• Volver al estudio
  • CAPÍTULO 2

    EL DIOS QUE LLAMA Y PROTEGE

    Texto bíblico para el estudio: Éxodo 3:1-4:31

    LA REVELACIÓN DE DIOS Y LA ZARZA ARDIENTE

    Recibir la revelación de Dios en el desierto fue una experiencia muy dramática para Moisés. La aparición divina y el llamado de Dios para que fuera el líder que condujera a los israelitas fuera de Egipto, fue el acontecimiento más decisivo de su vida. Cambió por completo su rumbo, reorientó su ministerio y transformó para siempre su futuro. La comisión del Señor fue un llamado sumamente incómodo, extremadamente doloroso y perturbador para Moisés. En aquel momento, estaba bien establecido en Madián, había encontrado un hogar seguro y disfrutaba de una vida tranquila bajo la inmensa bendición de Dios. Estaba casado, tenía dos hijos y una hermosa familia. Su suegro era sacerdote, y Moisés pasaba la mayor parte del tiempo en contacto con la naturaleza trabajando como pastor y dedicando tiempo a la reflexión. Durante este período, Dios inspiró a Moisés para escribir dos libros bíblicos, Job y Génesis,1 así que no carecía de nada para su satisfacción personal en la vida.

    Moisés registró en el libro de Génesis numerosas ocasiones en las que Dios aseguró a Abraham, Isaac y Jacob que daría la tierra de Canaán a sus descendientes como herencia (ver Gén. 127; 13:14-17; 15:18-21; 26:2-5; 28:13, 14; 35:12; 46:3, 4). Dios también reveló a Abraham que ello no ocurriría inmediatamente, sino después de cuatrocientos años de opresión en un país extranjero, ya que las naciones cananeas no habían alcanzado el colmo de su maldad, razón por la cual Dios aún las hacía objeto de su misericordia y trataba de atraerlas hacia él. Dios prometió solemnemente que después de ese período, los descendientes de Abraham poseerían la tierra. El Señor dijo a Abraham: "Ten por cierto que tus descendientes serán peregrinos en tierra ajena, y serán esclavos y oprimidos durante cuatrocientos años" (Gén. 15:13). Dios continuó: "Y en la cuarta generación volverán acá, porque la maldad del amorreo aún no ha llegado al colmo" (vers. 16).

    Además, el último deseo de José implicaba la esperanza de que un día Israel saldría de Egipto: "Y José hizo jurar a los hijos de Israel, diciendo: 'Dios ciertamente los visitará, y ustedes llevarán mis huesos de aquí'" (Gén. 50:25). Moisés estaba al corriente de este acuerdo, porque cuando los israelitas salieron de Egipto, "Moisés llevó consigo los restos de José, porque José había hecho jurar a los hijos de Israel que así lo harían" (Éxo. 13:19).

    Aunque el texto no lo dice, Moisés sin duda oraba por la liberación de los israelitas y de su propia familia de la esclavitud egipcia. Probablemente se preguntaba cuándo y cómo sucedería eso. Ahora había llegado el momento en que Dios sacaría a Israel de Egipto y les daría la Tierra Prometida, y eligió para ello a Moisés como su instrumento. Sin embargo, Moisés no estaba preparado para seguir el liderazgo de Dios, por lo que se desarrolló el drama de su llamado. Dios, identificado en primer lugar como el Ángel del Señor, se le manifestó mediante la zarza ardiente y le habló directamente.

    EL ÁNGEL DEL SEÑOR

    El término ángel (hebreo mal'akh) significa simplemente "mensajero", y solo el contexto en que la expresión aparece en cada caso sirve para decidir si se trata de un mensajero humano, angélico o divino. En Malaquías 3:1, se dice que Juan el Bautista era un ángel; es decir, un mensajero (ver Mat. n:io). En muchos lugares de la Biblia, se presenta a los ángeles como mensajeros celestiales (por ejemplo, verGén. 3:24; 19:1,15; 24:7,40; 28:12; 32.1; Sal. 78:25; 91:11; Mat. 4:11; Heb. 1:4-7,13,14)-

    El Antiguo Testamento presenta relatos sorprendentes acerca de un ser al que se llama "ángel del Señor" o a veces simplemente "ángel", pero que actúa y habla como Dios y es identificado como tal. Estas manifestaciones pueden constituir un profundo enigma para los estudiosos de la Biblia, ya que el "ángel del Señor" designa a veces a Dios, mientras que otras veces es diferenciado de él. Por lo tanto, esos textos señalan al Cristo preencarnado. Un buen número de pasajes bíblicos tienen como tema al "ángel del Señor", entre ellos Génesis 16:7-14; 21:17; 22:11-18; 31:3-13; 48:r5,16; Éxodo 3:2-7; 14:19; 23:20-23; Números 22:22-35; Jueces 2:1-5; 6:11-24; 13:3-23; 1 Reyes 19:5-7; 2 Reyes 1:3, 4; 1 Crónicas 203-30; y Zacarías 3:1, 2.

    El Mensajero, o el Ángel del Señor, en nuestra historia es el Señor mismo, como aclara el texto. Consideremos lo siguiente: "Y allí se le apareció el ángel del Señor en una llama de fuego, en medio de una zarza. Él miró y vio que la zarza ardía en fuego y no se consumía" (Éxo. 3:2). Cuando Moisés se acercó para investigar lo que sucedía, Dios le ordenó "desde la zarza" que se quitara las sandalias, porque estaba en su misma presencia (vers. 4, 5). "Entonces Moisés cubrió su rostro, porque tuvo miedo de mirar a Dios" (vers. 6). El Señor reveló entonces a Moisés la misión especial que tenía para él (vers. 7, 8; 4:i7).1

    DIOS SABE

    En el encuentro con Moisés, el Señor afirmó lo siguiente: "He visto la aflicción de mi pueblo que está en Egipto, he oído el clamor que les arrancan sus opresores, pues conozco sus

    2 Para obtener más detalles acerca de los textos bíblicos relacionados con "el ángel del Señor", ver mi artículo "Toward Trinitarian Thinking in the He-brew Scriptures", Journal of the Adventist Theological Society 21.1-2 (2010),

    pp. 245-275-angustias. Y he descendido a librarlos" (Éxo. 3:7, 8). ¿Qué sabía Dios acerca de ellos? La narración bíblica es explícita. Conocía sus aflicciones, sus lágrimas, sus gemidos, su explotación y su sufrimiento. El pueblo de Dios estaba siendo oprimido, y Dios aseguró a Moisés que estaba profundamente conmovido por su situación: "Conozco sus angustias" (vers. 7). Se afirma que "Dios oyó su gemido, y se acordó de su pacto con Abraham, Isaac y Jacob" (Éxo. 2:24).

    Ten la seguridad de que Dios conoce tu sufrimiento, dolor, problemas, luchas, opresión, lágrimas, miseria, decepciones, expectativas no cumplidas, explotación, abuso, violencia, aflicción, heridas, angustia, daño y maltratos tan a fondo como conocía lo que experimentaban los israelitas. El Señor los rescató y te ayudará a ti también (r Cor. 10:13). Así como los liberó de la esclavitud y del dominio de quienes les causaban dolor, también intervendrá en tu favor. Él siempre está dispuesto a ayudarte. Él sufrió y conoce nuestras tentaciones (Isa. 53:4-6; Heb. 2:17, 18). Estuvo solo en medio de su sufrimiento, pero salió victorioso (Sal. 22:r, 2, 22-31; Dan. 9:26). Cuando sufrimos, él sufre con nosotros (Isa. 63:9) y nos anima sosteniéndonos en sus manos de amor (Isa. 41:10,13), de las que nadie puede apartarnos. Dios nos sujeta con firmeza. Jesús proclama poderosamente acerca de sus seguidores: "Nadie los arrebatará de mi mano" (Juan 10:28).

    Dios descendió a rescatar a los israelitas esclavizados en Egipto, pero para hacerlo necesitó de la colaboración de Moisés. Dios actúa a través de instrumentos humanos, no como un agente solitario. Ese es su método: invitar a las personas a cooperar con él en su misión de salvar a la humanidad (Isa. 45:22; Juan 3:16).

    Había llegado el momento en que Dios cumpliría las promesas que hizo a Abraham, Isaac y Jacob. Lo haría mediante el inesperado llamado hecho a Moisés para que sacara a los israelitas de Egipto y los condujera a la Tierra Prometida. En consecuencia, Dios dirigió dos imperativos a Moisés: "Ve" y "saca" (ver Éxo. 3:10). Estos dos imperativos no aparecen explícitamente en todas las traducciones modernas, pero Dios le dijo enfáticamente: (1) "¡Ve!" y (2) "¡saca!" a mi pueblo fuera de Egipto. La reacción de Moisés resulta sorprendente, incluso desagradable, pues entabló un diálogo frontal y severo con el Señor.

    LA HABILITACIÓN DIVINA

    Moisés usó cuatro excusas para negarse a cumplir la misión que Dios le encomendó, pero Dios respondió a cada una de ellas con promesas habilitadoras. En efecto, su palabra es más poderosa que todos nuestros temores. Me encanta esta conversación transparente entre el Señor y Moisés porque nos enseña que debemos cultivar una relación abierta, honesta y sincera con nuestro Dios. Moisés no juega con el Señor, sino que dice lo que piensa, y el Señor lo escucha, consuela y anima. Dios responde a nuestras preguntas y comprende nuestras preocupaciones e incertidumbres.

    La primera excusa: "¿Quién soy yo?" (Éxo. 3:11). Moisés no estaba dispuesto a someterse y conformarse al mandato de Dios. Utilizó cuatro estrategias para librarse de la enorme responsabilidad implícita en el llamado divino. En primer lugar, se escudó en su humildad y formuló una excelente pregunta: "¿Quién soy yo?". Conocer y reconocer nuestra insuficiencia e incapacidad para hacer lo que Dios nos exige es importante. El poder para dejarnos conducir por él no está en nosotros, sino fuera de nosotros, en Dios, quien nos equipa cuando lo seguimos humildemente. Sin embargo, Moisés fue más allá del reconocimiento de su fragilidad y buscó una salida para rehuir la misión que Dios le encomendó.

    En respuesta, Dios aseguró a Moisés que estaría con él (la misma expresión, "estaré" [hebreo: 'eheyeh], es utilizada en los vers. 12 y 14) y le anunció que él y los israelitas adorarían a Dios allí mismo, en el monte Sinaí. Esta promesa de la presencia de Dios es una garantía que incluye todo lo que necesitamos. El significado del nombre Emanuel ("Dios con nosotros") es la promesa más importante.

    La segunda excusa: "¿Quién eres?" (vers. 13-22). En su segunda excusa, Moisés preguntó por el nombre divino: ¿Cuál es tu nombre? Esta vez, se escudaba en la ignorancia del pueblo de Dios, y afirmaba con razón que no conocían a Dios personalmente. Por lo tanto, ¿cómo sabrían que Moisés era el líder designado por el Señor?

    El Señor expuso pacientemente su identidad ante Moisés: "Yo soy el que soy" (vers. 14; en hebreo: 'eheyeh asher 'eheyeh). Esta frase también puede traducirse como "seré quien seré". En el versículo 12, Dios dijo a Moisés: "Yo estaré contigo". La frase "yo seré" es la misma que aparece en la declaración acerca de su nombre: "Yo seré" ('eheyeh), y tiene un significado múltiple, ya que: (1) La raíz del verbo 'eheyeh es hayah, "ser", y destaca la existencia de Dios. El Señor existe, es real, y dé su existencia derivan la existencia y la vida de todos y de todo. (2) Lo anterior implica que el Señor es el Creador. (3) Él es eterno porque siempre ha existido. (4) El Señor está por encima de todo, no está sujeto a nadie ni a nada. Nadie puede asirlo ni retenerlo. Nadie es igual a él, ya que es único. (5) El Señor es un Ser personal, por lo cual podemos relacionarnos con él y desarrollar una relación con él. (6) Nadie puede manipular al Señor; él es quien es, y será quien será. (7) Él es el Dios de la historia, quien condujo a los antepasados de los israelitas y de Moisés. Él es el Dios de Abraham, Isaac y Jacob, el Dios que se comunicó con ellos y se ocupó de sus necesidades en virtud de su amor y misericordia. Es el Dios de los hebreos. El Señor prometió a los patriarcas que los llevaría a "una tierra que mana leche y miel" (vers. 8), una expresión idiomática que significa que los conduciría a un lugar rebosante de abundancia y que les concedería grandes bendiciones y prosperidad.

    Dios también aseguró a Moisés que los israelitas no abandonarían Egipto con las manos vacías, sino que saldrían de allí provistos de abundantes materiales preciosos y regalos que les habían sido retenidos mientras estuvieron esclavizados (verlos vers. 21, 22).

    La tercera excusa: "¿Qué ocurrirá si no me creen o escuchan?" (Éxo. 4:r-g). Moisés continuó con su tercera objeción señalando la indecisión de los israelitas: "¿Qué ocurrirá si no me escuchan ni me creen?". En respuesta, Dios le dijo que le permitiría protagonizar dos prodigios sobrenaturales que servirían como señales tangibles y demostraciones de que Dios lo había comisionado para liberar a su pueblo de Egipto: (i) El bastón de Moisés se convertiría en serpiente y recuperaría luego su condición original; y (2) la mano de Moisés quedaría cubierta de lepra, pero sería inmediatamente sanada. Estas poderosas señales de Dios debían convencer a los hebreos. De no ser así, Moisés sería habilitado por Dios para realizar una tercera señal: convertir agua del Nilo en sangre al derramarla en tierra.

    La cuarta excusa: "No soy elocuente" (vers. 10-12). El cuarto pretexto de Moisés para no volver a Egipto fue sencillo: "No soy un buen orador. Nunca he sido elocuente". Moisés estaba diciendo al Señor que era lento para formular argumentos y que no dominaba el egipcio ni el hebreo. Eso era comprensible, pues no había utilizado el idioma egipcio durante cuatro décadas. Sin embargo, Dios respondió asegurando a Moisés que le daría la capacidad de expresarse de manera persuasiva y articular bien sus argumentos. ¿Acaso no es Dios el Creador? Por lo tanto, él lo capacitaría para esta tarea: "Yo te ayudaré a hablar [literalmente: Yo estaré en tu boca] y te enseñaré lo que debes decir" (vers. r2). Esto nos recuerda una historia similar registrada en Jeremías 1:5-8.

    ENVÍA A OTRO

    En ese momento, Moisés estaba acorralado y ya no podía argumentar nada más. Todas sus objeciones fueron contestadas. ¿Qué hacer? Dudaba, pero más que eso, no estaba dispuesto a seguir las órdenes de Dios. Éxodo 4:13 a 17 describe la respuesta final de Moisés y la reacción de Dios ante ella. Moisés tuvo que definir claramente su posición respondiendo al llamado de Dios con un sí o un no. Sorprendentemente, Moisés se negó a poner por obra los imperativos de Dios incluso después de recibir las excepcionales promesas del Señor. No estaba dispuesto a partir: "Por favor, Señor, envía a otro" (vers. 13). Curiosamente, ahora se invierten los papeles. Al principio de esta conversación, Dios ordenó a Moisés: "¡Ve y saca!". Ahora, Moisés no solo ignoró el llamado de Dios, sino que se atrevió a darle una orden: "¡Envía a otro!". El que debía obedecer daba directrices a Dios. ¡Qué paradoja! Es cierto que Moisés suavizó la orden que estaba implícitamente dando a Dios diciendo antes "por favor", pero la sustancia de su negativa a ir a Egipto seguía en pie. No confiaba en sí mismo y tampoco en Dios. La tarea era abrumadora. Se trataba de una misión humanamente imposible. Cada vez que rechazamos el liderazgo de Dios en nuestra vida, empezamos a decirle lo que debe hacer. Esto nos lleva a presentar excusas elaboradas y manipulaciones.

    En ese momento, el texto bíblico afirma que "el Señor se enojó con Moisés" (vers. 14). En el libro de Éxodo, solo se encuentran dos casos en los que Dios se enojó, lo que demuestra la gravedad de la situación de Moisés. Dios se airó: (1) con Moisés cuando se negó aira Egipto y librar al pueblo de la esclavitud (vers. 14) y (2) con los israelitas cuando adoraron el becerro de oro (Éxo. 32:io-r2). Moisés se enojó con el faraón porque no escuchó a Dios (Éxo. 11:8), como consecuencia de los cual todos los primogénitos de Egipto murieron. Moisés se enojó de nuevo con el pueblo cuando éste no escuchó ni obedeció las instrucciones relativas a no guardar el maná durante la noche (Éxo. 16:20) y cuando apostataron al adorar el becerro de oro (Éxo. 32:19, 22). Dios se describió a sí mismo y su carácter como "lento para la ira", lo que significa extremadamente paciente, compasivo, clemente, amoroso, fiel y perdonador (Éxo. 34:6). Debemos tratar con bondad a todas las personas necesitadas, especialmente a las viudas, los huérfanos, los pobres y los extranjeros; de lo contrario, la ira divina arderá contra nosotros (Éxo. 22:21-24; cf. Deut. 14:29; Sal. 82:3; Zac. 7:ro).

    Debemos recordar que nuestras interacciones con Dios tienen límites. Cuando él nos guía, nos instruye y nos garantiza su presencia y ayuda, debemos estar dispuestos a actuar en respuesta a sus promesas y confiar en su Palabra (Hab. 2:4). Debemos decir como Jesús en el huerto de Getsemaní: "No sea como yo quiero sino como quieras tú" (Mat. 26:39).

    LA PROVIDENCIA DE DIOS

    El Señor sabía que Moisés dudaría en ir a Egipto, enfrentarse al faraón y pedirle que dejara marchar a los esclavos hebreos. Todos temblaban ante el poderoso Faraón. Moisés fue testigo de ello cuando estuvo en el palacio y experimentó personalmente la ira del gobernante. Sin embargo, más tarde aprendió a inclinarse ante Dios, por lo que no necesitó inclinarse ante el faraón. Aprendió a temer a Dios, no al Faraón (Heb. 11:27).

    La ira de Dios difiere de la nuestra. Su ira no está dirigida a nosotros. Quiere persuadirnos para que comprendamos cuán crucial es que obedezcamos su Palabra pues ese es el mejor curso de acción para los demás y para nosotros en cada situación. En su ira, Dios presenta una solución. Así es como él obra, mostrando siempre el camino a seguir. Dios conocía de antemano la respuesta negativa de Moisés y ya había enviado a Aarón para que trabajaran juntos en el cumplimiento de la comisión divina. Aarón habría de ser la "boca" de Moisés; es decir, su portavoz, quien comunicaría la palabra de Dios al faraón y al pueblo. ¡Cuán amoroso y bondadoso es el Señor! Él siempre tiene una solución y provee caminos cuando nosotros solo vemos oscuridad y nos negamos a colaborar. Dos hermanos iban a encontrarse pronto en el desierto, "en el monte de Dios" (Éxo. 4:27).

    La Biblia relata que Moisés no respondió más a Dios, pero los versículos siguientes muestran que fue a Egipto. Como persona respetuosa de su familia, primero habló de su misión divina con Jetro, quien lo envió a Egipto con su aprobación y bendición. Moisés siguió adelante, aunque el futuro se desarrollaría de maneras inesperadas.


  • Volver al estudio