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Lee Josué 8:32-35. ¿Qué significa el acto descrito en estos versículos y qué debería decirnos?
El monte Ebal solo es mencionado en Deuteronomio ( Deut. 11:29; 27:4, 13 ) y en el libro de Josué (Jos. 8:30, 33). Junto con el monte Gerizim, era el lugar donde debían pronunciarse las **bendiciones y maldiciones** propias del pacto. Más concretamente, debía ser el lugar de las maldiciones (Deut. 11:29; 27:4, 13). Allí los israelitas debían situarse a ambos lados del arca, en presencia de los sacerdotes (Jos. 8:33). Un grupo se situó frente al monte Ebal y el otro frente al monte Gerizim como **representación simbólica de las dos formas posibles de relacionarse con el pacto**.
Los sacrificios que se llevaban allí señalaban a **Jesús**, quien puso sobre sí todas las consecuencias resultantes de la deslealtad al pacto, para que quienes creyeran en él pudieran disfrutar de sus bendiciones (Gál. 3:13; 2 Cor. 5:21).
¿Por qué era necesario escribir una copia del pacto en un monumento visible para todos? (Ver Deut. 4:31; 6:12; 8:11, 14; 2 Rey. 17:38; Sal. 78:7).
Los seres humanos tendemos a **olvidar**. Agrupamos las exigencias cada vez más desconcertantes de la vida cotidiana en segmentos de tiempo cada vez más breves. Inevitablemente, olvidamos cosas que no se repiten con la misma frecuencia o intensidad. En cada celebración de la Santa Cena tenemos una ocasión especial para volver a dedicarnos al Señor y **renovar nuestro compromiso de pacto con él**.
Sería bueno percibir estas oportunidades no solo como ocasiones para consagrarnos nuevamente a nivel individual, sino también como oportunidades de **renovación corporativa de nuestra lealtad a Dios**. En una sociedad cada vez más individualista, debemos redescubrir el poder de pertenecer a una comunidad que comparte la misma cosmovisión o interpretación de la realidad, los mismos valores y creencias, y la misma misión.
¿Cuán fácil resulta olvidar al Señor y tratar de hacer las cosas con nuestras propias fuerzas y capacidad en medio del ajetreo de la vida? ¿Por qué es tan fácil hacerlo, sobre todo cuando todo va bien?
Dios tiene el propósito de dar a conocer los principios de su reino a través de su pueblo. Para que ellos revelen dichos principios en su vida y en su carácter, desea que se aparten de las costumbres y las prácticas del mundo. Procura atraerlos más a sí mismo a fin de revelarles mejor su voluntad.
Este era su propósito cuando libró a Israel de Egipto. Moisés, frente a la zarza que ardía, recibió de Dios este mensaje para el rey de Egipto: “Deja ir a mi pueblo, para que me sirva en el desierto” (Éxodo 7:16). Dios sacó a la hueste hebrea de la tierra de servidumbre con mano poderosa y brazo extendido. La liberación que obró a favor de ellos fue maravillosa, al castigar con la destrucción total a sus enemigos que se negaban a escuchar su Palabra.
Dios deseaba apartar a su pueblo del mundo y prepararlo para recibir su Palabra. De Egipto lo condujo al monte Sinaí, donde le reveló su gloria. Allí no había nada que atrajera sus sentidos ni distrajera sus mentes de Dios. Mientras la vasta multitud contemplaba las altas montañas que la dominaban, podía darse cuenta de su propia insignificancia a la vista de Dios. Junto a aquellas rocas, inconmovibles excepto por el poder de la voluntad divina, Dios se comunicó con los hombres. Y para que su Palabra permaneciera siempre clara y visible en sus mentes, proclamó con terrible majestad en medio de rayos y truenos, la ley que había dado en el Edén y que era el trasunto de su carácter. Luego **las palabras divinas fueron escritas por el propio dedo de Dios sobre tablas de piedra**.
Así la voluntad del Dios infinito se reveló al pueblo que él había llamado para dar a conocer a toda nación, tribu y lengua los principios de su gobierno en el cielo y en la tierra.
Dios ha llamado a sus hijos en la actualidad para que realicen esa misma obra. Les ha revelado su voluntad, y requiere que ellos le obedezcan. En los últimos días de la historia de esta tierra, la voz que habló en el Sinaí sigue diciendo a los hombres: “No tendrás dioses ajenos delante de mí” (Éxodo 20:3). El hombre ha opuesto su voluntad a la de Dios, pero no puede acallar dicha orden. Aunque la mente humana sea incapaz de comprender su obligación hacia el poder superior, no por eso puede evadirla. Pueden abundar las teorías y especulaciones complicadas, los hombres pueden tratar de oponer la ciencia a la revelación para desechar la ley de Dios; pero el Espíritu les presentará con fuerza cada vez más intensa la orden: **“Al Señor tu Dios adorarás, y a él solo servirás”** (Mateo 4:10).
(Testimonios para la Iglesia, t. 6, pp. 18, 19).
Juan 8:54-58 |