay, no su nombre propio YHWH (transcrito como Jehová en la RVR 60), que generalmente se traduce como si fuera un título: "el Señor" (como en los vers. 3, 5,12).

2  Ver, por ejemplo, Mordechai Cogan, trad., "Sennacherlb's Slege of Jeru-salem", en TheContextofScripture.WWWamWJ. Hallo, ed. (Leiden: Brlll,1997), 2.119B; t. 2, pp. 302, 303.

3  Comparar con Elena de \Nh\te, Mensajes selectos (Florida, Buenos Aires: Asociación Casa Editora Sudamericana, 2015), 1.1, p. 415.

4  Esta expresión aparece a lo largo del libro de Isaías; por ejemplo, en Isaías 10:20; 12:6; 17:7; 29:19; 30:11,12,15.

5  James Russell Lowell, "Once to Every Man and Nation", en The Seven-th-day Adventist Hymnal (Hagerstown, MD: Review and Herald, 2006), himno NQ 606.