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  • Capítulo 7: Lealtad Máxima: Adoración en Medio de la Guerra

    CAPÍTULO 7
    LEALTAD MÁXIMA: ADORACIÓN EN MEDIO DE LA GUERRA

    Josué 5:1-12; 8:30-35; y 18:1-10

    NO TENGO TIEMPO...

    Vivimos vidas tan aceleradas, que uno de los mayores y más preciados lujos que podemos concedernos a nosotros mismos o a los demás es nuestro tiempo. Nuestra sociedad ha cambiado radicalmente en el espacio de unas pocas décadas. Nuestros abuelos caminaban o viajaban en carretas, y no tenían lavadoras, secadoras, lavaplatos eléctricos, automóviles, electrodomésticos ni computadoras. No tenían teléfonos inteligentes ni tabletas, pero aun así tenían tiempo para trabajar la tierra con sus manos y preparar sus comidas (no había restaurantes de comida rápida, ni quioscos en la carretera ni supermercados para comprar algo para picar). Al atardecer, salían al porche y hablaban con los vecinos y entre familia, cara a cara, no por Facebook.

    Cada vez más gente dice sentirse como en un círculo vicioso. Corren desde la mañana hasta la noche, algunos literalmente, otros simplemente de una oficina a otra, o tal vez de un correo electrónico a otro. Sentimos que la vida se nos escapa de entre los dedos y que no hay tiempo para aquello que es realmente importante. Cada vez más personas se quejan de una mayor presión para administrar el tiempo, de la sobrecarga de información y de las exigencias excesivas de trabajo que conducen a la falta de sueño, de tiempo para comer de manera saludable, de ejercicio físico y de tiempo de calidad con la familia y los amigos.

    Josué: La fe que conquista

    Stephanie Brown afirma:

    Una nueva adicción se ha apoderado de nuestra sociedad. La mala noticia es que está generalizada, es barata y aún no se acepta como el grave problema que me parece que es. La buena noticia es que es posible tratarla, y todo lo que hemos aprendido sobre otras adicciones tiene aplicación aquí. Yo lo llamo la adicción a la velocidad. Obviamente, no me refiero a la droga metanfetamina. Hablo de un fenómeno social que está atrapando a la gente y arrastrándola, convenciéndola de que hacer "más, mejor y más rápido" es el camino a la felicidad.1

    En contraste con nuestros hábitos acelerados, el libro de Josué contiene un par de acontecimientos que tuvieron lugar en circunstancias que podrían no parecer las más apropiadas. En las primeras y decisivas etapas de la conquista de Canaán, cuando Israel trataba de establecerse y afianzarse en la tierra, Dios instruyó al pueblo, bajo el liderazgo de Josué, a participar en diversos actos comunitarios. Esto dejaba al pueblo completamente vulnerable a un ataque militar de sus enemigos. A mitad de una campaña de conquista no es el mejor momento para que el ejército se dedique a rituales ceremoniales. Sin embargo, bajo la dirección de Dios, decidieron **circuncidar** a la mayoría de la fuerza de combate (Jos. 5:1-9), celebrar la **Pascua** (vers. 10-12), construir un **altar de adoración** (Jos. 8:30-35) y establecer el **santuario** (Jos. 18:1, 2), todo ello bajo la atenta mirada del enemigo y ¡cuando aún no habían ocupado su herencia más de siete tribus de Israel! La forma en que Dios eligió este momento es una lección sobre la importancia de dar prioridad a lo que es más importante.

    1 Stephanie Brown, Speed: Facing Our Addiction to Fast and Faster—and Overcoming Our Fear of Slowing Down (Nueva York: Penguin, 2014), p. 4.

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    GILGAL: UN REMEDIO PARA EL PASADO

    La primera ceremonia religiosa a la que Josué dedica tiempo en medio de la conquista es la **circuncisión de la segunda generación**. El lector se preguntará: ¿por qué era tan importante realizar este ritual con todo un ejército de combatientes al otro lado del Jordán cuando ya estaban en territorio enemigo? Además, era un ritual que los habría dejado incapacitados para luchar durante al menos tres días (cf. Gén. 34:25). Si los israelitas, bajo el liderazgo de Moisés, pudieron arreglárselas sin circuncisión durante todos los años que vagaron por el desierto, ¿por qué no podían esperar unos meses más?

    Dios le prometió a Abraham una tierra y que, mediante un hijo que aún no había nacido, sería bendecido con muchos descendientes y todas las naciones serían bendecidas (Gén. 12:1-3). La circuncisión era un **recordatorio externo** del cumplimiento de las promesas de Dios (Gén. 17:9-14). La fe de Abraham flaqueó (Gén. 16) incluso después de que vio la impresionante manifestación de la majestad de Dios (Gén. 15:9-17), por lo que él y sus descendientes debían llevar en sus cuerpos el recordatorio constante de la certeza de las promesas (Gén. 17:11). Esta señal estaba tan estrechamente relacionada con el pacto de Dios que a veces el propio rito se llamaba "pacto" (vers. 10; Hech. 7:8).2

    Como vimos en el capítulo 4, uno de los mayores problemas de los israelitas era que, aunque habían abandonado geográficamente Egipto, la tierra de la esclavitud, y tenían todas las oportunidades de vivir libremente en una nueva tierra según las promesas de Dios, en sus corazones seguían estando dominados por los egipcios. Ante los desafíos de una vida nueva y libre, flaquearon fácilmente y su fe en las promesas del pacto de Dios se desvaneció (Éxo. 16:3; Núm. 11:4, 5; 14:3, 4; Eze. 20:8, 24; Hech. 7:39). En vez de creer en las promesas del Señor que les aseguraban un futuro próspero, se inclinaron a creer en las palabras burlonas de los egipcios de que Dios no estaba con ellos y que no podría guiarlos a la Tierra Prometida (Éxo. 32:12; Núm. 14:13-16).

    2 Walter A. Elwell y Philip Wesley Comfort, "Circumcision", en Tyndale Bible Dictionary (Wheaton, IL: Tyndale House, 2001), p. 285.

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    En este punto de su viaje, era esencial que la nueva generación expresara su confianza en las promesas de Dios, superara la afrenta de Egipto y se asegurara de que presenciar el milagroso cruce del Jordán consolidara su fe en el Dios vivo. Con esta experiencia, podrían confiar en su capacidad para asegurar su herencia. Dios quería darle un **nuevo comienzo** a la nueva generación. Un nuevo comienzo, liberados de los grilletes de la desobediencia y la rebelión del pasado; una nueva resolución de no permitir que la vergüenza del pasado proyectara su horrible sombra sobre su esperanza en el futuro.

    Qué maravilloso sería que en nuestras iglesias se practicara la **circuncisión espiritual**, la circuncisión del corazón (Deut. 10:16; 30:6; Jer. 4:4; Rom. 2:29). Deberíamos buscar oportunidades personales y, cuando sea apropiado, públicas, para pedirle perdón a Dios por permitir que las experiencias negativas (los conflictos y los fracasos) de nuestros padres o abuelos envenenaran el camino espiritual de la siguiente generación. Por la gracia de Dios, estos momentos podrían convertirse en una celebración de nuestra confianza en las promesas de Dios de que podemos vivir como **nuevas criaturas en Cristo** (1 Cor. 5:7; 2 Cor. 5:17), poner fin al juego de la culpa y hacer realidad el fruto del Espíritu en nuestras vidas (Gálatas 5:22, 23). Solo después de un Gilgal es posible celebrar una Pascua.3

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    ESPERANZA PARA EL FUTURO

    La segunda celebración religiosa de los israelitas después de cruzar el Jordán fue la **Pascua**. Establecida tras la última plaga en Egipto, la fiesta de la Pascua y el pan sin levadura eran recordatorios anuales de la maravillosa liberación a través de la cual Dios manifestó su poder y cuidado por su pueblo.

    Los egipcios construían sus casas con ladrillos de barro. Como creían en una vida eterna después de la muerte, reservaban el material de piedra, más duradero, para los templos y las tumbas, por su asociación con el reino eterno.4 Esta dualidad arquitectónica reflejaba lo perecedero de la vida terrenal y la naturaleza duradera de la vida después de la muerte. Los ricos construían grandes monumentos con sus nombres grabados en ellos para asegurar la transición a la vida eterna. Los menos pudientes hacían lo mismo colocando en los dinteles y marcos de las puertas de sus casas de adobe piedras en las que grababan los nombres de quienes vivían en ellas.

    En su compleja comprensión de la naturaleza humana, los egipcios identificaban cinco elementos esenciales del ser humano. Además del cuerpo físico, incluían (1) el aj o el espíritu, (2) el shuyet o la sombra, (3) el ka o fuerza vital, (4) el ba o los rasgos de carácter, y (5) el ren o nombre. Como elemento que proporcionaba identidad, el nombre tenía un significado particular. En la filosofía egipcia, la desaparición de cualquiera de estos componentes significaba la aniquilación eterna de una persona.

    Tras su llegada a Egipto, los hebreos residieron inicialmente en tiendas de campaña, pero poco a poco fueron adoptando las técnicas de construcción egipcias, construyendo hogares más permanentes. Cuando Moisés regresó, descubrió que su pueblo vivía en casas, lo que indicaba que habían adoptado las técnicas arquitectónicas de Egipto. Sin embargo, necesitaban deshacerse del efecto de su exposición a los dioses egipcios, por lo que las plagas constituyeron lecciones trascendentales para reconocer la supremacía de Dios.

    Lealtad máxima: Adoración en medio de la guerra

    En consonancia con su propósito de instruir a su pueblo, Dios utilizó una última lección práctica durante la décima plaga. Les ordenó a los israelitas que untaran los postes y dinteles de sus puertas con la sangre del cordero pascual. Este acto simbolizaba **cubrir sus nombres con la sangre del cordero**, enfatizando una lección fundamental sobre la salvación. A diferencia de las inscripciones en piedra de los egipcios, la **sangre del Cordero** se convirtió en la única garantía de la vida eterna.

    Este emotivo contraste les ilustró que la única manera de asegurar su existencia eterna no dependía de ningún símbolo terrenal, sino del poder redentor del Cordero sacrificado. Al pedir a su pueblo que celebrara la Pascua, Dios quería recordar a las siguientes generaciones que su futuro no estaba asegurado por sus proezas militares, sino por la **provisión de Dios**. Su papel era confiar en la realidad a la que apuntaba el cordero de la Pascua, la vida, muerte y resurrección del Cordero definitivo, **Jesucristo**. También se les recordó la importancia de que sus nombres estuvieran escritos en el libro de la vida (cf. Apoc. 20:15; 21:27).

    Si bien el propósito inicial de la Pascua era recordar a los israelitas su milagrosa liberación de Egipto, apenas unas horas antes de su crucifixión, Jesús reveló un significado aún más profundo de esta fiesta: **él es el cumplimiento definitivo del cordero pascual** (Juan 1:29, 36; 1 Cor. 5:7; 1 Ped. 1:18, 19). Por medio de su sacrificio a nuestro favor, formamos parte de un nuevo éxodo, de pie en la orilla del mar de cristal y celebrando una nueva Pascua en la Canaán celestial (Mat. 26:29; Apoc. 19:9). En tanto vivimos entre el Éxodo y la Pascua antitípica, debemos recordar en cada santa cena que la promesa de Jesús de venir y llevarnos a su heredad es segura y se cumplirá pronto (1 Cor. 11:26; Apoc. 22:12, 20).

    3 Colin N. Peckham, Joshua: A Devotional Commentary (Leominster: Day One Publications, 2007), p. 99.
    4 Las siguientes reflexiones han sido extraídas de L. S. Baker Jr., "Covered With Blood: A Better Understanding of Exodus 12:7", Ministry Magazine, septiembre de 2009), pp. 6-8.

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    Josué: La fe que conquista

    ALTARES DE RENOVACIÓN

    Las palabras tienen un gran poder. Pueden crear su propio mundo y transformar nuestras opiniones y percepciones del mundo. Aunque no todas las palabras tienen poder creativo, hay situaciones en nuestra experiencia cotidiana en las que reconocemos que las palabras que pronunciamos tienen consecuencias concretas. Tomemos como ejemplo cuando, en la iglesia o en un juzgado, el pastor o el magistrado declara: "¡Los declaro marido y mujer!". O el poder de las palabras de un juez en un tribunal cuando pronuncia la sentencia: "¡Culpable!" o "¡Inocente!". ¿Cuánto más poderosas no son las palabras del Creador del universo? Dios habló y el cosmos cobró existencia. "Por la palabra de Jehová fueron hechos los cielos; y todo el ejército de ellos, por el aliento de su boca [...], porque él dijo, y fue hecho; él mandó, y existió" (Sal. 33:6, 9).

    La lectura de las bendiciones y de las maldiciones organizada por Josué no partía de la antigua creencia generalizada de que pronunciar determinadas palabras desencadenaba fuerzas mágicas para cumplirlas. Más bien, se basaba en la firme creencia de que estas palabras procedían de Dios. Su poder residía en estar imbuida del poder mismo de Dios, afirmando que se cumplirían como el propio Moisés expresó: "Porque no son palabras vanas para ustedes, sino que de ellas depende su vida; por ellas vivirán mucho tiempo en la tierra que van a poseer al otro lado del Jordán" (Deut. 32:47, NVI). Las palabras del pacto, tanto las bendiciones como las maldiciones, se leían en voz alta ante toda la nación, a sabiendas de que la forma en que el pueblo se relacionara con el pacto determinaría el resultado.

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    Lealtad máxima: Adoración en medio de la guerra

    Los profetas creían que la Palabra de Dios era efectiva. Dios, a través de Isaías, declaró:

    Porque como desciende de los cielos la lluvia y la nieve, y no vuelve allá, sino que riega la tierra y la hace germinar y producir, y da semilla al que siembra y pan al que come, así será mi palabra que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que hará lo que yo quiero y será prosperada en aquello para lo cual la envié (Isa. 55:10, 11).

    A pesar de la eficacia de la Palabra de Dios, la actualización de las bendiciones y maldiciones leídas en los montes Gerizim y Ebal no era un proceso automático. Más bien, el proceso general estaba bajo la autoridad soberana de Dios, caracterizada por su justicia y su amor, que estaban por encima de las bendiciones y maldiciones, provocando su cumplimiento.

    La lectura del pacto le recordaba a la nueva generación de israelitas los caminos y los resultados que podían elegir, así como su vocación y su propósito. La conquista de la Tierra Prometida permitió crear un espacio habitable para Israel, así como comenzar a establecer una sociedad teocrática en la que los principios del reino de Dios pudieran mostrarse para la educación y la bendición de las naciones circundantes. Esa elevada vocación solo podía cumplirse si Israel vivía en estrecha comunión con el Dios del pacto. Al mismo tiempo, Dios era plenamente consciente de la naturaleza caída de los seres humanos. Sabía que la simple afirmación de las estipulaciones del pacto no era suficiente para mantener a Israel en el camino correcto. El pueblo también necesitaba que el santuario funcionara como un recordatorio constante de la santidad de Dios y como un remedio para sus defectos.

    Josué: La fe que conquista

    Así como la conquista de la tierra se vio interrumpida por la construcción del altar de acción de gracias y la lectura del pacto en Josué 8, el proceso de distribución de la tierra entre las tribus se vio interrumpido por otro acto relacionado con los cimientos espirituales de Israel. El pueblo estableció el **santuario** en la Tierra Prometida como un ancla en las promesas de Dios sobre su posesión (Josué 18:1).

    Como cristianos, no tenemos un santuario terrenal. **Cristo, nuestro Sumo Sacerdote y Precursor**, nos representa ante el trono de Dios en el Santuario Celestial. Anclamos nuestra esperanza en el Santuario y nos aferramos a la promesa de nuestra herencia celestial, que está asegurada por el juramento de Dios, que no puede mentir (Heb. 6:19, 20; 9:11, 15; 10:19-23). Aunque nuestro acceso al Santuario no es físico, por la fe tenemos el privilegio de estar en la misma presencia de Dios:

    Como los patriarcas de la antigüedad, los que profesan amar a Dios deberían erigir un altar al Señor dondequiera que se establezcan. [...] Los padres y las madres deberían elevar sus corazones a menudo hacia Dios para suplicar humildemente por ellos mismos y por sus hijos. Que el padre, como sacerdote de la familia, ponga sobre el altar de Dios el sacrificio de la mañana y de la noche, mientras la esposa y los niños se le unen en oración y alabanza. Jesús se complace en morar en un hogar tal.5

    5 Elena de White, Conducción del niño (Florida: ACES, 2014), p. 492.