Capitulo 8

EL PACTO Y LA LEY DEL SINAÍ

Cuando hablamos del pacto y la ley, nos adentramos en uno de los temas más fundamentales de la fe y la vida. A lo largo de los siglos, algunos eruditos bíblicos han afirmado que lo que Dios ofreció a Israel en el monte Sinaí fue un pacto de obras; es decir, un pacto mediante el cual podrían obtener la salvación o la justificación por medio de obras y logros humanos. También contrastan este pacto de obras con el pacto anterior hecho con Abraham, en el que la justificación se alcanzaba por la fe en los logros de Dios, pero esta fe se manifestaba en buenas obras. Si esta teoría es correcta, si el pacto del Sinaí es en verdad un pacto de obras, ¿por qué Jesús condenó a los judíos por su legalis-mo? ¿Por qué las judíos serían condenados si simplemente estaban haciendo lo que el Señor les había pedido?

EL PACTO CONTIENE LA LEY

Como siempre ocurre en la Biblia con el antiguo Israel, la actividad salvadora, redentora y liberadora de Dios precedía al pacto y a la entrega de la ley o las instrucciones.1

Podemos afirmar esta verdad de otra manera: la ley es el estilo de vida prescrito por Dios en el contexto del pacto entre él mismo y la humanidad. Por lo tanto, el pacto de Dios con su ley, los dos juntos, constituyen el medio de Dios para mantener a su pueblo en un estado de redención. Permanecen en este estado, no obedeciendo la ley por medio de su propia fuerza y disciplina, sino más bien por la presencia continua de Dios, el poder y la actividad de gracia y misericordia en su vida, lo que les permite obedecerle. Así, el pacto divino con su ley divina proporciona los medios para una experiencia cada vez más profunda de bienestar y crecimiento espiritual, mental y físico para aquellos que viven dentro de esa relación de pacto.

La presentación de sí mismo que Dios hace al comienzo de los Diez Mandamientos es: "Yo soy el Señor tu Dios, que te sacó de Egipto, donde eras esclavo" (Éxo. 20:2, DHH). Esta introducción en los Diez Mandamientos revela cuál es el fundamento de la relación entre Dios y su pueblo, situándola en el contexto de la redención, que es divina e inmerecida. Así que, inmediatamente antes de dar la ley en el monte Sinaí, Dios deja claro cuál es la base sobre la que nos da la ley. Se dice que solo recordando esto podemos hacer de la ley y el evangelio una sola cosa. El creyente guarda la ley porque recuerda la salvación que Dios proveyó para él.

En el plan de Dios, esta asociación mental debe dar como resultado una respuesta de amor basada en la fe, la cual nos motivará a la obediencia (Deut. 6:5; Sal. 18:1; Jer. 2:2). La* motivación para obedecer no consiste en asegurarnos el favor de Dios o ganarnos la vida en la salvación. La ley no es el medio para lograr la salvación; y la obediencia jamás ha sido el medio que Dios propuso para que los seres humanos obtuvieran justicia, salvación y vida. La obediencia, o la ley, es un acto de fe por medio del cual el creyente confiesa su amor y lealtad a Dios. Es un acto de fe por medio del queel creyente demuestra que depende del poder habilitador de Dios para obedecer, no solo en los actos externos, sino también con el corazón. El pacto implica una relación y una comunión. No puede existir una relación real ni una verdadera comunión entre dos individuos sin un conjunto de normas que definan la base sobre la que se mantendrá esa relación o comunión. Asimismo, la relación del pacto entre el Dios redentor y su pueblo redimido solo puede funcionar sobre la base de normas, obligaciones o estipulaciones, en resumen: sobre la ley. La ley define la relación y establece los términos para su continuidad exitosa.

La ley forma parte integral del pacto. Dios dio instrucciones concretas para que su pueblo entendiera lo que debía hacer y lo que no debía hacer. "Di a los israelitas lo siguiente: 'Yo soy el Señor su Dios. No sigan las costumbres de Egipto, país en el cual vivieron. No sigan las costumbres de Canaán, país al cual voy a llevarlos, ni vivan conforme a sus leyes. Cumplan mis decretos; pongan en práctica mis leyes; vivan conforme a ellos. Yo soy el Señor su Dios'" (Lev. 18:2-4). Este pasaje es claro: el pueblo.de Egipto hizo lo que hizo porque seguía a los dioses egipcios. Los cananeos actuaban en armonía con los diosesa los que adoraban. Pero Israel, el pueblo de Dios, conocía ál Dios que se les había presentado a sí mismo: "Yo soV el Señor su Dios". Así, Dios instruyó a su pueblo: "Cumplan mis decretos; pongan en práctica mis leyes; vivan conforme a ellos".

La entrega de la ley es tanto un acto c}e gracia como lo es el don de elección de Dios. La promulgación de la ley es tanto un acto de misericordia como lo fue la liberación de la esclavitud en Egipto. El regalo de la ley es tanto un acto del amor de Dios como lo es la celebración del pacto al que pertenece la ley. La ley se convierte entonces en el instrumento que define todas las relaciones dentro del pacto y en la comunidad del pacto. Define la relación vertical entre Dios y los seres humanos. También define las relaciones entre los seres humanos. La ley es el instrumento mediante el cual Dios define las relaciones en las que la fe responde al amor en obediencia.

A lo largo del Antiguo Testamento encontramos una interrelación muy íntima entre el pacto y la ley. Cuando Moisés se dirigió a Israel, les dijo que en el monte Sinaí el Señor "les dio a conocer su pacto, los diez mandamientos" (Deut. 4:13, NVI). En estas palabras, hay una evidente conexión entre el pacto y el decálogo. En otros casos, términos como ley (Sal. 78:10; Isa. 24:5; Ose. 8:1); estatutos (Sal. 50:16; 2 Rey. 17:15; Isa. 24:5); testimonios (Sal. 25:10; 132:12); mandamientos (Sal. 103:18); y palabra, en el sentido de la Palabra del Señor (Deut. 33:9), tienen un paralelismo o una relación muy cercana (si eá que no son sinónimos) con la palabra pacto (berít). En Jeremías, "las palabras de este pacto" (Jer. 11:3,6, 8) son las palabras de la ley, los estatutos, los testimonios y los mandamientos de Dios.

LA LEY DENTRO DEL PACTO

La palabra hebrea traducida como ley (Torah) aparece en el Antiguo Testamento no menos de 220 veces. No debe entenderse que significa "ley" como la palabra latina lex, que significa ley del imperio. Tampoco debe entenderse como los griegos entendían su palabra para ley (nomos), que significa "lo que siempre se ha hecho". En el idioma hebreo, el térmi> no Torah tiene su origen en la palabra horah, que significa "señalar", "enseñar" o "instruir". Por lo tanto, el sustantivo Torah significa, en su sentido más amplio, "enseñanza" o "instrucción". En este sentido, la palabra ley viene a ser toda la voluntad revelada de Dios, o cualquier parte de ella.

Dios le dio a Israel esta instrucción, esta Torá, por medio de "normas y leyes" (Deut. 4:14, PDT) o "mandatos, preceptos y normas" (vers. 45, NVI) para regular la vida de Israel. La Torah se usa en este sentido con frecuencia. Por lo tanto, podríamos catalogar la ley como una especie de "instrucción" integral que incluye todas las leyes: morales y éticas, civiles y sociales, sacrificiales y de culto, e higiénicas y de salud.

En otros casos, la ley (o Torah) se puede usar en un sentido muy estricto, es decir, solo los Diez Mandamientos o el Decálogo, también llamado "las palabras del pacto" (Éxo. 34:28). Los Diez Mandamientos, los cuales contienen los aspectos específicos y los principios que deben regir las relaciones entre Dios y el hombre, y entre los hombres, son exhaustivos y abarcan todas las esferas de la vida y de la experiencia humana.

LAS CONDICIONES DEL PACTO

En algunos casos explícitos, encontramos ciertas declaraciones relacionadas con el pacto del Sinaí que contienen "si" condicionales. "Ahora bien, si me obedecen y cumplen mi pacto, ustedes serán mi tesoro especial entre todas las naciones de la tierra" (|xo. 19:5, NTV). Esa pequeña palabra, "si", tiene un significado extraordinario, ya que indica que el pacto del Sinaí cóntenía condiciones. Hay opiniones muy variadas en cuantó a cómo se deben interpretar estas condiciones, pero antes de pasar a este debate, vale la pena señalar un par de declaraciones adicionales que contienen esta palabra "si". "Si ustedes viven conforme a mis leyes y tienen presentes mis mandamientos y los cumplen, entonces les mandaré lluvias [...]. Pero si ustedes no me obedecen, ni ponen en práctica todos mis mandamientos, sino que rechazan mis leyes y mandatos, y no cumplen ninguno de mis mandamientos, rompiendo así el pacto, entonces yo les haré esto: Haré que a ustedes les sucedan grandes desgracias" (Lev. 26:3,4,14-16, RSV).

En el libro de Deuteronomio, nuevamente encontramos otra promesa condicional: "Sigan por el camino que el Señor su Dios les ha trazado, para que vivan, prosperen y disfruten de larga vida en la tierra que van a poseer" (Deut. 5:33, NVI).

Estos "si" son claramente condicionales e implican obligaciones. Pero cuando Dios entregó el pacto del Sinaí, que sin duda era obligatorio por naturaleza, él no estaba abriendo una nueva vía para establecer una relación entre él y su pueblo. No era un pacto de obras en el que el hombre podía ganarse ahora la salvación y la vida eterna mediante la obediencia a la voluntad de Dios. No era un pacto cimentado sobre méritos humanos que obligaría a Dios a cumplir sus promesas. El aspecto condicional del pacto del Sinaí tiene intenciones idénticas a las declaraciones condicionales del pacto abrahámico (ver Gén. 17:9,14; 18:19; 22:16-18; 26:4,5), que es claramente un "pacto de gracia".

Estos pasajes relacionados con Abraham y el pacto abrahámico dejan muy claro que Abraham y sus descendientes debían vivir en una relación de pacto con Dios en la que el hombre era justificado por la fe (Gén. 15:6). Esta relación de fe se manifestaba o resultaba en obediencia generada por la fe y hecha posible por la gracia de Dios. La fe genuina produce obediencia: "Por cuanto oyó Abraham mi voz y guardó mi precepto, mis mandamientos, mis estatutos y mis leyes" (Gén. 26:5). Debemos entender que "el pacto con Abraham también mantuvo la autoridad de la ley de Dios".2 Por lo tanto, el pacto con Abraham también e'fa condicional. El pacto no era unilateral, en el sentido de que el cumplimiento de las promesas dependía únicamente de Dios, independientemente de las acciones del socio humano.

Desafortunadamente, los "si" condicionales en Éxodo 19:5; Levítico 26:3 al 45; Deuteronomio 11:13 al 17; y 28:1 al 68 pueden malinterpretarse fácilmente de una manera legalista. Se podría entender que los pasajes sugieren que tanto la vida física como la eterna, así como la bendición de Dios, están automáticamente garantizadas por medio de la obediencia, independientemente de la disposición interna del corazón. Sin embargo, la intención de estos "si" condicionales no es que mantengamos un legalismo frío y mecánico, sino una verdadera relación de pacto con Dios que incluya motivos correctos tanto en el corazón como en la mente.

A Israel se le pidió: "Guardarás, pues, los mandamientos de Jehová, tu Dios, andando en sus caminos y temiéndolo" (Deut. 8:6). Israel debía amar al Señor por un sentimiento y una experiencia de gratitud hacia él (Deut. 6:5; 10:12; 11:1,13, 22; 13:3; etc.), así como "aferrarse" a él (Deut. 10:20; 11:22; 13:4; etc.). La bendición vendría luego de la obediencia. Aunque la bendición estaba condicionada a la obediencia, no podía ganarse mediante el cumplimiento legalista de la ley.

OBEDIENCIA, VIDA Y BENDICIÓN

Uno de los pasajes que más les cuesta armonizar a algunos estudiantes cpn la enseñanza bíblica de la salvación por la gracia es Levítico 18:5: "Si obedecen mis decretos y mis ordenanzas, encontrarán vida por medio de ellos. Yo soy el Señor" (NTV). En esencia, solo hay dos maneras por medio de las que los seres humanos pueden obtener o intentar obtener la salvación. Una de ellas es la salvación por obras: la justicia que se obtiene al guardar la ley. La otra es la salvación por la fe: la justicia recibida por la fe mediante la gracia de Dios.

Esa vida (según Levítico 8:1 al 5) o bendición que se puede encontrar (según Deuteronomio 28:1 y 2), ¿se debe a un acto de mérito humano en el que la obediencia a la ley nos hace ganarnos la bendición? ¿O es la bendición que alcanza al que cumple la ley como un regalo de la gracia de Dios?

Puede ser de ayuda repasar el uso que Pablo hace de Levítico 18:5 en Romanos 10:5. Pareciera que, con la serie de citas que esgrime en Romanos 10:6 al 8, así como en Romanos 10:5, el apóstol Pablo está arremetiendo contra el estilo de vida que mantenían los fariseos. Un estudio detallado de Romanos 10:6 al 8 parece sugerir que Deuteronomio 30:11 al 14, que él cita, no debe malinterpretarse de manera farisaica, es decir, como que los seres humanos son salvos por las obras de la ley. Parece evidente que el apóstol Pablo también afirma en el versículo anterior, Romanos 10:5, que Levítico 18:5 debe entenderse de una manera que difiere radicalmente de la interpretación sostenida por la corriente principal del judaismo.

Pablo parece sugerir que no es posible obtener la justicia con logros sobrehumanos como "subir al cielo" o "bajar al abismo", que era la manera en que Pablo describía los intentos imposibles de los judíos de cumplir la justicia de la ley por sus propios esfuerzos y méritos. Pablo continúa sugiriendo que la justicia requerida por la ley se cumple por la palabra, que está en el corazón y en la boca, y que según Romanos 10:10, es la fe y confesión del Señor: "Porque con el corazón se cree para [conducirnos a la] justicia, pero con la boca se confiesa para [conducirnos a la] salvación".

La vida que Moisés promete en Levítico 18:5 parece ser, según Romanos 10:5 al 10, para aquellos que creen en el Señor y lo confiesan. La obediencia en la fe se convierte entonces en el debido cumplimiento de la ley, la cual requiere justieia y promete vida a los que practican la justicia. Si nuestro entendimiento de lo que Pablo afirma en Levítico 18:5 y de la interpretación que él hace de ello en Romanos 10:5 al 10 es correcto; es decir, que la obediencia de la ley que resulta en el disfrute de la vida prometida según afirma Levítico 18:5 es la obediencia de la fe, entonces tenemos el verdadero significado bíblico de este texto en particular. En otras palabras, la forma judía y farisaica de entender este texto, insinuando que guardar la ley era lo que llevaba al hombre a tener una relación correcta con Dios, estaba completamente errada. Pablo afirma inequívocamente que la observancia de la ley es el fruto de una relación correcta con Dios y no el medio para ganarse o merecerse una relación correcta con Dios. La exégesis que Pablo hace de Levítico 18:5 es fiel al marco original del texto. Dios entregó la ley al pueblo del pacto luego de su redención de Egipto (Lev. 18:3), no como un obstáculo moral que debían superar o como una actividad meritoria que debían realizar si deseaban obtener la salvación, sino como una descripción del estilo dé vida motivado por el amor del pueblo redimido de Dios.

Pablo nos muestra que la "justicia que es por la ley", refiriéndose a la perversión humana de establecer la justicia por medio de la obediencia legalista, no es lo que enseña el Antiguo Testamento. Contrasta el método divino de la "justicia que es por la fe" con el intento humano de la "justicia que es por la ley", que es un mal uso legalista, una mala interpretación de la leypor parte de los judíos y los fariseos. Pablo demuestra que la justicia establecida por la ley, que es "santa, justa ybuerfe" (Rom. 7:12, NBV), es la justicia por fe, o la obediencia por fe. "Para muchos comentadores ha significado un pfoblema el hecho de que Pablo usara palabras de Moisés, que parecen referirse únicamente a la ley, para describir la justicia que es por la fe. Pero la dificultad radica en la falsa suposición -tan difundida- de que la ley y el Evangelio se oponen o contradicen. El problema se resuelve reconociendo que la justicia que es por la fe siempre ha sido el método de Dios para salvar al hombre, y que la promulgación de la ley por medio de Moisés era una parte integral de ese plan. Además, Dios usó especialmente a Moisés para presentar el gran sistema de símbolos y ceremonias que prefiguraban todo el plan de justificación por la fe en Cristo. Por lo tanto, es completamente irrazonable suponer que Moisés ignoraba la debida relación entre la ley y el Evangelio, y que cada vez que hablaba tan decididamente de la obediencia a los mandamientos de Dios estaba ensalzando la justicia por la ley antes que por la fe".3

Pablo da en el clavo al exponer la perversión legalista y farisaica de la ley por parte de aquellos que dependían de su propio cumplimiento de ella para justificarse delante Dios. Él usa las palabras del mismo Moisés de Levítico 18:5 para recordarles a los legalistas que, si bien la justicia viene por la fe, es una fe que emana o se manifiesta en obediencia. Pero los creyentes no pueden reproducir esa obediencia sin ayuda, sin la gracia habilitadora que Dios provee por medio del Espíritu Santo. En resumen, el problema con Levítico 18:5 no es que enseñe que el disfrute de la vida depende de méritos obtenidos por la obediencia. La interpretación legalista le ha impuesto un significado al texto que el texto de por sí no tiene. La obediencia a la ley que resulta en el disfrute de la vida como se promete en Levítico 18:5 es la obediencia por medio de la fe. No es el legalismo o la salvación por las obras; sino más bien la salvación por la fe de la que surge la obediencia. Por lo tanto, es evidente que el camino de la salvación en el Antiguo Testamento y el camino de la salvación en el Nuevo Testamento son el mismo: ambos nos dan el mensaje de la salvación por gracia mediante la fe, que resulta en obediencia.

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1  Sobre el tema de la ley, véase Mario Veloso, "Ley de Dios", en Tratado de teología adventista del séptimo día, Raoul Dederen, ed. (Florida, Buenos Aires: Asociación Casa Editora Sudamericana, 2009), pp. 517-556.

2  Elena de White, Patriarcas y profetas, p. 387.

3  Comentario bíblico adventista, t. 6, p. 593.